lunes, 18 de junio de 2012

HACHAZOS


Le doy un mordisco a la manzana y la vuelvo a dejar sobre la mesa procurando que no mache los dos últimos folios que me quedan en casa. A veces, creo que mi mesa la gobierna un formidable agujero negro que engulle toneladas de papel y algunas de mis notas, dejando, para mi propia desesperación, las ilegibles, las escritas con el trazo rápido que no servirán absolutamente para nada más que para amontonarse unas junto a otras y favorecer la gula del abismo que habita este estudio.

Alguien me dijo una vez que la mejor manera de entender un problema es diseccionarlo. Vuelvo a la manzana, una fruta que detesto, y dibujo un pentagrama y una clave de sol. Me pregunto por la necesidad de colocarse en un bucle del que conozco el principio y el final.

Una gota de jugo se desliza por la muñeca hasta desprenderse y convertir su nombre en un borrón. No hago esfuerzo alguno para evitar el desastre y el líquido se propaga como un virus devorando cualquier grafismo.

Sigo mordisqueando hasta llegar al corazón, pensando en lo poco me gustan las manzanas, en lo insípido de su sabor, en la ausencia de aroma y en el estúpido matahambres en que las hemos convertido. Llegará el día en el que en esta casa no entre ni una más, pero mientras eso no pase, y las notas indescifrables se acumulen en la esquina de esta mesa de cristal, será mejor creer que no existe, continuar dibujando pentagramas como sólo una analfabeta musical puede hacerlo, y viviendo a través del papel que no desaparece.
 
"Un libro debería ser como un hacha ante el mar congelado que tenemos dentro".  
F. Kafka