lunes, 18 de septiembre de 2017

DE LAS COSAS FUNDAMENTALES



Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder
 en la vida es tener una infancia feliz.

Agatha Christie





Me encontré a Carlos sentado en el sofá. Se abrazaba las rodillas y unos lagrimones se deslizaban mejilla abajo. Dejé el bolso en el suelo, me agache a su altura y tras levantarle la cara que miraba al suelo como si ahí, entre las baldosas pobladas de migas de pan y chocolate, se encontrara todo el pesar del mundo, empezó a balbucear, sin poder aguantar el llanto, que Florita había muerto. Florita es la tortuga de la clase de “los pulpitos”, una mascota que va de mano en mano cada fin de semana. Este último fue el de su final. El lunes no había vuelto a clase y una pequeña charla de la maestra puso punto y final a la existencia de aquel animal que ha durado lo que dura un suspiro, apenas las dos primeras semanas del curso. Carlos cree que existe un más allá donde van a parar todas las cosas que desaparecen de este mundo. Una especie de tierra paralela en la que además de un hermano al que no llegó a conocer, habita el hámster de su prima Sara, los peces de colores que flotan en el estanque del parque cuando llega la primavera y el alma de su muñeco que destripó en una rabieta y que aún hoy pena.  Pero nadie puede cruzar la frontera del aquí y el allí sin que se le pueda decir adiós, o eso cree él. Por eso, después de quitarme los zapatos, lavarle la cara un poco, preparamos la despedida de la tortuga con la ausencia del cuerpo de la pobre Florita, que mucho me temo acabó por en el inodoro de la familia que debía cuidarla el fin de semana. Un dibujo de una tortuga que bien podría ser cualquier cosa, un caramelo un poco mostoso que rescata de la cartera como alimento para el más allá, y unas palabras elegidas cuidadosamente para desearle a Florita que traspase al otro lado sin miedo y con alegría, acaban enterradas en la maceta del patio. Después, con la serenidad que dan las cosas que se hacen como se deben, me llevo a Carlitos al sofá, nos tumbamos con los pies sobre la colcha y miramos las musarañas mientras su padre trastea en la cocina preparando la cena. La vida, a veces, tiene cosas muy importantes aunque los mayores no sepamos verlo.





miércoles, 13 de septiembre de 2017

DE ORO Y SANGRE


Lo peor de los muertos es que dejan vivos.
Leonardo Padura




Equivocarse y que el silencio se transforme en un murmullo que se espesa y atrapa. Buscar la palabra adecuada que rescate de una situación imposible. Hablar de las piedras, de su relativa semblanza y del gris de los andares de los que se saben perdidos. Buscar entre las voces dormidas y dejar que el camino se allane, sin esperar nada, absolutamente nada.




domingo, 10 de septiembre de 2017

11S- NADA QUE CELEBRAR





Existen temporadas en las que ocurren tantas cosas que la consecuencia es una especie de bloqueo que malbarata la posibilidad de ordenar las ideas de una manera rápida y coherente pero no por eso debemos dejar de hacer el esfuerzo de pensar y calibrar. La situación está complicada. Mientras preparamos el café del desayuno me pregunta qué haremos mañana que es fiesta. Podemos ir a pasar el día al campo, llamar a algunos amigos y marcarnos una barbacoa ahora que aun hace buen tiempo, dice. Mañana, 11 de septiembre, es ese mañana que para algunos, como nosotros, solo es un festivo laboral como cualquier otro; mientras que para otros va a ser un día de afán patriótico y nacionalista; un día para sacar bandera, el pecho secesionista y supremacista de los que se creen por encima de cualquiera, por encima de la ley, del Estado de Derecho, incluso de la solidaridad con sus vecinos de puerta y que se apropiaron hace ya mucho de los símbolos y de la calle. Por eso mañana ha dejado de ser fiesta para ser solo un festivo en el que cabe la posibilidad de que si te paseas por el centro, o te da por comentar que la independencia es una barbaridad antidemocrática (se mire por donde se mire), construida sobre un sentimiento y un montón de mentiras interesadas, puede pasar que alguien venga y te parta la cara, o te queme el coche, o te rompa los escaparate de tu comercio o, menos doloroso, te retire la palabra porque tú no eres ni piensas como ellos. Y puede que aunque ellos no te la partan directamente, ni hagan nada de lo anterior, legitimen y justifiquen de una manera asombrosa y sectaria a otros que lo harán en su nombre y en nombre de un Estado inexistente que pretende nacer bajo el yugo de la falta de democracia, la corrupción y el odio a su vecino.  Las cosas están así. Por eso mañana, puede que hagamos una barbacoa o puede que nos quedemos en casa leyendo, enfilando los últimos escritos para entregar, o arreglando los armarios; y así pasemos el día, esperando que pase y que el bucle en el que han entrado algunos no nos lleve a la desgracia de tener que lamentar no solo la pérdida de la democracia, sino incluso temer por la integridad física, o incluso propia vida. De hecho, la muerte civil ya nos la han vaticinado a muchos, a la mayoría diría yo.



domingo, 3 de septiembre de 2017

QUEENSBORO


La gente vestía de negro aun cuando no tuviera motivos para ir de luto. Iban de luto por anticipado. En aquel lugar, el cumplido más irreflexivo podía interpretarse como una maldición.

Los hijos -Gay Talese 





Guardábamos silencio y una sana distancia. Todo lo que había que decir ya se había dicho, por eso fue extraño que después de tanto tiempo, mientras recogía los platos de la cena, John me dijera que estaba al teléfono. Un gesto con los hombros, mientras sujetaba el aparato, eran la imagen de su propia sorpresa. Dejé de ver a mi madre después de enterrar a papá, había vuelto a casa al saber que ya no había nada que hacer, que su final estaba cerca. Quería despedirme, verle con vida aunque fuera una última vez para poder recordarle y que él, si había vida más allá del infierno que había sido su vida, supiera una vez más que le había querido mucho. Al terminar, cogería un avión, cruzaría un océano de sentimientos y tristezas y continuaría con aquella vida que había empezado a construir lejos de casa. Quince años no son nada o quizá lo son todo, una vida distinta, una familia nueva y la latente presencia de la ausencia.
No sé si en algún momento quise a mamá y si en algún momento lo hice, ya lo he olvidado. Durante años intenté rescatar un recuerdo que no me dejara extenuada, que no fuera el de una mujer absolutamente desquiciada, que gritaba de un modo desmedido y que asomada al balcón, desnuda, amenazaba con lanzarse al vacío sin importarle absolutamente nada, ni siquiera el miedo que me provocaba y que hacía que me meara encima. Se marchó un diciembre, llevándose para siempre a mi hermana y dejando, en el salón, una nota absurda. Tenía cinco años.
Algunas veces, cuando ya no vivía con nosotros, volvía a la ciudad. Llamaba a casa para avisar que me recogería a la salida de la escuela y que me llevaría a merendar. Aquellas visitas suyas, en las que aparecía sola, sin Marimar (porque había volado al cielo porque Dios lo había querido así), me provocaban dolor de barriga y un miedo feroz a no volver a ver a papá, a la abuela, a vivir con aquella mujer extravagante de aspecto extraño de la que ya no sabía nada y que me mandaría al cielo también, si Dios así lo quería. Durante las tardes con mamá, las pocas que hubo durante mi infancia, se empeñaba en recordarme que era su hija, lo mucho que me parecía a ella y lo pronto que estaríamos juntas. Aquellas afirmaciones, en boca de lo que para mí era ya una extraña, me aterrorizaban y al volver a casa, con el olor de su perfume envolviéndome por completo, cruzaba el recibidor de casa corriendo hasta llegar al baño y allí, llena de miedo, vomitaba hasta vaciarme por completo. Al llegar a la adolescencia le perdí la pista, solo alguna vez recibí alguna carta en la que decía estar bien y recordarme que era su hija. Eso era todo. Con el tiempo, dejé de recibir nada pero tampoco lo echaba de menos.
Las razones de su marcha, por qué se fue, ahora ya no importaban. Tampoco importaba que por el camino hubiera arrasado con todo, nada importaba ya. Papá ya no estaba, la abuela tampoco y Marimar solo era el recuerdo de un bebé que quedó suspendido en el aire y voló antes de que yo consiguiera, siquiera, atarme los zapatos. Nunca volví a ver a mi hermana, mi media hermana según supe más tarde.
Nos vimos durante el entierro de papa, yo había volado desde Nueva York a Barcelona, conjurando a todo lo que podía para llegar a tiempo para despedirme de un padre que ya no me reconocía. Aún no sé cómo lo supo, cómo se enteró, pero aquella mañana estaba allí, vestida de riguroso negro. Me estaba esperando dijo que quizá ahora podríamos volver a empezar. Siempre tan inoportuna, siempre tan ella. A los dos días, después de recoger las pocas cosas de papá, cogí un avión para no volver. De mi vida allí ya no quedaba nada, todo lo llevaba conmigo. Mi vida, mi pena, mi pasado y un futuro al que mirar sin volver la vista atrás porque ya no hay nada que mirar.
Había crecido desconociéndolo todo, salvo que no quería ser como ella y sin embargo, ahora tantos años después, también yo vivía lejos con una hija a la que solo veía en vacaciones, y la sensación constante de que por amor me estaba perdiendo la vida de mi propia hija. Le pedí a John que le cogiera el número, que llamaría yo mañana. La diferencia horaria serviría de excusa al menos por una noche. Mamá no conocía a John, ni John a mamá. La vida había pasado y aquella mujer, mi madre, no era nada más que el momento inicial de mi existencia, de mis grandes aciertos y mis errores. Pura biología y nada más. Llamé a la costa este, Ana estaría ya en casa. Necesitaba decirle que la quería mucho y que ella me repitiera que no fuera pesada y que me confirmara el vuelo de su llegada. Al colgar, miré por la ventana de la cocina, a lo lejos, las noches despejadas se ven las luces del puente de Queensboro y verlas ahí, tan titilantes como yo misma, siempre me tranquiliza. Guardé la nota con el número apuntado en el bolsillo trasero del pantalón y continué recogiendo los platos sucios. 



domingo, 27 de agosto de 2017

GATOS PARDOS


Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas.

Kirme Uribe 





Empezar por lo más difícil y así, de esa manera, al final todo se volvía más sencillo, como una cuesta abajo a la que se llega de una manera fácil. Rodar y rodar sin aspavientos y dejando espacio para que lo feo quede ya en penúltimo lugar y, con suerte, se vaya olvidando. Esa manera de afrontar la vida se la había enseñado su abuela, aunque a estas alturas de la suya, su vida, no tenía muy claro si lo había aprendido bien o si era su gafe perpetuo lo que hacía que al final aquello que era difícil y desagradable quedara siempre en el primer puesto y lo amable estuviera siempre en la cola del pelotón, sin puntuar absolutamente nada.
La abuela había sido una mujer excepcional, había vivido una guerra, una posguerra y había sobrevivido a la burbuja inmobiliaria que se llevó por delante su casa, arrastrada por un aval temerario, y la vida de un hijo calavera al que mal proteger, que se acabó colgando del pomo del baño de una pensión sin que nadie consiguiera explicarse cómo es posible ahorcarse con los pies tocando el suelo. Ahora, pasado los noventa, la abuela se consumía frente a una ventana abierta a un patio interior sin reconocer siquiera la mano que de vez en cuando se llevaba a la boca para apartar la última mosca que ahí se posaba. Para él la vida había sido muy distinta, nada de escándalos, nada de guerras ni de posguerras en los zapatos. La burbuja inmobiliaria le cogió en un piso de alquiler que continúo pagando con su salario de funcionario. En su vida anodina no había grandes dramas, ni grandes alegrías, por eso le molestaba tanto que aquel tipo recién llegado le hubiera pisado su sitio en la oficina. Le doblaba la edad, solo por eso le debía un respeto, pero el chaval no debía de saber de estos temas y por eso su presencia holgazana, con esas camisetas chistosas a las que todos reían la gracia, las deportivas sucias y el pelo cortado a mordiscos según una moda que no comprendía, le sacaban de quicio y alguien debía darle una lección. Los graciosos también se mueren, pensó. Le mandaría al archivo, entre la cochambre y polvo, con suerte una estantería mal calzada se le vendría encima y esa sonrisa estúpida quedaría estampada en algún expediente como un sello de registro de entrada. Algunos finales tienen cierta justicia poética, se dijo. Se dio la vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a esa hora los gatos pardos se amontaban ya sobre la almohada y así no hay quien duerma.




martes, 22 de agosto de 2017

HORQUILLAS OXIDADAS



Incapaz de cualquier sentimiento de pasión, ya fuera por una cosa, una idea o una persona, no había podido o no había querido mostrarse a sí mismo bajo ninguna circunstancia y se las había ingeniado para mantenerse a cierta distancia de la vida, para evitar sumergirse en el torbellino de las cosas.


La invención de la soledad- Paul Auster






Llevaba el pelo tan desmañado que ya no me quedaban horquillas ni gomas con las que recoger aquel desbarajuste. Pero me daba pereza, una pereza infinita tener que volver a fijarme en cosas como la ropa, el cabello, el aliño propio de la vida diaria. Me miré en el espejo, recoloqué un mechón de pelo que sujeté con fuerza antes de que el sudor que traía el bochorno lo empapara y lo convirtiera en algo parecido a un despojo, y me tumbé en el sofá. Conté los días que quedaban antes de volver al trabajo, exactamente cinco sin contar el fin de semana. Miré alrededor, los cojines, que en las últimas semanas habían ido adoptando las más variadas formas de mi cuerpo, se habían transformado en moldes huecos. Ponga dentro un poco de sudor, un poco de sexo, una docena de noches extrañas y et voilà: un par de moldes a disposición de la pereza de mi cuerpo. Encendí el televisor y unas mujeres estupendas, con unas piernas impresionantes, daban una paliza feroz a un pobre desgraciado. Ciertamente el mundo está cambiando, aunque nadie puede asegurar que sea para mejor. Pasó de medianoche, ahora ya solo quedaban días, sin contar el fin de semana, para que un ejército de desalmados transitemos arriba y debajo en esta ciudad congestionada por el desvarío y la calima mediterránea. Me adormecí pensando en el mundo perfecto compuesto por cuatro horquillas oxidadas, una copa de vino tinto y siete docenas de  llaves para ir cerrando puertas. Un mundo peculiar, sin ninguna duda.




lunes, 21 de agosto de 2017

RUIDO


Si el mundo ha de cambiar para mejor debe empezar con un cambio en la conciencia humana.
Václav Havel





Era cuestión de tiempo y llegó. Barcelona se ha convertido en el centro del huracán y del terror. Y todos lo sabíamos, si queríamos saber, si decidimos no hacer oídos sordos a la amenaza en la que vivimos los países occidentales y engañarnos con el “buenismo” de la ciudad cosmopolita y de acogida que algunos creen que protege de algo. Y desde entonces, hasta hoy, el ruido mediático es espectacular. He leído de todo aunque he escuchado bastante menos, quizá porque el atentado me cogió en Holanda y aunque la misma sombra se cierne sobre cualquiera que camine por sus calles, cuando lo negro llama en la puerta de al lado solo respiras y sigues, supongo que por eso nadie hablaba de ello. Desde entonces y ya de vuelta, algo me remueve las tripas y creo que es ese ruido que embrutece y ensucia los oídos a base de las locuras y majaderías de algunos que son capaces de sacar rédito al miedo y al dolor de otros; el ruido de los que justifican lo injustificable y que nos provocan la arcada al resto; el ruido de la vida que se tambalea junto a la inseguridad de no saber qué puede pasar mañana. Pero mañana saldremos a la calle a caminar, a seguir viviendo con cierta normalidad porque nos lo debemos, porque se lo debemos a los muertos vengan de donde vengan, y porque la compasión por las víctimas y sus familias no debe quedar ahogada por el ruido de algunos que juegan a un repugnante ventajismo, ni por el del salvajismo asesino de otros que merecen menos que cero.



miércoles, 9 de agosto de 2017

CALDERILLA


Solo quiero hablar contigo.
¿Por qué surge el amor? 
entonces me hice viejo
vino la muerte y escribí esto
Ten cuidado, es agudo como el mundo.

                                                 Anne Carson






Se ajusta la corbata sin mirarse en el espejo. Cada mañana, desde hace ya muchos meses, hace el mismo ejercicio. Se levanta antes de que suene el despertador, camina hacia la ducha, cinco minutos son suficientes y se viste, cada día un poco más rápido. Enciende la cafetera y coloca una cápsula que acabara desaguada sin probar una sola gota. Deja la taza sobre la mesa para que el engaño sea un poco más creíble. Las prisas, ya sabes, contestará cuando le riñan por dejarlo todo por en medio. Antes de salir de casa, abre la puerta del dormitorio y la besa desde la distancia, sin dar un solo paso. Que siga durmiendo mientras pueda. Coge la cartera y baja andando por la escalera como si tuviera mucha prisa. Saluda al hombre del puesto de los cupones y empieza a caminar sin rumbo. Le quedan nueve horas por delante en las que la vida será la prolongación de las otras nueve horas de ayer, de las de anteayer y así en una espiral de horas muertas. Pasa por delante de un mendigo que dormita apoyado contra la fachada del supermercado, acaricia el lomo de un perro tan sucio como la mano que lo peina. Cuenta las monedas que le quedan en el bolsillo, las mismas que el lunes le pidió a Sonia después de decirle que había olvidado la cartera en la oficina. Piensa en dejarlas en el cazo que pero sabe que no puede, que no debe, que tal vez mañana las necesite para desandar en autobús todo el camino que lo aleja del barrio para que nadie le vea, para que nadie pregunte. Le duelen los pies y la cabeza. Piensa que pueda que sea por el día gris que se ha levantado, de las lluvias que dicen que vendrán y no llegan, de la contaminación que lo impregna todo. Y mientras piensa, intenta olvidar que el dolor se va a quedar durante días, quizá toda la vida, porque es la consecuencia de una gran mentira que crece. Se han terminado recursos para inventar historias con las que ocultar que ya no tiene nada que hacer, que desde hace meses su vida es un caminar y volver a caminar. La pérdida de peso es por la dieta y el ejercicio, es lo que cuenta por ahí. Revuelve el bolsillo y vuelve a contar las monedas, quizá podría tomar un café, aunque puede que mañana se arrepienta.
Se sienta en la terraza, espera que le sirvan para remover la culpabilidad con una cuchara diminuta mientras guarda el sobre de azúcar en el bolsillo. Nadie diría que la esperanza es un botón que se estropeó hace tanto. Hoy tampoco hablará con nadie. Cuando vuelva a casa, Sonia, derrotada, dormitará en el sofá maldiciendo las horas que estuvo de pie. En silencio verán la televisión durante un rato y antes de medianoche se acostarán dándose la espalda. Mañana amanecerá de nuevo, aunque la noche no haya servido para absolutamente nada y apenas quede calderilla en el bolsillo.





lunes, 7 de agosto de 2017

AGUA TURBIA



Avejentada en cien años, en un solo día,
El confiado animal fue llevado bajo latigazos
a su armonía preestablecida.

Ingeborg Bachmann




Estuve viviendo en aquella ciudad un par de años. Después de aquello, nunca más volví y aunque guardo muy vivo el recuerdo de aquellos días, aun hoy no estoy segura de si lo que de vez en cuando vuelve a mi cabeza es algo cierto o es solo la construcción adulterada de una realidad que no fue. En esos momentos, cuando la idea del relativismo de andar por casa me ataca, me ahogo. Me confunde pensar en lo relativo de lo vivido, en la necesidad de contar con mil versiones distintas de unos mismos hechos para de ahí intentar extraer la verdad y solo la verdad. Y que la mía, la que de vez en cuando vuelve, no sea más que la distorsión en estado puro de mis necesidades. Tengo recuerdos que puedo contrastar: el tiempo, la ropa que vestía, que en mi cuenta los números rojos eran la tónica general, pero lo demás, puede que todo lo demás, sea solo parte de una espejismo. El recuerdo nunca es fijo, como tampoco lo son las sensaciones. Sé que tuve miedo, miedo a perder el control. Pero el control, ese que no podía controlar de ninguna manera, con el tiempo dejó de ser una carga pesada y se tornó algo llevadero y bastante menos amenazante. Por aquel entonces sobrevivía con una beca bastante escasa y me alimentaba de las lecturas que me recomendaba y me convertí en un ser hambriento de su presencia y dependiente hasta la extenuación. Su potente omnipresencia no sirvió más que para abonar el tiempo que, multiplicado por su impuesta ausencia, me convirtió en una marioneta estúpida. ¿De verdad me interesaba la poesía de Ingeborg Bachmann? Entonces creía que sí, que bajo las letras de cada uno de sus poesías, leídas con su voz grave y adusta, encerraban el secreto de una vida entera. Pero un día al volver al cuarto que ocupaba en un piso compartido, con el frío batiéndose entre mis huesos, encontré una nota en el buzón: "Bachmann ha muerto. Cuídate". Pasé semanas sin salir de casa, ovillada entre sábanas viejas. Recibí una carta con un billete de vuelta a casa. Hice las maletas como pude para regresar. Acababa de vivir una película extravagante pero había llegado la hora de volver a la realidad. Nunca volví a saber de su existencia, ni siquiera si seguía con vida. Tarde años en volver a leer a Bachmann. Quizá porque entre nosotros todavía se escondía el secreto de las vidas que no nos pertenecen y el agua turbia se estanca en recodos extraños.





martes, 1 de agosto de 2017

ANY CASE


Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede 
comer un buen filete.

Woody Allen




Tengo la intuición de que lo que dice no es producto de su imaginación, sino algo así como la versión ligeramente transformada de su vida. Pero aun así me gusta leerle, releerle cuando es posible porque es tanto como saberle a medias, e imaginar que bebe despacio, pasando la punta de la lengua por la comisura del labio para arrastrar el poso de la espuma del café; imaginar cómo, de una manera casi imperceptible, va dando golpecitos suaves con la punta de un rotulador sobre un folio en blanco que al terminar el día se ha convertido en un galimatías indescifrable de puntos y manchas. Me gusta pensar que, aun en la distancia, el aire le devuelve la idea imprecisa de mi existencia que ya no dice; y que eso que ahora dice, que aturde y pesa, es su vida en estado puro. 









lunes, 24 de julio de 2017

CABERNET SAUVIGNON



Ese instante de alarma y temor a no entenderlo 
cuando anuncian que te van a contar un chiste.

Iñaki Uriarte







No hace demasiados días intenté comprar unas botellas de vino, tinto a mayor gloria de los manteles blancos y de los paladares tibios. Estaba pensando en organizar una cena `para deshacerme de un verano medianamente hostil. Unos pocos amigos nada más. La cosa tumultuaria no cabe en ni en mi casa ni en mi vida. Entré en la tienda sin una idea de lo que quería llevarme más allá de que fuera tinto. No entender de nada permite descubrir cosas y en este aspecto, no al no tener una elección preconcebida, ni indicaciones que seguir, cualquier recomendación deliciosa que no me estropeara la economía ya me venía bien. Recorrí los estantes arriba y abajo, estudiando las etiquetas de las que apenas soy capaz de entender nada pero que encuentro encantadoras. Camine entre cajas y pasillos y me encontré calibrando sobre la posibilidad de enfriar un mundano cabernet. Di media vuelta para salir y lo hice, pero con las manos vacías. En algún lugar de mi cabeza se había disparado el pistón de una vaga melancolía y, a partir de ahí, cualquier elección habría sido ruinosa. Volví a casa caminando bien, sin prisa alguna, dándole vueltas al hecho de nuestra común torpeza y de ahí a la cocina sin cambiar el paso. Me abrí una lata de agua con gas y me ahogué entre unas cuantas burbujas.  







lunes, 17 de julio de 2017

Mr. DARCY



-¿Te acuerdas de Marc? Habías jugado en su piscina hinchable. Ahora es un abogado de prestigio.
-No lo recuerdo.
-Parece que se ha divorciado. Su esposa era japonesa. Una raza muy cruel.

El diario de Bridget Jones






He roto la media de mis lecturas y lo contemplo con estupor. Creo que he tocado fondo y que algún que otro desvarío me ha desnortado. Estoy cansada, el año normalmente no acaba en diciembre sino en el caluroso julio, y aunque he comprado unos cuantos libros en las últimas semanas, los voy acumulando sobre la mesa del estudio en un montón que empieza a cegar la lamparilla. Cada vez que paso por ahí y veo el pequeño rascacielos, acaricio las cubiertas y me digo que en agosto volverá la normalidad, que leer volverá a ser fácil incluso con las gafas nuevas. Pero tengo serias dudas por culpa del empacho de la locura de actividad de los últimos meses; necesito resetearme. Llegar a julio como si fuera el fin del mundo, un año más. Y, aunque no es nada nuevo, me vuelve a coger desprevenida, por eso aun me extraño de esta especie de apatía lectora que me demora entre líneas algo más que media vida, y de la que me duelo como alma en pena explicando, a quien me quiera oír, que se me están estropeando las traviesas de mi vida, aunque sepa que no hay para tanto que, en definitiva, todos tenemos parones mentales y el que no, que levante la mano.



miércoles, 12 de julio de 2017

CONFITERIAS


Bajo la luna
El tigre de oro y sombra
Mira sus garras.
No sabe que en el alba
Han destrozado a un hombre...

                                         Jorge Luis Borges




Estamos viviendo en un momento de lo más complejo desde todos los puntos de vista. El descontento es generalizado y la sensación de hastío es ya tan profunda que parece difícil que volvamos a levantar cabeza en los próximos años. No hay manera de sustraerse al pesimismo generalizado y cuando uno se tapa los oídos con fuerza para intentar no desgastarse en exceso y vivir rodeado de las cuatro cosas y personas de su día a día, se queda cojo, falto de una realidad que apremia por las costuras. La ruina se cuela por cualquier resquicio. La falta de una perspectiva y de un conocimiento cierto del sentir de las gentes en momentos anteriores nos hace creer que vivimos lo peor, pero quizá nuestra visión sea solo una desilusión óptica deformada por el desgaste. Nuestras condiciones, en esta parte del mundo, son mejores que hace cincuenta años. La gran mayoría no pasa hambre, los niños están escolarizados, nos morimos en los hospitales de puro viejo y nuestra pobreza da risa a los que cruzan el Mediterráneo en busca de una oportunidad que allí no tenían y que difícilmente tendrán aquí. Nos invade un sentimiento de desencanto profundo. Levantar la vista y mirar al frente no mejora las cosas. Vivimos en un momento extraño, un momento relativo que observamos con el ojo ciego de la historia. Arreglar el desaguisado moral en el que hemos caído no parece estar al alcance de nadie. Vamos cabeza abajo y solo queda buscar refugio en las pequeñas cosas, en las que nos permitan pensar y creer que no todo está perdido. Hay días que vivir hacia fuera es muy difícil y solo es posible mitigar el desconcierto si uno aprieta el botón de apagado de casi todo y uno se enrola en una conversación interminable con un café entre las manos, o llega a casa y se encama con aquellos que más quiere esperando que el mañana sea más liviano y huela menos a pesadumbre.





sábado, 8 de julio de 2017

SOBREVOLAR



Los dioses se han marchado, nos queda la televisión.

Manuel Vázquez Montalván






Algunas tardes, en los días claros, subo a la azotea, saco una cajetilla de tabaco del bolsillo y le doy vueltas. Juego con ella entre las manos mientras me acomodo en la escalera de incendios. Fijo la vista en la línea del horizonte, allí donde el mar se entremezcla con el cielo, e intento ver si de verdad se puede ver, desde esta altura, la isla de Mallorca. Decía mi abuela, que vivía cerca de las Atarazanas Reales, que si uno se empeñaba podía ver las islas encaramándose en cualquier sitio un poco alto de la ciudad. Por entonces la única altura considerable se conseguía pagando unas cuantas pesetas que transportaban al paseante hasta la cúpula de la estatua de Colón y, una vez allí, solo quedaba forzar la vista para alejarse del rompeolas y mirar al infinito. Al final, como un puntito sobre una "i" se encontraba la isla. Nadie, ni siquiera previo pago, consiguió ver nada más allá de las cuatro golondrinas dando vueltas por el puerto, algunas gaviotas sorteando las olas mansas de la dársena y algún que otro pesquero volviendo a casa. 
Ayer tampoco se veía Mallorca. Unas cuantas gaviotas sobrevolaron el terrado imponiendo su graznido sobre el ruido de la ciudad. Al fondo, sólo un buen puñado de rascacielos que malhirieren la línea de la costa. Más allá, la nada. Aun así, quedan las azoteas, las cajetillas de tabaco, las escaleras de incendios y el rumor lejano de la ciudad que para ensimismarse un rato, sin perjudicarse en exceso, tampoco está tan mal.







lunes, 3 de julio de 2017

SATURA PARK


Y yo te sigo viendo
con una nube en cada hombro y una taza de caldo cada día,
y estabas desclavándote
y las palabras que no podías decir,
que no podías decir a nadie en aquel pueblo te iba atando a 
una columna.

Luis Rosales




Empecé haciendo trampa, buscaba entre libros y periódicos una primera frase con la que empezar la hoja en blanco. Era algo así como romper el hielo con un extraño, que se me presentaba distante, con algo ya probado antes con buen resultado. Al poco me di cuenta de que aquella artimaña no servía de nada porque aquellas primeras palabras, que parecía que estaban bajo control, en mis manos se convertían en poco menos que un desastre. Así que improvisé del principio al final, sin nada en que escudarme. 
Le di a leer unas cuantas hojas que recogían la historia de una astronauta que había decidido enrolarse en un viaje espacial con la sola finalidad de desintegrarse antes de cruzar la atmósfera a una velocidad estratosférica. Le vi levantar la ceja. Me preguntó el motivo por el que aquella mujer, que según le contaba había sufrido una inmensidad hasta conseguir trabajar en una agencia espacial, solo pensaba en desintegrarse delante de los ojos de los que estuvieran viendo el despegue. Contesté que no lo sabía, que quizá era por llamar la atención. Dobló las hojas y me las devolvió. Me invitó a dar un paseo. Caminamos en silencio durante una hora. Al llegar a la esquina de la Quinta con Satura Park se detuvo, jugueteó con la punta del pie con las hojas que cubrían la acera, miró al cielo y dijo que parecía que iba a llover. Encendió un cigarrillo y se despidió con un leve gesto de la cabeza. Cuando apenas llevaba unos pasos, y yo me reconcomía por mi torpeza sin fin, se dio la vuelta con la misma lentitud que un fotograma de cine antiguo y le escuche decir que debía seguir pensando, que nadie imagina inmolándose de una manera tan artificialmente estúpida. Siguió caminando y ahí seguí, viendo como aquella espalda se convertía en un puntito indefinido. Miré al cielo y vi la estela de un avión cruzando a toda velocidad. El murmullo de la ciudad me despertó del estado de desconcierto en el que me encontraba mientras unas gotas diminutas empezaban a teñir el asfalto. Al torcer la primera esquina, doblé los papeles, los guardé en la bolsa y pensé que me había ganado un café. Nadie se suicida, ni siquiera en un relato pésimo, de un modo tan rocambolesco y estúpido, tenía razón.









sábado, 1 de julio de 2017

CERTIFICADO DE ÚLTIMAS VOLUNTADES


Algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición, como si fuera un abrigo caro que se ha quedado ya demasiado pequeño.
 Departamento de especulaciones
Jenny Offill







Fue ayer, al volver a casa, cuando me paró Juan para entregarme los periódicos. Se los pagué y le encargué que esta próxima semana vuelva a guardarlos. El próximo viernes, cuando vuelva a casa, se los recojo de nuevo. Le compro prensa atrasada que sé que no leeré porque cuando me los dé ya lo habré hecho de cualquier otra manera. Pero es la costumbre y, de alguna manera, una especie de pacto conmigo misma para que se mantenga abierto el quiosco de la calle en la que vivo. Cuando ya me iba hacia casa, me llamó de nuevo, le habían dejado nota para que pasara por la farmacia, allí  tienen algo para ti, me dijo. La vida de barrio tiene estas cosas, los vecinos te conocen y puedes encontrarte encomiendas por cualquier sitio. No me molesta, en absoluto. Unos metros más allá, entré en la farmacia. La boticaria, un encanto de mujer, me saludó más amable que otras veces si cabe. Compré un par de cosas y hablamos de la semana y de que en el patio me esperaban tres cajones de plástico con un buen surtido de plantas que eran para mí. Cruzamos la rebotica mientras me cuenta que estos días que he estado fuera a Paquita se la llevaron de urgencias. Duró un par de días. Los estiró como pudo hasta que llegaron sus hijos y sus nietos para despedirse y entonces se fue. Ayer cerraron el piso y sus pocas cosas fueron retiradas sin hacer ruido, algunas repartidas según ella quiso y el resto a saber. Una semana y el telón se baja del todo. El propietario debe andar frotándose las manos, un alquiler de renta antigua menos. Recojo dos de los cajones y le digo que volveré a por el tercero antes de que cierre.
Esta mañana de sábado, antes de que el sol empezara a apretar para continuar con una tremenda tormenta, he replantado la lavanda, la menta, la albahaca, la citronela y el tomillo. Mientras hundo las manos entre la tierra, acomodando las raíces con cuidado, les deseo larga vida; y a Paquita, que vivió como le dió la gana desde que perdió a su marido cincuenta años atrás, que encuentre la paz que siempre quiso y que a veces jugaba al escondite entre los tiestos de su balcón. Algunas herencias no precisan más certificado de últimas voluntades que el deseo de uno y las ganas de otro.  





   




domingo, 25 de junio de 2017

PANFLETOS


El periodismo consiste esencialmente en decir. 
Gilbert Keith Chesterton






He tenido la santa paciencia de leer el editorial del "New York Times" para saber qué es eso que tanto ha alegrado a la Generalitat, a los secesionitas catalanes, y tanto revuelo ha causado en las redes sociales por su apoyo al referéndum en Cataluña y su oposición a la independencia. Y lo de la paciencia puedo decirlo ahora después de leerlo. Empieza a ser realmente cansado que, en relación a este tema, se hable con más falta de información que otra cosa y previo poner el cazo para escribir cualquier cosa, incluso que un elefante rosa sobrevuela el cielo cada noche cuando cae el sol, si es necesario.

Una mentira repetida cien mil veces no se convierte en verdad, pero puede hacer mella en muchos que no tienen el más mínimo interés en conocer el fondo de nada y se dejan convencer por el renombre de quien, previo pago, decide escribir la más inmensa de las majaderías.
En Cataluña, unos cuantos, que no son la mayoría, abogan por la independencia de España y pretenden llegar a ella pese a quien le pese, ilegalidad mediante, y sin pensar que su proyecto no es un proyecto común. El aparato propagandístico trabaja sin descanso desde hace décadas, desde que la familia Pujol expoliaba a todo el mundo enarbolando la bandera del nacionalismo.

He de reconocer que si no fuera porque vivo en este país desde que nací, que lo hice cuando Franco aún era el jefe del Estado, que viví la ilusión de mis mayores durante primeras elecciones y que la promulgación de la Constitución fue un paso de gigantes hacia la libertad, creería vivir en un país reprimido, ocupado y oprimido bajo la bota una dictadura que amenaza con terror constante; un país sin opciones políticas en el que el Parlamento no fuera elegido por sus gentes; un país en el que mostrar un pensar diferente al del régimen llevara a los huesos del opositor a estrellarse contra el suelo de una celda, como en Venezuela por decir algo. 

Pero resulta que he vivido y vivo en un país que, pese a algunos, tiene sus grandezas. Un país que ha conseguido sobreponerse a grandes desdichas y problemas. Pero somos, también, un país con grandes contradicciones y miserias. Por eso hay algunos que por buscar cualquier apoyo, incluso los más sucios, recurren, sin rubor alguno, a sacarse la foto con aquellos que diezmaban la vida de sus conciudadanos y los hacían vivir en el terror constante. Esos que ahora, cuando ya no les queda un aliento a sus nueve milímetros parabellum y aprovechando que  los muertos siguen en sus cajas, pretenden dar lecciones de democracia sin que les caiga la cara de vergüenza.

En Cataluña, en la que la Ley de desconexión ya se ha aprobado, el referéndum que tantos mentan es solo una pamema que pretende victimizar a los secesionistas. Es vergonzoso ver como se aprueba n reformas legislativas para evitar el debate parlamentario, la aprobación de normas inconstitucionales mientras la crisis económica y asistencial se ceba sobre la gente de la calle. La grandiosidad de algunos proyectos espanta.

Y en ese país que algunos imaginan terrible, antidemocrático, la legalidad existe aún hoy. El estado de Derecho debe protegernos de alucinados y enajenados que, a saber qué motivaciones tiene, pretenden socavar, no sólo la historia, sino la pacífica convivencia entre la gente de bien. Por eso repugna hasta la saciedad el retorcimiento interesado que algunos hacen de la situación real que vivimos.  

No todo vale y no todo es cierto aunque se publiquen en un panfleto internacional con cierto renombre. Una mentira repetida cien veces seguirá siendo mentira.