viernes, 17 de mayo de 2019

QUE CORRA EL AIRE DEL ESTADO DE DERECHO






La detención de Josu Ternera, dirigente de ETA, sanguinario terrorista y mala persona desde la raíz del cabello hasta la última uña del pie, va a permitir que sea Juzgado por todos los crímenes que lleva sobre la espalda, que no sobre la conciencia.
Porque alguien que es capaz de terminar con la vida de otro por pensar de diferente, o ni tan siquiera por es algo que no tiene nada que ver con la ideología sino con la hijoputez del que tiene las entrañas podridas, del que no tiene conciencia, ni decencia alguna. Ternera asesinó a niños con el  único ánimo de matar, aterrorizar y después se iba a su casa, o al monte, o al mismísimo infierno, a celebrarlo.
Ternera no tiene alma, no tiene conciencia, no tiene nada, dentro de él solo existe un agujero negro al que tira toda la basura que genera en su vida.
Hoy la sociedad puede respirar un poco más tranquila. Pero solo un poco. Las víctimas quedan ahí, junto a un mal irreparable, viendo como parte de la ciudadanía de este país, políticos incluidos, blanquean una de las partes más oscuras y siniestras de este país. Pero España es  un país con uno de los estándares democráticos más altos del mundo, pese a que una parte de la sociedad, con unos intereses más bien siniestros, no quiera creerlo y ataque al sistema, desde dentro del mismo, haciendo uso, precisamente, de la libertad cuya existencia se empeñan en negar. España es un país lleno de contradicciones. Un país en el que un asesino como Ternera formó parte de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco, para gran bochorno de dicha institución. 
Pero a pesar de todas estas objeciones, somos muchos los que nos alegramos de la detención del asesino Ternera, de que sea Juzgado y, llegado el caso, condenado. Somo muchos mantenemos la esperanza de que purgue todos sus crímenes sin importarnos en absoluto si se muere del cáncer que dice que tiene o de viejo en un penal y que no vuelva a pisar la calle nunca más.




viernes, 10 de mayo de 2019

CAMPAÑA ELECTORAL, UNA VEZ MÁS





Con un metafórico toque de silbato empezó ayer noche una nueva campaña electoral. Quince días que oiremos a unos y otros atacarse para ganar una silla y sin que los ciudadanos sepamos, en realidad, que podemos esperar de esos unos y de esos otros. Porque nuestro políticos se han acostumbrado a vender humo durante en los actos electorales sin que importe demasiado lo que va a ocurrir mañana. Son promesas que saben que no van a poder cumplir y que incluso, en no pocos casos, no van a querer cumplir. Se intentan golpes de efecto cuya efectividad se transforman en volutas de humo que diluyen en el primer Pleno, o en la primera sesión en la que intervienen. Quince días en los que los de a pie pasan porque la mayoría de veces no va con ellos. Los programas electorales importan poco. Se vota por ideología y el voto útil es algo de lo que se habla pero por el que nadie arriesga. 
Nos esperan quince días de novios que nos pretenden y de los que nos dan ganas de salir corriendo. Y como colofón, para coronar los quince días de carreras hacía la nada, una jornada de reflexión, como si el resto del tiempo los ciudadanos no pensáramos y no hubiéramos sido capaces de configurar una idea sobre lo que vemos, sobre lo que tocamos y sobre lo que nos venden. Una jornada de reflexión que electoralmente no sirve para nada pero que al menos nos concede la tregua del silencio de los que durante quince días vociferan pensando más en su pan que en el del resto de sus vecinos.




domingo, 5 de mayo de 2019

ME LLAMO GRACE


"Cuando eres pequeña, nadie te dice que vas a morir . Tienes que averiguarlo por ti misma. Las pistas pueden ser que tu madre llore pero finja que no..."
Sigo aquí. Maggie O'Farrell




Me llamo Grace. Este es mi segundo aniversario, aunque nací en 1974. Peino unas canas diminutas y tengo ganas enormes de vivir en paz. Yo, mujer  nacida de los dolores de otra a la que no recuerdo, he sobrevivido a mi primera vida y recién acabo de empezar la segunda. Quiero pensar que soy un gato como el que ayer vi en el televisor, que tengo siete vidas y que todavía dispongo de otras cinco de recambio, pero algo me dice que mi cuerpo no soportaría otra desconexión, otro coma que era irreversible y que al final, no lo fue. Un golpe de suerte, dice el doctor, intentando hacer una gracia que no comprendo y que le hace carraspear por lo bajo y cambiar de tema sobre mi aspecto. El pelo despunta poco más de un centímetro, blanco, espeso, junto a una costura que cerró el escape de todo. Me llamo Grace, y no recuerdo nada de lo que ocurrió aquel 3 de abril de 2017 en el que, según me cuentan, aparecí inconsciente en los baños de la estación de autobuses con la cabeza abierta y el bolso vacío. Ahora sé que tuve una primera vida, desconocida, que no sé cómo encajar con esta segunda que no controlo. No recuerdo nada. Hace dos semanas que he vuelto a un apartamento que dicen que es mío y que alguien se ha encargado de mantener mientras yo intentaba volver a consciencia. Cuando llegué casa encontré un ramo de margaritas enorme junto a una carta que no supe leer. Tengo que reaprender lo que en su día aprendí y que ahora se ha perdido por algún lugar de mi cabeza, aunque yo creo que debió quedar entre las baldosas de aquel retrete en el que aparecí. Tengo restringidas las visitas y yo misma acepté a una cuidadora, Mae, que me ayude a transitar desde el olvido a mi nueva vida. Dicen que de esa manera será más sencillo. No lo sé. Por la casa hay fotografías mías y de la que era mi vida.  Me formulo pocas preguntas porque me da miedo lo que pueda descubrir.Paso muchas hora sentada en el sofá de casa, mirando por la ventana intentando descubrir lo que hay ahí afuera.  Salgo muy poco a la calle, una vuelta alrededor de la manzana y vuelta a casa. Me cruzo con extraños que me miran con condescendencia, que me saludan con reserva y yo, agarrada al brazo de la única seguridad que tengo, sonrío de un modo mecánico. A veces rebusco entre los cajones, en el fondo de los armarios, algo que encienda la chispa de la memoria, pero todo es extraño, anodino. Lloro sin saber porqué y Mae tiene la corpulencia de un armario ropero y la sensibilidad de una alondra, me abraza hasta que consigue que el hipo desaparezca. Es negra como el tizón y sus manos destacan sobre la blancura mortecina de mi cuerpo que lava con delicadeza. Ella es Mae, yo soy Grace, y el resto es un mundo de desconocidos que me asustan. Ayer, volvió la policía. Me senté en el sofá y no pude contestar a nada de lo que me preguntaron. Se que se exasperan y que dejarán de venir porque yo no recuerdo nada. No sé quién soy, no sé quién querría hacerme daño, no sé quién es nadie, no sé nada. Y me siento como un bebé inútil e indefenso, con un insufrible dolor de cabeza que  no sé cuándo va a parar.
Esta noche he soñado por primera vez desde que he vuelto a esta casa. Un hombre me tiraba del pelo y me obligaba a doblar el cuello hasta que ya no daba más de sí. Veo la acera sucia, llena de mugre y escucho un ruido seco de una nuez partida y sé que estoy muerta otra vez. Un grito se me ahoga en el centro del pecho y me he despertado rota.  Todo me da miedo, la casualidad de estar donde no debía, según dicen. La vida se ha convertido en cuatro paredes que guardan celosamente la nada más absoluta.


martes, 30 de abril de 2019

QUERIDO JOHN (IV)


"El agua de la ducha, al caer por sus hombros, se llevaba de la piel el sudor de la angustia de una desesperanza tenaz".

Memoria de Elefante. António Lobo Antunes





Querido John:

Apenas hace media hora que hemos embarcado rumbo a Toronto. El día ha anochecido raro en esta parte del mundo, más oscuro de lo habitual y seguramente más frío. Pero yo ya no lo siento, hace demasiado que siempre tengo frío. Ni siquiera el calor sofocante del desierto de Atacama con el que a veces sueño despierta para ver si así lo corrijo, aunque sea de una manera engañosa e irreal, y consigo templarme un poco y que todo ese frío, que sé que viene de dentro, desaparezca.
Querido John. Toronto es otro mundo, la única posibilidad que me queda en este momento. Un último intento por sobrevivir, para alejarme de todo lo que me asusta.
En el asiento de al lado viaja una mujer con un bebé. Duerme recostado en el pecho de su madre, sujeto a su falda por el cinturón de seguridad a tientas que, de vez en cuando, acaricia la madre como una prolongación de su hijo. He sentido envidia de ella, del niño, de la seguridad de los únicos brazos que sabes que no te dejarán ir nunca; del latido de los dos corazones que se acompasan al ritmo de la respiración tranquila del que empieza en la vida.
Miro por la ventana mientras te escribo, pero no se ve nada. Vuelo creyendo que voy a un destino fijo pero quién sabe. ¿Sobrevuelo Las Rocosas? ¿Me adentro en el Pacífico? No lo sé. 
Colgados en un cascaron en una inmensa nada. ¿Dónde está la bóveda celeste? Desde aquí, sujeta por un cinturón que no me atrevo a desabrochar, solo se ve titilar la luz del ala del avión. 
Pronto será mañana, aunque para ti ya sea hoy, y  estés, preparándote el primer café de la mañana, guardando los platos que lavaste después de cenar. 
Bajan la luz de la cabina, parece que es obligado dormir en esta parte del no mundo, poco importa que no puedas hacerlo.
Tres años ya. Los muertos en sus cajas y nosotros rebuscando entre los pedazos que nos dejaron. Alguien tenía que romper el silencio. La vida no es eterna.

Siempre tuya. Grace.



lunes, 22 de abril de 2019

RESPIRAR



...La tarde se moría y en el viento 
la seda de tu voz era un piano,
y la condescendencia de tu mano 
era apenas un suave desaliento...


Horacio Quiroga





Necesidad de salir a respirar y de que nadie te mire la solapa sabiendo que en su penitencia llevan la tuya. Necesidad de no escuchar a nadie, de que el aire recorra el río y no tenga que llevarse nada de nadie. Necesidad de caminar dejando que la mirada se pierda en cualquier cosa, olvidando recorridos tozudos, cabezas obtusas y pensamientos reiterados. Necesidad de sonreír, de reír en voz alta sin mirar a nadie. Necesidad de volver al punto en que zurciste parte de tu vida, dejando la costura al aire al entregar lo que no tenías, lo que no podías. Necesidad de reconocer que la vida tiene un sentido, sin rubor, sin ambages, como el mismo Guadalquivir.






martes, 16 de abril de 2019

NOTRE DAME Y LA ESTUPIDEZ SOBREVENIDA


 Hay algo más terrible que un infierno de sufrimiento,
 un infierno de ocio.

Víctor Hugo





Ver arder la catedral de Notre Dame conmueve a cualquiera, con independencia de su concepción religiosa de la vida. Ayer, para no variar, el odio se destilaba por las redes. Unos cuantos, con la ignorancia y el sectarismo por bandera, se alegraban del hecho que las llamas destruyera un templo católico. Hay que ser muy necio y muy estúpido para alegrarse una perdida así. Es evidente que hay desgracias en el mundo de un calibre mayúsculo, pero las desgracias no se miden con una regla y la existencia de unas no elimina las otras, aunque colocadas en fila cada uno las sitúe donde tenga por conveniente. Ayer, mientras caía la aguja de Notre Dame no pude por menos que pensar que esa caída no era más que la representación simbólica de un mundo que poco a poco desaparece. La Europa más fea, el mundo más grotesco se nos coloca en los primeros puestos de la vida pública. Puede que exista mucho ignorante que sea capaz de olvidar que los monumentos, consagrados o no, ya sea el Taj Mahal,  la catedral de Burgos, o la Mezquita de los Omeya, nos pertenecen a todos. Son la muestra viva de que el mundo existe en toda su diversidad. Pero el sectarismo y la ponzoña lo pudre todo. Hay gente a la que le falta mucho por viajar, mucho por conocer, mucho por leer y tiempo para quitarse de la cabeza todas las telarañas que la enmarañan y le quitan aire. La caída de Notre Dame no puede dejarnos indiferentes, como tampoco puede hacerlo que hayan personas por ahí que puedan alegrarse de un hecho como éste. El mundo, desde que es mundo, encierra una gran dosis de maldad que se mueve en andanadas casi siempre insoportables. La catedral será reconstruida pero la cabeza de algunos, dispuestos a la eliminación y muerte civil de los que no piensan no piensan como ellos, esa, esa sí que no tiene recuperación posible, es la necedad sobrevenida que emburrece y empobrece. Una gran pena, también.




domingo, 7 de abril de 2019

DE LOS ESTÁNDARES DEMOCRÁTICOS Y ESAS COSAS


"Cuando un pueblo está decidido a ser esclavo y se halla degradado, es una locura tratar de animar de nuevo en él el espíritu de orgullo y honor, de libertad y amor a las leyes, pues abraza con entusiasmo sus cadenas con tal que lo alimenten sin ningún esfuerzo por su parte“.

Marco Tulio Cicerón





En este país estamos viviendo momentos muy trascendentes para su salud democrática. No es un contrasentido que, precisamente, hayan sido los brutales ataques que ha sufrido el Estado de Derecho así como el aprovechamiento indecente de algunos miembros de la clase política que han intentando sacar rendimiento del desaguisado que venimos sufriendo en Cataluña y el resto del Estado, los que nos estén poniendo frente al espejo que nos devuelve una imagen de firmeza y buen hacer  democrático. Los Tribunales que estos días juzgan el abuso y el mal hacer del poder que detentaban unos cuantos, están ayudando a que muchos descubran la salud democrática de la justicia. Podría enumerar uno a uno a los que  han intentado colocarse en posiciones de salida ventajistas y poco honrosas para sacar tajada a uno de los peores golpes que ha sufrido la democracia desde el 23F. 
No dejar que se politice un procedimiento en el que no se discute sobre ideología, sino sobre actos y hechos concretos, está siendo uno de los grandes logros de este procedimiento, por mucho que las defensa de los políticos acusados lo intenten de una manera desaforada, a veces, incluso, pintoresca.  
En estos momentos, existen dos escenarios que deben ser observados con atención. El judicial, que trabaja en silencio, sin estridencias, para desenmarañar la trama de uno de los mayores atentados a las bases mismas del sistema democrático, a la igualdad de Derechos entre los ciudadanos de un mismo país; y por otro, el político, en el que apenas queda nada que sea salvable, como lo demuestra el hecho de que los  propios partidos estén confeccionando sus listas con personas ajenas ellos, dejando sentados en el banquillo, a la espera de tiempos menos tremendos, a todos aquellos inútiles que los conforman y que nada saben hacer si no es bajo el cobijo de la cosa pública, del presupuesto del Estado y del rendimiento al culto al líder.
Pero volviendo a la trascendencia del momento en que vivimos, el llamado “Juicio del Procés”, con el mismo se está haciendo verdadera de pedagogía procesal para lo que sin tener ni idea de cómo funciona un procedimiento judicial, ni cómo desde todos los estamentos debe de defenderse el imperio de la Ley como uno de los pilares del Estado de Derecho. No hacen falta observadores internacionales, este Juicio puede seguirlo cualquiera, siempre que esté dispuesto a escuchar lo que unos y otros tengan que decir, sentados en el sofá de su casa. El desarrollo de las sesiones del juicio está poniendo en evidencia la gran mentira, la gran estafa, el gran destrozo social que unos cuantos, creyéndose mejores que otros, han estado a punto de llevarnos a un abismo del que, una vez se entra, es difícil salir sin que se produzca el fallecimiento de la sociedad civil.
Podemos estar seguro que, pese a todo (sobre todo a la clase política que tenemos en danza), estamos en uno de los países del con los mayores estándares democráticos del mundo. Pese a quien le pese y pase lo que pase.





miércoles, 3 de abril de 2019

A SERIOUS GAME





Inspira, expira, no dejes de respirar. Cierra los ojos, despacio, y estira tus brazos. Busca con tus manos y allí, entre el vacío y la nada, una vida entera.





domingo, 24 de marzo de 2019

LIMPIANDO CULOS







Ayer por la tarde reapareció Pablo Iglesias ante los fieles a su partido político. Apareció y lo hizo con el aspecto desaliñado que le caracteriza y las polémicas frases de las que a menudo hace gala cuando quiere llamar la atención. Hace mucho tiempo que la política de este país deja mucho que desear y que los que se sientan en los sillones del Congreso de los Diputados dejaron de ser estadistas para convertirse en filibusteros de la vida de los otros, de los ciudadanos de a pie que esperan que aquellos que ostentan el poder legislativo y ejecutivo, se dediquen a regular de una manera eficaz y eficiente la vida pública, la vida de todos. Pero eso ya no es así. Y el día a día del panorama político se llena de frases grandilocuentes, de frases estúpidas y de ideas delirantes de manera que, aquellos a los que les pagamos el sueldo con nuestros impuestos, nos ponen en la picota del desconcierto. Ayer, en un gesto de absoluta megalomanía, de exacerbada estupidez, Pablo Iglesias dijo sentirse capaz de ser Presidente del Gobierno después de llevar tres meses limpiando los culos de sus hijos. Pero olvida Iglesias que esa actividad, que se supone que a él le ha preparado para ser presidente, no es más que la corriente de las actividades, que llevan a cabo no solo los que cuidan a sus hijos, sino también de aquellos que se ven en la obligación de cuidar de sus padres ancianos, de sus familiares ya adultos, o incluso de sus parejas. Hacer de lo corriente lo excepcional en este caso no demuestra absolutamente nada trascendente, sólo pone en evidencia a quien se cree más importante que los demás por el mero hecho de existir y hacer algo que el común de los mortales hace sin tantas alharacas.
Pero este es el panorama que tenemos y una parte importante de gente, entusiasmada por un movimiento, el del 15-M, que les llevó a seguir a un personaje a mi entender tan siniestro como Iglesias, parece querer tragar discursos que se encuentran absolutamente disociados de la vida de quien los realiza. Resulta incomprensible. 
Algo tiene que pasar porque nuestra sociedad no puede seguir en la inopia de quienes se ponen al frente pensando, no en el bien común, sino en el propio y en la alimentación de ambiciones desmedidas. En materia de egos, algunos se llevan la palma. Y muchos culos le quedan por limpiar a todos, no de bebés que a todos enternecen, sino los de nuestros mayores. Esos culos, esos pañales que nos revuelven las tripas y nos ponen frente a la dureza de la vida y la necesidad de dejar de hacer el gilipollas. Conste que Iglesias solo sirve de ejemplo porque como él, aunque de distinto color, tenemos muchos.




sábado, 16 de marzo de 2019

MARÍA MAGDALENA






Cometí el error fatal de escribirte, no porque yo lo necesitara, que lo necesitaba como el aire que me costaba respirar, sino porque esperaba que después de leer las cuatro ideas deslavazadas con las que intentaba romper tu mutismo, volvieras. Pero no volviste nunca, ni contestaste jamás. Mis letras, que habían salido a borbotones de aquel rincón en el que se guarda la esperanza, no sirvieron para nada. O sí, sirvieron para que al cabo de unos minutos, después de hacértela llegar y saber que ya no había manera de recuperarla, empezara a sentirme mal hasta la náusea, mal hasta la pérdida del entendimiento que me llevó al paso siguiente, encerrarme en casa, intentando seguir el mismo patrón que habíamos seguido hasta hacía apenas una semana, esperar a que sonara el teléfono y poder lanzarte todo el discurso que llevaba preparándome durante  los últimos siete días con todas sus noches. Volvía morderme las uñas, mientras las horas pasaban y mi desconcierto iba en aumento. Y envié la carta, escrita en una noche de fiebre y fantasmas. Un error con el que empecé una escalada hacia lo absurdo del que solo pude empezar a salir cuando supe que me estaba muriendo de pena, y que esa pena solo la tenía yo. Había dejado de importarle a casi todo el mundo. Nadie soporta el desamor de otro durante demasiado tiempo. Y la culpa era mía, redonda y gorda porque la había alimentado hasta convertirla en un monstruo que iba y venía de mi cabeza, pasando por el corazón y quedándose escondida en el recodo más pequeño de mi cuerpo. Pero llegó la primavera y no me reconocí en el espejo, aquella mujer que me miraba desde el otro lado no era yo, era la sombra imprecisa de alguien a quien yo conocía pero no podía ser yo. Empecé a preguntarme en qué me había convertido. Una máquina que respira y poco más. Había seguido trabajando, haciendo ver que hacia algo sin que ni un solo proyecto se confirmara en seis meses.  Vivía sin vivir, sin saber nada de nadie, en la rueda del espanto, en una parálisis de la que no siquiera era consciente. Lo agoté todo: mi dinero, la paciencia de los demás y me agoté a mí misma. Quizá fue ese agotamiento el que me salvó. El reflejo de una mujer que no reconocía y que solo me recordaba, ligeramente, a mí. Los huesos de la cadera, la nariz perfilada, el pecho ya caído y unos ojos que, aún adormecidos por el desengaño, era capaces de desnudarme por dentro. Me vestí. La ropa eran pingos que colgaban por todas partes sin forma ninguna. Era la misma que llevaba vistiendo durante todos esos meses y, sin embargo, no fue hasta que colé el puño entero entre el cuello y la camisa que me di cuenta que ese espacio es el que marca la distancia entre la locura y la cordura. Me senté en el borde de la bañera, me miré las uñas.  Apenas quedaba rastro de nada, ni siquiera de mí. Había llegado la hora de abrir las ventanas y pedir hora para hacerme las manos, los pies y rescatar los cinturones.



miércoles, 6 de marzo de 2019

SALUD DEMOCRÁTICA






Que la sociedad se ha vuelto infantil e irresponsable es una afirmación que es difícil ser refutada. Estos días, mientras se celebra uno de los juicios más importantes que se ha dado a lo largo de la historia de España, esta idea va calando cada vez más hondo. Unos cuantos, muchos si se quiere, pensaron que sus actos obtusos y antidemocráticos, jaleados por otros que se creían por encima de la Ley, engañaron y medraron hasta causar, no solo la parálisis de toda una comunidad, sino la quiebra de las relaciones personales y profesionales de gran parte de los habitantes de esa parte del país. Ha quedado en evidencia que aquellos políticos, hoy sentados en el banquillo, actuaron sin escrúpulo alguno aunque aun hoy llenan sus discursos y declaraciones de “voluntad del pueblo”, “democracia”, cuando en realidad se encuentran a  años luz de una concepción democrática de la sociedad y de la política. Escucharles declarar estos días, escuchar a los testigos, que van compareciendo para explicar cómo se desarrollaron los hechos que mantuvieron en vilo a la sociedad catalana durante los últimos meses del año 2017, resulta estremecedor. Aquellos que tenían que velar por la convivencia, trabajar por el bienestar de todos sus conciudadanos se abonaron a un actuar totalitario que pretendía, y a un hoy pretende, anular a más de la otra mitad de ciudadanos de Cataluña y al resto de gente de este país, mediante la imposición de una voluntad política que no se sostiene en mayoría alguna. Se pueden tener ideas profundamente nacionalistas, separatistas incluso, aunque a muchos no nos gusten por el componente excluyente, xenófobo,totalitario y poco solidario que tiene la ideología nacionalista. Uno, incluso conociendo el desastre que para Europa conllevó la aplicación de postulados nacionalistas, se puede un colocar al lado de esa concepción social tan retrograda. Pero lo que no se puede es intentar imponerla a nadie fuera de las vías legalmente establecidas. Toda actuación conlleva una responsabilidad y, de momento, una de ellas, es sentarse ante un Tribunal para que se depuren las responsabilidades y, en su caso y si pertoca, se castiguen los comportamientos que quebraron el Estado de Derecho y han abocado al abismo a toda una sociedad. No es plato de gusto para nadie, ni siquiera para los que no compartimos en absoluto la ideología nacionalista, pero es necesario por salud democrática. La historia no será benevolente con aquellos que actúan con verdadero desprecio a la libertad, a la igualdad y contra el Estado de Derecho.

viernes, 1 de marzo de 2019

FEBRERO



"En el amor romántico siempre estás perdiendo".
Vivian Gornick





Llevamos demasiadas cosas entre manos, tantas que se nos caen por los costados, por entre los dedos, dejándolas caer si tener la habilidad suficiente para alcanzarlas al vuelo. Ayer intentaba poner un poco de orden al desorden con el que empiezo cada mañana e intenté hacer una lista de cosas pendientes que tenían que salir antes de que acabara el día, antes de que acabara el mes. Porque ayer, veintiocho de febrero, fin de mes, se nos ponía de nuevo en la casilla final, robándonos la posibilidad de aplazar las cosas un poco más. Y esta mañana, ya marzo, mientras me tomaba un café antes de entrar a trabajar, con las calles a medio poner y la sensación de una primavera demasiado anticipada, he vuelto a empezar la lista, anotando lo que ayer quedó pendiente, lo que debía de haber sido y no fue, sabiendo que entre febrero y marzo el tiempo se pierde en un agujero negro y que solo cada cuatro años remonta un poco. Hoy vuelvo a tener las manos llenas, menos hojas en el cuaderno de las listas interminables y la total seguridad de que el mundo no va a parar de girar aunque intentemos frenarlo con las dos manos. Pero empieza un nuevo mes y quizá con él llegue un poco de tregua aunque casi con toda seguridad no será así, pero al menos podemos contar hasta treinta y uno.



viernes, 22 de febrero de 2019

DE LOS BIENES Y OTRAS COSAS



Era un gran animador de reuniones, pero se estaba volviendo loco.

Saul Bellow, El legado de Humboldt





Para conocer el estado en que están las cosas a veces hace falta muy poco. Un simple “¿Qué tal, cómo va?” seguido de un “bien, como siempre”, puede ser la muestra de la total indiferencia frente al otro que no deja lugar a confesiones más o menos íntimas, o la confirmación del desastre y del caos que rodea al que contesta, o la contestación banal a una pregunta que en realidad no quiere respuesta. Porque un “bien” acompañado de un sonrisa, de un gesto neutro, de un ligero temblor, o de una mirada acuosa, son “bienes” distintos, aunque suenen de la misma manera, que pocas veces esperan nada.




domingo, 17 de febrero de 2019

CUATRO MANERAS ESTÚPIDAS DE HACER EL ESTÚPIDO



"De la tragedia griega el hombre puede aprenderlo todo, porque son fuentes de conocimiento y fundamentación; las tragedias rusas son siempre desconcertantes y le dejan a uno mucho más confuso de lo que estaba".
Andrés Trapiello, Santa Rusia






En los tiempos que corren es fundamental no dejarse ganar por el ruido. Puede que precisamente por eso y, también, porque los más cercanos me pidieron casi a gritos que dejara de significarme durante unos días,  es por los que, en las últimas semanas, me he reservado la opinión de muchas de las cosas que estamos viviendo. Pero es difícil, supongo que por eso, aunque no lo quiera, acabo hablando del ruido como ejemplo claro de lo que llena las redes sociales, las cabezas y la mayoría de lugares que piso. En estos días de retiro, necesario y autoimpuesto, he pensado mucho en lo que es la libertad, la igualdad, la legalidad y la fraternidad. Cuando lo conté, alguien me dijo ¡Coño, Noire, pensando ahora en la revolución francesa! Y puede que algo sí, pero casi todo no, porque lo único que la que suscribe tiene de afrancesada es la tez blanquecina y el gusto por quesos normandos y un buen vino de burdeos. Pero aun así, mientras me debatía entre ese silencio rogado y las ganas de salir corriendo, el runrún de decir unas cuantas cosas iba llenando parte de mis días y algunas de las noches. El insomnio es mal compañero, cualquiera que duerma poco lo sabe, y acaba creando monstruos que terminan siendo grandes como armarios roperos. Pero no pienso contribuir al ruido. Otros lo hacen mejor que yo. Cada día tengo más claro que quisiera poder dedicar mi tiempo a hacer más bien poquito, a recuperar a alguna gente que dejé por el camino, a perder peso, a repartir ganas de hacer cosas que en estos momentos me sobran. Quisiera poder escribir cartas, muchas cartas. Pero vivimos tiempos raros, deglutidos por la tiranía del trabajo, de la vida urbanita y de una política que nos desgasta tanto como nos atrae. Pero mañana es domingo, o puede que solo sea lunes, pero yo tenga unas ganas inmensas de que sea domingo otra vez, de recuperar algo de tiempo perdido entre las sendas del desconcierto y volar, volar entre los renglones de las cosas que me apetecen mientras aparco las que me obligan. Y quisiera que algunos dejaran de marearnos, que nos permitieran ser verdaderamente auténticos, y que la clase política de este país se fundiera en negro y una nave espacial nos trajera algo mucho mejor que lo que ahora tenemos. Pero para que eso pasara, nosotros mismos tendríamos que desaparecer, porque ellos, los que se sientan en el Parlamento, son el reflejo fiel de la sociedad perdida y escabrosa que somos. El tiempo de las cosas estúpidas está aquí, nos rodea y nos disparan directas a la cabeza para dejarla absolutamente muerta. Mientras tanto sueño con islas pequeñas, libros pendientes, cartas que aplazo sin día, y en la tan necesaria libertad, legalidad e igualdad, que alguien puede pensar que es algo muy francés pero no, porque son más internacionales que el concurso de Eurovisión y tan necesarias como el aire que respiramos.


domingo, 3 de febrero de 2019

HOJARASCA


¿Sabes cuál es mi filosofía? Que es importante pasarlo bien, pero también hay que sufrir un poco, porque, de lo contrario, no captas el sentido de la vida.

Woody Allen,Broadway Danny Rose





No habíamos precisado demasiado. La hora, el sitio, pero teniendo en cuenta que aquella plaza tenía una dimensión considerable, la indicaciones habían sido escasas. Había llegado con tiempo suficiente, le di varias vueltas completas, la crucé en diagonal dejando las huellas de mis botas gravadas sobre la acera mojada, como el rastro de Pulgarcito que espera poder volver a casa. Al final, me paré en los escalones de la gran biblioteca y esperé.  Desde allí tenía a la vista, aunque un tanto imprecisa, de toda la plaza. Habían pasado más de veinte minutos desde que había salido de la boca del metro.
Habíamos hablado por teléfono un par de semanas antes. Me encantará verte, dijo. En aquel momento un cosquilleo me recorrió la espalda. A mí también, pensé, pero no dije nada. Me tenía a mí, o tal vez a la decepción que sabía iba a sufrir si nuestro encuentro se cancelaba a última hora, así que me tragué la exposición de unas ganas absolutamente irracionales que se movían por círculo dentro de mí. Le dije que bien, y quedamos.
La vi llegar de lejos, caminando rápido, como dando saltitos. Tenía una manera peculiar de caminar y el tiempo solo la había acentuado. Supe que era ella sin llegar a distinguirla desde la distancia en la que estaba.
Me entró frío. Guardé las manos en los bolsillos y apreté los puños, conteniendo el ligero temblor que había empezado al salir por la boca del metro. Me quede quieto, sin dar un solo paso, hasta que la tuve frente a mí. Llevaba los labios con un carmín exagerado que se le había corrido en las comisuras de los labios. Un mechón de pelo, despeinado, se escapaba por debajo de un gorro tan viejo como el mundo. Me besó en los labios, y vi, de cerca, las marcadas arrugas de sus ojos. No supe si eran las suyas, o si solo eran el reflejo de las mías vistas en la cara de otro. Comenzamos a caminar entre la gente atareada con las últimas compras del día antes de Navidad. Empezó a hablar, cogiéndome tan fuerte del brazo que me obligaba a mantener una proximidad física que yo no quería. Pero no hice nada y siguió colgada de mi brazo, hablando sin que yo oyera nada. Me había perdido en su barullo y me pregunté cuánto tiempo había pasado desde la última vez. Quizá ocho años, diez tal vez. Caminamos durante un buen rato, yo arrastrando los pies, ella dando saltitos con sus pies diminutos enfundados en unas botas enormes.
Llegamos a las puertas del zoológico y quiso entrar. No había nadie. Las fieras dormían y nosotros, dos tipos perdidos, buscamos acomodo bajo la única pérgola que quedaba abierta. Nos pedimos un café. Me había perdido parte del monologo que había mantenido mientras caminábamos en lo que a mí me pareció un deambular sin rumbo, pero que ahora sabía que no. Dos pavos reales se atusaron las plumas. Quizá lo más majestuoso que nos estaba dando el día.  Intenté volver a su discurso pero me había perdido definitivamente, por eso me sorprendió cuando me dijo que sería por poco tiempo, un mes a lo sumo. El aire levantó unas cuantas hojas secas que cayeron ligeras. No supe de que hablaba, pero vi aquellos ojos negros y supe que, pese a la hojarasca húmeda, iba a necesitar algo bastante más fuerte que un café.







domingo, 27 de enero de 2019

CORINDÓN




Los dos Dronestagrams, el optimista y el melancólico, se suman a nuestro archivo cada veza mayor de paisajes posibles.

Teju Cole, Cosas conocidas extrañas







Cuando uno sufre una desgracia importante empieza a dar marcha atrás, intentando volver  y analizar, aunque sea someramente, por todos los hechos que se fueron sucediendo a lo largo del camino que llevó al desastre y empieza a formularse preguntas que pocas veces tienen respuesta. ¿Por qué atendí el teléfono? ¿Por qué fui hasta allí? ¿No me apetecía nada y sin embargo fui? ¿Por qué tuve que decir aquello? ¿Cómo es posible que no me diera cuenta lo que estaba sufriendo? ¿Por qué no guardé la lejía en el armario del patio? Intentamos retroceder a lo largo de todas las decisiones que fuimos tomando momentos antes, sin darnos cuenta que casi todas ellas fueron procesos automáticos a los que no atribuimos consecuencia alguna porque todo era inocente, cotidiano, casi normal. La creencia de la responsabilidad se transforma en culpa casi siempre de una manera engañosa. Porque uno puede ser responsable directo de sus actos pero, en ocasiones, no de las consecuencias  que entrañan, quizá porque no eran para nada previsibles o jamás se nos pasaron por la cabeza.  El azar o incluso el actuar de otro, voluntaria o involuntariamente,  van acompañándonos, a veces de una manera invisible, en todo el proceso  que termina en una debacle de la que remontar a veces se torna imposible. La vida nos pone a prueba con la misma dureza que tiene una veta de corindón  y la culpa,a la que invitamos porque no sabemos hacerlo de otra manera, dinamita la posibilidad, al menos durante un tiempo, de resituarse en una vida que a todas luces será distinta. La culpa y la responsabilidad no siempre son la cara de una misma moneda y el azar, cuando la desgracia se presenta frente a la puerta, tiene más peso del que uno está dispuesto a darle. Pero saber eso no alivia absolutamente nada.






lunes, 21 de enero de 2019

LEON



“…por un momento pensé en todos los que ladraban. En aquellos compañeros de infortunio sentenciados a un final infame: perros que, como había dicho el dogo, tal vez un día fueron cachorrillos mimados, felices, arrancados de su sueño confortable por la estupidez y la crueldad humanas, y que ahora, en aquellas sucias jaulas, esperaban su destino…”

Arturo Pérez Reverte, Los perros duros no bailan.






Me encontré a León, tumbado sobre la alfombra. Me pareció viejo, con la mirada acuosa del eterno triste. Llegó como un invitado al que uno no sabe cómo atender, sin un destino cierto pero, solo en tránsito. León era un vagabundo que acabó sentado en la puerta de casa, aún no sabemos por qué. Cuando preguntamos por el barrio, nadie nos supo dar razón. Alguien nos dijo que tal vez, en el pasado, cuando la finca aún no había sido vaciada por culpa de la especulación,  hubiera vivido allí. Pero era difícil que nosotros pudiéramos saberlo, apenas llevábamos dos meses en aquella ciudad. Del edificio no sabíamos nada, solo que  conservaba una fachada espectacular pero el que resto se había construido sobre el hueco que deja lo viejo una vez se viene abajo. Vivíamos solos. Los otros pisos permanecían vacíos.  Nunca supimos cómo se coló en el portal. Se había echado sobre el felpudo, al inicio del tramo de cuatro escalones que llevaban a nuestro departamento.  Y ahí estaba, pasando el tiempo como si más allá de ese rectángulo de rafia el mundo no existiera. Durante un par de horas, lo vigilé por la mirilla, contorsionándome para alcanzar a ver los cuartos traseros que seguían inmóviles. Abrí la puerta, saqué un  cacharro de agua. El hocico fue arriba y abajo hasta que no dejó ni una sola gota. Pensé que debía tener hambre, que ese cuerpo grandote y de pelo estropajoso, necesitaba algo más que agua. Y lo colé en casa, hasta la cocina, padeciendo por las pulgas que el pobre pudiera arrastrar y que tenía todos los números para que pasaran a formar parte de la fauna doméstica. Rebusqué en la nevera y desmigué un cuarto de pollo que había sobrado del domingo. León, que entonces solo era “perro”, se lo comió sin levantar la cabeza ni una sola vez. Al terminar, relamiéndose todavía, restregó su cabeza por mi pierna. Se quedó en casa. Tuve que inventar un buen par de excusas, prometer mil ajustes que después jamás cumplí, aunque tampoco hizo falta.  Un día, al llegar a casa, supe que se moría. Desde hacía un par de semanas apenas comía. Salió a buscarme a la puerta, frotó su cabeza contra mi muslo, se tumbó frente al portal, le acaricié la cabeza, áspera como una crin, hasta que dejó de respirar. León se fue con todo el saber del mundo concentrado en la pupila. Le llamamos León, aunque solo era un perro.







martes, 8 de enero de 2019

SALA DE ESPERA


¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos? 
 Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable. 
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella, 
como Rimbaud y Verlaine.

Luís Cernuda






Estábamos en la sala de espera unas veinte personas. Supongo que no más de cinco o seis pacientes, quizás alguno más, y el resto acompañantes. Hay gente que cuando van a un hospital lo hace como si fuera de romería, sin tener en cuenta que ni el lugar lo requiere ni el estado de los pacientes lo aconseja. Pero a la gente le da igual. La sala de espera, por diminuta que sea, se convierte en una especie de barra de bar en la que las conversaciones pasan casi siempre por la infinidad de pruebas por las que pasan unos y otros que esperan con paciencia que les den un soplo de esperanza. Me desespera esa francachela, un tanto nerviosa, que se fragua entre familiares que muchas veces no saben cómo matar el tiempo, la angustia o incluso el hartazgo. Mi madre me mira como si estuviera en otro mundo, como si todas esas voces la perturbaran mientras piensa en las pocas ganas que tiene de que le den, de nuevo, la vuelta como a un calcetín. Mira al fondo y con un gesto de la cabeza me señala las habitaciones en las que ella ya estuvo hace algunos meses y alza los ojos mirando al cielo en un gesto de desganan. La llaman y entra sola. Es lo que toca. Me quedo con su abrigo, su bolso y la veo alejarse por el pasillo, un poco renqueante, apoyando el bastón con fuerza. ¿En qué momento empezó a esa leve cojera que se hace tan evidente en momentos como éste? El pasillo es solo un corredor que la lleva, una vez más, a lo desconocido, a lo incierto. Un tubo aséptico del que prefiero pensar que es como el túnel del lavado al que llevo el coche. Espero que me la devuelvan impoluta, con ese balancear de cuerpo que ahora la acompaña siempre y que camino a casa nos tomemos un café mientras me dice que me calle ya, que le duele la cabeza de escucharme.








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martes, 1 de enero de 2019

AMATEUR


Nuestro diálogo no era exactamente una conversación. Ejecutado a un nivel de velocidad y ruido, consistía en una serie de confrontaciones a cámara rápida.
Vivian Gornick, Apegos feroces





Con la llegada del año nuevo parece que las esperanzas renacen y los planes a futuro se van forjando en la cabeza con la velocidad de las últimas horas del día 31. Propósitos que pocas veces irán más allá de nuestra nariz y que antes de que acabe el mes de enero quedarán enterrados entre la cotidianidad, las rutinas y las urgencias del día a día. Venimos de unos días intensos y yo me canso, mucho. Por eso hoy, alegando la excusa de una invitación imposible de rechazar de aquellos parientes políticos que no se visitan nunca, pero que son el comodín del escape, me tomo el día libre y me quedo en casa, pintando mandalas y recogiendo lo que durante estos días ha quedado desperdigado por todas partes. No tengo propósitos para el nuevo año, no tengo deseos ni confesables ni inconfesables. Pero tengo una necesidad, la necesidad del tiempo y del silencio que parecen, ambos, la consecuencia lógica de una especie de misantropía benigna que se pasa con los días, pero que a veces se necesita para no perderse uno mismo. Es hora de que otros hagan planes mientras, por aquí, la mañana la pueblan las musarañas y un diletante surfeo sosegado entre cuatro notas musicales y la afonía agónica de las navidades.