jueves, 17 de septiembre de 2015

PASAVOLANT



El punto y aparte era algo intrínseco a la literatura, pero no a la novela de nuestra vida.
Enrique Vila-Matas


Puede ser que todos andemos más locos que cuerdos. El trabajo nos engulle pero con los tiempos que corren se supone que tenemos que estar contentos y agradecidos al entregarle media vida. Y no es que no esté contenta, que lo estoy, o eso me empeño en creer porque con él como, pago la hipoteca, paso los pagos debidos e incluso de vez en cuanto me crujo un capricho no excesivo pero si gratificante. El consuelo del tonto, seguramente.

La última semana he dormido una media de cuatro horas que casan bastante mal con la necesidad de tener la mente despejada. Decía un conocido que cada uno tenemos nuestras penitas y así es. La mía, y la de cientos de miles, es la pérdida del sueño. Por las noches recorro la casa como un fantasma, me siento sobre el mármol de la cocina y balanceo los pies como si de esa manera toda la imbecilidad del mundo quedara reducida a nada. 
Dice el doctor que para ir bien debería dormir. Me receta algo que sé que de momento no voy a tomar aunque lo tengo en la mesilla de noche como otros tienen el misal.

El insomnio es el sino de los tiempos. Eso explica que, cuando la noche campa a sus anchas, el paisaje se motee de bombillas encendidas, con historias detrás de cada una de ellas que no conoceremos nunca pero que tampoco nos interesan demasiado, aunque no es extraño que, algunas noches espesas, mientras curioseamos por la ventana, nos las montemos en la cabeza, como si estuviéramos en una película de Godard. De esa manera matamos las horas, sintiéndonos un poco más acompañados por esos que también vagan la noche en sus casas, medio en penumbra, en silencio, y que están tan estropeados como nosotros mismos.