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viernes, 30 de marzo de 2012

ME SENTÉ Y LLORÉ. (Enrique Vila-Matas)


Nunca he escondido mis predilecciones. Él es una de ellas:

"Me preguntaron si era fácil distinguir entre una buena novela y una que no lo era y dije que bastaba con examinar cuáles eran sus relaciones con las altas ventanas de la poesía. Precisé que hablaba de sutiles conexiones con la poesía y en ningún caso de lo antagónico. Novelas escritas por poetas con una prosa exquisita, algo absolutamente.

“Querido Friedrich, el mundo todavía es falso, cruel y bello...”, escribe Charles Simic, escritor yugoslavo de Nueva York que enlaza con originalidad el surrealismo, la metafísica y los mitos primitivos. Para él, la imaginación no es un alejamiento de la realidad, sino la llave idónea para acceder al mapa de estrellas de nuestras paredes interiores.

Hablé ese día de la filosofía poética de Simic y de la necesidad de que la novela no pierda las sutiles conexiones con la alta poesía. Y, muy poco después, sentí deseos de convertirme allí mismo en el título de una novela de Elizabeth Smart, En Grand Central Station me senté y lloré. Siempre quise ser o escenificar ese título, y aquella era toda una oportunidad para hacerlo, pues a fin de cuentas me encontraba en Nueva York y estaba justo en aquel momento en Park Avenue, a dos pasos de Grand Central Station.

Me dije que, aparte del título, aquel libro de Elizabeth Smart (novela autobiográfica que narra la pasión de la autora por el poeta George Barker, un hombre casado del que se enamoró incluso antes de conocerlo: libro de una bella intensidad, extrema y rara) fue siempre una obra maestra gracias a su capacidad de diálogo con la tradición poética y a su elegante inspiración surrealista. De hecho, aquel mismo libro era un perfecto ejemplo de novela en comunicación con el gran espectro poético. Y es más, tenía el encanto de haber sido pionero en un procedimiento que aprecio y que consiste en convertir el texto en una máquina de citas literarias que ayudan a crear sentidos diferentes.

Me acuerdo muy bien de cómo era, aquel día, la novela de mi vida. Parecía que el surrealismo de Simic estuviera por todas partes, porque vi en el pasillo de entrada al gran vestíbulo de la estación a un negro con la cabeza rapada, sin zapatos, poniendo a un limpiabotas y a Dios por testigos. ¿Por testigos de qué? Tras contestar a cómo se distinguía entre una buena novela y una que no lo era, empezó a cumplirse uno de mis más antiguos deseos cuando, al adentrarme en el gran vestíbulo, avancé hipnotizado hacia el célebre reloj de cuatro caras, y fui pasando repentina revista a lo que habían sido las ventanas ciegas de mi vida: iba como hechizado y como si tuviera luz para descifrar el mapa de las estrellas en los futuros interiores de las novelas. Y así fui avanzando y buscando un lugar solitario, hasta que lo hallé y, contemplando en una de las ventanas altas los movimientos del sol como quien mira el de las hormigas, pensé en un poema de Simic que habla de una azotea y de un agujero en unas medias negras y de una bella muchacha de Nueva York de la que estaban todos enamorados, y entonces sí, entonces, tal como venía previendo, como si uno pudiera ser el título de una novela dentro de una poesía secreta, casi desmoronándome, dando bandazos con mi suerte más ciega, en Grand Central Station me senté y lloré."

miércoles, 31 de marzo de 2010

LA DELGADA LINEA



La delgada línea que separa tener una vida acomodada, sin grandes preocupaciones económicas, con calefacción en casa, la nevera medio llena; de vivir sin saber donde dormirás esta noche, lo que comerás, cómo te abrigarás, es tan fina como la vidriera que separa el comedor del restaurante donde he cenado esta noche y la acera de la calle.
Nos reímos, pedimos vino, que no falte de nada. Tenemos que celebrar que ha vuelto. No se había ido de la ciudad, sólo se le había ido la pinza por un tío y había desaparecido. Nada nuevo bajo el sol, es lo que tiene el enamorarse a destiempo, de manera equivocada. Una velada encantadora. Nada larga, ni excesiva, pero sí muy divertida.
Miro por la ventana, no sé qué es lo que miro, en realidad la nada. Una acera, apenas transitada, y la luz de una farola que destaca la figura enjuta de un tipo sentado en un portal. Alzo mi copa y apuro de un trago los restos del vino  que queda tras los brindis que llevamos haciendo desde hace más de media hora. No puedo evitarlo, la vista se me desvía constantemente hacía la cristalera. No quiero evitarlo, o sí, no lo sé.
Reconozco el abrigo del individuo, una prenda casi de lujo, pero que en la corta distancia que nos separa, un escaso cristal, se percibe vieja, desgastada, moderadamente sucia. No le veo la cara, la tiene entre las rodillas, en una postura complicada, aventurada con un abrazo a si mismo, como el que se dan los niños chicos cuando buscan consuelo. Tiene una mochila  sucia a los pies. Reconozco, también, ese tipo de macuto. A lo lejos se escucha el estruendo del camión que recoge la basura. Vuelvo a mirar a la calle y el desconocido, ahora con la cabeza erguida, atraviesa con su mirada la luna que nos separan. Podría jurar que nuestras miradas se cruzan en un punto intermedio entre el cristal y la calle porque he sentido una punzada mortal a la altura del estómago.
Oigo un nuevo brindis, pero algo se ha parado, ni siquiera atino a coger de nuevo la copa, creo que para mí la cena ha terminado. Alguien me nombra y vuelvo a la mesa. Por un momento, me peleo conmigo misma y me reprocho no estar por lo que estoy. Me pregunto cuándo voy a aprender a dejar de mirar por los ventanales y centrarme en lo que importa, en los que tengo frente a mí, a mi lado. y dejar de dispersarme por todo. Hoy celebramos un “regreso” y ahora me pierdo. No puedo evitarlo.
Miro por la ventana y el desconocido ya no mira, vuelve a tener la cabeza entre las piernas y no puedo evitar pensar  en lo fina que es la línea que ahora nos separa. Mañana podría ser yo, o tu, o cualquiera de los que cena en este sitio tan cómodo. Un mal golpe de la vida te coloca al otro lado sin compasión alguna. Por eso, cualquiera de nosotros, yo misma, podría ser la que mañana esté sentada en un bordillo cualquiera, con una chaqueta sin lustre por todo abrigo y guardando mis pensamientos perdidos en una cabeza que reposa sobre unas piernas que ya no sostienen más que miseria y decepción.
La línea es mucho más fina de lo que creemos, estoy segura de ello.