domingo, 15 de septiembre de 2019

SILENCIO Y RESPETO




Recuerdo incluso lo que no quiero.Olvidar no puedo lo que quiero.





A las personas normales nos cuesta pensar que alguien en su sano juicio sea capaz de hacer determinadas cosas. Se nos escapa que un adulto pueda acabar con la vida de un niño de una manera intencionada y mucho menos violenta. Por eso, cuando nos enteramos por las noticias de una situación tan terrible como lo es la muerte violenta de quien aun no ha tenido tiempo de aprender siquiera a multiplicar, algo se nos remueve por dentro. Y con ese estómago revuelto, seguimos a lo nuestro, dejando para la familia, y los más cercanos, la congoja y el dolor, la desazón y la creencia de que una situación tan tremenda es imposible de superar en la vida, y posiblemente así sea. 
El duelo por la muerte de un ser querido, sobre todo de un niño, siempre requiere intimidad, recogimiento, y cuando es en una situación tan tremenda como un homicidio o un asesinato, más todavía. La investigación y del enjuiciamiento de este tipo de atrocidades no precisa de exposiciones a la galería, ni de juegos de luces y pirotécnica, necesita de rigurosidad, de calma,  de profesionalidad y mantenerse alejado de las bambalinas.
Pero en todos estos temas hay siempre una rebaba de morbo que se expande entre la curiosidad enfermiza de la gente. Por eso, aun siendo una absoluta indecencia, desde algunos medios de comunicación se hurga y se vende la miseria y el dolor, alimentando, de esa manera, la epidemia de la malsana curiosidad de la que algunos no se quieren privar.
Esta semana empezó el juicio por la muerte violenta de un niño. La autora ha reconocido haberle dado muerte. Hasta aquí, y no más, es todo lo que necesitamos saber (si realmente lo necesitamos), los que nada tenemos que ver ni con el niño, ni con la autora de la muerte, ni con la familia de uno, ni con la familia de la otra.
Por eso, que los medios de información, día sí y día también, se recreen en las circunstancias en que se dio muerte a un niño, dice bastante poco de ellos. La sociedad tiene que saber, pero no tiene porque saberlo todo. Hay detalles y circunstancias que pertenecen a la familia, a los Jueces, a los Fiscales y a aquellos que intervienen en la investigación y enjuiciamiento de unos hechos semejantes. Los demás sobramos.
Y sobramos porque el menor, aun muerto, tiene derecho a que se le respete en su intimidad, en su imagen e incluso en su honor. Y la familia, doliente de unos hechos tan dramáticos como es la perdida de un hijo de un modo violento, merece sosiego, respeto y el derecho a que la imagen y el recuerdo de su hijo quede preservada de la chacinería barata de la que, de una manera nada inocente, se le priva. Y necesita que la Justicia caiga con todo el peso de la ley sobre quien es capaz de cometer un hecho tan deleznable. El resto, silencio y respeto.







miércoles, 11 de septiembre de 2019

TIBIO COMO TU VIENTRE



—El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio.

Italo Calvino. Las ciudades invisibles





Dicen que Charles Maurice de Talleyrad quería el café “Negro como el diablo. Caliente como el infierno. Puro como un ángel. Dulce como el amor”. No seré yo quien diga que un buen café no deba reunir todas esas características para ser perfecto, pero una, que es mucho menos exigente que el Sr. Talleyrad, se conforma con que no sea excesivamente malo, que se acompañe de un buen vaso de agua y que, a ser posible y si no hay de reclusión personal, se aderece de una buena conversación. Puede que de entre todos los requisitos que señalo, para mi complacencia, prefiera el que va acompañado de una conversación amable, distendida y lo suficientemente interesante como para que el inicial café extienda la tarde y lo multiplique, convirtiendo aquel inicial café en un par de ellos que, a su vez, encierren la promesa no dicha de ir aumentado, exponencialmente, si la cosa se da bien. Porque cuando la cosa fluye, de café en café, de tertulia en tertulia, el bebedizo se convierte casi siempre en la excusa de un encuentro del que siempre hay ganas. Y ahí está la gracia de todo, en la compañía. Por eso, aunque el café sepa a aguachirri, si se adereza con un buen interlocutor, el bebedizo quedará olvidado en alguna de la cuatro esquinas de la mesa, sin que ese café excusa le importe a nadie y la conversación se convierta en lo fundamental.



domingo, 8 de septiembre de 2019

¿QUÉ COÑO HAGO YO AQUÍ?


Es mejor ser odiado por lo que eres, 
que ser amado por lo que no eres.

André Gide


Las opiniones son como el culo, todos tenemos uno y las expresamos como podemos. Algunos lo hacen, precisamente, como la parte trasera que tenemos al final de la espalda. Twitter es un campo abonado de minas, de las buenas y de las malas. Por eso hay día que preparar un bol de palomitas con un gran vaso de cola, abrir twitter para leer lo que unos y otros vierten en la red social, es un planazo total. Yendo de enlace en enlace, de comentario en comentario, uno puede hacerse una idea tremenda sobre la sociedad en la que vivimos, hasta el punto de llegar a implorar que alguien apriete el boto de autodestrucción porque el panorama que muestra es de lo más desalentador. Pero hay otros momentos en los que es posible descubrir que aun queda gente con sentido del humor, con ganas de dedicar el tiempo a desasnar a una gran cantidad de perfiles virtuales a los que, con casi toda seguridad, en la vida real no tocarían ni con un palo. Estos últimos, los que ofrecen en la red su conocimiento y sus ganas, merecen todo mi respeto a su paciencia y a las ganas que le echan. Las redes sociales se han convertido, en la mayoría de ocasiones, en un estercolero maravilloso al que hay que darles una importancia menos que relativa. La vida no está ahí, aunque lo parezca. Ni todos somos tan malos, ni todos tan buenos, ni todos tan guapos, ni todos tan feos. Twitter, como Facebook o Mastodon, son una realidad paralela adulterada de la que es conveniente salir para relativizar y para no perderse en un oasis raro, aunque en él, de vez en cuando, aparezca alguna palmera, divertida e interesante, en la que sentarse a la sombra para pasar un rato, pero poco más.






domingo, 1 de septiembre de 2019

SIN CONTESTADOR


El final de la negra noche es blanco.
Proverbio afgano




Me gustó. Habíamos hablado por teléfono unas cuantas veces y cruzado cientos de mensajes en las últimas cuatro semanas. No nos habíamos visto, ni había intención de hacerlo, ni por su parte ni por la mía. Pero me gustaba. Era irracional y lo sabía. Oculté a todos la existencia de aquel sujeto que me tenía pendiente del teléfono. Le puse un tono especial a su número y con el primer timbrazo se me desbocaba el corazón. No podía ponerle cara y, extrañamente, tampoco tenía mucho interés en desvelar cómo era aquel que estaba al otro lado de aquella voz modulada, de aquellos mensajes escritos de una manera pulcra que desvelaban una personalidad cuidadosa, casi rayando el perfeccionismo. Nada de emoticones, nada de contracciones, ni palabras ahorrado letras por todas partes. Establecimos una rutina que se mantuvo durante aquellas semanas. De lunes a viernes conversaciones en turno de mañana, tarde y noche; y los fines de semana un silencio sepulcral que solo se alteraba con simple “Que sueñes bonito”, los domingos por la noche. Pronto me encontré embrollada en una historia extraña y empecé a imaginar quién podría encontrarse detrás de aquel que por casualidad había errando llamando al número de una desconocida y que como por arte de magia se había convertido en un imprescindible. Cuestionarse la cordura y la necesidad de alterar la vida por algo tan extraño como entablar conversaciones, a veces kilométricas, con un desconocido, tampoco era tan extraño. Por eso la inquietud no tardó en presentarse, como tampoco tardó la necesidad de más, porque aquellas charlas se habían convertido en una especie de droga que empujaba los días hacia arriba o hacia abajo en función de la arbitrariedad de mi  propia necesidad, de lo patas arriba que lo estaba poniendo todo. 
El resultado de todo aquello se veía venir. El desastre podía intuirse desde el mismo momento en que cancelé una reunión para poder seguir conversando con un extraño. Un viernes nos despedimos como todos los anteriores, nos deseamos unas felices jornadas de descanso, conminándonos a tenernos presente. Llegó el lunes y pasó con el mensaje enlatado de que aquel número estaba apagado o fuera de cobertura. Y llegó el martes, el miércoles e incluso el jueves y el viernes. Y paso el fin de semana y, de nuevo, la nada. Y de ahí al desconcierto, a la rabia y a la preocupación, pasado por la tristeza y vuelta a empezar. Pasaron las semanas y un vacío, que nunca había sentido antes, se me instaló dentro. Se había desvaneció. A los meses, conteniendo las ganas de realizar una última llamada, borré su número de teléfono, pero un agujero negro, enorme como una maldita eternidad, quedó instalado dentro.


martes, 20 de agosto de 2019

CUERDA


Junto a la ventana, yo hojeo estas páginas,que de improviso, pequeñas gotas en el océano de lo vivido, me parecen pobres e inadecuadas hasta para transcribir ni siquiera en este momento de serenidad.

Verde Agua. Marisa Madieri




Las vistas siguen siendo de pena. Decenas de tendederos con ropa de verano tendida. Ropa liviana, descolorida, que pasa de temporada en temporada porque lo de la playa nunca pasa de moda y se usa poco. Pone el reloj en hora antes de salir, girando la rueda demasiado menuda para sus dedos. Hora todo es digital menos su reloj. Es lo único que conserva de su padre. Cada día hay que darle cuerda y antes de irse a trabajar, frente a la puerta, la hacer rodar hasta que ya no gira más. Ahora está de vacaciones, pero al tiempo eso le da igual y reclama su ración de cuerda, aunque no haya prisa, ni urgencias que cuadrar en un horario infernal, por eso se para frente a la puerta le da cuerda y sale cerrando de portazo.
Alcanza la calle, mira a la derecha, a la izquierda, pero no importa la dirección. Entra en el colmado y compra un paquete de tabaco que guarda en el bolsillo superior de la camisa. La semana pasada, ahí había un bolígrafo y un carnet plastificado sujeto al cuello por una banda elástica.
Se sienta en un banco del paseo, apenas nadie aprovechando las pocas horas de fresco que tendrá el día. Pero los más madrugadores ya han colocado sus parasoles en primera línea de mar. Una línea que es imposible de ver desde su minúsculo apartamento incrustado entre la torre Norte y la torre Simbad. La suya es la torre almadraba. Menuda ironía del destino para alguien que nació en Cádiz y a donde no ha vuelto jamás. Desde allí es difícil saber si uno está está en el extrarradio de un ciudad de playa o en Montecarlo, aunque viendo los tendederos la duda se disipa sin dejar rastro.
Cuenta las sombrillas, lo hace dos veces, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Lo hace por hacer algo, por rellenar el tiempo que falta hasta la hora de encender el primer cigarrillo. Da unos golpecitos a la esfera, parece que todo está detenido, el tiempo también y se aguanta las ganas, el deseo de sucumbir a la enorme tentación de encender el primer cigarrillo antes de la diez.






lunes, 5 de agosto de 2019

ALGO DIFUSO



«La vida se rige por un zumbido de fondo, el zumbido constante de los peligros potenciales. Se empieza a percibir el mundo de otra manera. Es posible que no se vuelva a salir de paseo, ir a un jardín, a un parque infantil o a una granja de cabritillas».

Maggie O'Farrell. Sigo Aquí






Puedo imaginar que nos dijera que no nos separamos, que mi hermana, seis años mayor que yo, debía de vigilarme, cuidarme, que no debía dejar que corriera por delante de ella, mi torpeza ya entonces era consustancial a mi persona. Pero mi hermana, tan niña como yo, solo pensaba en andar junto a sus amigas, en hablar de sus cosas y no en estar pendiente de si mi falta de habilidad me mantendría en el camino. Y me caí, me caí por un barranco sin que nadie escuchara mi traspiés, ni los gritos que no salieron de mi boca porque se me quedaron clavados dentro mientras intentaba agarrarme a cualquier cosa. Me sentí rebotar contra todo hasta que un tronco terminó con mi carrera y un allí, entre los restos secos de un árbol muerto, me quedé durante no sé cuánto tiempo. No recuerdo mucho más de lo que pasó después, aunque más tarde me explicaron que, posiblemente, el instinto de supervivencia hizo que me durmiera hasta que me sacaron de ahí. Me rompí un brazo y me abrí el muslo en canal. Mi padre nos había enviado de campamentos a las dos, a mí con mis seis años y a mi hermana con sus doce. Él, con sus cuarenta y dos acuestas, necesitaba su espacio, liberarse por unos días del peso de la crianza de dos hijas a la que por pura necesidad tenía que llevar a solas. Me consta que durante años se sintió mal por todo aquello, que cada vez que veía la cicatriz que aquel accidente me dejó en el muslo, una sombra gris le cruzaba la mirada, aunque año tras año, aguantándose el miedo y dándonos un beso en la frente, siguió mandándonos fuera , repitiendo, más para él que para nosotras, que la cosas pasan porque tienen que pasar y no hay que hacerles más caso del que se merecen. Esa manera de ver las cosas y el ensimismamiento de la infancia me apartó del espanto y solo me dejó una tendencia al vértigo que aun hoy conservo. La vida es frágil, pero eso lo sé hoy porque entonces, mientras caía sin saber cuando iba a parar, no pensé que iba a morir, ni siquiera cuando sentí que el corazón iba a salirme por la boca de puro espanto. Conservo una cicatriz en la pierna, el recuerdo de una brecha que cicatrizó y que durante toda la infancia mostré como una prueba de fortaleza y valentía, aunque hoy, pasados los años, es solo el rastro de algo difuso que nos ronda, que toco con frecuencia y casi sin darme cuenta cuando mi hijo, de seis años, se va  fuera de casa por unos días. Es el recordatorio impreso, una deformación totalmente mía, que de vez en cuando me recuerda que ese algo difuso está por ahí y que lo esquivamos por pura suerte, sabiendo, él y nosotros que, más pronto o más tarde, en cualquier esquina aparecerá pidiéndonos que cuentas.



lunes, 29 de julio de 2019

CUANDO JAMES BOND SE TOMÓ UN BITTER KAS


Ahora comprendo el alcance simbólico del título de mi novela 
Cambio de guardia. Cambié de guardia para caer K.O.

Julio Ramón Ribeyro. La tentación del fracaso





Levanto el domingo con un esfuerzo titánico, como el que hacen los cables que tensan y equilibran el puente, esperando que fluya de una manera en que las renuncias sean las menos posibles. Por eso, si la vida lo permite, anoto cuatro renglones para no olvidar que más allá de la rutina, existe algo distinto que no puedo tocar pero que intuyo y que casi huelo. Algo que a veces pierdo incluso cuando no tengo. 
Pero llega el domingo y las aceras se transforman en pequeños bulevares por los que caminar sin prisa, buscando el alivio, convirtiéndonos en algo singular que intenta esquivar la remota posibilidad de que en la próxima esquina aparezca, sin dar tregua, la sensación de fracaso a la que permanentemente nos encontramos expuestos. La flagrante sensación de colgar de un hilo del que pende una historia y que nunca se quiebra.





domingo, 21 de julio de 2019

EL FARO




¡Ah! Era demasiado hermoso, le sobraba belleza; y esa había sido la causa de todos sus problemas. Ningún hombre tenía derecho a aquellos ojos, aquellas pestañas y aquellos labios; resultaba peligroso.

Katherine Mansfield. Fiesta en el jardín





Se encontraron en el puerto, temprano, antes de que el sol saliera. Al final del muelle una neblina espesa anunciaba otro día en el que la flota quedaría amarrada y la lonja cerrada a cal y canto. Comenzaron a caminar siguiendo la línea del espigón, acomodando el paso a la lentitud de la mañana. Llegaron al faro y se sentaron. Alguien tenía que decir la primera palabra y ninguno de los dos parecía que fuera a hacerlo. Las rocas estaban frías y las olas del mar enviaban pequeñas gotas de agua que desaparecían al estallar contra el suelo. ¡Menuda situación!, pensó Luís. Seguían en silencio, como si uno esperara a que fuera el otro el que empezara a despedirse, ninguno de los dos fuera a hacerlo nunca. 
El mar embravecido le recordó la furia que a veces, sin saber bien el porqué, la invadía por dentro. Demasiada juventud, se repetía como excusa. Intentó seguir el contorno de los acantilados que se intuían más allá de la bruma, buscando la palabra más adecuada, el tono más indicado para decirle que solo quería marcharse con él, que la llevara lejos de todo aquello, lejos de sí misma.

-Deberías ir pensando en cortarte el pelo, así no te querrán en ningún sitio. En la ciudad, esas cosas las miran, le dijo.
- ¡Vaya! Pensé que te gustaba, contestó mientras se pasaba las manos por el cabello.

La miró de reojo. Le intrigaba lo que pudiera estar pasando por la cabeza de aquella mujer que, sentada a su lado, parecía andar más bien lejos de la bahía. El graznido de las gaviotas se unió al silencio en un estruendo colosal. Sintió el tacto tibio de sus dedos. La sirena de la fábrica anunció el turno de mañana pero allí, en ese momento, ya no importaba nada.






domingo, 14 de julio de 2019

COMPARTIENDO COLCHÓN


"Has vencido y me entrego. Pero a partir de ahora tú también estás muerto...muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza".

Edgar Allan Poe. William Wilson





Al despertar, me costó reaccionar, era como si, aunque mi cuerpo hubiera regresado a la habitación, a mi cama pero que parte de mí se hubiera quedado al otro lado y que, desde ahí, me estuviera haciendo señales llamándome para que volviera, diera unos cuantos pasos hacia no sé dónde y regresara a aquel otro mundo en el que me había quedado medio colgada. Me senté, sin saber bien si quien lo hacía era yo misma o la parte que, por algún motivo, se había desprendido y se había quedado en aquel otro sitio en el que creía querer estar sin saber si allí, como aquí, me sentiría fuera de sitio. Al poco, todo desapareció, era yo, con mis años, mi exceso de peso y el aliento turbio del que recién se levanta con el estómago un tanto revuelto. Aquello me pareció raro, no podía recordar nada de lo que había soñado, de lo que me había tenido atrapada en mitad del aquí y el ahora, y un hacia atrás inventado un recuerdo medianamente difuso, por las hormonas y las horas de sueño. Intenté quitarle hierro a la confusión y me encaminé a la ducha, con el pie dolorido y una cojera un tanto patética que el día antes, al acostarme, no tenía. Pensé que tenía que escribir sobre los viajes nocturnos que ahora, más que nunca, volvían a sucederse sin que hubiera motivo para ello. Tendría que espiarme y dejar de embrollarme por la vida que se me desdobla a ratos sí y a ratos también. Como entonces, como ahora mismo.



martes, 9 de julio de 2019

TODO BIEN


I saw you this morning.
You were moving so fast.
Can't seem to loosen my grip
On the past.

Leonard Cohen




¿Cómo va eso?, me pregunta mientras va entrando por la puerta del edificio en el que nos cruzamos. Muy bien, muy bien, le contesto. Y duplico lo dicho mientras aprieto el paso para alcanzar la calle y no tener que pararme porque en realidad no quiero, y el otro tampoco. Este tipo de respuesta es como el piloto automático de la cortesía que ante un desconocido se substituiría por un correcto "buenos días" o "buenas tardes" tan vacío como la cuenca del ojo de un ciego.

Pero en ese cruce entre puertas, la respuesta siempre se atolondra, con un falso entusiasmo que se acentúa con una sonrisa exagerada, mientras uno se va retirando de una manera precipitada para evitar una parada que nada va a aportar a nadie y que tampoco nadie quiere. A veces un simple movimiento de cabeza a tiempo no solo es mejor, sino que es mucho más sincero con el poco interés que el otro nos genera.  
Vamos sobrados de banalidades e intereses difusos que nos desgastan y nos desdibujan.









Photo by Martin Grincevschi 

miércoles, 3 de julio de 2019

UNA DE GANSOS



“Pronto cesó el tumulto. Los cuatro cerdos esperaban temblando y con la culpabilidad escrita en cada surco de sus rostros. Napoleón les exigió que confesaran sus crímenes. Eran los mismos cuatro cerdos que habían protestado cuando Napoleón abolió las reuniones de los domingos. Sin otra exigencia, confesaron que estuvieron en contacto clandestinamente con Snowball desde su expulsión, colaboraron con él en la destrucción del molino y convinieron en entregar la "Granja animal" al señor Frederick".


George Orwell. Rebelión en la granja





En sus diarios, Iñaki Uriarte recoge la anécdota de como Chéjov contó a su amigo Bounine la visita que recibió de Tolstoi, como tuvo miedo y como, al final de aquel encuentro, Tolstoi le pidió un abrazo y, mientras lo hacía, le susurró al oído que no soportaba sus obras, que Shakespeare escribía como un cerdo, pero que lo suyo era peor. Esta anécdota, relatada por Uriarte, me vino a la cabeza ayer mismo tras ver en la televisión el encuentro entre distintos dirigentes políticos que andan de abrazos y reuniones, algunas más secretas que otras, para poder acordar formación de gobierno. 

Ignoro si Shakespeare escribía como un cerdo o si no lo hacía como tal. Como tampoco estoy en disposición de afirmar que nuestros políticos se comporten como unos cerdos en el sentido que apuntaba Tolstoi sobre Shakespeare. Como tampoco puede afirmar si simplemente, como refiere Chéjov, son mucho peor, salvo si ese "mucho peor" se traduce en la transformación que sufren una vez alcanzan el mínimo de votos necesarios para convertirlos en relativamente relevantes. Vivimos momentos de una absoluta disociación entre la vida política y el día a día de los ciudadanos.
Puede que adjetivar de "cerdo" el modo en que funcionan los políticos no sea ni educado ni correcto, salvo si pensamos en que están dispuestos a comérselo todo con tal de engordar su panza. Creo que intentado ser objetivos, sería más fiel a la realidad calificarlos de bandada de gansos que vuelan a la suya sin importarles lo que queda detrás y eso, al final, es igual de malo que comérselo todo sin importar a quien le dejas los huesos, Tolstoi mediante.




sábado, 29 de junio de 2019

VERGÜENZA AJENA



“El mal no es nunca `radical´, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un `desafío al pensamiento´, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la `banalidad´. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical". 

La banalidad del mal. Hanna Ardent





Por lo general el embarazo es un estado en el que la mujer está especialmente sensible, las hormonas van por donde quieren y a veces, sin saber el motivo, todo parece flotar en una ingravidez plácida en la que se quiere permanecer. En otras, el miedo acompañado de la angustia y de la sensación de vulnerabilidad se apodera de una y todo parece un elemento hostil. Sin embargo, conozco muy pocos casos en los que una mujer embarazada no sienta una especial empatía, ni una muy particularidad necesidad de protección de lo que lleva en el vientre, incluso de otros niños a los que ni tan siquiera conoce. 
Por eso, quizá precisamente por todo eso, la imagen que esta semana hemos visto de Irene Montero (Unidas Podemos), sujetándose el vientre mientras en el Congreso se homenajeaba a las víctimas del terrorismo, y ella y los miembros de su propio partido y los de los afines (ERC, Bildu y PNV), permanecían sentados, sin mostrar un mínimo de sentir con lo que, en aquellos momentos, ocurría en el hemiciclo, no ha podido pasar desapercibida. 
Ni un gesto, salvo una expresión de enorme hastío, tras el discurso de la hermana de Miguel Ángel Blanco, asesinado de un tiro tras un secuestro angustioso que despertó en España el ya olvidado “Espíritu de Ermua”. En aquel entonces, año 1997, Irene Montero contaba con nueve años de edad, una niña, como las que años antes habían muerto a manos de los socios de aquellos a los que ahora se arrima.  
Sé que no es la única que está en la operación "blaqueemos y reescribamos la historia", para olvidar que unos mataban porque otros no pensaban como ellos. No todos fueron víctimas, como se pretende vender por el entorno de Arnaldo Otegui y de aquellos que le acompañan en su particular viaje. 
Víctimas fueron los que murieron a manos de unos asesinos nacionalistas sin otro motivo que el pensar diferente. Sé que Montero no es la única que, de esos políticos que permanecían hieráticos, tiene hijos. Pero su imagen, la suya precisamente, la de una madre que sujeta en un gesto protector el vientre que porta su hija en las circunstancias en las que se da la imagen, es difícil de olvidar.
En este país se ha perdido el norte en muchas cosas, pero es verdaderamente vergonzoso el espectáculo que algunos políticos están dando. Hace demasiado tiempo que no cabe la equidistancia y que todo el mundo debe asumir la responsabilidad del lugar en el que se coloca, de ahí que haya que poner en evidencia lo bochornoso de algunas actitudes que pretenden hacer olvidar a la sociedad que, durante cuarenta años, una banda terrorista asesinaba y causaba un dolor innecesario por el que nadie ha pedido perdón, ni se ha arrepentido, sino todo lo contrario. El tiempo puede convertirse en un arma de destrucción de la memoria y de la consciencia, y no nos lo podemos permitir. Desde el año 1978 España tiene una democracia sólida, es un Estado Democrático y de Derecho que permite que gente como Montero, en el ejercicio de sus libertades, nos muestren la cara más falsaria de una política de bolillos que intenta cambiar el relato en su propio beneficio. Solo espero que la Sra. Montero, y cualquier otro, no tenga que enfrentarse con la muerte de un hijo en unas circunstancias tan terribles como es un asesinato terrorista. Solo le deseo una feliz maternidad y que la misma, si es posible, le devuelva la cordura y el sentido común, por su bien y por el de los ciudadanos que tenemos que tolerarla.




viernes, 21 de junio de 2019

DE LO CHIQUITO


"¿Sabes cuál es mi filosofía? Que es importante pasarlo bien, pero también hay que sufrir un poco, porque, de lo contrario, no captas el sentido de la vida".

Broadway Danny Rose. Woody Allen






Hay temporadas complicadas en que lo mejor es fijar la mirada hacia dentro y dejar fuera del espacio personal vital todo aquello que estorba y emborrona. Y como antídoto al feísmo permanente en el que nos está tocando vivir, está el centrar la atención en las cosas menudas y cercanas. Por eso, aunque las semanas se llenen de papel e incertidumbre, a veces llega un poco de aire en forma de un concierto de jazz en un entorno maravilloso; un paseo a cámara lenta colgada del brazo de una octogenaria más guapa que un San Luís; una cena con compañeros de los que acompañan y alivian; un viaje relámpago para apagar fuegos; y la cercanía de un fin de semana que permite escapar del ruido de petardos y cohetes, para volver, con las mismas ganas de siempre, al cambio de la fisonomía urbana que, una vez más y casi sin querer, arrancará aquello de que en Madrid se vive muy bien pero le falta playa.

Son las cosas pequeñitas, a veces incluso minúsculas que se suceden sin ruido, sin aspavientos y sin tragedias romanas, las que nos mantienen en pie. Porque al final la vida debería ser eso, la excelencia de lo chico, de lo portable, de lo que alivia.





lunes, 17 de junio de 2019

QUERIDA GRACE (III)




“Creo que en el amor no somos más que principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y también vosotros os amáis. Ya sabéis a qué tipo de amor me refiero ahora. Al amor físico, ese impulso que te arrastra hacia alguien concreto, y al amor que inspira el ser de la otra persona”.
De qué hablamos cuando hablamos de amor. Raymond Carver





Querida Grace:

Acabo de recibir tu última carta. La veo fechada hace ya algunos meses. No sé por dónde andarás en este momento, si seguirás cruzando el mundo de esquina a esquina o si, por fin, habrás decidido detenerte en esta carrera que parece no acabar nunca. Yo sigo aquí. Me anclé a esta ciudad y desde entonces, desde que soy consciente que respiro para vivir, me es difícil moverme. A veces me pregunto si hacerse viejo es haber encontrado el rincón en el que tomas asiento y ya nada es capaz de hacer que te muevas. Me falta todo y me sobra todo lo demás. Algún día, querida Grace, lo entenderás porque, como yo, envejecerás y las renuncias se habrán terminado porque ya no habrá nada a lo que renunciar, salvo que te conviertas en una chalada añosa con pretensiones de querer vender al resto una experiencia que al final nadie quiere para nada.

Mientras te escribo sigo las noticias en el televisor. Donald Trump está inconsciente y dudan que vuelva a recuperar la conciencia. Parece un chiste de mal gusto, perder lo que no se tiene, ni conciencia, ni consciencia. Las imágenes se repiten como en un carrusel, una y otra vez. No sé cuánto habrá de verdad en lo que quieren contarnos. Quién sabe, igual morirse de una manera tan estúpida como lo es el hacerlo después de atragantarse puede que sea una especie de venganza del cosmos. ¿Qué nos deja? Poco más que la sensación de que cualquier, por muy necio que sea, puede dirigir el mundo. ¿Qué dejaremos cualquiera de nosotros?
Imagino que en estos momentos, allí donde estés, las noticias deben ser las mismas. Ya no hay nada nuevo bajo el sol y la globalización extiende sus tentáculos por todas partes convirtiendo el mundo en un vertedero. Y da lo mismo que estés en una granja de Alberta que sobre el puente de Brooklyn. 

Querida Grace. Me duele el alma, me duele lo que no tengo, y me duele lo que se va a quedar sobre la tierra el día que me vaya. He dejado dispuestas algunas cosas. A mi edad no cabe la improvisación y el tiempo, rígido como el acero, no tiene compasión de nadie. Ni de mí, ni de Trum. Ni tan siquiera de ti, ni  de todas esta cartas que cruzan el mundo arriba y abajo y parecen un desatino fuera de nosotros mismo.

En un rato bajaré a dar un paseo, antes de que empiece a llover. Caminaré hasta la 4th con Bestesta y allí, si aún sigue abierto el Café Allen, compraré un poco de aquel té que le gustaba tanto a Helen. Hoy habría cumplido años, tantos como los míos, tantos como los que solo un viejo como yo está empeñado en cumplir. La echo de menos. Después, volveré caminando a casa, colocaré un disco antiguo y me sentaré a esperar. Esperar, a mi edad, es solo un vicio que al final te acaba matando. Una ocurrencia del destino que hace sobrevivir al más inútil, al más indeciso, al más necio. Puede que por eso, porque los necios sobreviven, Trump despierte mañana mientras yo me voy apagando frente al televisor, echándote de menos a ti también.

Me despido, Grace. El mundo es grande y el tiempo escaso. Siempre tuyo, John. 



domingo, 9 de junio de 2019

UNGIDOS DE BETÚN


El corazón es centro, porque es lo único
 de nuestro ser que da sonido.

María Zambrano





Somos ricos en gigas, en megas, y entre esas unidades que una no sabe muy bien lo que son, se guardan recuerdos, imágenes de cualquier cosa. En el disco duro de mi teléfono guardo las cosas más inverosímiles, desde el prospecto de un medicamento, a la última flor que ha brotado de la maceta que tengo en el alfeizar de la ventana de mi habitación. Fotografías que pierdo cada vez que mi teléfono sufre un percance. Ya no hay álbumes de papel y hacerlos es una rareza a los que hay que dedicar un tiempo que pocos tiene. Las fotografías impresas son un tesoro en peligro de extinción que huye de la vida moderna.

Cuando falleció mi padre revolví, con el permiso de mi madre, todos sus cajones. Recuperé algunas fotografías antiguas. Imágenes de cuando era joven, entre ellas apareció una vida que yo no había conocido jamás y que descubría mediante en distintas tonalidades de gris. La vida de otro, la vida de otros. Una vida sus hijos no conocimos nunca porque por entonces ni tan siquiera éramos una expectativa. Descubrí una novia que nunca he sabido hasta que punto lo fue, un desierto obligado y un Tabor de Regulares que le permitió escribir unas cargas lánguidas que me costó reconocer como suyas. 
Nos topamos con que, aquel hombre que nos había criado, había sido un niño con zapatos flojos, de mirada despierta y pelo revuelto. Descubrimos que el cabello rojo de mi madre se transformaba en un gris extremo que escondía más pasión que la que la vida estaba preparada para darle. 
Las fotografías de entonces encierran retazos de verdad, limpios de impostura.

Este domingo de flojera y hormigón, he abierto la caja para a ver aquellas fotos que desfilan entre caballos y caireles, entre vestidos de flores y palmas de Domingo de ramos, sin buscar absolutamente nada. Intento ordenarlas, sin saber si la nevada que cubre la Plaza Universidad es la del año 62 o la de cualquier otro año; si aquella niña sentada en las rodillas de un Rey Baltasar ungido de betún es mi hermana mayor o mi hermanda mediana. Reproducir algunos instantes con la mirada fija es un entretenimiento que posiblemente no existirá en el futuro y eso es algo que se pierden los que vienen por detrás. 

Guardo la caja, cojo el móvil y cuelgo una foto en Instagram. Es mi postureo absurdo del día.



lunes, 3 de junio de 2019

LA VIDA FOFA





Que las cosas dependen del cristal con que se mire es una de las deformidades a las que algunos llegan con el cumplir de los años. La vida fofa que se amolda a las cosas en función de quién es quién.  Este fin de semana, un futbolista conocido se mató conduciendo un coche a 230 kilómetros hora llevándose por delante la vida de dos jóvenes que viajaban con él. Debemos agradecer que no se cruzara con nadie y hoy hubiera unas cuantas familias más destrozadas. 
Conducir a esa velocidad es una verdadera temeridad y matarse de esa manera es una forma bastante estúpida de morir. Pero la muerte está ahí y la simpleza también. Pero como en todo, los muertos también lo son en función del ojo con el que los miremos A los muertos anónimos los llorarán en su casa, sin cámaras de televisión, sin aspavientos histriónicos, a los otros se les agasajará sin que sea lo más oportuno
Hay imprudencias delictivas con resultados fatales. Éste es un ejemplo. La muerte la lloran siempre los seres queridos, los que sufren su perdida, los demás son una orquesta cochambrosa que, como en este caso, rozan la sinrazón. 
No sé en qué momento se perdió el norte, en qué momento las cosas pasaron a ser buenas, malas o regulares en función de quien las lleve a cabo con independencia del resultado. Lo que está pasando con este caso es el reflejo de muchos otros, de una sociedad ñoña, estúpida y peligrosamente sensiblera. Hay situaciones que merecen un poco de silencio, respetar a los muertos (sobre todo a lo que no han podido evitarlo) y enterrarlos entre los que de verdad lloran su pérdida, dejando el ruido de las fanfarrias para momentos menos dolorosos, menos complicados y menos reprochables.



domingo, 2 de junio de 2019

VITRUVIO





Más allá de donde
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía...

Leopoldo María Panero




Voy caminando y espero no encontrarme con nadie conocido. Vengo de recoger los resultados y aunque sé que no es una cuestión de vida o muerte, es una cuestión de mi vida, de la que quería que fuera y que, en un segundo, con una mirada casi de soslayo, se transforma en una muerte anticipada. La muerte del futuro, de mi futuro. Cargo el chelo y se me pasa por la cabeza dejarlo apoyado en la esquina de General Payet, abandonarlo en mitad del naufragio. Puede que un perro se mee y el circulo del destino quede cerrado y sellado sin más. Pero sigo cargándolo como una condena, caminando hacia Piaget. En el intercambiador, un tipo con un disfraz de Bob Esponja me aborda con mil monerías, mientras noto su mano en el interior de mi bolsa. Le dejo hacer porque ahí dentro ya no hay nada, una cartera que guarda una tarjeta caducada y el documento nacional de identidad que me toca renovar en un par de meses. Que se lleve lo que quiera. Seis euros en monedas rondan por mi bolsillo y los oigo tintinear como una provocación para un ladrón tan torpe como desafortunado. El tiempo se para y, aunque no quiero hacerlo, miro los dos círculos de fieltro roto que muestran unos ojos bañado de venas estrechadas por la heroína. 
Da un salto y desaparece buscando la atención de los que cruzan, despistados, la plaza más concurrida de todo Palet. Guardo entre mis venas el temor del veneno y la imagen de aquel tipo enloquecido, que una vez quiso emular al hombre de Vitruvio en la azotea de mi casa, que se convirtió en una caricatura ridícula de venas estrechas, y que me mandó al infierno por primera vez.




viernes, 17 de mayo de 2019

QUE CORRA EL AIRE DEL ESTADO DE DERECHO






La detención de Josu Ternera, dirigente de ETA, sanguinario terrorista y mala persona desde la raíz del cabello hasta la última uña del pie, va a permitir que sea Juzgado por todos los crímenes que lleva sobre la espalda, que no sobre la conciencia.
Porque alguien que es capaz de terminar con la vida de otro por pensar de diferente, o ni tan siquiera por es algo que no tiene nada que ver con la ideología sino con la hijoputez del que tiene las entrañas podridas, del que no tiene conciencia, ni decencia alguna. Ternera asesinó a niños con el  único ánimo de matar, aterrorizar y después se iba a su casa, o al monte, o al mismísimo infierno, a celebrarlo.
Ternera no tiene alma, no tiene conciencia, no tiene nada, dentro de él solo existe un agujero negro al que tira toda la basura que genera en su vida.
Hoy la sociedad puede respirar un poco más tranquila. Pero solo un poco. Las víctimas quedan ahí, junto a un mal irreparable, viendo como parte de la ciudadanía de este país, políticos incluidos, blanquean una de las partes más oscuras y siniestras de este país. Pero España es  un país con uno de los estándares democráticos más altos del mundo, pese a que una parte de la sociedad, con unos intereses más bien siniestros, no quiera creerlo y ataque al sistema, desde dentro del mismo, haciendo uso, precisamente, de la libertad cuya existencia se empeñan en negar. España es un país lleno de contradicciones. Un país en el que un asesino como Ternera formó parte de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco, para gran bochorno de dicha institución. 
Pero a pesar de todas estas objeciones, somos muchos los que nos alegramos de la detención del asesino Ternera, de que sea Juzgado y, llegado el caso, condenado. Somo muchos mantenemos la esperanza de que purgue todos sus crímenes sin importarnos en absoluto si se muere del cáncer que dice que tiene o de viejo en un penal y que no vuelva a pisar la calle nunca más.