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domingo, 30 de marzo de 2014

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (IV)


"Odioso para mí, como las puertas del Hades,
 es el hombre que oculta una cosa en su seno y dice otra".

Cuando los discos eran de vinilo cabía la posibilidad de lanzarlos contra el suelo, romperlos con furia, llorar hasta inundar los surcos y dejarlos muertos. Ahora solo queda el lamento digital. Tengo que ir a trabajar. Dos días, cuarenta y ocho horas después, sobre la cómoda sus llaves, la nada y el resguardo de la tintorería. Dos chaquetas, un pantalón, una blusa y una gabardina. A la vuelta lo recogeré todo. Lo suyo lo dejaré sobre la silla, esperaré a que por arte de magia desaparezca, aunque sé que antes de que eso ocurra se derretirán los casquetes polares. Del gris marengo al azul marino y vuelta a empezar.

Buscar un poco de felicidad para ahogar cualquiera amago de desánimo. Pero la tristeza es tenaz y maneja la rutina con la habilidad de un prestidigitador de tercera, intenta esconderse sin demasiado éxito y acaba mostrando el hocico. La tristeza es como el agua, fluye y empapa, te convierte en algo resbaladizo, inaccesible. Ahora falta aire y sobra agua.

Tengo que cambiar la placa del buzón. Mañana la encargaré, compraré un emparedado de atún con mayonesa, una botella de vino; y un cepillo para el cabello que, en silencio, ofreceré como sacrificio a los dioses para que me concedan el sueño tranquilo.


jueves, 21 de octubre de 2010

DEL PORQUÉ NO LEO LA ILIADA Y SÓLO CUENTO CORDEROS


 
Ando rara, no de caminar, que también podría ser por aquello de calzar zapato de invierno tras un largo verano de sandalias y pies al aire. Sino que ando rara. Podría achacarlo a un estado premenstrual (no es el caso), a un estado pre-menopáusico (tampoco lo es), a un estado medio metafísico (esto es ya una quedada), el caso es que no es achacable a nada de todo ello. Sólo hay algo que es cierto, se me han revuelto las entrañas.
Como ando en esas, hago cosas raras, escucho cosas más raras y la gente me parece más marciana de lo habitual. Supongo que por eso, por nada más, he decidido caer en un autismo escogido a conciencia. Dentro de ese estado me dio por arrimarme, de soslayo, a la Iliada. La culpa, la curiosidad inducida porqué alguien me hablara de ella hace poco y la sombra de una bombilla de bajo voltaje, engañosa como la que más, me mostrara el lomo que la contiene. Un dia aciagao. Por eso ayer noche, ante un ataque de insomnio recalcitrante, una película vista y mil ovejas contadas, me levanté y revisé la estantería. Un canto de sirenas. Un viejo ejemplar de la Iliada. Me pegué un rato pero poco. No leí nada. Miré el lomo (una edición barata de Austral) saqué el libro, abrí la primera página, miré la fecha que alguien se encargó de anotar cuando lo adquirió y, sin más, lo volví a colocar en su sitio.  No es lo mío. Ahora duerme el sueño de los justos y yo sigo contando corderos.