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domingo, 2 de febrero de 2025

SALVELINOS

 



Te levantas con tos. Pensabas que te habías librado, pero de esta no se salva ni Dios. “Resfriado is comming”, reza en el frontispicio de este domingo. Calientas una taza con agua en el microondas para prepararte una infusión de jengibre, cúrcuma y cosas. Sabes que el calor que proporciona la máquina es de chichinabo y que se enfriará antes de que salgas de la ducha que necesitas para arrancarte la galbana que arrastras y el olor a ñu con el que has amanecido.

Pero ahora ya no sudas, tienes frío y hueles a bergamota porque te has rociado como si fueras a enredar, aunque no saldrás de casa porque, si lo haces, cabe la nada descabellada posibilidad de que te quedes por ahí, tomando un fresco que no te conviene para nada. No eres sueca y el carácter y la salud de una mujer mediterránea no se forjan a cinco grados bajo cero. Es la Candelaria y tú tienes todas las candelas del mundo colgadas de la nariz.

Retomas un sudoku que dejaste abandonado allá por las Navidades de hace un par de años y tragas poquito a poquito, traguito a traguito, la infusión, ya fría, que olvidaste en la cocina y que te apetece menos que cero. 

Bicheas por la red y no sabes si es la fiebre o la mala leche que gastan algunos la que te expulsa y te devuelve a las costas de Alaska. El domingo dominguea. Entre la neblina del Paracetamol y el vaho que exhalas, un salvelino te saluda con un brinco antes de caer tieso. ¡Qué vida esta!




domingo, 9 de abril de 2023

BARRIL DE BRENT


Ben Hur de fondo. Creo que es la tercera vez que la ponemos en lo que va de Semana Santa. Ninguna de ellas la hemos acabado, pero no importa. La hemos visto tantas veces que sabemos de memoria lo que ocurre al principio, a media película y al final. El spoiler no se cotiza por obsoleto y mientras remoloneamos, Judá Ben-Hur las pasa más putas que Caín. 


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Esta semana santa la palma se la ha llevado la gestación subrogada. Aunque, a decir verdad, se la ha llevado la Sra. Obregón. Me niego a perder el tiempo centrando la cuestión en el tan atípico caso de esta mujer. Necesitamos menos tripas, menos sentimentalismo, menos sectarismo y un poco más de razón. Pero eso no interesa a nadie. El debate que se abre con la gestación por subrogación da para horas de ética, filosofía, ciencia y derecho. La sociedad avanza a pasos agigantados, el derecho viene por detrás. No se puede poner puertas al campo y legislar ante la realidad es una necesidad.


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No alcanzo a saber el motivo por el que ya solo publica basura. Lo dije en voz alta y me arrepentí al segundo, pero ya estaba dicho. Las palabras solo se las lleva el viento a veces y esa vez no se las llevó. Me preguntó ¿A qué te refieres? A nada, contesté, como una manera de escapar de una conversación tan estéril como inútil. Cerré los ojos y mirando al cielo pregunté ¿Alguien sabe a cuánto se paga el barril de Brent? Tema cerrado.


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Unas chicas se empolvan la nariz, por fuera y por dentro. Me lavo las manos un poco más allá. Charlan a voz en grito y se pintan los labios. Una se atusa el pelo y la otra se sube las medidas dejando la falda a la altura de las axilas. Se ríen, mucho. Las dejo en el baño, decidiendo si dejarse las bragas puestas o quitárselas. De repente me he hecho mayor y pienso en las que llevo puestas. Con ellas no hay duda posible. Puestas y para casa.

 

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El barrio ha envejecido. El paseo se llena de andadores que descansan al sol. Las vacaciones son crueles con los mayores. Me siento en el único banco que hay en la sombra, saco el libro, un botellín de agua y dejo que la mañana pase. Tendría que haber traído al perro y cogido la muleta. Quizá también un Lexatín.

 

***


Me pregunto qué es lo que echaré de menos de aquí un tiempo. La memoria juega malas pasadas y a veces intuyo que algunas de las cosas que creo haber vivido en realidad no han sido más que el producto de mi cabeza y que esas, como posiblemente las otras, desaparecerán por falta de material sobre el que asirse.


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Me toco el pecho y, aunque la piel aun está tersa, un milímetro más allá se adivina  una caída mayor que la del imperio romano. La vida y las leyes de la física. A veces, también, las de la deseada química a dos que mandan a las de la física a tomar viento.


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Ojalá vuelva la primavera y su letra suelta.


  


domingo, 13 de marzo de 2022

HORMIGÓN

 



La obra se paró hace semanas y el edificio, que ha quedado a medio terminar, se levanta como un esqueleto al que le falta el relleno de la carne y el músculo. Tiene una apariencia enfermiza a la que no ayuda la humedad que se pega al hormigón. Entre mi ventana y su frontal se abre una brecha por la que se cuela parte de un cielo que hoy viste de gris. Lo mismo que ayer, lo mismo que las últimas semanas. A las ventanas les faltan los cristales, a la fachada un recubrimiento que tal vez no llegue. No puedo dejar de pensar en que quizás estemos viviendo nuestros últimos momentos de tranquilidad. Los estertores de una felicidad que se nos antojaba insuficiente porque desde lo acomodado de nuestra existencia todos es escaso. El año no da tregua. La maldad se cuela por cualquier rendija. Puede que estemos a un paso de la de la pérdida del todo, de lo que podemos tocar y de lo que consideramos esencial en nuestras vidas, más allá de los simplemente material. Pongo la televisión buscando dejar atrás la sensación de calma provisional con la que nos vamos engañando día a día. Busco entre las plataformas y termino viendo una película que no es más que una historia de la historia. De la misma historia que se va repitiendo cada cierto tiempo. Los fotogramas de ayer son los mismos de hoy solo que con mayor pixelación y calidad en el color.  No estamos a salvo de nada. La historia se repite una y otra vez. Los mismos locos, los mismos errores, las mismas masacres. No hemos aprendido nada.  Me siento a escribir esta nota, frente a la ventana desde la que veo el edificio a medio construir,  teniendo la certeza de que no hace más de un mes, una tarde de domingo en Kiev era el reflejo parejo de las nuestras. De nuestros domingos indolentes a los que intentamos trampas para que el día se estire y el lunes parezca algo lejano. Tardes de domingo que se cimbrean entre la melancolía y las pocas ganas; entre los planes y las necesidades. Tardes que ahora muchos añoran porque de todo aquello ya no queda nada. Nuestro tiempo y nuestro destino no siempre nos pertenece. Lo olvidamos con demasiada frecuencia. Pongo a Vetusta Morla en la lista de reproducción y pienso, al igual que la canción, que dejarse llevar suena demasiado bien, pero quizá, hoy ya hora es un juego de azar del que, en realidad, no nos podemos fiar.




domingo, 21 de febrero de 2021

EL DERECHO A DESTROZAR

 


                           Fotografía: El Periódico


El desánimo pesa y dibuja sombras en el rostro de la gente. Gente de bien y gente de mal.  Intento recuperar un poco el pulso de mi vida y me veo allí, frente a la cristalera de la última pastelería que queda en el barrio intentado adivinar si la imagen que me devuelve es realmente la mía. En algún momento, sin que nadie nos avise, dejamos de ser quien somos para empezar a ser el retrato anticipado de nuestros padres, pero soy yo y ahí estoy en mitad de la calle intentado esquivar la bandada de palomas que lisiadas que se lanzan al pan mojado que alguien les ha dejado por el suelo. Es la hora de la gente de bien, de los que salen a estirar el cuerpo, de los que necesitan olvidar que además de la pandemia hay otro veneno en danza.

La gente de mal toma las calles a la caída del sol. Nuevos comercios destrozados, contenedores quemados, aceras deformadas por los plásticos que ardieron al grito de libertad de expresión, libertad para Hasel. Por desgracia, sabemos que esos que vociferaban ayer, que también lo harán hoy, como lo vienen haciendo durante los últimos cinco días, corean eslóganes sin saber ni lo que dicen. Hablan de libertad mientras se defecan en ella. Y aunque Hasel no es más que una marioneta, un juguete roto que nadie recordará en unos meses, el permanente desprecio al respeto por lo común, por la convivencia, por los derechos de todos los ciudadanos, va haciendo mella en el propio sistema. Vivimos un tiempo de eslóganes, de ciento cuarenta caracteres leídos de tirón, como fuente de todo conocimiento. El pensamiento crítico ha muerto y la libertad de pensamiento, tan importante como la de expresión, agoniza dando bandazos entre la ignorancia y los intereses creados de los que odian a este país, pero viven a su costa.

Dicen que estamos en un país de baja calidad democracia. Quienes lo sostienen lo hacen sabiendo que no es cierto. Este discurso aprendido y difundido desde el centro mismo del poder tiene como finalidad destruir el actual orden constitucional, sustituir los derechos fundamentales por un ejercicio rácano de los mismos al amparo de la ideología que se ha sentado en la butaca. 

No se puede ser gobierno y oposición al mismo tiempo. No se puede reclamar libertad descuartizando la del de enfrente. No se puede pedir seguridad mientras la revientas cada día. La quiebra del sistema desde dentro del propio sistema puede parecer el argumento de una película, pero eso es exactamente lo que está ocurriendo y, por lo visto, no hay manera de pararlo. Llega el derecho a destrozar como derecho fundamental de los necios.




domingo, 6 de octubre de 2019

MAREAS



Así es el tiempo: todo pasa, sólo él permanece. Todo permanece, sólo el tiempo pasa. ¡Qué ligero se va, sin hacer ruido! Ayer mismo todavía confiabas en ti, alegre, rebosante de fuerzas, hijo del tiempo. Y hoy ha llegado un nuevo tiempo, pero tú, tú no te has dado cuenta.

Vasili Grossman. Vida y destino





Había pasado los últimos diez meses trabajando en una plataforma del mar del norte. Marcharme obedeció a un arrebato absurdo, a la ganas de ganar dinero de una manera rápida y sencilla. Así que cuando vi la oferta solicitando enfermeras no me lo pensé dos veces. En una plataforma los trabajadores enferman poco y el equipo médico pasa la mayor parte del tiempo sin hacer nada. Me daría tiempo a leer, a intentar terminar la tesis y, de paso, a ganar dinero sin gran esfuerzo. Al cabo de dos semanas me encontraba viajando hasta Bergen en un vuelo regular. Desde allí, un helicóptero  de la compañía me traslado hasta la base en la que pasaría los próximos meses. Mantenerse en aquel islote de hierro y goma fue mucho más difícil de lo que había imaginado desde España. El frío, la soledad, el tiempo infinito, todo se enredaba dentro. Pero estaba allí y tenía una fecha de vuelta, así que cuando la melancolía atacaba, mezclándose con el repicar de las olas contra las grúas, siempre aliviaba un poco el ir tachando el calendario. El tiempo es caprichoso, apenas corre cuando esperas que pase pronto y, aunque hubo que hacer mucho más de lo que pensé al principio, los días parecían meses, los meses años y ni siquiera una estupenda conexión a Internet, que me llevaba a su vera cada vez que quería, conseguía apaciguar la pesadumbre que me producía su ausencia.

Volví un sábado de madrugada. No llevaba más que el equipaje de mano. Del resto de mis cosas se encargaba la compañía y me las enviarían directamente a casa. Carlos había ido a recogerme al aeropuerto. Hicimos todo el camino en silencio, protegidos por la oscuridad de las primeras horas del día. A mí me pesaba el cansancio y a él, creía, la horas de una guardia revuelta. Subió conmigo a casa y mientras vaciaba la bolsa de las cuatro cosas que traía, encendió dos cigarrillos, uno detrás de otro. Había vuelto a fumar y yo ni siquiera lo sabía. Le pedí que se quedara a dormir conmigo, pero me dijo que no. Parecía nervioso, con ganas de marcharse. No había encontrado quien le sustituyera. Insistirle no sirvió de nada. Quedamos en vernos más tarde.

Cuando marchó, abrí la ventana, encendí la radio para escuchar la previsión del tiempo y me tumbé sobre la cama. Qué difícil es deshacerse de las pequeñas rutinas, pensé. Lluvia en la ciudad. Desde mi casa, con la cama en tierra firme, ¿Qué más daba que lloviera o que hiciera sol? Repasé los últimos seis meses, nuestras conversaciones, cada vez más cortas, que se habían excusado por los cortes de conexión, los turnos, los horarios raros y las complicaciones aquí y allí. Tumbada en la cama de siempre ya no había excusas. Marqué su número, quería decirle que le había echado de menos, aunque no lo pareciera, aunque me lo hubiera guardado dentro. Saltó el buzón. Escuché su voz, la de siempre pero diferente. Me tumbé de nuevo, cerré los ojos y su imagen, un poco más difusa, se deslizó hasta dormirme.




sábado, 29 de septiembre de 2018

ESPAÑA YA NO ES SPAIN


"Cada generación cree que su locura no tiene precedentes, pero somos humanos y tendemos a repetirnos a nosotros mismos". 
Gilbert Keith Chesterton

Ha llegado el momento de cambiar el nombre de este país. España, como denominación, ya no nos complace y se nos ha quedado hueca. Estoy segura de que no haría falta ni un referéndum, ni decretazo saltándose ningún tipo de legalidad, porque el sentir popular lo pide a fuerza de tweets, a fuerza de exabruptos cada vez que puede. España debería pasar a llamarse “Y tú más”. El cambio de denominación daría una descripción clara de la idiosincrasia de las gentes del personal.  En las últimas semanas hemos tenido la oportunidad de vernos reflejados en nuestra clase política. Ellos son nosotros, nosotros somos ellos pero a menor escala y en una medida bastante más modesta y doméstica. No nos engañemos, aunque nos dé una cierta grima. En el país “Y tú más” todo cabe y todo es posible,  sobre todo en lo peor. Hay espacio para la mentira, el chantaje, el descredito, la ofensa continuada, el quebrantamiento de la libertad y la censura como tirita contra el destape de lo escandaloso. Y cabe todo porque todo lo que lleves a cabo siempre será ampliado y mejorado por el que vengas después, se vista como se vista, se venda como se venda. 




domingo, 26 de febrero de 2017

CARNE DE CAÑÓN


Claridad aguzada entre perfiles,
de tan puros tranquilos

que cortan y aniquilan con sus filos
las confusiones viles.

Jorge Guillén



Intenta poner una lavadora cuando no tienes ganas. La ropa, ovillada, entra de cualquier manera y poco importa que el rojo más potente de una camiseta nueva acabe desangrándose por entre el hilo blanco de tu mejor camisa. Cuando se camina entre las dos aguas de una vida hecha ciscos, estas cosas parecen banales. Banales hasta que te quedas sin un armario medianamente decente. Pero qué importa, ni siquiera eso es suficiente para dejar que los días pasen y todo vaya quedando hecho un verdadero asco. Los fines de semana se llenan de automatismos, de platos sucios, de ropa sucia, de baños sucios; de guantes de goma, de detergente y del maldito aspirador.
Piensas en las ganas de que llegue el lunes, de que la rutina vuelva de nuevo. Necesitas que el trabajo te ordene la vida. Solo el trayecto de casa a la oficina, de la oficina a casa, sirve para volver a colocarle en la casilla de salida. 

¡Maldito lunes! Piensas frente a la máquina de café y chocolatinas, aunque sabes que el lunes te va a salvar la vida una vez más. Pasan las horas entre memorandos, entre comentarios tontos y explicaciones de deliciosos fines de semana que tú ya no tienes. Tienes una casa vacía, un gato que vive sobre la cómoda en la que en otro tiempo se amontonaban sus camisetas junto a sus libros y tu ropa interior. Ahora ya solo se amontona la ropa sucia que aguarda al domingo como tú aguardas a los lunes. Sales de la oficina y vuelta al punto de partida. Los platos, durante días, se amontonarán sobre la encimera y una caja de cartón improvisará un arriesgado cenicero porque ¡Sí!, has vuelto a fumar después de casi diez años. A última hora, antes de acostarte, conectarás el ordenador y, como cada primero de mes, pedirás hora en el ambulatorio. Otra rutina más.

Piensas que la vida es eso que pasa mientras lees revistas de pseudociencia en la sala de espera de tu médico de cabecera para que te entregue la receta de las pastillas que te dejarán dormir las próximas semanas. ¡Qué paradoja! Quizá la vida es eso que pasa mientras duermes porque en cuanto te despiertas vuelves a estar muerto. Más muerto que muerto. Rematadamente muerto. Y concluyes, cuando estás a punto de dormirte, que tu vida parece la letra de una triste canción de amor.



domingo, 23 de noviembre de 2014

DEL ARTE DE LA IMPROVISACIÓN


El mayor triunfo del hombre consiste en convencerse de que el ridículo es algo
 que sólo existe para los demás, y ello siempre que estos lo quieran.


En el mundanal destierro intelectual del ciudadano mediano debería existir un manual de entradillas al que se pudiera recurrir cuando uno no sabe cómo empezar una charla, un discurso o un texto escrito, da igual. Un listado de muletillas que salve de ese momento de vacío inicial y del primer empujón para poder continuar. Exprimirse la cabeza en busca de esas primeras frases que sean capaces de atraer la atención de a quien se tiene delante es una especie de infierno.  Improvisar no es la solución aunque a veces en un ataque de alocado arrojo y puede que de desesperado intento de llenar lo que a priori no se llena, uno aplace el momento de determinar esas primeras palabras, esas primeras líneas, y se lance, sin pulir y esperando que las musas aparezcan a última hora para enmendar la plana, a los brazos de lo primero que pase por la cabeza. Pero aliarse con la  improvisación sin estar dotado para ello puede dar lugar a resultados excelentes (escasamente) o a inicios tan patéticos que se conviertan en la confirmación prematura un fiasco de lo que va a venir, porque en ese primer estadio, cuando todo está por llegar y puede que se amontonen las ideas o que uno ande falto de ellas, la posibilidad de que lo que aparezca sea una estupidez, una obviedad, o un sinsentido, es más que alta. Es por eso que digo que la improvisación es un arte de la que muy pocos están dotados y que obliga al resto a pasar por el infierno de la búsqueda de la frase inicial, de la primera pregunta, de la primera palabra, sin dejar nada al azar para no quedar como un alelado, algo así como un imbécil con pretensiones.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

LA VIDA Y NADA MÁS


Mi barrio es un barrio normal de una gran ciudad, donde la gente madruga para ir a trabajar, en el que los niños, en inviernos como éste, se cubren con gorros y bufandas mientras caminan cogidos de las manos de sus padres, de sus abuelos, que les llevan a la escuela antes de que ellos mismos empiecen su jornada laboral. Niños que a esas horas, medio dormidos, caminan ajustando su paso a los minutos que corren sin demora. Esta mañana era una mañana como cualquier otra,  o al menos lo era antes de llegar a la esquina de casa, antes de que una buena dosis de realidad acabara de despejarme del todo.

Sobre la acera resta el cuerpo sin vida de un hombre del que nadie sabe nada. Un hombre que junto con los niños y con los que vamos a trabajar, formaba parte del paisaje de mi calle. Unos y otros convertidos en parte del decorado de la ciudad. Pero hoy yace sobre el suelo su cuerpo. La muerte inesperada y ajena, vista de cerca, siempre impresiona. Nos deja mudos y acostumbramos a encubrirla para olvidarla  porque no va con nosotros. 
Inspirar inevitablemente y contener la respiración, pero hacerlo no evita que el aire, que huele a heno viejo, me queme por dentro. Puede que lo que huela así sea la muerte ajena, la desconocida, la que rompe la rutina de un vecindario cualquiera.

Una cinta de plástico cerca su fin. Sus cosas, un petate sucio y maltrecho que alguien ha colocado en el hueco de un árbol. La curiosidad es intrusa y mientras unos miran, los otros se afanan para que todo vuelva a la normalidad. En apenas unos minutos, sobre la acera, no queda más que el resto de una manta sintética de falso oro y plata y la cinta que ahora barre la acera.

Nadie se acordará de ti cuando estés muerto. 

Mientras cruzo la calle, desviándome de la aglomeración que murmura sobre lo que nadie sabe porque de los mendigos nunca nadie sabe nada, veo las manos de un chico que se sujeta la cabeza y se lamenta sin consuelo apoyándose contra el capó de un coche mal estacionado. La vida sigue, pero el mundo es menos mundo.

No puedo evitar preguntarme ¿Quién le pensará? Uno no deja de existir mientras se le recuerde, aunque el recuerdo habite en la cabeza  del que, sin querer, puso punto final a tu vida. La multitud se dispersa y la vida continúa, pero no es cierto, aunque la calle quede despejada, limpia y la circulación poco a poco recupere su ritmo. El día se ha vuelto espeso, se pega entre los dedos. 


Nacemos en estado puro y la vida nos transforma sin que podamos aventurar un destino de esplendor. En ocasiones, el azar juega al balompié y cocea sin compasión. 
Nos descomponemos en cien mil átomos condenados a desparecer. Pero ese último instante, antes de que todo se vuelva tremendamente oscuro, tremendamente vacío, la imagen de aquellos a los que amamos sin condiciones, nos acompañará en el último paso, estoy segura de eso; de lo mismo que lo estoy de que la muerte no es definitiva hasta que ya nadie te recuerda.



martes, 5 de octubre de 2010

MINIMALISMOS (XI)


Se prometieron una vida entera frente a dos tazas de café.  La pasión les duró lo que tarda un azucarillo en deshacerse. De todo aquello sólo queda el reverso de una servilleta con dos notas mal trazadas.