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sábado, 1 de diciembre de 2012

SIN SORPRESAS



Sábado. No sé cómo organizar el tiempo. Las cosas pendientes, las que me apetecen, me sobrepasan. Procuro terminar rápido lo doméstico para poder sentarme frente a mi mesa, mis cosas y aparco los compromisos para más allá de la caída del sol.
Pocas veces lo consigo y siempre acabo jurándome que no volveré a listar nada, que dejaré que las cosas vengan como vengan. Este juramento permanentemente incumplido forma parte, también, de esa desorganización organizada en la que entierro los sábados.

Me siento en la cocina a tomar una taza de café bien caliente. Hace mucho frío y he pasado un par de horas arrancando hojas muertas, intentado enderezar los jazmines desvanecidos, cabizbajos, casi agónicos. Por la ventana, entra la luz pálida, mortecina, del casi invierno de esta ciudad. La humedad nos reblandece los huesos.

Mientras me caliento las manos, sujetando el tazón, me lee, ajustándose la montura sobre el puente de la nariz, las últimas noticias de la infamia política.
Su pelo está casi blanco, o casi negro, según lo optimista que uno se levante ¿Cómo puede tener un cabello tan firme a estas alturas? Me coge la taza y, con el primer sorbo, arruga la nariz, demasiado azúcar, lo sé. La primera taza que compartimos fue de plástico con el logotipo de una compañía aérea. 

Vuelve sobre sus pasos, los escasos que separan la cocina de la que hoy es su mesa, mi mesa; su silla, mi silla; sus libros, mis libros. Arrastra un poco los pies, sólo un poco más que hace algún tiempo. 

Puede que mañana ponga una cucharilla de azúcar menos en mi café. Pero mañana es domingo. La luz se desvanecerá a través de los cristales empañados. La desorganización organizada continuará por unas horas, pero no arrugará la nariz. Mañana será mañana. Sus libros ya no serán mis libros, ni su silla la mía. 

Puede que mañana, o tal vez pasado, robe una taza con el logotipo de un avión más que viejo, y que el próximo sábado, si el desorden organizado nos lo permite, se la regale mientras se recoloca las gafas y blasfema contra el mundo. 


jueves, 29 de septiembre de 2011

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS


Llega tarde pero no ha sido un descuido, nunca lo es. Unos minutos robados al tiempo de una espera que ya conoce. Sentado en la última mesa, fuma un cigarillo y simula leer el periódico mientras de reojo vigila la puerta.
A él nunca le gustó esperar. A ella, llegar demasiado pronto. Las pulsaciones se le acompasan al desfallecido ritmo de su reloj de pulsera. 
Sus primeros desencuentros fueron por cosas absurdas que se transformaban en la antesala de los mejores momentos vividos.

Unos pasos precipitados golpean la acera mientras la incertidumbre le pinta el rostro de gris, oscuro, como el humo que le envuelve en su rincón.
Es martes, por eso deberían sentarse uno frente al otro, pero hoy no será así y lo sabe desde que, acompañada por el aire frio de invierno, la vió cruzó la puerta con el semblante pálido.

- ¿Por qué nos seguimos viendo?
- Porque nos queremos.
- Pero, esto no va a ningún sitio, yo no puedo seguir así.

Con un gesto apenas esbozado, posa el índice sobre sus labios y silencia el lamento. Le pide que no siga. Hacerlo sería el final. Porque ellos son eso, los martes, frente a frente, sin nada más.

Amelie. - BSO. 14.