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lunes, 5 de junio de 2023

DEJÀ VU


 

Remuevo las cosas que tengo en la estantería y cae al suelo un ejemplar de Montevideo de Vila-Matas. Tengo dos. No, en realidad ya no tengo dos, aunque los tuve. Uno lo compré al poco de salir y el otro lo volví a comprar al cabo de un tiempo, cuando quise empezar a leerlo y no encontré el ejemplar. Tuve dudas sobre si de verdad lo había comprado o si sólo había soñado. En aquellos días, pasaba unos momentos confusos. Llegué a inspeccionar el extracto de la tarjeta de crédito, pero ni aun así salí dudas. Si no tiene que ser, no será, pensé. Y así quedó la cosa. Al cabo de unos meses, andando un tanto revuelta y hasta el hiponcóndrio de todo en general, decidí poner remedio, aunque fuera a tiempo parcial. La gente le da a las benzodiacepinas, a la cocaína y otros, sin duda, a lo que buenamente pueden. Lo mío era infinitamente más sencillo, menos tóxico, e incluso con expectativas. Quería un par de libros. Ninguno en especial.

Al día siguiente, me fui a la librería a por material. Apagué el teléfono, me paseé entre las mesas, esperando que, si el mundo ardía, o si caía el meteorito que nunca llega lo hiciera mientras yo me encontraba ahí dentro. Tropecé con una de las mesas, cayeron varios libros al suelo y tuve una especie de dejà vu. Igual tocaba llevarse a casa Montevideo, a fin de cuentas, lo había tenido en mis manos, o eso creía, y ahora lo volvía a tener, aunque fuera de manera accidental, pero por algo sería. Compré un ejemplar.  Dos días más tarde, en uno de los armarios de la cocina, apareció el primer ejemplar desaparecido. Y apareció sin tener que atarle nada a nadie, ni tener que invocar a santo alguno. Asomó entre los libros de la cocina, por sorpresa, como quien aparece para tocarte los cojones y recordarte que hay que poner más interés en las cosas. Guardé el ejemplar, el primero, en el bolso y se lo regalé al portero del edificio. El segundo, el que vino a sustituir a aquel primero, quedó sobre la mesa del comedor, cerrado a cal y canto y desapareció de nuevo. Pensé que tal vez era una señal, que Vila-Matas no quería saber nada de mí, como yo no quise saber nada de él durante algún tiempo. Dejé de buscarlo.

Añoré el tiempo de vino y rosas. Cuando charlar estaba bien y arrancábamos tiempo a la miseria del día a día para enzarzarnos en conversaciones que daban algo de sentido al aburrimiento vital. La anécdota con el maldito Montevideo empezaba a ser antológica, tan absurda como para contarla. Recordé, también, que “El amor es más eterno que el silencio de la muerte”. Y no lo dije yo, lo dijo él. Se lo leí en una entrevista. Y debe de tener razón. La tiene seguro, porque si es así, esto no hay quien lo entienda. He vuelto a encontrar Montevideo. Y me he dicho que ni tan mal. Que quizá ha llegado el momento de recuperar algo de esa eternidad, si es posible, aunque no lo tengo muy claro.

 


domingo, 15 de diciembre de 2019

INCONSCIENCIA



—Es una difícil pregunta, pero se la contesto. Siempre he pensado que, 
cuando oscurece todos necesitamos a alguien.

Enrique Vila-Matas. Dublinesca.





Me despierto con vértigo y el sabor áspero de un aliento que no es el mío. Los sueños son libres y se pueblan de personajes extraños construidos en la duermevela. Se me aturde el cuerpo y una ráfaga de imágenes, que mezclan realidad con una insana invención, pasan tan rápido que es imposible retenerlas y colocarlas en ningún sitio. Las veo y las olvido con la misma rapidez, no hay ningún sitio en el que colocarlas. Me paso media mañana persiguiendo lo que es ya una alucinación que ha ido perdiendo fuerza con la salida del sol. Pero no puedo, solo retengo una sensación y me pregunto ¿a qué viene todo eso ahora? ¿Cuánto tiempo es preciso para sepultar un recuerdo? ¿De qué se alimentan la inconsciencia para llevarnos, cuando no controlamos nada, allí donde nunca se estuvo? 




jueves, 9 de agosto de 2018

ZANCADAS


Creo que no nos une ninguna impostura, sino un bar. 
Se llamaba el aviador y era un bar de Barcelona.

Enrique Vila-Matas




En esta ciudad ya nada es lo que fue. Empezamos descuidando lo accesorio y hemos acabado abandonado a lo principal, a su gente. Descuidar al vecino con el que uno apenas se cruza unos buenos días en el portal, al tendero al que se le piden las cuatro urgencias sin dejar de atender la pantalla del móvil, y descuidarse uno mismo frente a las urgencias que impone la vida urbana, aunque uno no lo quiera y juegue al escondite con cada una de ellas. 
Alguien ha plantado unas margaritas blancas en el hueco del árbol. Va a ser difícil que las flores soporten la calima de estos días, pero de momento han modificado el anodino paisaje de una acera cualquiera. Un milagro urbano que desaparecerá sepultado en un mar de orines de perro. Puede que el empezar a recuperar el espíritu de esta ciudad esté precisamente en dedicar unos minutos, a veces solo unos segundos, en mirar alrededor y descubrir algunas de las cosas asombrosas con las que aún hoy, pese a todo, puedes encontrar al doblar una esquina. Y puede que mirando descubramos que, entre los desconocidos con los que nos cruzamos a diario, hay gente que procura que lo que nos rodea no se convierta en una ruina. Conviene empezar a andar despacio y a observar sin recelo. Puede que así recuperemos algo de lo que un día creímos ser o, en el peor de los casos, que no se nos pudra el ánimo.




domingo, 12 de noviembre de 2017

RELENTE





Lo que hace soportable la vida es la idea
 de que podemos elegir cuándo escapar.

Enrique Vila-Matas




Arrastrarse por su espalda para respirar de su cuello los restos de un día espeso que esconde un cuerpo aturdido. Acariciar las porciones rotas, descompuestas en mil, que no simulan nada y que volverán a armarse en cuanto aparezcan los primeros destellos de luz y se cierre la puerta. Quedará, entre las sábanas, los resto de una noche extraña, el murmullo de lo obsceno y el relente de los que solo buscaron un poco de paz, un poco de descanso, sin importar nada más.






miércoles, 10 de agosto de 2016

EN DISPOSICIÓN


¡Pero si ya sabemos que cuando mere alguien las cosas 
continúan existiendo, encantadoras e indiferentes...!
Dietario Voluble






Siempre llega un momento en el que uno tiene la necesidad de desaparecer y devorar, con la glotonería del hambriento, el tiempo que se le pone a su entera disposición. El verano es un buen momento para eso. Todos pasamos por la necesidad de desconectar, de permitirse unas cuantas horas de gloria y de reencontrarnos, entre caña y caña, con lo que en nuestro imaginario quisimos ser. El verano viste un velo que dulcifica las cosas y que permite creer que casi todo aún es posible.  Así que llegado agosto escapamos como podemos y pasamos a vivir en una especie de espejismo del que sabemos que tiene un final más que cierto. Pero nos conformamos porque somos del genero facilón y de engañarnos solo un poco. Aparcado el despertador, dejamos durmiendo el sueño de los justos las obligaciones que nos mortifican durante el resto del año. Deseamos que el tiempo muerto, con sus horas flojas, haga su trabajo, que nos relaje la vida aun sabiendo que al final, ese mismo tiempo regalado,  nos devolverá a todos,  incluido al canario que metimos a empellones en el maletero del coche, a la casilla de salida para volver a empezar. 
Es hora de descuidar lo de fuera a base de sandalias y melenas despeinadas, y quizá lo de dentro también, ya dispondremos de meses suficientes para recomponernos. Los paréntesis son paréntesis y el invierno siempre vuelve. 



domingo, 22 de noviembre de 2015

MATAR MOSCAS CON EL RABO



Si para Platón la vida es un olvido de la idea, para Clément Cadou toda su vida
 fue olvidarse de que un día tuvo la idea de querer ser escritor.

Enrique Vila-Matas




Voy llenando el contenedor doméstico de papeles que ya no sirven para nada, apuntes, copias y escritos de todo tipo más que obsoletos que, aun ahora, después de unas cuantas mudanzas, no sé por qué me acompañan. La única explicación posible es la vagancia de acometer la ardua labor de repasar los montoncitos de carpetas que acumulan más polvo que conocimiento, más ganas que valía. El triunfo de la facilidad del traslado, no por romanticismo, sino para no tener que escoger entre vida o muerte por pura holgazanería. Entre las montañitas de papel, el esbozo de una novela. Lo leo por encima antes de darle eterna sepultura, sin siquiera un rezó, pero con toda la solemnidad que el acto requiere, lo rompo, porque aunque el papel es mío, su contenido no lo es; y para que nadie pueda hacerse con aquellas líneas que, a buen seguro, costaron sangre, sudor y lágrimas (de las que van hacia adentro) del que las escribió y a saber qué fue de ellas.
Siempre he pensado que la necesidad de escribir proviene de cierto grado de insatisfacción, de una especie de vacío que algunos solo consiguen llenar frente a la tensión del folio en blanco que se va rellenando con la vida de otros,  vidas universales que el autor modela a demanda de cada uno de los que van apareciendo por el papel. Pero aunque eso es lo que pienso, yo no sé nada, solo que a veces al escribir uno se desmarca de sí mismo porque esa es la única manera de ser más auténtico, de ser de verdad. Aunque puede que esto solo sea una chorrada inmensa.

Cierro el contenedor y ahora pienso que debería salir a la calle y vaciarlo en el que el ayuntamiento colocó en la esquina cuando le entró la fiebre del reciclado. Pero el frío es mucho, las ganas pocas, con lo que me temo que el contenido de todas aquellas carpetas han pasado a convertirse en una especie de confetis y serpentinas aprisionados en un cajón de cartón que va a quedar arrinconado en el estudio, a saber hasta cuándo, puede que hasta la próxima chaladura doméstica o domingo en el que no haya moscas que matar con el rabo.



sábado, 10 de octubre de 2015

UN URINARIO ES MUCHO MÁS QUE UN URINARIO


A fin de cuentas, ya desde mucho antes de Duchamps,
un urinario es mucho más que un urinario...
Enrique Vila-Matas



Sus últimas noticias eran que intentaba ordenar el desván y, aunque llevaba evitándolo desde que heredó la carga de aquella tarea, ya no había más remedio que ponerse a ella. Las goteras y la necesidad de habilitar una nueva habitación para el lastre que traía la nueva compañía ya no admitían más demora. Le perdí la pista, pero sé que vive porque de vez en cuando aun encuentro cosas suyas por ahí. La falta de noticias no es absoluta. Leí hace poco que se preguntaba «¿Qué diablos hago aquí?», y le supe en plena forma porque él mismo, en un juego dialéctico en el que el lector no pinta nada, acababa contestándose de un modo absolutamente fantástico. De eso, pero, hace ya algunos meses. Puede que ahora mismo, tras el último azote, esté buscando refugio en Porto Pim o en la isla de Corvo, porque aunque era de mucho enredarse, de mucho cavilar y acabar en camas rotas, también era muy dado a las fugas veloces sin nota de despedida. Puede que ahora mismo en aquel caserón comido por la hiedra y el relente quede un par de almas dolientes que no entienden ni jota y se consuelen pensando que el gran majadero solo fue a por tabaco. Pero esto no es más que una suposición porque es más que posible que solo ande por el desván, descabezando sueños que se ahogan mar adentro, porque a veces se le paraliza el aliento por tanta carga, y siga preguntándose «¿Qué diablos hago aquí?» mientras fantasea con un puerto allá por las Azores y un vientre blando y blanco.




jueves, 17 de septiembre de 2015

PASAVOLANT



El punto y aparte era algo intrínseco a la literatura, pero no a la novela de nuestra vida.
Enrique Vila-Matas


Puede ser que todos andemos más locos que cuerdos. El trabajo nos engulle pero con los tiempos que corren se supone que tenemos que estar contentos y agradecidos al entregarle media vida. Y no es que no esté contenta, que lo estoy, o eso me empeño en creer porque con él como, pago la hipoteca, paso los pagos debidos e incluso de vez en cuanto me crujo un capricho no excesivo pero si gratificante. El consuelo del tonto, seguramente.

La última semana he dormido una media de cuatro horas que casan bastante mal con la necesidad de tener la mente despejada. Decía un conocido que cada uno tenemos nuestras penitas y así es. La mía, y la de cientos de miles, es la pérdida del sueño. Por las noches recorro la casa como un fantasma, me siento sobre el mármol de la cocina y balanceo los pies como si de esa manera toda la imbecilidad del mundo quedara reducida a nada. 
Dice el doctor que para ir bien debería dormir. Me receta algo que sé que de momento no voy a tomar aunque lo tengo en la mesilla de noche como otros tienen el misal.

El insomnio es el sino de los tiempos. Eso explica que, cuando la noche campa a sus anchas, el paisaje se motee de bombillas encendidas, con historias detrás de cada una de ellas que no conoceremos nunca pero que tampoco nos interesan demasiado, aunque no es extraño que, algunas noches espesas, mientras curioseamos por la ventana, nos las montemos en la cabeza, como si estuviéramos en una película de Godard. De esa manera matamos las horas, sintiéndonos un poco más acompañados por esos que también vagan la noche en sus casas, medio en penumbra, en silencio, y que están tan estropeados como nosotros mismos.






jueves, 6 de agosto de 2015

LOW COST



«Se me escapa la risa, Jean. Lo has adivinado, la frase me encanta y ahora no estoy más 
que reprimiendo mis deseos de abalanzarme sobre ella y hacerla inmediatamente mía».
Enrique Vila-Matas



En la sala de espera apenas  tres o cuatro personas. Miro alrededor y empiezo a pensar en cómo entretener las dos horas que permanecerá en sus manos y yo sentada aquí. Me recomiendan que vaya a tomar un café, a desayunar si no lo he hecho ya, o incluso a darme una vuelta, pero no me muevo, hay aire acondicionado y una pantalla de plasma que va alternando imágenes de la sabana. Llevo un libro en la bolsa, el móvil (del que no voy a hacer uso, no hay cobertura) y una ventana. No puedo pedir más o sí, y puestos a pedir podría pedir un billete de avión en una compañía que no huela a low-cost, sobrevolar media Europa y aterrizar allí donde tenga a bien el piloto, que escoja él siempre que sea un destino fresco.
Llueve en Bruselas, o algo así. En la  televisión aparece un león y antes de que el compañero de bancada empiece a hacerme apología de Cecil (el famoso león muerto a manos de un dentista americano), me coloco los auriculares simulando que escucho algo, aunque en realidad no escucho nada, aquí no hay cobertura, ni nada que se le parezca. Con los oídos amortiguados intento leer, pero me he dejado las gafas y de un tiempo a esta parte la presbicia me tiene en un sinvivir. Así que vuelvo al ejercicio anterior, sobrevuelo el cielo europeo y como si fuera una paloma en son de paz le entrego una ramita de olivo que se coloca entre los dientes y masca con cierto rencor porque no hay paz que valga. Ya lo dijo Ezequiel, o alguien con un nombre igual de tremendo.
Suena un timbre y las enfermeras empiezan a correr. En la pantalla, el león arranca a dentelladas los restos de algo que parece una hiena y me entra basca.
En el mostrador ya no queda nadie pero yo necesitaría un optalidón y un poco de Agua del Carmen rebajada. Soy una antigua, está claro.


miércoles, 6 de mayo de 2015

APUNTES (III) -PORTO PIM-



–No puedo decirte lo contrario –dice mi madre–. Lo siento, pero no sería un recuerdo verdadero.
 Si quieres, invéntalo, imagínalo. Pero yo nunca te dije al atardecer que entraras en casa 
y menos aún que se estuviera haciendo cada vez más tarde.

Enrique Vila-Matas


La tormenta azotaba las ventanas. El mar revuelto parecía querer escapar de sí mismo buscando una mejor suerte. Se ovilló contra su espalda escuchando el graznar de las gaviotas. Un velo de agua escondía el lado norte de la costa. Los ojos quedaron ciegos y al poco ya nada quedaba en pie. Pero algunas tardes de tormenta, grises como el fondo del mar, aun puede sentir su mano tibia recorriéndole la espalda mientras el agua golpea con furia los postigos.







domingo, 18 de enero de 2015

THE SOUFFLE



Tongoy opina que en general las historias de amor no son historias sexuales,
sino historias de ternura. Dice Tongoy que la gente no entiende de eso o,
 aunque sea sólo durante diez minutos, no quieren entenderlo.



La percepción que cada uno tenemos de las cosas suele ser bastante distinta. Esa diferencia está en la perspectiva, en la posición, que ocupamos al respecto de esas cosas y en la mochila que cada uno cargamos a nuestra espalda. La subjetividad en la apreciación de la gravedad o simpleza de un hecho dependerá en parte de la experiencia previa y del lugar en el que nos colocamos. Podemos magnificar, sobredimensionar, incluso convertir en nada lo que vivimos en función de todo lo anterior, de la posición y de lo acumulado. Lo mismo ocurre con la felicidad.

La felicidad es un concepto relativo al que nadie ha podido dar cabida, darle contenido, porque la felicidad como estado natural es el embuste que termina por sumergir a aquél que pretende hallarla, y mantenerse en ella, en una especie de fantasma que arrastra una bola imposible. Desconfío de los que se dicen en estado de felicidad permanente porque me temo que estamos incapacitados para ello. La complacencia permanente no puede ser más que el reflejo de una mente acomodaticia, idiotizada que se limita a mantenerse en los márgenes de lo convencional, de lo que no necesita reflexión, de lo que nos convierte en unos necios aborregados.

El transcurso del tiempo, y de la propia experiencia personal, es una de las realidades que transitan como una apisonadora y modifican nuestra propia manera de ser, de entender la vida. Es por eso que llegados a la edad madura solo podemos esperar disfrutar de algunos momentos buenos, sabiendo que éstos son efímeros, porque la vida es precisamente eso, un acontecer fugaz, finito. Sabiendo que cada minuto que pasa, cada persona que aparece en nuestra vida es la oportunidad de aceptar, sin estridencias, los cambios que nosotros mismos producimos en el mundo, en definitiva, en nosotros mismos. Envejecemos, porque estamos vivos, porque durante el transcurso de nuestro tiempo, ese que no sabemos cuánto va a durar, la vida nos proporciona algunos momentos grandiosos y otros tremendos. 

La felicidad, como tal, no existe. Una de las maneras de evitar las frustraciones con el pasar de los años es asumir que la cosa va a así, que debemos disfrutar y sufrir sin estridencias, intentando no convertirnos en seres resentidos ni idiotizados que guardan en el libro de afrentas de la vida, la imposibilidad de llegar a un estado de felicidad permanente, porque ese es inexistente desde que el hombre es hombre; y aceptar las derrotas, al igual que las victorias, con cierto desapego.

sábado, 22 de noviembre de 2014

MUSICALIDADES



Cada uno tenemos nuestra propia banda sonora. Hoy es un día propicio, el de la música, para dejar por aquí la que me viene acompañando desde hace mucho tiempo. Esta vez, haciendo una pequeña trampa, la acompaña un texto expresamente escogido, porque sí, sin más. Posiblemente a cada una de las canciones que dejo por aquí se la pueda adjudicar a gente, a mi gente, a los que están, a los que en algún momento han estado, a los que en algún momento estarán, a los que se fueron y jamás volverán, la los que marcharon pero tienen su hueco para cuando quieran volver y, sobre todo, a los que siempre quise que estuvieran. Pero en este mercado que es la vida, que cada uno escoja lo que quiera, aquí también hay alguna que es para ti, no te quepa duda.




***

"Le ofreció el cigarrillo –era tan pulcro que también se había preocupado de traer un cenicero- pero no se quedó sentado junto a ella, se atravesó sobre la cama, le separó un poco más las piernas acariciando sus tobillos y los dedos de sus pies, le besó las rodillas y el interior suave de los muslos y fue subiendo despacio, dejándole en la piel un rastro de saliva, le apartó el vello, cuidadosamente, con determinación y lentitud, y entonces empezó a besarla exactamente igual que si besara su boca, hundiéndole la lengua, moviéndola en ondulaciones circulares, arriba y abajo, respiraba por la nariz, retrocedía para recobrar el aliento o quitarse un pelo de los labios y la miraba sonriendo, con la cara entusiasta y mojada, la veía fumar entornando los ojos, la horadaba, la olía, su carne rosa se dilataba y contraía como un corazón, cerró los ojos y respiró ella también con la boca abierta y el cigarrillo se le desprendió de los dedos..."
El jinete polaco



"Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que había entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacia la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal."
El amante



"Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total."

El palacio de la luna


Tuvimos una tormenta. Duró toda la noche y a media mañana aún seguía, una cosa extraordinaria, no he visto nada semejante, en estas zonas templadas, ni en violencia o duración. Disfruté de lo lindo, incorporado en mi adornada cama como si fuera un catafalco, si ésa es la palabra que quiero, la habitación sumida en un parpadeo de luz y el cielo a patada limpia, rompiéndose los huesos. ¡Por fin, me dije, por fin los elementos han alcanzado un extremo de magnificencia acorde con mi torbellino interior! Me sentía transfigurado, me sentía como uno de los semidioses de Wagner, flotando sobre una nube tronante y dirigiendo los estruendosísimos acordes, el choque de los címbalos celestiales. En este estado de euforia histriónica, en medio de la efervescencia de los vapores del coñac y de la electricidad estática, consideré mi posición bajo una luz nueva y crepitante."
El mar


"La realidad sabe escabullirse perfectamente detrás de una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de falsos sondeos. A la larga, la realidad resulta inextinguible, inalcanzable. Aunque sea a tanta distancia, por fin vi algo de Dublín, lo vi desde lo alto de estos acantilados que se adentran en el mar. Grupos de aves reposan sobre las aguas. La tristeza fascinante del lugar parece acentuarse con la visión de esas escuadras de pájaros sonámbulos, en pleno día, y es como si el vacío se anudara con la honda tristeza y ésta de vez en cuando cobrara voz con el chillido de alguna gaviota. Trataré de poner en pie y mejorar mi mustia vida de editor retirado. Pero algo se ha desfondado por completo en el cuarto. Alguien se ha ido. O se ha borrado. Alguien, quizá imprescindible, ya no está. Alguien se ríe a solas en otra parte. Y la lluvia se estrella cada vez con más delirante fuerza sobre los cristales y también sobre el aire vacío y sobre el hondo aire azul y sobre lo que está en ninguna parte y es interminable. "

Dublinesca


sábado, 31 de mayo de 2014

CUIDADO NO PIERDAS EL SMOKING


"Perdidos en la realidad, confirman con sus actitudes que
 un escritor que no escribe es, de hecho,
 un monstruo merodeando la locura".


Giro la última página y el buen humor que me ha venido regalando durante los últimos días empieza a desvanecerse como la bruma que cubría el muelle 57 que se ancla frente a Broadway, y se convierte en un diminuto vacío que cabría, multiplicándolo por mil, en la funda del violín del protagonista de “Buscando un pájaro azul” de Joseph Wechsberg. Lo he pasado francamente bien y como si estuviera en un final de fiesta, cuento a todo el que me quiera oír que los libros son maravillosos y que la felicidad es un manojo de hojas empapados de vida que caben incluso en un bolsillo grande. Que no hay nubarrón que no se disipe cuando se tiene la suerte de caer bajo las garras de un buen libro. 

Ahora, terminado, llega cierto vértigo a lo que vendrá, siempre ocurre lo mismo. Cerrado ya el volumen, mis intimidades buscan un nuevo compañero que me custodie a través de días que en ocasiones son tremendos. Echaré de menos la claque, la clique, las boîtes de nuite, La Bourdonnais, el Phortos, y el pasarme de parada en el tranvía porque sigo los acordes de un violín que toca "La Marsellesa" para que no lancen a toda una orquesta de tres por la borda.


****

"El Mariscal continuaba sentado, en silencio. Solo había una solución posible. En caso de emergencia  —ya sea fuego, colisión o abandono del barco o un mariscal de Francia— un músico de agua salada toca el himno nacional. Con feroz desesperación nos lanzamos a interpretar La Marsellesa. La multitud se replegó y se dispuso en posición de firmes".




BUSCANDO UN PÁJARO AZUL

Joseph Wechsberg

ISBN: 978-84-15509-16-5
Encuadernación: Cosido

Formato: Rustica
Fecha de publicación: 04/04/2014
Número de páginas: 272
Traducido por: Enrique Maldonado Roldán

martes, 13 de mayo de 2014

TRÁGICAMENTE TUYA


Es el pintor de lo que pasa cuando parece que no pasa nada.


Cada día muere un buen número de personas, nada extraordinario, es el ciclo de la vida. Pero tal día como hoy, de hace 26 años, murió Chet Baker. Sobre su vida, sus adicciones, sobre su música ya se ha escrito todo. Ahora sólo queda escuchar y anotar, pese a la lluvia, al vacío,"Trágicamente tuya. Siempre".


miércoles, 23 de abril de 2014

ALGO QUE NO INVITA A LA LÓGICA


"Después de todo, ironizar es ausentarse."


He sabido que esta tarde de sol, rosas y libros, Enrique Vila-Matas firmará ejemplares de sus novelas en los tenderetes de un gran centro comercial. Alguien que sabe de mi mística devoción por el escritor barcelonés me telefonea para ofrecerse a acompañarme al evento, por si quiero que me rubrique alguno de sus libros, o para ver si de una vez, formalizo esa petición de matrimonio que llevo años jurando y perjurando que le haré, hincando mi rodilla en el suelo y desplegando un discurso que llevaré escrito en un billete de autobús en cuanto tenga oportunidad para ello.
Unas risas después, declino el ofrecimiento. No quiero ir a ver a Vila-Matas, ni que me firme ningún ejemplar de ninguna de sus novelas, ni tampoco quiero formularle mi petición de matrimonio, no al menos en las condiciones meteorológicas en la que nos encontramos. Puede que lo haga cuando descienda el calor de esta primavera rebelde, o cuando la prima de riesgo vuelva a desquiciarnos a todos, a la que suscribe incluida, o cuando llueva hacia arriba.

La ciudad bulle, es una fiesta, y Vila-Matas algo que no invita a la lógica.  Mi patológica adicción a lo suyo es muy mía y por eso, porque es patológica y mía, dejo que campe por libre y como le de la gana. Y en ese hacer lo que le sale del mismo arco de triunfo, mi patología opta voluntaria y tozudamente por no arrimarse a ningún quiosco en el que exista la más mínima posibilidad de darse de bruces con él.

La mejor cosa que tengo de cada uno de los escritores a los que profeso algún tipo de admiración (entre ellos el ínclito autor), son sus libros y la libertad, mi propia libertad, de imaginarles la personalidad que me venga a la medida, que me encaje (para gusto o disgusto) con lo que leo, con lo que rumio, o con lo que en cada momento me de la real gana; incluso, la libertad de ignorarles totalmente y quedarme únicamente con lo que escriben. Esta y no otra es la gracia de la cosa, de mi cosa, por eso sería casi milagroso que alguien me encontrara guardando cola para que nadie me firme nada. Mi curiosidad, por ahora, va mucho más allá de una rúbrica, y una, que también es muy suya, o toca material con fuste y a fondo o prefiere quedarse en su propia inopia.







miércoles, 2 de abril de 2014

POLVO


Mezclar lo tuyo con lo mío y que al final lo que resulte sea tan aburrido que no quede otra opción que lanzarlo a la hoguera o guardarlo en un cajón para que el polvo y las polillas acaben con ello. 


"Hay mucha poesía en los abandonos, vuelves a pensar mientras escuchas el hondo rumor guerrero del Pacífico. Y recuerdas unos versos de Philips Larkin, donde puede leerse que en el fondo detestemos nuestras habitaciones, con sus trastos especialmente elegidos por nosotros, con esa leve bondad de los libros y la felicidad de la almohada propia y nuestra vida tan perfectamente en orden."

-El mal de Montano-


domingo, 23 de febrero de 2014

JE SUIS "SHANDY", MON AMOUR

"El infinito, querido, es bien poca cosa".


En uno de los capítulos de “Historia abreviada de la literatura portátil”, Enrique Vila-Matas relata como la pintora y escultora Georgia O’Keefe, en el transcurso de una cena en Port Actif, se entusiasmó al escuchar hablar a alguno de los comensales que componían aquella extravagante velada de máquinas solteras, de ficciones y futuras conspiraciones; y ejerciendo como una verdadera mujer fatal de su época, expuso su teoría sobre la “sexualidad extrema”. Aquella mujer, según recoge el relato, sentenció que el amor debía ser desviado de su finalidad genética, de la reproducción, para no buscar más que la autosatisfacción.

Han pasado ya algunos años de aquella imaginaria reunión en la costa oriental de África. Aquella Sociedad secreta y portátil ha quedado relegada a las páginas de uno de los libros de Vila-Matas. Sin embargo, hay algo que no se ha agotado en el tiempo, y es aquella idea "fatal" de la “sexualidad extrema”, de la necesidad de desligar el placer de una sexualidad desinhibida de la perpetuación de la especie.

Si en algo nos diferenciamos de los animales es en la capacidad de razonar, crear, tener emociones y de darles a éstas una dimensión completa en la vida de cada uno. Sería muy sencillo limitar el acto sexual a la cuestión reproductiva, a la perpetuación de la prole sin ninguna otra finalidad, como cualquier especie animal. Pero sería absolutamente reduccionista y falso, porque la gran verdad es que la naturaleza, además de un instinto reproductivo, nos ha dado algunas cosas más, entre ellas la capacidad de la emoción, del sentimiento y la posibilidad de la búsqueda del placer por el placer en un acto tan físico siempre,  como emotivo en otras ocasiones.

Puede que mi concepción, y la de muchas mujeres que conozco, sea la de un sexualidad también extrema, en ese sentido, y por eso me produzca cierta grima cuando escucho algunos discursos sobre el sexo, la maternidad y las mujeres que solo son mujeres completas después de haber traído al mundo un hijo, biológico, por supuesto (nuestro mismísimo Ministro de Justicia, Sr. Gallardón, así lo dijo, para vergüenza de muchas). 

Por suerte, hoy día, tenemos la inmensa suerte de poder disfrutar de nuestros cuerpos y de los que nos acompañan en un momento dado, sin tener que buscar más si no queremos.

PD. No se pierdan el enlace sobre la declaraciones del Ministro de Justicia, Sr. Gallardón.


martes, 1 de octubre de 2013

APRENDIENDO A VOLAR


“Es el pintor de lo que pasa cuando parece que no pasa nada".


Decías que hay un millón de maneras de volar. Pero  sigues con los pies pegados al suelo. Ni un milímetro de aire entre los zapatos y la grava. Parece que fuera ayer cuando embutías  el filo de un cuchillo romo por debajo de la puerta para despegar un guijarro huérfano de vete a saber qué,  que la mantenía firme sin que se moviera un centímetro de esa posición forzada. ¿Lo recuerdas? Así te veo yo, en cuclillas, resoplando por lo incómodo de la postura, por la feroz resistencia de un trocito de piedra tonto. 
  
Vuelves a andar con los pies pegados a la tierra. Me lo cuentas y  me dan ganas de pasar por debajo de tus suelas el abrecartas con el que juego mientras te escucho. Puede que esas mil maneras de volar en las que tú creías no existan, y que ahora ya lo sepas y que sea eso precisamente lo que te tiene ahí clavado.   


En el fondo, en realidad, solo exista una manera de volar, y puede que esa única forma no consista en mover sin descanso las alas que no tienes, sino en asumir el riesgo de cerrar los ojos y dejarse ir.