domingo, 18 de diciembre de 2016

DE LO MENUDO




Nuestras escenas de amor eran mudas e intensas, un desvanecimiento a las profundidades de la inmovilidad. Fanny era toda languidez y sumisión, y yo me enamoré de la suavidad de su piel, de la forma en que cerraba los ojos siempre que yo me acercaba a ella silenciosamente por detrás y la besaba en la nuca.

Leviatan -Paul Auster-





Compro un bocadillo para tomarlo a mediodía mientras me doy una vuelta por el centro.  No me importa comer por la calle, no tengo manías en ese aspecto. En la esquina me encuentro con Carmen. Hoy, además de los ciclámenes, los potos y algún que otro ficus enano, ha traído los ramilletes de hojas de eucalipto. Se acerca la navidad.  Le digo que me guarde un par, con las flores un poco cerradas, menuditas, que mañana me los llevo; y como sé que con toda seguridad no ha desayunado, desando los pasos y recojo un café con leche en vaso de cartón y otro bocadillo igual que el mío. Me da las gracias y dice que se lo tomará más tarde, que ahora no tiene hambre.  Desde que murió su marido, un hijo, con más desgracias que gracias, le ayuda a tirar del carrito que cada día, aunque llueva, planta en la esquina de casa.  Hablamos del tiempo, de su dolor de piernas y de que habría que adelgazar. Mal de muchos, le digo, mientras pienso en la regañina que me regalará la ginecóloga cuando vaya en enero. Debes perder peso, nada de ganarlo. Pero la naturaleza es cabrona y mientras vas poniendo años, vas sumando kilos, es una ley incontestable. Me despido hasta mañana, con el deseo en la lengua de que no llueva y de que el frío sea moderado. Tengo ganas de llevar el eucalipto a casa y de que Carlos se muera de gusto cuando entre por la puerta de aquí unos días. Demasiadas semanas ya sin vernos, demasiados kilómetros de por medio. Hay destinos que son como una media condena.