Me dejé la bolsa preparada ayer
noche para evitar que, esta mañana, la pereza me forzara una excusa tan mala
como la de tener que buscar las cosas y meterlas en la mochila. Al llegar
apenas hay un par de personas. Se mueven a un ritmo tranquilo, acariciando el
agua. Dudo si unirme a ellos y entre los tres convertirnos en un ballet de
indolentes acariciadores que buscan en el agua la calidez que las sábanas de un
domingo a primera hora no dan. Pero yo, valiente como la que más, salgo al exterior y
mido la temperatura del agua con la punta del pie. Está bien para morir al
entrar y volver a morir al salir. Se entiende que no haya nadie aquí fuera y se
entiende también que el socorrista, que se aburre mientras vigila la nada, me
mire regular. Su misión, más allá de matar las horas mirando al vacío, está el salvar
a cualquier loco que en diciembre entre en la pileta y le dé un patatús.
Pero no hay nadie y a mí me apetece mucho, aunque haga frío y el socorrista me
mire regular. Podría desistir del empeño, volver al interior y seguir la
coreografía de los que nadan ahí dentro. Pero ya estoy aquí, frente al podio de
los perdedores, ya no hay vuelta atrás. Me apetece la soledad de la brazada y el
silencio que hay aquí fuera. El agua antes clorada, ahora ya no, me devuelve la
tranquilidad que cuando estoy fuera se me escapa por las costuras. Pienso en
cosas absurdas y le voy dando al reproductor para que las canciones avancen un
poco más deprisa que mis vueltas a la piscina. Nado escuchado música de jazz,
una locura que diría cualquiera. Pero hace ya mucho tiempo que dejó de
importarme lo que diga cualquiera. Doy un par de vueltas y me tumbo bocarriba,
pero aguanto poco. El frío te rompe pese al agua climatizada. Me muevo con
calma porque soy una Esther Williams venida a menos; porque soy como una
aceituna dentro de un Martini y porque “So tender” me agita y me calma y me
vuelve a agitar. Y necesito tumbarme panza arriba, otra vez, aunque los dedos de
los pies y los pezones se me congelen, y el corazón se me parta un poco más
antes de llegar a la otra orilla.
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domingo, 10 de diciembre de 2023
SO TENDER
jueves, 23 de julio de 2020
PALPITAR
Estamos en racha. ¡Menuda frase! El peligro de verbalizar algunas cosa es que, tal cual salen por la boca, se desintegran y desaparecen en lo que se tarda en chasquear los dedos. El día amanece maravilloso. Ha dejado de llover y por encima del rodar de
los coches aún es posible escuchar el canto de algún pájaro. Todo se mantiene dentro de la monótona rutina acomodaticia. Pero las rachas son caprichosas, escurridizas y el vivir embriagados de la grandiosidad del buen momento dura lo que tarda en caer te encima, como una tremenda maldición, una inmensa mierda de
gaviota. Y a partir de ahí, aquella racha de
la que te vanagloriabas, queda reducida a una monumental cagada que marca el principio del revés. La inmersión hacia el desastre está servida. Cae la
bolsa, los contagios aumentan, falta material, las perdidas personales crecen
en una progresión que asusta, y quedan pocas cosas a las que asirse cuando todo se tambalea. Poco nos pasa, escuchas
decir. Y no sabes si es poco o mucho, pero de lo que no tienes duda es que lo tosco ha llegado para quedarse un
rato. Desaparecido el tiempo de bonanza, las
cosas se vuelven relativas con una acusada tendencia a estrellarse contra la pared de la apatía.
Falta alternativa y una buena ventolera. Se impone la necesidad de no dejar de palpitar y cierto grado extravagancia para que no acabemos todos muertos de asco
Fotografía: Designed by Freepik
lunes, 29 de agosto de 2011
EXCEPCIONALIDADES
Barrunté durante semanas sobre la excepcionalidad, me pregunté sobre ella por pura curiosidad ante lo que mis ojos veían. En búsqueda de una respuesta convincente, me dediqué a observar, a escuchar, con una atención desmedida a todo aquel que se arrimó, de un modo u otro, a mi persona para intentar descubrir que era lo que los transformaba en excepcionales a los ojos de los demás.
Todos pensamos de alguien que es excepcional.
Todos pensamos de alguien que es excepcional.
A día de hoy, tras dar por finalizado el experimento que debía permitirme objetivar la circunstancia, o el hecho, que confiere la excepcionalidad a alguien, creo haber alcanzado la respuesta:
"Acostumbramos a considerar excepcional al que de un modo u otro rellena nuestras carencias".
Es por eso que la excepcionalidad del ser humano, en sus relaciones interpersonales, es tan efímera, como la fugacidad y temporalidad de lo carente.
Algunas cosas, algunas actitudes, algunas situaciones son tremendamente excepcionales. Sin embargo, por lo general, en nuestra humana globalidad, arrastramos una tremenda normalidad que acaba por imponerse a lo aparentemente excepcional, convirtiendo en arena al que se consideró el más duro y excepcional de los diamantes.
PD.: Las esculturas de Cornelia Parker (como la que aparece en la fotografía), son excepcionales, globalmente excepcionales, por su pétrea inmutabilidad.
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