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domingo, 31 de mayo de 2020

LA BAGUETTE MISÁNTROPA



Leartes. — Bien lo parece: ¿por qué no procedisteis en justicia contra estos actos de tan grave y criminal naturaleza, como vuestra seguridad, vuestra prudencia, consideraciones todas que debieron impulsaros a ello poderosamente?

Hamlet, Principe de Dinamarca. William Shakespeare






Es domingo. Miro el reloj. La franja es buena y podría salir a comprar el pan corriendo, o saltando a la comba, pero ni mi antigua normalidad, ni la actual, precisa de mallas y deportivas de Decathlon. Así que me cuelgo el bolso en bandolera, cojo la bolsa de tela y me coloco los auriculares. He rescatado un par de lista musicales que descargue al principio de la pandemia para escapar del ruido de los datos, de las mentiras y de las pocas ganas de escuchar a algunos. Ahora, con desinterés por algunas cosas ya interiorizado, puedo salir de casa tarareando hacia dentro, que es la manera en que cantamos los que no tenemos gracia alguna, cualquiera de las canciones que llevo conmigo. Giro en la primera esquina y huyo de la marabunta diletante que ha decidido que éste es el mejor momento para ponerse en forma. Tengo que comprar el pan, el periódico, pedir un par de cafés para llevar, pasar por la farmacia para reponer la mascarilla e intentar que la misantropía temporal que atravieso no se convierta en un quiste que termine pidiendo su espacio.  No quiero alejarme demasiado y en la cabeza trazo el plano para evitar las calles más anchas y las terrazas. La gente ha cogido con alegría la apertura de los bares y las mesas rebosan botellines de quintos y medianas, tantas y tan pronto, que a veces me pregunto si el confinamiento no ha alcoholizado a más de uno. Lo del hidrogel es otra cosa. El sol recalienta el asfalto y lo deja temblón a los ojos cansados. Nos encerramos abrigados y ahora, sueltos a media pensión, nos vestimos con camisetas que arrastran más de una y de dos primaveras. Nada dura para siempre y menos las t-shirt de mercadillo veraniego. Tampoco la alegría de la vida moderna y segura en la que nos creíamos vivir. Muchos comercios con la persianas cerradas a cal y canto y colas para comprar una baguette y un par de croissants. La vida se nos fue por el sumidero y ahora queremos atraparla como podemos, mirando de refilón un futuro que pinta negro y con la esperanza puesta en que las malas noticias no sea más que cosa de agoreros. Invertimos nuestra ilusión en vasos de cartón del que bebemos mientras caminamos pensando en la tarjeta de crédito y si el mes que viene convendrá recortarla. El día es espectacular y aunque el aire es más sano que en otros momentos, el run-run de la preocupación y el desconsuelo juega al escondite por las esquinas de la ciudad, mientras un tropel de criaturas se afán en pedalear por el bulevar.





  

jueves, 30 de abril de 2020

FLIPA CON MADAGASCAR



"Cree que necesita ayuda. Puede que Margot no posea la inteligencia más aguda del mundo occidental, pero en cuanto conoce a un chico que afirma ser poeta, la primera palabra que le viene a la cabeza es hambre".

Invisible. Paul Auster





La cabeza es una bola mágica en la que hay espacio para casi todo. Almacenamos cualquier ocas, incluso sin querer, como si ahí dentro, entre los veintiocho huesos que la conforman existiera un gran bazar en el que todo cabe y nada sobra. Tenemos e disco duro, el que llevamos sobre los hombros, lleno de chorradas que deberíamos poder licuarlas en forma de sudor, sangre o semen y librarnos de ellas para aligerar el peso de nuestro conocimiento más que extraño. Pero no es así. La mole se mantienen aunque no queramos y cientos de datos inútiles, sin gracia, sin valor alguno campan a sus anchas. Nadie está libre de tal cosa. Yo misma, ando todo el día a cuestas con un dugongo dando vueltas. Al principio "eso" no fue más un detalle en un relato que olvidé más pronto que tarde pero que, por algo que ignoro, quedó  florando por los entresijos de mi cabeza sin que hasta hoy volviera a aparecer.
En su momento, tuve que recurrir Google para saber qué era exactamente "eso" y que aspecto tenía. Un dugongo es un bicho rarísimo. Es un mamífero que vive en el mar y que, según leí en aquel relato, los marineros que navegaban próximos a las costas de Mozambique y Madagascar, en las noches de tormenta, confundían con mitológicas sirenas. Pero visto el animal no pude por menos que concluir que Hans Christian Andersen hizo mucho daño con su cuento "La sirenita" y de ahí que, ante la extraña imagen de un animal barrigudo, horrendo como pocos y con cola de pez, una concluya que aquellos marinos, ante el temor del azote marino, debían ponerse de ron hasta las cejas para que a su cabeza llegara la idea de aquellas hermosas y mitológicas mujeres que atan y desatan. Hasta en el peor momento el ser humano intenta rescatar algo bueno, algo que lo ate, o tal que vez lo desate.

Quizá sea una necesidad del ser humano el arrimarse a algo que aliente, algo que embruje y mitigue el dolor o incluso el camino al desastre. Puede que haya sido pensando en el marrón que nos ha tocado vivir, el que ha hecho aflorar el dugongo que desde hace tiempo habita dentro de mí. Vivimos tiempos extrañísimos para los que no estábamos preparados. Los de mi generación y posteriores, hemos sido los niños bonitos del siglo XX. Con un poco de suerte las preocupaciones se circunscribían al "más por menos”, a las comodidades low cost, y a un esfuerzo relativo entre grandes aspavientos. Pero el tortazo que nos ha arreado el coronavirus ha sido monumental. Nos ha cogido recreándonos en el sexo de los ángeles y ahora, desde casa, no sabemos qué será lo próximo que nos espera en esa mal llamada “nueva normalidad”.  Intentamos imaginar la vida un vez se abran las compuertas del confinamiento y aun no somos capaces de imaginarlo porque conservamos la imagen deformada de nuestra vida anterior.  Con un grado de ingenuidad que no se nos cura, pensamos que podremos volver a ella.  Pero todo aquello desapareció. La historia de la humanidad es la mejor hoja de ruta, pero pese a que las muestras que ya tenemos de la estupidez del ser humano, algunos cogen una flor en la mano y entonan los salmos de la bondad humana y la transformación que la pandemia va traer. Pero aquí estoy yo, que tuve la suerte de retener en mi cabeza la imagen de aquel ser más próximo a un hipopótamo que a una reina de la belleza animal, para recordar que las sirenas no existen y que la realidad es mucho más fea de lo que a veces estamos dispuestos a imaginar. Un dugongo en toda regla.



miércoles, 27 de diciembre de 2017

AGENDAS



- Al final de cada noche la tarta de queso y el pastel de manzana siempre se acaban. La torta de durazno y la torta de mouse de chocolate están casi terminadas. Pero siempre queda una tarta de arándanos sin tocar. 
- ¿Y qué hay de malo en la tarta de arándanos?
- No tiene nada de malo. Sólo que la gente elige otras cosas. No puedes culpar a la tarta de arándanos. Simplemente nadie la quiere.
My blueberry nights






Releo las notas que durante el año he escrito en mi agenda de papel. Por ahí se cruzan las últimas desesperaciones provocadas por el nacionalismo exacerbado de mis vecinos, una receta de cocina que nunca probaré; los resultados de las últimas pruebas médicas entreverados con los libros que siempre estoy pendiente de leer, las imágenes que quiero gravar en la retina para siempre, junto con las cosas que a veces quiero decir y no siempre digo porque no puedo, porque no quiero, porque no hay interlocutor posible. Hacerse cuenta del estado de ánimo de meses atrás es un imposible, un pasatiempo engañoso porque entre esas letras, sacadas del contexto de lugar y del tiempo, casi nada cuadra y todo se convierte en un telegrama de mi vida diaria.  Hoy llueve en Barcelona. En unas semanas esta nota tan simple no tendrá ningún sentido, pero hoy lo tiene. Lo mismo que lo tiene que lleve unos días durmiendo a pierna suelta, que sienta una especie de alegría interior tan absurda como efímera. Toca hacerse con una nueva agenda de papel, sólo allí las cosas cobran sentido durante unas horas y los días, a veces más muertos que vivos, se convierten en algo distinto.







domingo, 9 de abril de 2017

VIERNES



“Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer.Y todo 
lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado”.

Joseph Roth



Me la encuentro sentada frente al televisor. Tiene las manos sobre la falda, jugueteando con los restos de un ovillo de lana. Son las cinco y media de la tarde y dice que en cuanto me vaya se prepara algo para cenar, un poco de leche y un par de magdalenas, y se irá a la cama. De nada vale que le diga que eso no es cenar, o que nadie puede acostarse cuando el sol todavía ilumina las calles salvo que quiera morirse, porque sé que en cuanto cruce el portal, pasará el cerrojo, irá a la cocina, y lo de fuera dejará de existir.
Quiero explicarle que la historia se repite una vez más; que la realidad siempre ha superado a la ficción y que la historia, aunque los años la enquisten, nunca sirvió para evitar lo que no se puede evitar. Enamorarse de quien no se debe es la marca de la casa. Ella lo sabe bien. Decirle eso es una obviedad. Ha vuelto, una vida después, el amor encorsetado, limitado por estrecheces y obligaciones, que sólo revive los viernes al anochecer. 
La vida es un galimatías con reparto de migajas en el que, a poco que te empeñes, te tocan las duras. Se lo digo, sin decirle ni una sola palabra, mientras en la telenovela dos venezolanos se enzarzan en un discurso propio de dos marcianos. Me pregunto si este tipo de series pasan algún filtro antes de lanzarlas a bocajarro. Seguro que no, así se adormece el sentido común y los recibos de la luz, durante la media hora que dura el capítulo, no parecen un problema. Me acaricia la mano. 
Miro el reloj. Por la ventana, la luz empieza a decaer pero aún faltan un par de horas para que la noche caiga del todo. Es viernes. Me pide que le acerque gafas ante de irme y que me cuide. Se las pongo con cuidado, le doy un beso en el cabello y me voy. Le prometo que volveré la próxima semana.




sábado, 4 de junio de 2016

MUJERES QUE CAMINAN DERECHAS

Las mujeres con pasado y los hombres con
 futuro son las personas más interesantes.
Chavela Vargas




Desde muy temprano escribo en la terraza.  Ha amanecido con cierta una neblina, ligera pero más húmeda de lo habitual. Entro en busca de una taza de café y pierdo dos minutos repasando la correspondencia que ayer dejé sobre la mesa. Debería abrirla solo para poder guardarla lejos de la vista de cualquiera que pase por aquí, porque esas cartas solo son los apuntes de la cotidianidad de una vida corriente que a nadie interesa: alarma, agua, luz, gas, teléfono. Una alarma que funciona cuando quiere pero que pago religiosamente. ¿Qué guardo de esa manera? No tengo tesoros que resguardar, pero pago para que mi intimidad, la seguridad de casa, esté limitadamente protegida. Pongo la radio y dejo correr el agua para que salga caliente. Como no queda café en cápsulas, un sobre de descafeinado, robado de algún hotel, hará la vez. Es la hora feliz con menos graduación del mundo. Pero  hay poco ruido y el aire corre fresco, a veces solo eso basta.  Mi cabeza ha vuelto al lugar que le corresponde. Nada es gratis. Después de lo que ha parecido una eternidad, soy capaz de centrarme en lo que hago. No necesito nada más que enterrar las ideas que mueren, un poco de constancia y conseguir el punto de equilibrio que permite vivir en una calma relativa. Algún día habrá otra tesis más que casi nadie leerá.







jueves, 19 de abril de 2012

PARNASOS AMBULANTES


Que la vida no es un chiste lo sabemos todos los que nos batimos el cobre con ella. Las rachas, las buenas y las malas, van y vienen, casi siempre sin avisar y cuando uno menos se lo espera.
Hace unos días, antes de volver a casa, me senté en el único banco en el que aún era posible sentir los últimos rayos de sol. Esperaba que el último soponcio laboral pasara de sostenerse en la nuez a colocarse en mitad de mi ya maltrecho estómago, y,  mientras esperaba, pensé que nos ha tocado vivir una mala época. La desesperanza es generalizada y los desastres, quizá porque estamos más desilusionados que nunca, nos parecen más desastrosos que ayer. Así no se puede vivir.
La mediana felicidad, esa a la que un adulto razonable puede aspirar, se convierte en un objetivo que requiere un esfuerzo brutal, una verdadera carrera de obstáculos que casi siempre termina en un mediano fracaso.
En una ocasión escuche que la felicidad no existe como tal. Son simples momentos robados al tiempo, nunca permanentes, nunca constantes, jamás un estado. Sólo la idiocia sujeta una sonrisa perenne en el rostro de quien la padece. El resto de mortales vamos encajando como podemos y así, de vez en cuando, el lado amable de la vida se nos presenta, mudándonos el gesto sabiendo que será algo breve y efímero.
Y mientras volvía a casa, en un autobus apenas lleno, pensando en esa mediana felicidad, pude contar cerca de diez personas leyendo libros.  Puse la mano sobre el bolso  que sostenía sobre el regazo y pensé que, pese a todo, aún tenemos suerte, nos quedan los libros para deshacernos, ni que sea un instante, de la carga que soportamos. Poder aparcar, ni que sea por un momento, los sinsabores de algunas cosas y entrar, casi sin permiso, en esas vidas de letras, que no son las nuestras pero que, por unos minutos, unas horas, nos alejan de los vaivenes en los que, sin quererlo, nos encontramos, es casi siempre un alivio.
Así que me coloqué los cascos, busqué el jazz más melódico que guardo en mi diminuta caja de música y, mientras atravesaba la ciudad, entre las páginas de un libro, encontré la mediana felicidad. 

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PARNASO AMBULANTE DE ROGER MIFFLIN

"Sabed amigos que tiene mi percherón
Más de mil libros, antiguos y de ocasión 
Del hombre los mejores amigos son.
Los libros que atiborran este gran vagón
Libros para todos los gustos son
De líricos versos a las Musas
De buena cocina y agricultura,
Novelas apasionadas de prosa pura.
Cada necesidad tiene su libro justo
Y los nuestros te dejarán a gusto
Jamás habrá librero que dé alcance
A los finos libros del Párnaso Ambulante".

- La librería ambulante-

domingo, 29 de enero de 2012

IRIS (2.0)


Sentada frente al espejo, centró la vista en el reflejo de sus propios ojos. Intentaba descubrir si en el centro de sus pupilas se escondía un secreto que ahora necesitaba con urgencia. Cabía la posibilidad que oculto en la retina descansara lo visto, imágenes que el tiempo había empezado a deformar y a tiznar de negro como un lejano recuerdo.

Esperaba que allí, entre lo excesivo, permaneciera impreso a la espera de revelarse de nuevo. Pero ni el deseo contumaz de encontrarle, ni la desesperada violencia en la búsqueda, le devolvieron nada. Poco a poco, como si aquellas pupilas también fueran a desaparecer, se fueron contrayendo, y terminaron por estrangularlo todo.

Pero en algún momento estuvo allí, en el fondo de un iris ahora ciego. El tiempo lo transformó en sencilla agua salada que se escapa por el hueco del lagrimal.

sábado, 31 de diciembre de 2011

GALLETAS Y TÚ


Cambio de planes obligado.  Los copos de nieve, la chimenea y las copas tendrán que esperar a otro año.
Holgazaneo por casa revolviendo los armarios, no busco nada en particular. Encuentro un jersey de lana, grueso, viejo y me lo pongo. Las mangas tienen esas bolas de roce que tanta grima dan, pero aún me viene bien, me  parece increíble con la de años que tiene.

Es un día extraño, de luz mortecina y horas largas. Me decido por ordenar mis cosas, mi mesa. Los papeles viejos, las notas absurdas, se acumulan unas sobre otras sin un destino cierto desde hace meses. Hago tres montones distintos y, según el interés que me despiertan, los coloco en uno u otro. Preparo una taza de café sólo por el gusto de olerlo. Subo el volumen de la música, suena Norah Jones, es navidad. Me siento en el mármol y, mientras la cafetera gotea sin prisa, leo una vieja receta que nunca me atreví a experimentar.

En el estante de los platos duerme mi vieja caja de lata. Está un poco roñosa, casi vetusta. Recuerdo haber devorado, en un ataque de melancolía y de una sola sentada, todas las galletas que contenía. De eso hace siglos. La inauguré, ese mismo día, llenándola de los restos del naufragio.  Hoy sirve para separar los platos hondos de los llanos. La abro sabiendo lo que hay dentro: una flor seca entre las hojas de un periódico de 1996, un año difícil; un par de postales; unos recortes de periódico; una barra de labios seca; algunas fotos; un billete de dólar;  un juego de llaves; un encendedor y una edición de bolsillo roñosa de “Desnudo” de Jorge Guillen. La cierro y la coloco en su sitio. 

Vuelvo a mi estudio con otra caja de metal, esta vez vacía, de galletas saboreadas sin prisa mientras mataba las horas de un invierno crudo. Coloco dentro mi agenda personal del año 2011; un recibo de la hipoteca de mi casa; unas fotos; unas cuantas notas que hice mientras me movía entre aeropuertos; un ejemplar manoseado de una edición de bolsillo de un cuento de Chejov; una tarjeta de visita que nunca más volveré a utilizar y una nota doblada. Coloco la caja sobre la estantería. Ahora sujeta algunos libros viejos.

Puedo decir que reposa en paz el año 2011. Un pasado al que podré volver, relativizándolo todo, cuando tenga un cambio de planes imprevisto e inesperado.

Debería empezar una nueva caja de galletas, los días pasan rápido y en nada querré volver a guardar aquello que, durante este próximo año, tenga alguna razón para ser guardado. Ha llegado el momento, así que voy a por la taza de café que dejé preparada en la cocina, llenaré la mesa de envoltorios de celofán, mientras sigo revisando papeles. 

Este año la caja de galletas escogida es exquisita, tiene que serlo porque quiero, pese a todo, que este año que ya llega sea especial, de categoría superior, no sólo para mí, sino también para todos aquellos a los que quiero y que con el tiempo así lo recuerde.

Feliz año nuevo 2012.

"Amigo: No querrás que te confíe
Todo mi pensamiento,
Porque te dolería inútilmente
Cruel veracidad.
Simple rasguño hiere al delicado.
Una sola palabra acabaría
Con la dulce costumbre 
De entendernos hablando entre fricciones
Evitables, silencios.
Ocurre a veces que alguna alma clara
Sin dolor no podría oscurecerse,
Y resiste y se opone a la tan íntima
Discordial entre vocablo y pensamiento:
Verdad a toda costa
¿Lujo quizá imposible?
El embrollo diario es más complejo
Que la verdad, acorde simplicísimo.
La sutil, la difícil vida impura
Va con el corazón. Vivamos. Hombres, 
Y aquí, ¿Drama fatal? 
                                                     Querido amigo..."

domingo, 6 de febrero de 2011

SIN LLEGAR A DESPEGARME


No sé que es lo que tienen los domingos que los convierte en algo distinto. Da igual que te levantes con la misma rutina con la que lo haces un día cualquiera. Que repitas, uno tras otro, los gestos que podrían corresponder a un lunes o a un jueves, da igual, los mismos gestos también parecen distintos.
Repito rutinas en festivo. Apago fuegos en domingo pero nada es igual.
Por eso la taza de café me sabe distinta, la mesa me parece menos estresante que otros días y el teléfono sólo es un objeto decorativo.
Es domingo. Me esperan unas horas de "extraña rutina", no importa, hoy es distinto.


nora jones - one flight down



© Fotografia naq