domingo, 12 de noviembre de 2017

RELENTE





Lo que hace soportable la vida es la idea
 de que podemos elegir cuándo escapar.

Enrique Vila-Matas




Arrastrarse por su espalda para respirar de su cuello los restos de un día espeso que esconde un cuerpo aturdido. Acariciar las porciones rotas, descompuestas en mil, que no simulan nada y que volverán a armarse en cuanto aparezcan los primeros destellos de luz y se cierre la puerta. Quedará, entre las sábanas, los resto de una noche extraña, el murmullo de lo obsceno y el relente de los que solo buscaron un poco de paz, un poco de descanso, sin importar nada más.






lunes, 6 de noviembre de 2017

LA PESTE




—Tío Bob, cuando las cosas se complican tanto que no hay solución, ¿usted qué hace?
—Sr. Fitzgerald —me dijo—, cuando las cosas se ponen así, yo trabajo.
Francis Scott Fitzgerald 





Una de las cosas que más me molesta de situación actual es que nos está absorbiendo la vida propia, los espacios en los que podíamos perdernos sin temor a que, mientras andabas entretenido por ahí, llegara un cataclismo absoluto y te reventara el modo de vida. La política embrutece. Son tiempos de odios y desprecios, de negaciones y poco sentido común.  Vivir desde la resistencia a caer en el rebuzno colectivo, intentando que nada de todo lo que viene de fuera se convierta en lo único que nos ocupa el espacio de dentro. Intento tranquilizarme pensando en que todo es pasajero y que el tiempo, más pronto que tarde, nos devolverá a ese momento en que podíamos aburrirnos sin tener en la cabeza la idiocia constante de unos cuantos. Algunos días cuesta dormir. Es imposible conciliar el sueño entre brumas histéricas y futuros imprecisos. Todo tiene un precio y de momento se lleva las horas se sueño haciéndonos vivir en una permanente vigilia de desconcierto e inseguridad.  Llueve en Barcelona como es habitual en noviembre. Tan habitual que, pese a todo, no me cuesta imaginarme frente a la ventana, hilvanando cuatro notas que al final nunca llevan a nada. Pero ahora solo espero que llegue el día en que sea sencillo volver a sentarse frente al ordenador y dejar cuatro cosas escritas sin mayor pretensión que reinterpretar la vida como se pueda. Mientras, y en tanto no llegan de nuevo esos días, reseguiré con el dedo la única gota de lluvia que ahora mismo recorre la ventana en busca de un final que se antoja lejano y olvidaré que esta noche, quizá, tampoco sea posible dormir.


domingo, 29 de octubre de 2017

NO NOS ENGAÑAN





Escribo cuatro líneas rápidas antes de salir hacia Paseo de Gracia. Tenemos que ir andando, durante  la concentración del 8 de octubre coger el transporte público fue algo más que una proeza (se bajó la frecuencia de paso del metro, los trenes apenas podían absorber la cantidad de gente que se agolpaba en las estaciones, el aire acondicionado en vagones atestados hasta la bandera brilló por su ausencia. Una absoluta barbaridad perpetrada por la alcaldesa de esta ciudad que según el día, y como se levanta, apoya a los independentistas (ahora ya golpistas) y  que cuando le huele la posadera a quemado entonces recula y abomina de ellos).  Hoy la sociedad vuelve a salir a la calle para decir que los otros catalanes, los que no somos nacionalistas, ni independentistas, existimos, que creemos en el Estado de Derecho y que formamos parte de España. Somos muchos los que rechazamos ese credo xenófobo y supremacista inventado por algunos que pretenden acaparan y monopolizar la vida de la sociedad catalana, quebrantando la convivencia, los lazos de solidaridad y afectos entre las personas y los pueblos y, sobre todo, el Estado de Derecho. Mucho se ha escrito sobre el independentismo todos estos días.  Quiero repetir que Cataluña no está oprimida, al menos no por España. La única opresión que aquí existe es la de los sectarios que desde hace años se han colocado, mediante el engaño, el saqueo y la demagogia, en los puestos de poder; aupados, tampoco hay que negarlo, por los que desde el Estado les reían la gracia a ese mal llamado nacionalismo tolerante. El nacionalismo, por naturaleza y definición, nunca es tolerante. Durante semanas, meses, no me he cansado de repetir que el cumplimiento de la Ley es la única seguridad que tenemos los que no tenemos ningún poder. Y lo vuelvo a repetir hoy, más alto aún si cabe: No cabe nada al margen de la Ley cuando vivimos en un estado democrático como el nuestro. La locura sectaria de los independentistas, inventando una historia inexistente, pretende llevarnos al abismo, pero no les vamos a dejar. No somos cinco o seis, como no se cansan de decir, somos muchos, muchos más que ellos y esta guerra, que lo es, la vamos a ganar.






domingo, 22 de octubre de 2017

CONTRADICCIONES

El color del pelo parecía saltar y moverse como
 el temblequeo de una cerilla al viento.
Eudora Welty




Los motivos por los que hacemos determinadas cosas puede parecer enigmáticos a los ojos de quien nos observa desde la banda. Nuestras decisiones suelen ir acompañadas del escenario que nuestras propias vivencia,  por eso no es extraño que a alguien que carezca de la información necesaria podamos parecerle un loco desquiciado o un maldito perturbado. La vida es particular y es difícil de encajar entre los muros que nos son ajenos, sin hacer un ejercicio expansivo que no siempre funciona. 
Nuestra vida, nuestras decisiones y nuestro propio azar. 
En ocasiones, y a la vista de cuestione sustanciales para mí en la que he equivocado le paso sin poder evitarlo (aunque a veces con toda la intención), he intentado elaborar la “teoría del error azaroso” y sigo en el intento porque las reglas se convierten en excepciones y éstas en reglas que duran lo que dura un tropiezo. Hace no demasiado me preguntaban si algún error me había condicionado la vida. La contestación fue sencilla, los errores me la han condicionado tanto como mis propios aciertos, solo que de estos últimos, como le pasa a todo el mundo, me olvido con facilidad, mientras que con las metidas de pata tejo tristes abrigos en los que me envuelvo durante un tiempo que a veces puede parecer excesivo. Cada uno tenemos nuestros propios ritmos. Nada fuera de lo normal porque, al final, todos hacemos las cosas como podemos. Los que somos gente corriente, sin especial relevancia en nada que no sea nuestra propia vida, nos manejamos entre nuestras propias contradicciones y muchas veces a socaire de las de los que viajan en nuestro mismo tren.



sábado, 14 de octubre de 2017

LA HABANA



Las casas se mueren si nadie las habita, y también las personas.

Kirme Uribe





Acabará el día y con él la necesidad de explicarte algunas cosas, la necesidad de tenerte a la vera y decirte que lo que viene pasará. Que volverán los días en los que el brotar de las hojas verdes y el balanceo de mi pie desnudo será lo único de lo que deberás preocuparte. Pero hasta entonces estas horas que se mueren entre folios blancos y las notas que tomamos mientras la vida era nuestra, pesan como el acero y agujerean la templanza en un futuro que sé incierto desde hace demasiado.  Echo de menos la firmeza de tus palabras, la manera de darle forma al mundo y el saber que la entrega es una decisión compartida y no pesa. Pero el mañana, hecho silencio, se construye bajo la incertidumbre de algo más que el abandono de un cuerpo, de una voz, que arropa y guarda. Y pienso en la ausencia, la muerte y en la caída de los muros que protegieron la piel, las ganas.  El mañana es incierto pero guarda el calor de tu mano desnuda.



jueves, 5 de octubre de 2017

ESTO NO ES ACABA


La identidad es una búsqueda siempre abierta e incluso la obsesiva defensa de los orígenes puede ser en ocasiones una esclavitud tan regresiva como, en otras circunstancias, cómplice rendición al desarraigo.
Claudio Magris





Este blog sigue en marcha. Desde hace semanas se fragua un cuento y en algún momento verá la luz en este minúsculo espacio. Son cosas mías con poco interés pero que me aligeran la carga de la vida y me ayudan a entenderme y a entender el mundo. Pero los acontecimientos de estos días, un volumen de trabajo que a veces no sé si puedo asumir y la familia dispersada intentando hacer lo que hay que hacer, deja poco tiempo para lo que uno quiere. Volveré, y espero que sea más pronto que tarde, tal vez sea mañana mismo y este texto quede un poco ridículo. No sé si cuando lo haga mi nacionalidad habrá cambiado por obra y gracia de unos malvados desleales (que lo son), que se creen mejor que los de al lado, y si como pasó en la antigua Yugoslavia deberé odiar para siempre a mis antiguos hermanos y vecinos. Espero que no sea así. Mientras tanto, aquí seguiremos porque esto no es acaba.


lunes, 25 de septiembre de 2017

STELLA BY STARLIGHT


La imprecisión es el infierno conocido.
Luís Rosales




Los días han ido perdiendo holgura. Algo me dice que debo mirar de otra manera, esperar que el tiempo vuelva a transcurrir despacio, buscar entre tu aliento y mis ganas para dejar que el tiempo mismo se vuelva amplio; que mis manos vuelvan sobre las tuyas y encuentren la palabra adecuada para perderse y dejar de copiar, de modo absurdo, la vida de otros.



lunes, 18 de septiembre de 2017

DE LAS COSAS FUNDAMENTALES



Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder
 en la vida es tener una infancia feliz.

Agatha Christie





Me encontré a Carlos sentado en el sofá. Se abrazaba las rodillas y unos lagrimones se deslizaban mejilla abajo. Dejé el bolso en el suelo, me agache a su altura y tras levantarle la cara que miraba al suelo como si ahí, entre las baldosas pobladas de migas de pan y chocolate, se encontrara todo el pesar del mundo, empezó a balbucear, sin poder aguantar el llanto, que Florita había muerto. Florita es la tortuga de la clase de “los pulpitos”, una mascota que va de mano en mano cada fin de semana. Este último fue el de su final. El lunes no había vuelto a clase y una pequeña charla de la maestra puso punto y final a la existencia de aquel animal que ha durado lo que dura un suspiro, apenas las dos primeras semanas del curso. Carlos cree que existe un más allá donde van a parar todas las cosas que desaparecen de este mundo. Una especie de tierra paralela en la que además de un hermano al que no llegó a conocer, habita el hámster de su prima Sara, los peces de colores que flotan en el estanque del parque cuando llega la primavera y el alma de su muñeco que destripó en una rabieta y que aún hoy pena.  Pero nadie puede cruzar la frontera del aquí y el allí sin que se le pueda decir adiós, o eso cree él. Por eso, después de quitarme los zapatos, lavarle la cara un poco, preparamos la despedida de la tortuga con la ausencia del cuerpo de la pobre Florita, que mucho me temo acabó por en el inodoro de la familia que debía cuidarla el fin de semana. Un dibujo de una tortuga que bien podría ser cualquier cosa, un caramelo un poco mostoso que rescata de la cartera como alimento para el más allá, y unas palabras elegidas cuidadosamente para desearle a Florita que traspase al otro lado sin miedo y con alegría, acaban enterradas en la maceta del patio. Después, con la serenidad que dan las cosas que se hacen como se deben, me llevo a Carlitos al sofá, nos tumbamos con los pies sobre la colcha y miramos las musarañas mientras su padre trastea en la cocina preparando la cena. La vida, a veces, tiene cosas muy importantes aunque los mayores no sepamos verlo.





miércoles, 13 de septiembre de 2017

DE ORO Y SANGRE


Lo peor de los muertos es que dejan vivos.
Leonardo Padura




Equivocarse y que el silencio se transforme en un murmullo que se espesa y atrapa. Buscar la palabra adecuada que rescate de una situación imposible. Hablar de las piedras, de su relativa semblanza y del gris de los andares de los que se saben perdidos. Buscar entre las voces dormidas y dejar que el camino se allane, sin esperar nada, absolutamente nada.




domingo, 10 de septiembre de 2017

11S- NADA QUE CELEBRAR





Existen temporadas en las que ocurren tantas cosas que la consecuencia es una especie de bloqueo que malbarata la posibilidad de ordenar las ideas de una manera rápida y coherente pero no por eso debemos dejar de hacer el esfuerzo de pensar y calibrar. La situación está complicada. Mientras preparamos el café del desayuno me pregunta qué haremos mañana que es fiesta. Podemos ir a pasar el día al campo, llamar a algunos amigos y marcarnos una barbacoa ahora que aun hace buen tiempo, dice. Mañana, 11 de septiembre, es ese mañana que para algunos, como nosotros, solo es un festivo laboral como cualquier otro; mientras que para otros va a ser un día de afán patriótico y nacionalista; un día para sacar bandera, el pecho secesionista y supremacista de los que se creen por encima de cualquiera, por encima de la ley, del Estado de Derecho, incluso de la solidaridad con sus vecinos de puerta y que se apropiaron hace ya mucho de los símbolos y de la calle. Por eso mañana ha dejado de ser fiesta para ser solo un festivo en el que cabe la posibilidad de que si te paseas por el centro, o te da por comentar que la independencia es una barbaridad antidemocrática (se mire por donde se mire), construida sobre un sentimiento y un montón de mentiras interesadas, puede pasar que alguien venga y te parta la cara, o te queme el coche, o te rompa los escaparate de tu comercio o, menos doloroso, te retire la palabra porque tú no eres ni piensas como ellos. Y puede que aunque ellos no te la partan directamente, ni hagan nada de lo anterior, legitimen y justifiquen de una manera asombrosa y sectaria a otros que lo harán en su nombre y en nombre de un Estado inexistente que pretende nacer bajo el yugo de la falta de democracia, la corrupción y el odio a su vecino.  Las cosas están así. Por eso mañana, puede que hagamos una barbacoa o puede que nos quedemos en casa leyendo, enfilando los últimos escritos para entregar, o arreglando los armarios; y así pasemos el día, esperando que pase y que el bucle en el que han entrado algunos no nos lleve a la desgracia de tener que lamentar no solo la pérdida de la democracia, sino incluso temer por la integridad física, o incluso propia vida. De hecho, la muerte civil ya nos la han vaticinado a muchos, a la mayoría diría yo.



domingo, 3 de septiembre de 2017

QUEENSBORO


La gente vestía de negro aun cuando no tuviera motivos para ir de luto. Iban de luto por anticipado. En aquel lugar, el cumplido más irreflexivo podía interpretarse como una maldición.

Los hijos -Gay Talese 





Guardábamos silencio y una sana distancia. Todo lo que había que decir ya se había dicho, por eso fue extraño que después de tanto tiempo, mientras recogía los platos de la cena, John me dijera que estaba al teléfono. Un gesto con los hombros, mientras sujetaba el aparato, eran la imagen de su propia sorpresa. Dejé de ver a mi madre después de enterrar a papá, había vuelto a casa al saber que ya no había nada que hacer, que su final estaba cerca. Quería despedirme, verle con vida aunque fuera una última vez para poder recordarle y que él, si había vida más allá del infierno que había sido su vida, supiera una vez más que le había querido mucho. Al terminar, cogería un avión, cruzaría un océano de sentimientos y tristezas y continuaría con aquella vida que había empezado a construir lejos de casa. Quince años no son nada o quizá lo son todo, una vida distinta, una familia nueva y la latente presencia de la ausencia.
No sé si en algún momento quise a mamá y si en algún momento lo hice, ya lo he olvidado. Durante años intenté rescatar un recuerdo que no me dejara extenuada, que no fuera el de una mujer absolutamente desquiciada, que gritaba de un modo desmedido y que asomada al balcón, desnuda, amenazaba con lanzarse al vacío sin importarle absolutamente nada, ni siquiera el miedo que me provocaba y que hacía que me meara encima. Se marchó un diciembre, llevándose para siempre a mi hermana y dejando, en el salón, una nota absurda. Tenía cinco años.
Algunas veces, cuando ya no vivía con nosotros, volvía a la ciudad. Llamaba a casa para avisar que me recogería a la salida de la escuela y que me llevaría a merendar. Aquellas visitas suyas, en las que aparecía sola, sin Marimar (porque había volado al cielo porque Dios lo había querido así), me provocaban dolor de barriga y un miedo feroz a no volver a ver a papá, a la abuela, a vivir con aquella mujer extravagante de aspecto extraño de la que ya no sabía nada y que me mandaría al cielo también, si Dios así lo quería. Durante las tardes con mamá, las pocas que hubo durante mi infancia, se empeñaba en recordarme que era su hija, lo mucho que me parecía a ella y lo pronto que estaríamos juntas. Aquellas afirmaciones, en boca de lo que para mí era ya una extraña, me aterrorizaban y al volver a casa, con el olor de su perfume envolviéndome por completo, cruzaba el recibidor de casa corriendo hasta llegar al baño y allí, llena de miedo, vomitaba hasta vaciarme por completo. Al llegar a la adolescencia le perdí la pista, solo alguna vez recibí alguna carta en la que decía estar bien y recordarme que era su hija. Eso era todo. Con el tiempo, dejé de recibir nada pero tampoco lo echaba de menos.
Las razones de su marcha, por qué se fue, ahora ya no importaban. Tampoco importaba que por el camino hubiera arrasado con todo, nada importaba ya. Papá ya no estaba, la abuela tampoco y Marimar solo era el recuerdo de un bebé que quedó suspendido en el aire y voló antes de que yo consiguiera, siquiera, atarme los zapatos. Nunca volví a ver a mi hermana, mi media hermana según supe más tarde.
Nos vimos durante el entierro de papa, yo había volado desde Nueva York a Barcelona, conjurando a todo lo que podía para llegar a tiempo para despedirme de un padre que ya no me reconocía. Aún no sé cómo lo supo, cómo se enteró, pero aquella mañana estaba allí, vestida de riguroso negro. Me estaba esperando dijo que quizá ahora podríamos volver a empezar. Siempre tan inoportuna, siempre tan ella. A los dos días, después de recoger las pocas cosas de papá, cogí un avión para no volver. De mi vida allí ya no quedaba nada, todo lo llevaba conmigo. Mi vida, mi pena, mi pasado y un futuro al que mirar sin volver la vista atrás porque ya no hay nada que mirar.
Había crecido desconociéndolo todo, salvo que no quería ser como ella y sin embargo, ahora tantos años después, también yo vivía lejos con una hija a la que solo veía en vacaciones, y la sensación constante de que por amor me estaba perdiendo la vida de mi propia hija. Le pedí a John que le cogiera el número, que llamaría yo mañana. La diferencia horaria serviría de excusa al menos por una noche. Mamá no conocía a John, ni John a mamá. La vida había pasado y aquella mujer, mi madre, no era nada más que el momento inicial de mi existencia, de mis grandes aciertos y mis errores. Pura biología y nada más. Llamé a la costa este, Ana estaría ya en casa. Necesitaba decirle que la quería mucho y que ella me repitiera que no fuera pesada y que me confirmara el vuelo de su llegada. Al colgar, miré por la ventana de la cocina, a lo lejos, las noches despejadas se ven las luces del puente de Queensboro y verlas ahí, tan titilantes como yo misma, siempre me tranquiliza. Guardé la nota con el número apuntado en el bolsillo trasero del pantalón y continué recogiendo los platos sucios. 



domingo, 27 de agosto de 2017

GATOS PARDOS


Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas.

Kirme Uribe 





Empezar por lo más difícil y así, de esa manera, al final todo se volvía más sencillo, como una cuesta abajo a la que se llega de una manera fácil. Rodar y rodar sin aspavientos y dejando espacio para que lo feo quede ya en penúltimo lugar y, con suerte, se vaya olvidando. Esa manera de afrontar la vida se la había enseñado su abuela, aunque a estas alturas de la suya, su vida, no tenía muy claro si lo había aprendido bien o si era su gafe perpetuo lo que hacía que al final aquello que era difícil y desagradable quedara siempre en el primer puesto y lo amable estuviera siempre en la cola del pelotón, sin puntuar absolutamente nada.
La abuela había sido una mujer excepcional, había vivido una guerra, una posguerra y había sobrevivido a la burbuja inmobiliaria que se llevó por delante su casa, arrastrada por un aval temerario, y la vida de un hijo calavera al que mal proteger, que se acabó colgando del pomo del baño de una pensión sin que nadie consiguiera explicarse cómo es posible ahorcarse con los pies tocando el suelo. Ahora, pasado los noventa, la abuela se consumía frente a una ventana abierta a un patio interior sin reconocer siquiera la mano que de vez en cuando se llevaba a la boca para apartar la última mosca que ahí se posaba. Para él la vida había sido muy distinta, nada de escándalos, nada de guerras ni de posguerras en los zapatos. La burbuja inmobiliaria le cogió en un piso de alquiler que continúo pagando con su salario de funcionario. En su vida anodina no había grandes dramas, ni grandes alegrías, por eso le molestaba tanto que aquel tipo recién llegado le hubiera pisado su sitio en la oficina. Le doblaba la edad, solo por eso le debía un respeto, pero el chaval no debía de saber de estos temas y por eso su presencia holgazana, con esas camisetas chistosas a las que todos reían la gracia, las deportivas sucias y el pelo cortado a mordiscos según una moda que no comprendía, le sacaban de quicio y alguien debía darle una lección. Los graciosos también se mueren, pensó. Le mandaría al archivo, entre la cochambre y polvo, con suerte una estantería mal calzada se le vendría encima y esa sonrisa estúpida quedaría estampada en algún expediente como un sello de registro de entrada. Algunos finales tienen cierta justicia poética, se dijo. Se dio la vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a esa hora los gatos pardos se amontaban ya sobre la almohada y así no hay quien duerma.




martes, 22 de agosto de 2017

HORQUILLAS OXIDADAS



Incapaz de cualquier sentimiento de pasión, ya fuera por una cosa, una idea o una persona, no había podido o no había querido mostrarse a sí mismo bajo ninguna circunstancia y se las había ingeniado para mantenerse a cierta distancia de la vida, para evitar sumergirse en el torbellino de las cosas.


La invención de la soledad- Paul Auster






Llevaba el pelo tan desmañado que ya no me quedaban horquillas ni gomas con las que recoger aquel desbarajuste. Pero me daba pereza, una pereza infinita tener que volver a fijarme en cosas como la ropa, el cabello, el aliño propio de la vida diaria. Me miré en el espejo, recoloqué un mechón de pelo que sujeté con fuerza antes de que el sudor que traía el bochorno lo empapara y lo convirtiera en algo parecido a un despojo, y me tumbé en el sofá. Conté los días que quedaban antes de volver al trabajo, exactamente cinco sin contar el fin de semana. Miré alrededor, los cojines, que en las últimas semanas habían ido adoptando las más variadas formas de mi cuerpo, se habían transformado en moldes huecos. Ponga dentro un poco de sudor, un poco de sexo, una docena de noches extrañas y et voilà: un par de moldes a disposición de la pereza de mi cuerpo. Encendí el televisor y unas mujeres estupendas, con unas piernas impresionantes, daban una paliza feroz a un pobre desgraciado. Ciertamente el mundo está cambiando, aunque nadie puede asegurar que sea para mejor. Pasó de medianoche, ahora ya solo quedaban días, sin contar el fin de semana, para que un ejército de desalmados transitemos arriba y debajo en esta ciudad congestionada por el desvarío y la calima mediterránea. Me adormecí pensando en el mundo perfecto compuesto por cuatro horquillas oxidadas, una copa de vino tinto y siete docenas de  llaves para ir cerrando puertas. Un mundo peculiar, sin ninguna duda.




lunes, 21 de agosto de 2017

RUIDO


Si el mundo ha de cambiar para mejor debe empezar con un cambio en la conciencia humana.
Václav Havel





Era cuestión de tiempo y llegó. Barcelona se ha convertido en el centro del huracán y del terror. Y todos lo sabíamos, si queríamos saber, si decidimos no hacer oídos sordos a la amenaza en la que vivimos los países occidentales y engañarnos con el “buenismo” de la ciudad cosmopolita y de acogida que algunos creen que protege de algo. Y desde entonces, hasta hoy, el ruido mediático es espectacular. He leído de todo aunque he escuchado bastante menos, quizá porque el atentado me cogió en Holanda y aunque la misma sombra se cierne sobre cualquiera que camine por sus calles, cuando lo negro llama en la puerta de al lado solo respiras y sigues, supongo que por eso nadie hablaba de ello. Desde entonces y ya de vuelta, algo me remueve las tripas y creo que es ese ruido que embrutece y ensucia los oídos a base de las locuras y majaderías de algunos que son capaces de sacar rédito al miedo y al dolor de otros; el ruido de los que justifican lo injustificable y que nos provocan la arcada al resto; el ruido de la vida que se tambalea junto a la inseguridad de no saber qué puede pasar mañana. Pero mañana saldremos a la calle a caminar, a seguir viviendo con cierta normalidad porque nos lo debemos, porque se lo debemos a los muertos vengan de donde vengan, y porque la compasión por las víctimas y sus familias no debe quedar ahogada por el ruido de algunos que juegan a un repugnante ventajismo, ni por el del salvajismo asesino de otros que merecen menos que cero.



miércoles, 9 de agosto de 2017

CALDERILLA


Solo quiero hablar contigo.
¿Por qué surge el amor? 
entonces me hice viejo
vino la muerte y escribí esto
Ten cuidado, es agudo como el mundo.

                                                 Anne Carson






Se ajusta la corbata sin mirarse en el espejo. Cada mañana, desde hace ya muchos meses, hace el mismo ejercicio. Se levanta antes de que suene el despertador, camina hacia la ducha, cinco minutos son suficientes y se viste, cada día un poco más rápido. Enciende la cafetera y coloca una cápsula que acabara desaguada sin probar una sola gota. Deja la taza sobre la mesa para que el engaño sea un poco más creíble. Las prisas, ya sabes, contestará cuando le riñan por dejarlo todo por en medio. Antes de salir de casa, abre la puerta del dormitorio y la besa desde la distancia, sin dar un solo paso. Que siga durmiendo mientras pueda. Coge la cartera y baja andando por la escalera como si tuviera mucha prisa. Saluda al hombre del puesto de los cupones y empieza a caminar sin rumbo. Le quedan nueve horas por delante en las que la vida será la prolongación de las otras nueve horas de ayer, de las de anteayer y así en una espiral de horas muertas. Pasa por delante de un mendigo que dormita apoyado contra la fachada del supermercado, acaricia el lomo de un perro tan sucio como la mano que lo peina. Cuenta las monedas que le quedan en el bolsillo, las mismas que el lunes le pidió a Sonia después de decirle que había olvidado la cartera en la oficina. Piensa en dejarlas en el cazo que pero sabe que no puede, que no debe, que tal vez mañana las necesite para desandar en autobús todo el camino que lo aleja del barrio para que nadie le vea, para que nadie pregunte. Le duelen los pies y la cabeza. Piensa que pueda que sea por el día gris que se ha levantado, de las lluvias que dicen que vendrán y no llegan, de la contaminación que lo impregna todo. Y mientras piensa, intenta olvidar que el dolor se va a quedar durante días, quizá toda la vida, porque es la consecuencia de una gran mentira que crece. Se han terminado recursos para inventar historias con las que ocultar que ya no tiene nada que hacer, que desde hace meses su vida es un caminar y volver a caminar. La pérdida de peso es por la dieta y el ejercicio, es lo que cuenta por ahí. Revuelve el bolsillo y vuelve a contar las monedas, quizá podría tomar un café, aunque puede que mañana se arrepienta.
Se sienta en la terraza, espera que le sirvan para remover la culpabilidad con una cuchara diminuta mientras guarda el sobre de azúcar en el bolsillo. Nadie diría que la esperanza es un botón que se estropeó hace tanto. Hoy tampoco hablará con nadie. Cuando vuelva a casa, Sonia, derrotada, dormitará en el sofá maldiciendo las horas que estuvo de pie. En silencio verán la televisión durante un rato y antes de medianoche se acostarán dándose la espalda. Mañana amanecerá de nuevo, aunque la noche no haya servido para absolutamente nada y apenas quede calderilla en el bolsillo.





lunes, 7 de agosto de 2017

AGUA TURBIA



Avejentada en cien años, en un solo día,
El confiado animal fue llevado bajo latigazos
a su armonía preestablecida.

Ingeborg Bachmann




Estuve viviendo en aquella ciudad un par de años. Después de aquello, nunca más volví y aunque guardo muy vivo el recuerdo de aquellos días, aun hoy no estoy segura de si lo que de vez en cuando vuelve a mi cabeza es algo cierto o es solo la construcción adulterada de una realidad que no fue. En esos momentos, cuando la idea del relativismo de andar por casa me ataca, me ahogo. Me confunde pensar en lo relativo de lo vivido, en la necesidad de contar con mil versiones distintas de unos mismos hechos para de ahí intentar extraer la verdad y solo la verdad. Y que la mía, la que de vez en cuando vuelve, no sea más que la distorsión en estado puro de mis necesidades. Tengo recuerdos que puedo contrastar: el tiempo, la ropa que vestía, que en mi cuenta los números rojos eran la tónica general, pero lo demás, puede que todo lo demás, sea solo parte de una espejismo. El recuerdo nunca es fijo, como tampoco lo son las sensaciones. Sé que tuve miedo, miedo a perder el control. Pero el control, ese que no podía controlar de ninguna manera, con el tiempo dejó de ser una carga pesada y se tornó algo llevadero y bastante menos amenazante. Por aquel entonces sobrevivía con una beca bastante escasa y me alimentaba de las lecturas que me recomendaba y me convertí en un ser hambriento de su presencia y dependiente hasta la extenuación. Su potente omnipresencia no sirvió más que para abonar el tiempo que, multiplicado por su impuesta ausencia, me convirtió en una marioneta estúpida. ¿De verdad me interesaba la poesía de Ingeborg Bachmann? Entonces creía que sí, que bajo las letras de cada uno de sus poesías, leídas con su voz grave y adusta, encerraban el secreto de una vida entera. Pero un día al volver al cuarto que ocupaba en un piso compartido, con el frío batiéndose entre mis huesos, encontré una nota en el buzón: "Bachmann ha muerto. Cuídate". Pasé semanas sin salir de casa, ovillada entre sábanas viejas. Recibí una carta con un billete de vuelta a casa. Hice las maletas como pude para regresar. Acababa de vivir una película extravagante pero había llegado la hora de volver a la realidad. Nunca volví a saber de su existencia, ni siquiera si seguía con vida. Tarde años en volver a leer a Bachmann. Quizá porque entre nosotros todavía se escondía el secreto de las vidas que no nos pertenecen y el agua turbia se estanca en recodos extraños.





martes, 1 de agosto de 2017

ANY CASE


Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede 
comer un buen filete.

Woody Allen




Tengo la intuición de que lo que dice no es producto de su imaginación, sino algo así como la versión ligeramente transformada de su vida. Pero aun así me gusta leerle, releerle cuando es posible porque es tanto como saberle a medias, e imaginar que bebe despacio, pasando la punta de la lengua por la comisura del labio para arrastrar el poso de la espuma del café; imaginar cómo, de una manera casi imperceptible, va dando golpecitos suaves con la punta de un rotulador sobre un folio en blanco que al terminar el día se ha convertido en un galimatías indescifrable de puntos y manchas. Me gusta pensar que, aun en la distancia, el aire le devuelve la idea imprecisa de mi existencia que ya no dice; y que eso que ahora dice, que aturde y pesa, es su vida en estado puro. 









lunes, 24 de julio de 2017

CABERNET SAUVIGNON



Ese instante de alarma y temor a no entenderlo 
cuando anuncian que te van a contar un chiste.

Iñaki Uriarte







No hace demasiados días intenté comprar unas botellas de vino, tinto a mayor gloria de los manteles blancos y de los paladares tibios. Estaba pensando en organizar una cena `para deshacerme de un verano medianamente hostil. Unos pocos amigos nada más. La cosa tumultuaria no cabe en ni en mi casa ni en mi vida. Entré en la tienda sin una idea de lo que quería llevarme más allá de que fuera tinto. No entender de nada permite descubrir cosas y en este aspecto, no al no tener una elección preconcebida, ni indicaciones que seguir, cualquier recomendación deliciosa que no me estropeara la economía ya me venía bien. Recorrí los estantes arriba y abajo, estudiando las etiquetas de las que apenas soy capaz de entender nada pero que encuentro encantadoras. Camine entre cajas y pasillos y me encontré calibrando sobre la posibilidad de enfriar un mundano cabernet. Di media vuelta para salir y lo hice, pero con las manos vacías. En algún lugar de mi cabeza se había disparado el pistón de una vaga melancolía y, a partir de ahí, cualquier elección habría sido ruinosa. Volví a casa caminando bien, sin prisa alguna, dándole vueltas al hecho de nuestra común torpeza y de ahí a la cocina sin cambiar el paso. Me abrí una lata de agua con gas y me ahogué entre unas cuantas burbujas.  







lunes, 17 de julio de 2017

Mr. DARCY



-¿Te acuerdas de Marc? Habías jugado en su piscina hinchable. Ahora es un abogado de prestigio.
-No lo recuerdo.
-Parece que se ha divorciado. Su esposa era japonesa. Una raza muy cruel.

El diario de Bridget Jones






He roto la media de mis lecturas y lo contemplo con estupor. Creo que he tocado fondo y que algún que otro desvarío me ha desnortado. Estoy cansada, el año normalmente no acaba en diciembre sino en el caluroso julio, y aunque he comprado unos cuantos libros en las últimas semanas, los voy acumulando sobre la mesa del estudio en un montón que empieza a cegar la lamparilla. Cada vez que paso por ahí y veo el pequeño rascacielos, acaricio las cubiertas y me digo que en agosto volverá la normalidad, que leer volverá a ser fácil incluso con las gafas nuevas. Pero tengo serias dudas por culpa del empacho de la locura de actividad de los últimos meses; necesito resetearme. Llegar a julio como si fuera el fin del mundo, un año más. Y, aunque no es nada nuevo, me vuelve a coger desprevenida, por eso aun me extraño de esta especie de apatía lectora que me demora entre líneas algo más que media vida, y de la que me duelo como alma en pena explicando, a quien me quiera oír, que se me están estropeando las traviesas de mi vida, aunque sepa que no hay para tanto que, en definitiva, todos tenemos parones mentales y el que no, que levante la mano.



miércoles, 12 de julio de 2017

CONFITERIAS


Bajo la luna
El tigre de oro y sombra
Mira sus garras.
No sabe que en el alba
Han destrozado a un hombre...

                                         Jorge Luis Borges




Estamos viviendo en un momento de lo más complejo desde todos los puntos de vista. El descontento es generalizado y la sensación de hastío es ya tan profunda que parece difícil que volvamos a levantar cabeza en los próximos años. No hay manera de sustraerse al pesimismo generalizado y cuando uno se tapa los oídos con fuerza para intentar no desgastarse en exceso y vivir rodeado de las cuatro cosas y personas de su día a día, se queda cojo, falto de una realidad que apremia por las costuras. La ruina se cuela por cualquier resquicio. La falta de una perspectiva y de un conocimiento cierto del sentir de las gentes en momentos anteriores nos hace creer que vivimos lo peor, pero quizá nuestra visión sea solo una desilusión óptica deformada por el desgaste. Nuestras condiciones, en esta parte del mundo, son mejores que hace cincuenta años. La gran mayoría no pasa hambre, los niños están escolarizados, nos morimos en los hospitales de puro viejo y nuestra pobreza da risa a los que cruzan el Mediterráneo en busca de una oportunidad que allí no tenían y que difícilmente tendrán aquí. Nos invade un sentimiento de desencanto profundo. Levantar la vista y mirar al frente no mejora las cosas. Vivimos en un momento extraño, un momento relativo que observamos con el ojo ciego de la historia. Arreglar el desaguisado moral en el que hemos caído no parece estar al alcance de nadie. Vamos cabeza abajo y solo queda buscar refugio en las pequeñas cosas, en las que nos permitan pensar y creer que no todo está perdido. Hay días que vivir hacia fuera es muy difícil y solo es posible mitigar el desconcierto si uno aprieta el botón de apagado de casi todo y uno se enrola en una conversación interminable con un café entre las manos, o llega a casa y se encama con aquellos que más quiere esperando que el mañana sea más liviano y huela menos a pesadumbre.