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sábado, 20 de septiembre de 2014

EL TIEMPO


El tiempo es una de las pocas cosas importantes que nos quedan.


La máxima “El tiempo es oro” es una de las pocas verdades que existen. Es un bien escaso que, en ocasiones, se nos escapa en esperas hacia la nada.  Cada segundo que pasa, desaparece, no vuelve. Como tampoco lo hace el paso que damos hacia cualquier lugar. No existe marcha atrás, en nada, ni para nadie. Lo dicho, lo no dicho, lo hecho y lo no hecho, ahí queda, en algún lugar impreciso de la historia del mundo. Sí, del mundo, porque el mundo, nuestro mundo, al final no debería ser más que aquello que alcanzamos con la palma de la mano, lo que nos convierte en necesarios e imprescindibles.

Tengo un solomillo Wellington en el horno y unas manzanas en el fuego que poco a poco se convertirán en la compota que lo acompañará. Hace unas semanas Alma, mi hermana mayor, de momento y sin prórroga garantizada, esquivó las anunciadas consecuencias del cáncer.  Han sido meses de incertidumbre, de malestar, de rabia contenida y de una desolación que había que expulsar en cuanto llegaba. Meses en los que hemos hablado mucho sobre qué hacer, qué no hacer y de cómo afrontar el día a día. La vida a veces es cruel, se embrutece y lanza dentelladas contra los más buenos. Casi siempre es así.

Por eso el tiempo es fundamental. Lo es incluso para preparar una comida con la que celebrar en petit comité y sin llamar la atención pero con todo el gusto y la intención puesta en ello (así es cómo se celebran las cosas importantes), que el tiempo es oro y que malgastarlo en nimiedad, malos humores y mezquindades, debería ser un delito.



jueves, 21 de agosto de 2014

PAROLE


Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo Importante


La mayoría de veces nos quedan tantas cosas por decir, por hacer, que podríamos llenar una saca con todo lo que se nos queda en el tintero, pendientes para mañana. Y aun así, con la bolsa bien repleta y fecha en el calendario, las ganas se quedan en la punta de la lengua, veladas por la obligación del adiós. Despedirse de los niños siempre es extraño, entre otras cosas porque se supone que como adulto puedes manejarte cómodamente ante ellos y, en realidad, casi nunca es así. Por eso esta vez, nuevamente, la cosa ha sido extraña e incluso un poco más triste que otras veces. Al menos para mí. Puede que sean los años que me ablandan aunque, a decir verdad, la edad no ha hecho más que apuntalar lo que de fábrica ya me venía dado. Y es que en cuestiones de afectos, las cosas son como son, y aunque uno quiera intentar ponerse el traje impermeable, cuando la cosa es como es, no hay gabardina que valga. Las cosas son así y no de otro modo. No aprenderé nunca, aunque creo que tampoco lo quiero.




martes, 13 de abril de 2010

ESPITAS Y HECATOMBES



No sabía en que momento se dio cuenta que se había quedado colgada de un tipo del que no conocía  ni siquiera su nombre. Pero así era. Se había enamorado, sin quererlo, como suelen ocurrir con las cosas importantes de la vida.

No sabía como había sido. Ni siquiera recordaba, ni cuando ni como fue la primera vez que reparó en aquel tipo que, de buenas a primeras, se sentó en su mesa y compartió con ella una conversación de lo más intrascendente.

Meses de charlas sin finalidad alguna, sin más, de lunes a domingo, en el mismo sitio y a la misma hora.

El desastre empezó ha fraguarse el día que salió de su casa y se encontró mirándose en el espejo del vestíbulo, evaluando su aspecto mientras pensaba en cómo la encontraría aquel tipo que, mañana sí y mañana también, aparecía en su vida a las 8:45 y desaparecía a las 9:30.

¿Qué estaba haciendo?

Tenía la insana tendencia a pensar que el enamoramiento es un estado fatal. Quizá un exceso de Corín Tellado, de La Dama de las Camelias o incluso de Ana Karenina, en su adolescencia, y dos cataclismos en su madurez, le provocaban que viviera los enamoramientos como una especie de hecatombe, como una tragedia griega, que la dejaban traspuesta por largas temporadas. Enamorarse, mejor no. Caer de nuevo sería un desastre, entrar otra vez en un estado de enajenación mental que la incapacitaba para calibrar nada de lo que pasaba por su vida, sería un  desastre que no se podía permitir.

Se lo decía a cada momento: "una hecatombe". En silencio, hacia dentro, empezó a repetírselo a aquel sujeto cada día, mientras hablan del tiempo, de la caída de la bolsa, de la inseguridad ciudadana de la trascendencia del amor, de la locura, del vivir con miedo, de la tristeza, de la esperanza.

No conocían sus nombres, ni donde vivían, ni en que trabajaban, ni si tenían familia. Sólo se conocían a ellos mismos, sin artificios, sin nada, en estado puro.

Una cosa así, no podía traer nada bueno.

Ayer, cuando se despedían, como siempre, a las 9:30, ella adelantó un gesto con su mano, le pidió que se sentara de nuevo. Sólo un segundo. Colocó las manecillas de su reloj sobre las 12:30, y le dijo:

–Empecemos de nuevo. Me llamo Carmen y vivo en el edificio de la esquina, ¿Cómo te llamas?.

La espita de la locura quedó abierta.