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domingo, 19 de enero de 2014

PIENSA Y SE LIBRE


"Mucha gente piensa que hacer la maleta es cuestión de entrenamiento, 
que lo aprendes espontáneamente como cantar o rezar. 
Nosotros no teníamos entrenamiento y tampoco maleta".

Acabo de ver "Doce años de esclavitud". No voy a hablar de cine, ni de aquellos días negros que nos parecen producto de la imaginación desbordada de algunos. Ni siquiera voy a hablar de la condición humana.

El odio irracional, el desprecio por lo diferente, por lo que escapa al control, por lo desconocido,  se engendra desde el inicio de los tiempos. Pero frente al sinsentido de posturas que se enquistan convirtiendo en baluartes de una sociedad enferma, que pasan por encima de la libertad, de la dignidad y del respeto a la integridad física, incluso a la vida, quedan unos pocos, muy pocos, de los que no se puede prescindir, gente que hace frente a la cerrazón y a una pasividad que da pavor.

Dar un paso adelante requiere de una valentía desmedida porque, esos pasos, casi siempre conllevan la muerte civil del que decide cruzar la línea que con el desprecio y el odio marcó una frontera entre el ser y el deber ser. A éste último, a lo que debe ser (filosofías a un lado), solo se llega, dicen, cuando uno consigue liberarse de la ignorancia y del reduccionismo en el que se nos intenta encerrar entre sus neurosis destructivas, un trabajo que dura toda la vida.

Lee, piensa y se libre.





miércoles, 27 de junio de 2012

DE PATRIAS EXTRAÑAS


Escucho a Herta Müller con curiosidad. Es menuda, casi enjuta, viste totalmente de negro y sostiene un flequillo imposible con unas gafas de sol. Toma la palabra y su discurso sobre la patria y el lenguaje, que parece elaborado ex profeso para atraer a auditorios rendidos a una gran escritora, Premio Nobel en justicia, carece de consistencia y de coherencia. Me genera cierta desconfianza, tanta como a ella dice generársela el lenguaje. 

Sigo escuchando de un modo disciplinado, y aunque comprendo lo que dice, no comparto la manera en la que Müller establece la corresponsabilidad, o la falta de ella, entre lengua y patria.
 
Puede que sea yo quien esté equivocada y lo inconsistente sea mi pensamiento, porque jamás, nunca, contrariamente a lo que sostiene Müller, puedo entender que la lengua materna, esa que de un modo indefectible surge cuando uno se expresa desde lo más hondo, casi siempre con uno mismo, sea una cárcel que aprisiona. Precisamente creo lo contrario. La lengua materna acostumbra a liberar aún en las peores circunstancias, cuando no queda nada, aún cuando queda reducida, en su uso, a un reducto incluso semi-oculto. Y es que estoy convencida que cuando hablamos con nosotros mismos, cuando lo visceral en lo esencial se transforma en palabras, lo hacemos con esa lengua originaria, casi primigenia, que se convierte en el hilo conductor de nuestras emociones. 
Por eso, ni en los peores escenarios, no puedo creer en esa lengua como carcelera y ello sin perjuicio que por pura elección aparquemos la lengua del sentimiento y nos lancemos a esa otra lengua que en ocasiones también existe, y que se combina en nuestro cerebro a fuerza de uso práctico.

Dice Müller que los que no hemos vivido el infierno de una persecución a muerte, no podemos hablar, al menos a la ligera, de la lengua como patria. Sin embargo, creo que se equivoca, la lengua se transforma en patria en muchas ocasiones, sin necesidad de grandes desgracias, y se convierte en ese reducto único al que podemos acudir. Los biligües algo sabemos de eso.

Y debe ser por todo eso por lo que me siento mucho más cercana a aquel escritor, al que jamás podré identificar, que me confirma que hay alguien en el mundo que, al igual que yo, piensa que la patria es ese tiempo que hemos perdido y al que sólo podemos volver cerrando los ojos, apretándolos muy fuerte, para que esa lengua que construye por dentro acabe esparcida en algunas hojas en blanco, aunque éstas acaben minuciosamente desmenuzadas para que nadie las lea.

Aún así, ante la literatura de Herta Müller no queda más que quitarse el sombrero.

******** 

"El amor tiene sus estaciones. El otoño ponía fin al parque. Los árboles se quedaban desnudos. Las citas se trasladaban, junto con nosotros, a los baños Neptuno. Junto a la puerta de hierro colgaba su emblema ovalado con el cisne. Cada semana me encontraba con uno que me doblaba la edad. Era rumano. Estaba casado. No diré cómo se llamaba, ni tampoco cómo me llamaba yo. Acudíamos a diferentes horas; la cajera en la vidriera emplomada de su cubículo, el brillante suelo de piedra, la redonda columna central, los azulejos de la pared decorados con nenúfares, las escaleras de madera tallada no podían concebir la idea de que habíamos quedado.
Íbamos a la piscina a nadar con los demás. Sólo nos encontrábamos en la sauna".
 Herta Müller


Chet Baker - Alone Together


 

"La lengua como patria" Herta Müller, conferencia en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, el 26 de junio de 2012.
http://www.cccb.org/ca/curs_o_conferencia-conferencia_de_herta_muller-40769

martes, 1 de junio de 2010

LA BESTIA DEL CORAZÓN (fragmento) Herta Müller


“Todo el mundo tenía un amigo en cada pedazo de nube ,es lo que pasa con los amigos en un mundo donde todo es terror. También mi madre me dijo: es muy normal los amigos no vienen a cuento piensa en cosas más serias” (Gellu Naum).

Cuando callamos nos tornamos desagradables, dijo Edgar. Cuando hablamos, nos tornamos ridículos.
Llevábamos demasiado rato en el suelo, delante de las fotos. Se me habían dormido las piernas de estar sentada. Con las palabras en la boca aplastamos tantas cosas como con los pies sobre la hierba. Pero también con el silencio Edgar guardó silencio. Aún hoy puedo imaginarme una tumba. Sólo un cinturón, una ventana, una nuez y una soga. Cada muerte es para mí como un saco. Si te oyen decir eso, digo Edgar, te tomarán por loca.
Y cuando pienso en ello, tengo la sensación de que cada muerto deja tras de sí un saco repleto de palabras. Siempre me acuden a la mente el barbero y la tijera de manicura, porque los muertos ya no los necesitan. Y también se me ocurre que los muertos ya no perderán un botón.
Tal vez intuyen cosas distintas a nosotros, dijo Edgar, tal vez intuyen que el dictador es un error. Poseían la prueba, pues también nosotros éramos un error para nosotros mismos. Porque en este país nos veíamos obligados a andar, comer, dormir y amar con miedo hasta que volvíamos a necesitar al peluquero y la tijera de manicura.
Alguien que sólo por el hecho de andar, comer, dormir y amar hace cementerios, digo Edgar es un error aún mayor que nosotros. Es un error para todos, un error dominante.
La hierba despunta sobre la cabeza. Cuando hablamos queda segada. Pero también cuando callamos. Y entonces, la segunda y tercera hierba crece a su antojo. Y pese a todo, somos afortunados.