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lunes, 29 de agosto de 2011

EXCEPCIONALIDADES


Barrunté durante semanas sobre la excepcionalidad, me pregunté sobre ella por pura curiosidad ante lo que mis ojos veían. En búsqueda de una respuesta convincente, me dediqué a observar, a escuchar, con una atención desmedida a todo aquel que se arrimó, de un modo u otro, a mi persona para intentar descubrir que era lo que los transformaba en excepcionales a los ojos de los demás. 
Todos pensamos de alguien que es excepcional.
A día de hoy, tras dar por finalizado el experimento que debía permitirme objetivar la circunstancia, o el hecho, que confiere la excepcionalidad a alguien, creo haber alcanzado la respuesta: 

"Acostumbramos a considerar excepcional al que de un modo u otro rellena nuestras carencias"

Es por eso que la excepcionalidad del ser humano, en sus relaciones interpersonales, es tan efímera, como la fugacidad y temporalidad de lo carente.

Algunas cosas, algunas actitudes, algunas situaciones son tremendamente excepcionales. Sin embargo, por lo general, en nuestra humana globalidad, arrastramos una tremenda normalidad que acaba por imponerse a lo aparentemente excepcional, convirtiendo en arena al que se consideró el más duro y excepcional de los diamantes.

PD.: Las esculturas de Cornelia Parker (como la que aparece en la fotografía), son excepcionales, globalmente excepcionales, por su pétrea inmutabilidad.

miércoles, 22 de junio de 2011

PENSAMIENTOS Y PAJAS MENTALES (III)


He estado visionando unos videos sobre el comportamiento humano. Me interesa saber en que momento los niños tienen consciencia del tiempo, saber cuando son capaces de comprender que el tiempo transcurre y que ellos, al igual que los adultos, se mueven a través del él ¿O es el tiempo el que transcurre a través nuestro? Nunca lo tengo claro. Cosas mías, otra rareza más.
Para los niños pequeños el tiempo es un esfuerzo titánico, esperar un tiempo determinado a algo o alguien, que no sea inmediato, es una especie de tormenta ansiosa. Por lo general, tienen poca espera y sólo cuando consiguen entretenerse durante ese impás, su angustia disminuye, incluso desaparece.
Contrapongo lo visto a la actitud de los adultos, y salvo por la falta de consciencia del transcurso del tiempo en los niños, no somos tan distintos. Nos ponemos ansiosos, nos angustiamos, nos aceleramos al ser conscientes del tiempo que tiene que transcurrir para alcanzar o alejarnos de algo o de alguien.

Es así, el tiempo transcurre para todos, para los niños y para los que comenzamos el descenso de la colina vital. La diferencia fundamental, entre ellos (los niños), y nosotros (los adultos), es la distinta manera de ocupar ese tiempo de espera. Nunca he visto a un niño hacer un solo acto que le desagrade mientras se encuentra a la espera, salvo que se lo imponga un adulto. Por el contrario, los mayores, por mor de que ese tiempo transcurra, más rápido o más lento, somos capaces de hacer las estupideces más dolorosas del mundo.
Los actos de los niños pocas veces tienen consecuencias de gran transcendencia sobre su propia vida. Los nuestros, aún en momentos de fugaz transito, siempre las tiene.
Quizá por eso empiece a replantear los tiempos de espera y me convierta en una criatura que pierde la consciencia del tiempo. No estaría mal.
© Fotografía naq

viernes, 8 de abril de 2011

PENSAMIENTOS Y PAJAS MENTALES (II)


Hace algunas noches, me ensimismé con un documental de la televisión, hablaba de neuropsiquiatría. Un excelente reportaje en el que se trataban las cuestiones de un modo tan llano que hasta el más tonto del pelotón podía seguirlo sin ningún problema.
Al terminar, miré el reloj. Las tres de la mañana y los ojos como platos. Las horas brujas siempre me pasan rápido. Supe que no me iba a dormir y, como ando en época “un poquito más así”, se me disparó, sin poder evitarlo, un monólogo que a buen seguro iba a terminar en paja mental.
Calenté agua, coloqué la bolsita y, sentada en la terraza, parí una, otra más, paja mental.

Los humanos, contrariamente a los monos, a los que nos parecemos casi como dos gotas de agua, reinventamos el pasado e imaginamos el futuro, como formas alternativas a lo que somos. Mentiras de la vida, sin duda alguna.
Pero pensar en el pasado, practicarle la cirugía estética e imaginar un mañana que desconocemos, requiere poder situarse en ese momento preciso que ya ha pasado e imaginar ese que pensamos va a llegar.
Siempre me han sido sencillos los saltos hacia delante, pero nunca me dio por dar saltos hacia atrás, nunca me dio por imaginar, simular un pasado distinto al que tengo. Quizás, en algunos momentos, me acerco más al simio que a la mujer racional, intelectualmente y emocionalmente desarrollada que se supone que soy.
Nunca tuve problemas por imaginar futuros. Sin embargo, debe ser el chip de la racionalidad y que las suelas se me pegan al suelo de una manera cada vez más firme, que los desmanes imaginativos, respecto de mi persona y mis  cosas, siempre han sido muy comedidos. Y la realidad no termina distando demasiado de lo imaginado y en lo sustancial uno y otro convergen.

Con la perspectiva del tiempo, y con un reloj que me descuenta a pasos gigantes, soy incapaz de imaginar futuros y sólo vivo y me represento en el momento actual. No tengo espacio para más, no doy tampoco para más.
A fin de cuentas, nunca tuve la capacidad para “colocarme”, ni siquiera mentalmente donde no me correspondía.
Ahora lo pienso y puede que me haya perdido “algo”, o quizá no y sea por eso que esta “falta”, esta “imposibilidad” de situarme donde no me toca, de una manera propia, me hayan convertido, sin querer, en una lectora compulsiva y desordenada.
Pero ésto sólo es una paja mental. Sólo cosas y eso.