miércoles, 27 de junio de 2012

DE PATRIAS EXTRAÑAS


Escucho a Herta Müller con curiosidad. Es menuda, casi enjuta, viste totalmente de negro y sostiene un flequillo imposible con unas gafas de sol. Toma la palabra y su discurso sobre la patria y el lenguaje, que parece elaborado ex profeso para atraer a auditorios rendidos a una gran escritora, Premio Nobel en justicia, carece de consistencia y de coherencia. Me genera cierta desconfianza, tanta como a ella dice generársela el lenguaje. 

Sigo escuchando de un modo disciplinado, y aunque comprendo lo que dice, no comparto la manera en la que Müller establece la corresponsabilidad, o la falta de ella, entre lengua y patria.
 
Puede que sea yo quien esté equivocada y lo inconsistente sea mi pensamiento, porque jamás, nunca, contrariamente a lo que sostiene Müller, puedo entender que la lengua materna, esa que de un modo indefectible surge cuando uno se expresa desde lo más hondo, casi siempre con uno mismo, sea una cárcel que aprisiona. Precisamente creo lo contrario. La lengua materna acostumbra a liberar aún en las peores circunstancias, cuando no queda nada, aún cuando queda reducida, en su uso, a un reducto incluso semi-oculto. Y es que estoy convencida que cuando hablamos con nosotros mismos, cuando lo visceral en lo esencial se transforma en palabras, lo hacemos con esa lengua originaria, casi primigenia, que se convierte en el hilo conductor de nuestras emociones. 
Por eso, ni en los peores escenarios, no puedo creer en esa lengua como carcelera y ello sin perjuicio que por pura elección aparquemos la lengua del sentimiento y nos lancemos a esa otra lengua que en ocasiones también existe, y que se combina en nuestro cerebro a fuerza de uso práctico.

Dice Müller que los que no hemos vivido el infierno de una persecución a muerte, no podemos hablar, al menos a la ligera, de la lengua como patria. Sin embargo, creo que se equivoca, la lengua se transforma en patria en muchas ocasiones, sin necesidad de grandes desgracias, y se convierte en ese reducto único al que podemos acudir. Los biligües algo sabemos de eso.

Y debe ser por todo eso por lo que me siento mucho más cercana a aquel escritor, al que jamás podré identificar, que me confirma que hay alguien en el mundo que, al igual que yo, piensa que la patria es ese tiempo que hemos perdido y al que sólo podemos volver cerrando los ojos, apretándolos muy fuerte, para que esa lengua que construye por dentro acabe esparcida en algunas hojas en blanco, aunque éstas acaben minuciosamente desmenuzadas para que nadie las lea.

Aún así, ante la literatura de Herta Müller no queda más que quitarse el sombrero.

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"El amor tiene sus estaciones. El otoño ponía fin al parque. Los árboles se quedaban desnudos. Las citas se trasladaban, junto con nosotros, a los baños Neptuno. Junto a la puerta de hierro colgaba su emblema ovalado con el cisne. Cada semana me encontraba con uno que me doblaba la edad. Era rumano. Estaba casado. No diré cómo se llamaba, ni tampoco cómo me llamaba yo. Acudíamos a diferentes horas; la cajera en la vidriera emplomada de su cubículo, el brillante suelo de piedra, la redonda columna central, los azulejos de la pared decorados con nenúfares, las escaleras de madera tallada no podían concebir la idea de que habíamos quedado.
Íbamos a la piscina a nadar con los demás. Sólo nos encontrábamos en la sauna".
 Herta Müller


Chet Baker - Alone Together


 

"La lengua como patria" Herta Müller, conferencia en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, el 26 de junio de 2012.
http://www.cccb.org/ca/curs_o_conferencia-conferencia_de_herta_muller-40769