lunes, 25 de junio de 2012

SHE'S A LADY


"Fuego sutil dentro de mi cuerpo, todo presto discurre; los inciertos ojos vagan sin rumbo; los oídos hacen ronco zumbido".
Safo

He dividido la pantalla del ordenador en tres partes absolutamente irregulares. En la primera, a mi izquierda, la más estrecha de todas, muestra una lista de reproducción musical que de un modo aleatorio y sin fin, va llenando las horas de esta noche que no se acaba nunca. En el centro, una pantalla en blanco, ficticia, que espera. A la derecha, a punto de precipitarse al vacío, la imagen de “Room in New York” de Edward Hopper.

¿La literatura siempre se escribe? Contestar un rotundo sí sería demasiado sencillo. Hopper escribió utilizando los pinceles. Hablar, en este momento, de este pintor puede parecer oportunista, y lo es. 
Pero existen ocasiones en las que se acumulan pequeños déjà vu que, al acecho del despiste cotidiano, de oportunismos no buscados, devuelven a la boca el sabor añejo de la melaza de un ron de caña más que infernal.

Es la casualidad, esa que no existe y un poster de la Sheldon Memorial Art Gallery, la que me devuelve a esa cama que abrigó ilusiones, proyectos, que no lograron sobrevivir al invierno, pero que se convirtieron en líneas de vida a las que sujetarse cuando, como en el cuadro de Hopper, lo cotidiano se impone y aísla dejando como único asidero el recuerdo de un pasado que existió y quedó aparcado sin remisión. 

Y la mujer de rojo, que esconde su pelo en un recogido indulgente, que reposa perdida entre el teclado de un desusado piano, sabe de eso y recrea una vida que no ha existido jamás.

Puede que sea oportunismo, pero ¿qué más da? Las historias de Hopper son intemporales.