Pero en cuanto pasaron los primeros meses de humillación y de soledad lo que hice, sin proponérmelo, fue empezar a disfrutar la vida que me había dejado secuestrar por él.
ANTONIO MUÑOZ MOLINA,Plenilunio
Me hubiera gustado despedirme de una manera mucho más directa
y sencilla pero aún no he encontrado la forma de hacerlo y me pierdo entre circunloquios pesados intento componer algo llano y franco, pero lo demoro una y otra vez. Miro por la ventana y el cristal se empaña mientras intento descubrir si la tormenta me acompañará todo el viaje de vuelta o si la dejaré en Atocha. Al final solo tres palabras: Llueve en Madrid. No es mucho pero con eso basta, sabrá entenderlo.
Cuanto más larga es la ausencia más duradera es la extrañeza de volver.
Antonio Muñoz Molina
Y tu cuerpo que se separa del mío, entre el silencio de los
que son incapaces de encontrar una palabra que alivie la tristeza que se
desliza sin que nadie la llame. Un vacío infinito se cuela entre tu espalda y
mis piernas dejándonos mudos. Las cortinas se mecen con un soplo que viene de
poniente, ajenas al desánimo de la cercana ausencia. Duermen tus manos, duermen
las mías y, en mitad de la nada, la arena tibia que asfixia cualquier asomo de
vida que intente brotar más allá del marco de la ventana que nos vela.
Me gusta que me busques pero que no estés seguro de que vas a encontrarme.
Antonio Muñoz Molina
Enredó los pies entre los suyos. Buscaba más la cercanía que
aplacar el frío que sentía. Esperó un movimiento, aunque fuera ligero, que
denotara que todo quedaba olvidado, que aún quedaba un resquicio por el que
colarse aunque fuera estrechando las miras que en un principio manejaban.
Insistió empujándolos con delicadeza hasta encontrar la curvatura de su
espalda. Allí estaba el todo. Recordó los momentos en los que aquella
misma cama les había convertido a uno en
la prolongación del otro y supo que aquella respiración que ahora se
acompasaba con la suya era la que quería tener siempre cerca. Ya no recordaba cómo
había empezado la última discusión, algo intrascendente buscado como una excusa
para expulsar el veneno que llevaban dentro. Pero ahora, cuando los trastos
restaban ardiendo junto a la mesa del salón, buscó su nuca para inspirar su
olor y saberse a salvo. Respiró y en duermevela sintió que sus manos cálidas, como sus pies, se acoplaban entre sus muslos y supo que todo
estaba bien.
Cada uno tenemos nuestra propia banda sonora. Hoy es un día propicio, el de la música, para dejar por aquí la que me viene acompañando desde hace mucho tiempo. Esta vez, haciendo una pequeña trampa, la acompaña un texto expresamente escogido, porque sí, sin más. Posiblemente a cada una de las canciones que dejo por aquí se la pueda adjudicar a gente, a mi gente, a los que están, a los que en algún momento han estado, a los que en algún momento estarán, a los que se fueron y jamás volverán, la los que marcharon pero tienen su hueco para cuando quieran volver y, sobre todo, a los que siempre quise que estuvieran. Pero en este mercado que es la vida, que cada uno escoja lo que quiera, aquí también hay alguna que es para ti, no te quepa duda.
***
"Le ofreció el cigarrillo –era tan pulcro que también se había preocupado de traer un cenicero- pero no se quedó sentado junto a ella, se atravesó sobre la cama, le separó un poco más las piernas acariciando sus tobillos y los dedos de sus pies, le besó las rodillas y el interior suave de los muslos y fue subiendo despacio, dejándole en la piel un rastro de saliva, le apartó el vello, cuidadosamente, con determinación y lentitud, y entonces empezó a besarla exactamente igual que si besara su boca, hundiéndole la lengua, moviéndola en ondulaciones circulares, arriba y abajo, respiraba por la nariz, retrocedía para recobrar el aliento o quitarse un pelo de los labios y la miraba sonriendo, con la cara entusiasta y mojada, la veía fumar entornando los ojos, la horadaba, la olía, su carne rosa se dilataba y contraía como un corazón, cerró los ojos y respiró ella también con la boca abierta y el cigarrillo se le desprendió de los dedos..."
El jinete polaco
"Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno,
cómo cambiaba la relación que había entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo
hacia la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con
grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese
envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el
desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día
aminoraría y emprendería su curso normal."
El amante
"Con
todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído
demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría
en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado
al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte,
sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me
enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse
total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me
iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No
haría nada por impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su
encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto
mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me
esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas
formas. Eclipse total."
El palacio de la luna
“Tuvimos una tormenta. Duró toda la noche y a media mañana aún
seguía, una cosa extraordinaria, no he visto nada semejante, en estas zonas
templadas, ni en violencia o duración. Disfruté de lo lindo, incorporado en mi
adornada cama como si fuera un catafalco, si ésa es la palabra que quiero, la
habitación sumida en un parpadeo de luz y el cielo a patada limpia, rompiéndose
los huesos. ¡Por fin, me dije, por fin los elementos han alcanzado un extremo
de magnificencia acorde con mi torbellino interior! Me sentía transfigurado, me
sentía como uno de los semidioses de Wagner, flotando sobre una nube tronante y
dirigiendo los estruendosísimos acordes, el choque de los címbalos celestiales.
En este estado de euforia histriónica, en medio de la efervescencia de los
vapores del coñac y de la electricidad estática, consideré mi posición bajo una
luz nueva y crepitante."
El mar
"La realidad sabe escabullirse perfectamente detrás de una sucesión
infinita de pasos, de niveles de percepción, de falsos sondeos. A la larga, la
realidad resulta inextinguible, inalcanzable. Aunque sea a tanta distancia, por
fin vi algo de Dublín, lo vi desde lo alto de estos acantilados que se adentran
en el mar. Grupos de aves reposan sobre las aguas. La tristeza fascinante del
lugar parece acentuarse con la visión de esas escuadras de pájaros sonámbulos,
en pleno día, y es como si el vacío se anudara con la honda tristeza y ésta de
vez en cuando cobrara voz con el chillido de alguna gaviota. Trataré de poner
en pie y mejorar mi mustia vida de editor retirado. Pero algo se ha desfondado
por completo en el cuarto. Alguien se ha ido. O se ha borrado. Alguien, quizá
imprescindible, ya no está. Alguien se ríe a solas en otra parte. Y la lluvia
se estrella cada vez con más delirante fuerza sobre los cristales y también
sobre el aire vacío y sobre el hondo aire azul y sobre lo que está en ninguna
parte y es interminable."
Éste ha sido un fin de semana de lo más curioso, lleno de encuentros inesperados, de papel tintado, momentos para recordar cuando llega el invierno. Un verdadero placer, unos días de esos que podemos llamar redondos. Me apena que llegue a su fin y que volvamos a la rutina. Pero me llevo el cesto lleno de imágines, conversaciones, momentos estupendos.
El tiempo hay que dedicarlo a lo que importa, a lo bueno y a lo positivo.
Dejo aquí uno de los maravillosos hallazgos de este fin de semana tan productivo personalmente, un artículo escrito por Antonio Muñoz Molina que ha aparecido en el suplemento Babelia, en su número 1009. Cuelgo el enlace a la web, para el que quiera ver su original. Léanlo con atención y gócenlo, vale la pena.
Aquí les dejo, voy a concluir lo poco que queda del fin de semana en la inmejorable compañía de mi familia.Cuídense y que les cuiden, eso es lo mejor.
LOS HIPNOTIZADORES, LOS HECHICEROS
-Antonio Muñoz Molina-
No es bueno amar demasiado la literatura, o el arte. Se corre el peligro de quedar hechizado y creer que son más ricos, más verdaderos, más variados que la vida. No es bueno amar demasiado la literatura o el arte y menos aún admirar en exceso a quienes se dedican a esos oficios. No quiero caer en la vulgaridad de que es preferible no encontrarse en persona a quienes uno conoce de lejos y admira por su obra, para no llevarse así la inevitable decepción. Depende. La mayor parte de los escritores, pintores, cineastas a los que hubiera preferido no conocer ya tampoco me habían gustado por su trabajo. Algún escritor cuyos libros me parecían detestables era todavía más detestable en persona. Pero casi todos los que he conocido después de admirarlos mucho me han resultado todavía más cercanos y más dignos de afecto y respeto. No olvidaré nunca la cordialidad amable de Adolfo Bioy Casares, la llaneza laboriosa de José Guerrero, de Antonio López García, de Antonio Saura, de mi querido y tan activo todavía Juan Genovés, que a los ochenta años vive intacta la alegría de pintar sin el agobio de la búsqueda de la perfección o el miedo a las críticas, o el desasosiego de no estar a la moda. Porque trabajan con las manos y pasan mucho tiempo solos en talleres llenos de materiales que se tocan y se huelen y pesan los pintores son una casta aparte. A Juan José Saer no lo había visto en mi vida y a los dos días de conocernos en un acto editorial en París me invitó a una comida memorable en un restaurante de barrio donde la dueña llevaba delantal y lo llamaba por su nombre, Monsieur Saer. Comimos cordero y no sé qué más delicias de cocina de pueblo. Nos bebimos una botella entera de vino y hablamos durante horas de los libros y las músicas que nos entusiasmaban, de Bill Evans y de Marcel Proust sobre todo. Yo miraba de soslayo el reloj porque mi vuelo para Madrid salía esa misma tarde. Nos despedimos con un abrazo y ya no volví a verlo nunca. Al poco tiempo recibí otro regalo suyo, el estuche con las grabaciones completas del trío de Bill Evans en el Village Vanguard en junio de 1961. Al poco tiempo Saer había muerto.
No he conocido a nadie que me pareciera grande de verdad que fuese un canalla, o un chulo, o un vanidoso enamorado de sí mismo. Hay artistas de un egocentrismo grotesco, algunos de ellos muy célebres. No se me ocurre ninguno que no esconda una parte de banalidad o de impostura en su obra, por mucho que la canonicen. Y tampoco suele haber proporción entre la escala del mérito o el reconocimiento público y el tamaño de la vanidad. Hay premios Nobel -y no solo de literatura, o no especialmente- mucho menos arrogantes que algún poeta de difusión comarcal o algún genio de la narrativa que a lo mejor no ha publicado más que algún relato, alguna novela, o algún artista de estos que no son pintores ni escultores ni fotógrafos sino artistas sin más, artistas porque sí, porque lo dicen ellos.
Cuánta tontería. Cada vez entiendo menos que a un literato o a un diseñador de moda o a un actor se les conceda un derecho a la arrogancia que sería inverosímil en un buen ingeniero o un buen médico, en un mecánico concienzudo, en un profesor que mejora para siempre la vida de un alumno al ayudarle a descubrir sus mejores capacidades. Aunque peor que la tontería es el envenenamiento, la manipulación que ejerce a veces quien se sabe brillante y no tiene ningún respeto por aquellos mismos que al admirarlo alimentan su egolatría y sin darse cuenta se hacen a sí mismos más vulnerables aún a su influencia tóxica. En su novela Volver al mundo José Ángel González Sainz hace el retrato escalofriante de ese intelectual maduro que utiliza sus lecturas y su palabrería para someter al discípulo a su voluntad y convertirlo en una especie de zombi al que lo mismo se le puede ordenar que machaque a un adversario en una discusión o que empuñe una pistola. Abimael Guzmán o Pol Pot no son los únicos terribles profesores de filosofía que acabaron alentando el asesinato. Y no hace falta empujar hacia el crimen o el fanatismo para dañar las vidas de personas cándidas que creen demasiado en el brillo de las ideas o en la nobleza del arte y de la literatura.
Hay gente demasiado ávida, demasiado dispuesta a ser deslumbrada. Hay desalmados que intuyen esa flaqueza y se apresuran a aprovecharse de ella. Es probable que sea una disposición sobre todo masculina, no sé si particularmente heterosexual. El espectáculo se repite siempre: la mujer joven hechizada, aspirante a actriz, aspirante a pintora, aspirante a escritora; el escritor, el profesor, el varón de cerebro poderoso y físico mediocre, el director teatral, el gurú de la secta, el entrañable aventurero cansado, el vividor legendario, el triunfador, el fracasado, el maldito, el autodestructivo. Cabe la posibilidad esperanzadora de que se trate de un esquema anacrónico; que las mujeres jóvenes y más despiertas de ahora no muerdan el cebo, o que las artes hayan perdido una parte de su lustre.
Si es así, el libro de recuerdos de Anne Roiphe, Art and Madness, será parte de la arqueología literaria del siglo pasado, de esa época en la que ella era muy joven y se sentía dispuesta a sacrificarlo todo por el heroísmo masculino y bohemio de la literatura, incluyendo su propia vocación de escribir. Anne Roiphe llegó al mundo literario de Nueva York al final de los cincuenta, en la gran época del alcohol y en las vísperas de la revolución sexual, cuando los escritores eran sobre todo varones que se emborrachaban, que daban clases y seducían alumnas o lectoras sin miedo a represalias, que reclamaban para sí mismos y tenían reconocida la potestad de sacrificar en nombre del genio cualquier responsabilidad hacia las personas que los rodeaban. A veces el genio, o al menos el talento, existía: muchas más veces era sobre todo una farsa sostenida sobre la soberbia y la credulidad. En casa de George Plimpton, en las fiestas alcohólicas de la Paris Review, cuenta Roiphe, secretarias y aspirantes a escritoras se rendían a los maestros beodos mientras las esposas miraban a otra parte y fumaban cigarrillos. Ella misma se casó con un dramaturgo convencido de su propia genialidad, en gran parte gracias al fervor de la mujer que lo aguantaba. Porque era un genio y estaba en lucha contra la indiferencia del público y la venalidad de los productores teatrales tenía derecho a pasarse borracheras de varios días fuera de casa y a frecuentar prostitutas.
En algún momento ella despertó de su reverencia excesiva por el arte. Tenía una hija pequeña y también tenía una necesidad honda de escribir, aunque por pudor, o por complejo de inferioridad hacia su marido o miedo a su sarcasmo, no se había atrevido a manifestarla. Al cabo de los años, en otro siglo, su mirada de lucidez y remordimiento hacia el propio pasado es un ejercicio excelente de literatura.
Art and Madness. A Memoir of Lust Without Reason. Anne Roiphe. Random House, 2011. 240 páginas. antoniomuñozmolina.es
"Casi sin darse cuenta había empezado a acariciarla mientras hablaban en voz baja, tan lentamente como ella entraba en calor, los pies muy fríos enredados a los suyos, y al ir siguiendo con los dedos ahora más sensitivos y audaces el tacto de la piel y las sinuosidades ya familiares que buscaba y reconocía luego con los labios, volvió a acordarse, ahora sin miedo ni vergüenza, sólo con dulzura, casi con agradecimiento, de los sueños eróticos de los catorce años, y le pareció que la veía a ella como era ahora mismo y como había sido la primera vez que unos ojos masculinos la vieron desnuda. Lo perdía todo, se despojaba de todo, igual que al desnudarse ella había dejado caer al suelo las bragas y el sujetador y se había aproximado a él como emergiendo de las prendas abandonadas e inútiles, caídas a sus pies con un rumor de gasa. No había urgencia, ni incertidumbre, ni ademanes de fiebre o ansiosa brutalidad. La veía moverse oscilando, erguida, acomodándose despacio encima de él, el pelo sobre la cara, mezclado con la sombra, los hombros hacia atrás, las dos manos que le sujetaban con fuerza los muslos.
Desfallecieron los dos en la misma oleada densa de dulzura, que él fue percibiendo como si le llegara desde lejos, anunciada, indudable, desconocida, duradera y lenta, no extinguida todavía después del final, cuando se quedaron quietos los dos y ella se desprendió poco a poco de él mientras iba dejándose caer a su lado."
Le ofreció el cigarrillo –era tan pulcro que también se había preocupado de traer un cenicero- pero no se quedó sentado junto a ella, se atravesó sobre la cama, le separó un poco más las piernas acariciando sus tobillos y los dedos de sus pies, le besó las rodillas y el interior suave de los muslos y fue subiendo despacio, dejándole en la piel un rastro de saliva, le apartó el vello, cuidadosamente, con determinación y lentitud, y entonces empezó a besarla exactamente igual que si besara su boca, hundiéndole la lengua, moviéndola en ondulaciones circulares, arriba y abajo, respiraba por la nariz, retrocedía para recobrar el aliento o quitarse un pelo de los labios y la miraba sonriendo, con la cara entusiasta y mojada, la veía fumar entornando los ojos, la horadaba, la olía, su carne rosa se dilataba y contraía como un corazón, cerró los ojos y respiró ella también con la boca abierta y el cigarrillo se le desprendió de los dedos, y mientras las manos de él subían para cerrarse alrededor de sus pechos las suyas descendieron y le acariciaron el desorden del pelo, la frente, las aletas trémulas de la nariz, buscaron su lengua y las comisuras de la boca y casi no podían distinguirlas del vientre y del vello empapado en el que se sumergían a un ritmo cada vez más sofocado y veloz, se abrió ella misma más aún, hasta sentir dolor en las junturas de los huesos, más allá del ofrecimiento y la vergüenza, sin saber a quién de los dos pertenecían los labios que estaba acariciando, la respiración y las palabras que escuchaba, la gradual ebriedad que los arrebataba y los hacía aplastarse el uno contra el otro como para no perder un asidero en el delirio, los sudores y secreciones y olores que envolvían y lubricaban sus miembros igualándolos en un desfallecimiento fervoroso y común.