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miércoles, 29 de febrero de 2012

CONFIANZA

 

Cuando uno decide hacer algo, algo importante para su vida (con independencia que para el resto del mundo lo sea  o no), debe confiar ciegamente, sin dudar un instante, en la decisión tomada. Puede que a los ojos ajenos uno se haya convertido en un loco, en un temerario o incluso en un próximo fracasado, pero lo fundamental es creer en uno mismo, en la propia valía. Hoy, mientras volvía en el autobús, escuchando "Muerte en Venecia" de Mahler, recordaba algo  que, hace algún tiempo, escribió Agota Kristof, algo que precisamente habla de la confianza en uno mismo. 
Llego a casa y sigue sonando la muerte, que de muerte no tiene nada, sino todo lo contrario, y busco, como si me fuera la vida en ello, el párrafo recordado. Lo leo, dos veces,  y me repito  mentalmente: aprender y seguir aprendiendo. Nada es sabido y todo está siempre por redescubrir. Esa es precisamente la postura que se debe adoptar, creer en lo que uno vale y no amedrentarse ante nada y ante nadie.

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 “El día que lo llevo al correo, anuncio a mi hija mayor:
−He acabado mi novela
Ella me dice:
−¿Sí? ¿Y crees que alguien va a editarla?
Le digo:
−Sí, desde  luego.
Efectivamente, no tengo ninguna duda. Tengo la convicción, la certidumbre, de que mi novela es una buena novela y de que será publicada sin problemas. Así pues, me siento más sorprendida que decepcionada cuando, después de cuatro o cinco semanas, mi manuscrito regresa de Gallimard, y después de Grasset, acompañado por una carta de rechazo educada e impersonal. Me digo a mí misma que tengo que ponerme a buscar direcciones de otros editores cuando, una tarde de noviembre, recibo una llamada telefónica. Guilles Carpentier, de Éditions du Seuil. Me dice que acaba de leer mi manuscrito y que hace años que no leía algo tan bello. Me dice que lo ha leído por segunda vez y que piensa publicarlo. Pero para ello es preciso que obtenga el visto bueno de varias personas. Me volverá a llamar pasadas unas semanas. Una semana después me telefonea diciendo: “preparo su contrato…”
Tres años más tarde, me paseo  por las calles de Berlín con mi traductora, Erika Tophoven. Nos detenemos delante de las librerías. En los escaparates, mi segunda novela. En mi casa, en una estantería, El Gran Cuaderno, traducido a dieciocho idiomas.
En Berlín, por la noche, tenemos una velada de lectura. La gente viene a verme, para escucharme, para preguntarme cosas. Sobre mis libros, sobre mi vida, sobre mi trayectoria como escritora. He aquí la respuesta a la pregunta: uno se hace escritor escribiendo con paciencia y obstinación, sin perder nunca la fe en lo que escribe.”

jueves, 4 de noviembre de 2010

¿ESTÁ?


Aquel domingo caminaba con paso rápido por debajo de los soportales de la plaza mayor. Llevaba tres días lloviznando  y no parecía que el tiempo estuviera dispuesto a dar ni un minuto de tregua. Miré hacia la ventana. Seguía cerrada. El viento se enzarzó contra el mundo. Castigaba los muros, las encinas y a los pobres mortales  a  base de repartir desaliento. 
Escondí las manos en el abrigo y pensé en todo aquello que no le dije. Seguí caminando, buscando un café en el que refugiarme de las palabras que, una vez más, emergían  desde lo más profundo del olvido y que habían perdurado pese a todo. Me había prometido no volver mientras sintiera que su ausencia me acompañaba pegada  como si fuera mi sombra. Creí cumplir mi promesa y sólo regresé por un presentimiento  extraño que me despertó en mitad de una noche y  me hizo recorrer no sólo kilómetros de una distancia infernal sino años de voluntario destierro. 
Me senté cerca de la puerta. Hojeé el periódico intentado distraerme y perder de vista la imagen de las sobrias contraventanas de la que fue su casa. Sin embargo,  el espejo que tenía frente a mí, me devolvía,  con la insistencia de lo permanentemente dispuesto, la imagen de una vida que se cerró a cal y canto y que reconocí reflejada en mi propia pupila. Bebí poco a poco, intentando recuperar el temple y saboreé, como años atrás, el rastro de hierba luisa que identifiqué en la taza que aquella mujer  me sirvió sin siquiera pedírsela. Anoté en una servilleta  las mil palabras que un día le regalé. 
Dejé unas monedas sobre la mesa y salí a la calle acompañada por el frio helado que la sierra vomitaba sobre la plaza. Caminé hacia su casa, sintiendo que de nuevo llevaba pegada a mis pies su sombra y  su aliento rozándome el pelo.  Doble la servilleta que contenía  la confesión sincera de lo que un día deseé. Volví  al coche caminando despacio. Ahora disponía de la vida entera para intentar olvidar y sobrevivir a un mundo que se oscureció años atrás concediéndome una vida de futuro incierto  como el de las madreselvas que cubrían sus contraventanas intentando sobrevivir  al frio de un invierno mesetario sin más esperanza que, la de que algún día, un resquicio de sol les de un respiro a su final certero.
  
© Fotografía: naq

martes, 3 de agosto de 2010

GIN WITHOUT TONIC


Sentada en la esquina de la cama, espera que las horas pasen. No quiere pensar en lo que acaba de hacer. Aún retumba en su cabeza el sonido de la puerta que cerró de un golpe seco. Tiró su bolsa a la escalera, no quiere que quede nada. No se siente mejor, todo lo contrario. Todos le dicen que es lo que tiene que hacer, que es cuestión de tiempo. Todo se pasa, todo se cura. Que sencillo parece cuando no es uno el que se muere cada vez que respira. Ha desconectado el timbre de la puerta, el teléfono, se ha colocado tapones en los oídos y Mahler resuena por toda la casa.
Nadie le dijo que dejar de querer fuera así de complicado. Nadie le explicó que eso que sentía cotizaba por debajo de cero cuando el otro no siente lo mismo. 
Ahora intenta olvidar, sentada en la esquina de la cama. El tiempo es eterno y sabe a ginebra.