Intentas
que el domingo sea un día tranquilo, que nada lo altere para que al llegar la tarde, cuando se cruza esa sensación de cansancio que nada tiene que
ver con el exceso de actividad, ni con la ausencia de ella, sino con la proximidad
de la vuelta a las obligaciones y al abandono de uno mismo, el abatimiento no
se haga excesivo. Pero es inevitable, las tardes de los domingos pesan. Aun así, quieres demostrarte entereza, que has superado esa estupidez que consiste en
creer que los domingos terminan con algo más que no sea el fin de semana. Y amagas
el azar con unas pocas risas, un café que pide hielo y unas hojas que lees
despacio para no perderte. Aunque sabes que parte de tu vida espera agazapada detrás de las próximas horas, igual que sabes que el recibo de la luz está por llegar y que te escandalizarás cuando compruebes que el saldo de tu cuenta bancaria, de una manera incomprensible, ha menguado
durante el fin de semana mientras te preguntarás en qué ha sido, si no te moviste de
casa, si no hiciste nada, si solo estuviste esperado que las horas del sábado
se multiplicaran por tres para estirar el tiempo que ya añoras. Y al caer el sol, como
una maldición, la humedad se triplicará dejando que la ropa se convierta en una segunda piel que te agobia pero que necesitas mientras agotas tu escasa libertad
condicional.
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domingo, 4 de julio de 2021
Y SIN EMBARGO
domingo, 18 de noviembre de 2018
COSAS SIN IMPORTANCIA, A VECES
"I don't think I ever really liked the world until I met him".
Lucia Berlin
A nadie escapa que el tiempo
vuela y que la tecnología nos ha facilitado de una manera extraordinaria
algunas cosas, aunque haya terminado por
desvencijar algunas otras. Entre las muchas facilidades está el libro
electrónico. No es poca cosa poder llevar en el bolsillo todo lo que uno
quiera, lo lea o no. No le niego las ventajas, poco peso y mucho contenido con
el que puedes dar la vuelta al mundo sin que apenas ocupe espacio. Pero el
soporte, si creemos que los libros son algo más que contenido, también es
importante. Los libros han sido desde siempre objetos preciados. Puede que en
estos tiempos en los que es fácil obtener cualquier cosa y algunos circunscriben
sus lecturas a 140 caracteres, los
libros hayan perdido parte de la magia y el valor que comportaba, en otros
tiempos, poseer un ejemplar y que el contenido en soporte electrónico haya ganado
posición frente al libro encuadernado.
Sin embargo y pese a las
ventajas, hay algo que nunca podrá tener el libro electrónico y es que las
pantallas también tienen sus complejidades y sus carencias, y es que nunca
podrá ser dedicado a aquella persona para la que lo adquirimos. Porque aun hoy
en día hay libros que los adquirimos
para ser regalados, que nos hacemos con ellos pensando otro, en aquel que lo va
a recibir. Puede que este detalle no tenga mayor importancia en los tiempos
atropellados en los que vivimos. Pero quedamos un bueno puñado de raros que
consideramos esencial que cuando regalamos un libro, el que lo recibe sepa que
lo escogimos expresamente para él y no
para otra persona y que se lo hagamos saber mediante una dedicatoria manuscrita
que posiblemente solo él comprenda. En la elección del ejemplar su existencia fue fundamental. Quizá este
grupo de raros, de románticos poco ecológicos seamos lo que consigamos que el
libro en papel sobreviva. Pero cabe la posibilidad de que esto solo sea el desvarío
de alguien que, como yo, compra libros de viejo, libros de segunda mano, en los
que puede leer lo que algunos escribieron pensando en otros y consigan que se
me erice la piel aunque sirva para bien poco.
domingo, 16 de septiembre de 2018
DE LA DISCRECIÓN
Y te das cuenta de que todos los escaparates
brillantes, todas las modelos de los catálogos, todos los colores, las ofertas,
las recetas, Martha Stewart, el Día de Acción de Gracias, las películas de
Julia Roberts, las montañas de comida grasienta, intentan alejarnos de la
muerte. Sin conseguirlo (…). Nadie piensa en la muerte en un supermercado.”
Mi vida sin mí -Isabel Coixet-
Existe un tipo de personas que
son capaces de llevar una vida sin molestar a nadie, y el día que se van alguien dice aquello de “se
fue como vivió, sin hacer ruido”. Vivir de esa manera, con la férrea voluntad
de hacerlo bajo la discreción del que rehúye de la notoriedad, incluso en lo cotidiano, no debe de ser
sencillo. Decidir el modo en que uno vive su propia vida a veces forma parte de
una lotería en la que no siempre sacas el boleto esperado, pero aun así,
siempre cabe la posibilidad de que alguna pedrea permita modelarla a voluntad. Pero con lo que no cabe demasiada preparación, ni capacidad de
decisión, es con el momento del final. Vivimos como podemos, a veces incluso
como queremos, pero casi siempre alejados del momento de nuestra propia
desaparición. La duda se mece en la incertidumbre del saber si quien te da carrete
es la vida o es la propia muerte. Y le damos la espalda a nuestra propia
incertidumbre, sin querer reconocer que ahí están, una junto a la otra, como las dos caras de la misma moneda. Los
hilos que nos manejan, que nos enredan, parecen alejarnos del final cuando en realidad nos acercan a él, manteniéndonos en un engaño poco lúcido al que no queremos
renunciar. Con la vida hacemos lo que
podemos, con la muerte, agazapada tras una existencia que nos la esconde con
la torpeza del que se quiere sordo, ciego y mudo, no podemos hacer nada salvo
esperar, al menos en mi caso, que sea sin hacer ruido, sin molestar a nadie y con la cama bien hecha.
lunes, 7 de diciembre de 2015
MARTINA Y EL MAR
“¿Es éste el final de la historia? ¿Una especie de suspiro? ¿El último temblor de una ola?..
Pero, si no hay historias, ¿Qué final puede haber? ¿Qué principio?
Quizás
la vida no sea apta para el tratamiento que le damos, cuando intentamos
contarla.”
“Me
gustaría mucho que escribieras algo sobre mí. No, sobre mí no, algo que sea
para mí, que lo escribas pensando en mí”. Puede que hayan pasado meses desde
que de una conversación intrascendente, sobre las cosas que nos gustaban y que no
nos gustaban, apareciera aquella petición. Podía
haberle dicho lo mismo. Sólo que en mi caso no le hubiera pedido que escribiera
un texto cualquiera, sino que me escribiera el futuro en ese folio blanco en el
que acababa de anotar la hora de su próxima cita.
Nos despedimos con un beso
lanzado al aire. Cosas de las prisas de una vida ruinosa que viaja en vagones
de segunda.
Me
siento frente al archivo mil veces empezado, mil veces guardado, mil veces
borrado. Un archivo ya roñoso que empezó con un “Nos conocimos de un modo
absolutamente corriente. Los que están destinados a encontrarse sólo pueden
hacerlo de ese modo”.
No
nos volvimos a ver, aunque no por eso dejamos de cruzar algunas palabras de vez
en cuando. Algunas de cortesía, otras de profunda comunión y, finalmente, como
pasa con las cosas que se mueven por fuerzas telúricas, nos fundimos en negro
hasta que la vida caprichosa y breve, si quiere, nos lleve a converger de nuevo modo casual.
Durante días ha llovido de un modo torrencial, por fin ha despejado y los huesos han dejado de chirriar. “¿Te apetece salir?” Paseamos cerca del mar. Lo hacemos en silencio, no suele ser habitual, caminamos y charlamos pero parece que hoy necesitamos que el sol nos seque el ánimo. Un labrador se escapa del rompiente de las olas, se revuelve y nos baña con miles de gota saladas. La felicidad debe ser algo parecido a eso. Recojo un trozo de cristal que el mar ha desgastado hasta convertirlo en una gema preciosa, azul, perfecta. Miro a través de ella y el sol se convierte en un tremendo punto cian. Repito el gesto una, dos, tres veces. Nada especial, un gesto corriente, como no puede ser de otro modo.
Durante días ha llovido de un modo torrencial, por fin ha despejado y los huesos han dejado de chirriar. “¿Te apetece salir?” Paseamos cerca del mar. Lo hacemos en silencio, no suele ser habitual, caminamos y charlamos pero parece que hoy necesitamos que el sol nos seque el ánimo. Un labrador se escapa del rompiente de las olas, se revuelve y nos baña con miles de gota saladas. La felicidad debe ser algo parecido a eso. Recojo un trozo de cristal que el mar ha desgastado hasta convertirlo en una gema preciosa, azul, perfecta. Miro a través de ella y el sol se convierte en un tremendo punto cian. Repito el gesto una, dos, tres veces. Nada especial, un gesto corriente, como no puede ser de otro modo.
martes, 8 de abril de 2014
KELSHAN
“No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están”.
Nada me desagrada más que el frío de Kelshan. Aun no sé qué hacemos aquí, en realidad, que hago yo aquí. Debo
haberlo murmurado un punto más alto que lo que mi consciencia reconoce porque de
inmediato intentas explicarme que es por la crisis, estamos aquí por la crisis.
Tiene gracia que precisamente tú me hables de crisis, de debacle internacional,
y aún tiene más gracia cuando lo haces mirando por la ventana de este
lujosísimo hotel que alguien pagará por ti, por mí y por los cinco más que
venimos por esas cosas de la crisis. El tono irónico de tus palabras te
convierte, sin lugar a dudas, en alguien absolutamente aborrecible.
Naturalmente, sonrío sin ganas, me va en el cargo, y lo hago esperando a que del cielo encapotado de esta ciudad del norte descienda un rayo
y te parta por la mitad. Nada me gustaría más. Las tormentas secas, eléctricas, no entienden de
crisis por eso, aunque sea de un modo ridículo, confío en ellas. Cuento los días que nos quedan para regresar, los
días que aun tendré que cubrirme con tantas capas de ropa que ni yo misma no me
encuentre debajo de ellas.
Me pides un café y que vaya a por
tus cigarrillos, una impertinencia por tu parte. Pero tengo ganas de perderte
de vista y tampoco tengo demasiada opción. Salgo a la calle para que tus deseos,
que se convierten en órdenes en virtud del salario que me pagas, se hagan realidad.
Es difícil caminar sobre la patina de hielo que deja este frío
atroz, pero puede que tenga suerte y después de recorrer arriba y abajo este
desolado bulevar, conserve mi cuerpo en buen estado, helado pero
entero.
Debería aprovechar y llamarte,
explicarte que esto no fue una buena idea. El norte siempre será el norte, y un
imbécil, simplemente, será siempre un imbécil. Por eso te echo de menos, a ti,
a tus tostadas, a tus caricias un tanto atolondradas y al sol de invierno.
Nunca creí que pudiera ver una
aurora boreal en el mes de diciembre, simplemente porque durante ese mes nunca existen, ni pensar que con un simple mensaje de
texto mi vida cobrara un sentido mediano entre tanta mundanidad rota.
domingo, 4 de agosto de 2013
COSAS QUE A VECES TE DIJE
"Cuando
somos felices no nos damos cuenta, eso también es injusto. Deberíamos vivir la
felicidad intensamente y tendríamos que poderla guardar para que en los
momentos en que nos haga falta pudiéramos coger un poco, del mismo modo que
guardamos cereales en la despensa o recambios de papel higiénico por si se
acaba, ¿entiende?".
Mientras sesteaba en el
sofá, al socaire de un calor que amenaza con exterminarnos, no he podido evitar
recordarle. Sospecho que está vivo, aunque no sé si lo hace bien o mal.
El calor ha llegado de un
modo súbito y, un día tras otro, el bochorno nos anega, nos trastorna, nos
empapa la ropa y nos asfixia ralentizando cualquier idea que al final muere
ahogada entre sudores extremos.
Voy hasta la cocina, saco
una botella de vino blanco y un vaso que guardo junto a ella para momentos como
éste. Salgo al patio buscando una mínima brisa. El cielo está despejado pero no
corre nada de aire. Me siento en el escalón, apoyando la espalda contra el murete
y cuento, uno tras otro, los minúsculos granos de cemento que recubren la
pared. No podría decir si son diez, mil o cinco mil. ¡Qué más da!
El último sol me devuelve mi
sombra proyectada y una imagen deformada de mis muslos, de mi tripa. Me he
convertido en una caricatura un tanto idiota, con una barriga tremenda y un
cabello revuelto como un nido de armadillos. Me da la risa. Una gota de sudor
cae sobre la falda y en el cerco que deja descubro un mar oriental.
El ánimo no me pesa, pero
deben ser esos últimos rayos de la tarde, abrasadores en exceso, que me
devuelven la indolencia de su propio estado conmigo. Desde el patio de la casa
vecina llegan las notas de un piano. Un instrumento que casa mal con las tardes
de verano. Pero ahora cabe todo y los atardeceres como éste engendran
ensoñaciones silenciosas que se balancean al ritmo de los acordes de vecinos
generosos.
Brindo por mi
vida, por la suya, por la que se extravió por el camino y por todas esas cosas
que nunca te dije.
martes, 16 de febrero de 2010
AUSENCIAS
Hoy es tu día. Pero este año, es otro más con la nostalgia de la nada. Hace siete, empezó una cuenta de nuevo, el recuento de las ausencias. Hoy sólo ha quedado madrugar, conducir cincuenta kilómetros, sentarse el banco de siempre, mirar al fondo y esperar. Hace mucho frío y está amaneciendo. Pensar o intentar recordar sin una referencia fija, creí que sería lo peor, pero un pudridero al que ir a encontrarte, año tras año, tampoco hubiera sido lo mejor. Por eso los sabios son sabios y tu elección, la de descansar aquí, fue la mejor de todas.Hoy la resaca del mar es brutal, parece querer traerte a esta orilla.
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