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domingo, 10 de junio de 2018

SIN SORPRESAS


Nuestro diálogo no era exáctamente una conversación. Ejecutado a un alto nivel de velocidad y ruido, consistía en una serie de confrontaciones a cámara rápida.

-Apegos feroces- Vivian Gornick






Regreso de Madrid con menos ganas de lo que es habitual. Un último paseo por el Retiro, antes de correr hacia Atocha, me ha sentado más que bien. Es la ilusión de respirar un aire menos contaminado y agresivo de lo que últimamente respiramos junto al Mediterráneo de Serrat. A los efectos prácticos he perdido el tiempo, no he completado ni una sola de las gestiones que me llevaron hasta allí y, sin embargo, mientras el tren me aleja de la ciudad pienso en lo animada que estaba, en lo espléndida que es, y en lo mucho que nos despistamos los que venimos de fuera. Vivir en el conflicto agota y, de vez en cuando, tomar distancia es necesario. En últimos tiempos vivir en Barcelona es morirse un poco cada día. Escapamos como podemos, aunque sea utilizando excusas, bebiendo medio litro de vodka o incluso escribiendo simplezas mientras en la acera de enfrente, teñida de amarillo, vemos a una jauría que intenta arrancarnos la libertad y la tranquilidad que todos queremos, que todos necesitamos. La gente sofoca y el final ya lo conocemos, no tiene nada de sorpresa.












jueves, 17 de septiembre de 2015

PASAVOLANT



El punto y aparte era algo intrínseco a la literatura, pero no a la novela de nuestra vida.
Enrique Vila-Matas


Puede ser que todos andemos más locos que cuerdos. El trabajo nos engulle pero con los tiempos que corren se supone que tenemos que estar contentos y agradecidos al entregarle media vida. Y no es que no esté contenta, que lo estoy, o eso me empeño en creer porque con él como, pago la hipoteca, paso los pagos debidos e incluso de vez en cuanto me crujo un capricho no excesivo pero si gratificante. El consuelo del tonto, seguramente.

La última semana he dormido una media de cuatro horas que casan bastante mal con la necesidad de tener la mente despejada. Decía un conocido que cada uno tenemos nuestras penitas y así es. La mía, y la de cientos de miles, es la pérdida del sueño. Por las noches recorro la casa como un fantasma, me siento sobre el mármol de la cocina y balanceo los pies como si de esa manera toda la imbecilidad del mundo quedara reducida a nada. 
Dice el doctor que para ir bien debería dormir. Me receta algo que sé que de momento no voy a tomar aunque lo tengo en la mesilla de noche como otros tienen el misal.

El insomnio es el sino de los tiempos. Eso explica que, cuando la noche campa a sus anchas, el paisaje se motee de bombillas encendidas, con historias detrás de cada una de ellas que no conoceremos nunca pero que tampoco nos interesan demasiado, aunque no es extraño que, algunas noches espesas, mientras curioseamos por la ventana, nos las montemos en la cabeza, como si estuviéramos en una película de Godard. De esa manera matamos las horas, sintiéndonos un poco más acompañados por esos que también vagan la noche en sus casas, medio en penumbra, en silencio, y que están tan estropeados como nosotros mismos.






domingo, 16 de junio de 2013

EL MOMENTO



¿Qué nos ha pasado Ralph? ¿Sabes cómo ha empezado todo esto?
Raymond Carver



Ahogó el principio de un sollozo con un trago largo. No se movió. Miraba el mármol como si las vetas fueran un mapa que descifrar para no perderse de nuevo. Pero puede que fuera lo extraño de la situación, los papeles invertidos por una vez, lo que pudo más y, de modo inesperado, se encontró rodeándole con los brazos mientras murmuraba sobre lo paradójico de la situación. 

Al llegar se había sentado a su lado, en el banco, ni una silla rodeando la mesa. Entonces pensó que la posición era ridícula, uno junto al otro es cosa de escolares, pero allí la lección estaba toda aprendida, apenas quedaba nada por decir. Miró las paredes que un día fueron color albero, buscó las vetas que el tiempo había impreso erigiéndose en un mapa indescifrable. Un juego del pasado que perdió la gracia cuando el trazado se dividió en dos. Reconoció las fotografías, bebió intentando recordar, pero había olvidado quién era quién y ahora la presbicia, no sólo de sus ojos, no ayudaba demasiado. Tampoco importaba, el pasado sólo existe mientras uno lo recuerda. 


Y allí se encontraba, sosteniéndole, una vez más, ante las contingencias de la vida, de una vida que no sabía por dónde andaba. ¿Cuánto hacía desde la última vez? Mucho, o tal vez, no tanto. Ahora se alegraba de tenerle cerca, de que el tiempo se hubiera detenido sin habérselo pedido y de que la neblina prohibida del tabaco ocultara, a la vista de otros, que desde hacía ya algún tiempo las barreras habían empezado a caer. Sabía que se arrepentiría pero, aún así, dejó que su cabeza buscara refugio en su pecho.  El vaho de su cabello tibio empezó a marearle y el corazón se ralentizó. Comprendió que lo que se deslizaba entre los pliegues de su jersey era la vida misma, húmeda, doliente y que, apostando a ganador, había vuelto a perder.  
  

lunes, 25 de junio de 2012

SHE'S A LADY


"Fuego sutil dentro de mi cuerpo, todo presto discurre; los inciertos ojos vagan sin rumbo; los oídos hacen ronco zumbido".
Safo

He dividido la pantalla del ordenador en tres partes absolutamente irregulares. En la primera, a mi izquierda, la más estrecha de todas, muestra una lista de reproducción musical que de un modo aleatorio y sin fin, va llenando las horas de esta noche que no se acaba nunca. En el centro, una pantalla en blanco, ficticia, que espera. A la derecha, a punto de precipitarse al vacío, la imagen de “Room in New York” de Edward Hopper.

¿La literatura siempre se escribe? Contestar un rotundo sí sería demasiado sencillo. Hopper escribió utilizando los pinceles. Hablar, en este momento, de este pintor puede parecer oportunista, y lo es. 
Pero existen ocasiones en las que se acumulan pequeños déjà vu que, al acecho del despiste cotidiano, de oportunismos no buscados, devuelven a la boca el sabor añejo de la melaza de un ron de caña más que infernal.

Es la casualidad, esa que no existe y un poster de la Sheldon Memorial Art Gallery, la que me devuelve a esa cama que abrigó ilusiones, proyectos, que no lograron sobrevivir al invierno, pero que se convirtieron en líneas de vida a las que sujetarse cuando, como en el cuadro de Hopper, lo cotidiano se impone y aísla dejando como único asidero el recuerdo de un pasado que existió y quedó aparcado sin remisión. 

Y la mujer de rojo, que esconde su pelo en un recogido indulgente, que reposa perdida entre el teclado de un desusado piano, sabe de eso y recrea una vida que no ha existido jamás.

Puede que sea oportunismo, pero ¿qué más da? Las historias de Hopper son intemporales.