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miércoles, 3 de julio de 2019

UNA DE GANSOS



“Pronto cesó el tumulto. Los cuatro cerdos esperaban temblando y con la culpabilidad escrita en cada surco de sus rostros. Napoleón les exigió que confesaran sus crímenes. Eran los mismos cuatro cerdos que habían protestado cuando Napoleón abolió las reuniones de los domingos. Sin otra exigencia, confesaron que estuvieron en contacto clandestinamente con Snowball desde su expulsión, colaboraron con él en la destrucción del molino y convinieron en entregar la "Granja animal" al señor Frederick".


George Orwell. Rebelión en la granja





En sus diarios, Iñaki Uriarte recoge la anécdota de como Chéjov contó a su amigo Bounine la visita que recibió de Tolstoi, como tuvo miedo y como, al final de aquel encuentro, Tolstoi le pidió un abrazo y, mientras lo hacía, le susurró al oído que no soportaba sus obras, que Shakespeare escribía como un cerdo, pero que lo suyo era peor. Esta anécdota, relatada por Uriarte, me vino a la cabeza ayer mismo tras ver en la televisión el encuentro entre distintos dirigentes políticos que andan de abrazos y reuniones, algunas más secretas que otras, para poder acordar formación de gobierno. 

Ignoro si Shakespeare escribía como un cerdo o si no lo hacía como tal. Como tampoco estoy en disposición de afirmar que nuestros políticos se comporten como unos cerdos en el sentido que apuntaba Tolstoi sobre Shakespeare. Como tampoco puede afirmar si simplemente, como refiere Chéjov, son mucho peor, salvo si ese "mucho peor" se traduce en la transformación que sufren una vez alcanzan el mínimo de votos necesarios para convertirlos en relativamente relevantes. Vivimos momentos de una absoluta disociación entre la vida política y el día a día de los ciudadanos.
Puede que adjetivar de "cerdo" el modo en que funcionan los políticos no sea ni educado ni correcto, salvo si pensamos en que están dispuestos a comérselo todo con tal de engordar su panza. Creo que intentado ser objetivos, sería más fiel a la realidad calificarlos de bandada de gansos que vuelan a la suya sin importarles lo que queda detrás y eso, al final, es igual de malo que comérselo todo sin importar a quien le dejas los huesos, Tolstoi mediante.




lunes, 21 de agosto de 2017

RUIDO


Si el mundo ha de cambiar para mejor debe empezar con un cambio en la conciencia humana.
Václav Havel





Era cuestión de tiempo y llegó. Barcelona se ha convertido en el centro del huracán y del terror. Y todos lo sabíamos, si queríamos saber, si decidimos no hacer oídos sordos a la amenaza en la que vivimos los países occidentales y engañarnos con el “buenismo” de la ciudad cosmopolita y de acogida que algunos creen que protege de algo. Y desde entonces, hasta hoy, el ruido mediático es espectacular. He leído de todo aunque he escuchado bastante menos, quizá porque el atentado me cogió en Holanda y aunque la misma sombra se cierne sobre cualquiera que camine por sus calles, cuando lo negro llama en la puerta de al lado solo respiras y sigues, supongo que por eso nadie hablaba de ello. Desde entonces y ya de vuelta, algo me remueve las tripas y creo que es ese ruido que embrutece y ensucia los oídos a base de las locuras y majaderías de algunos que son capaces de sacar rédito al miedo y al dolor de otros; el ruido de los que justifican lo injustificable y que nos provocan la arcada al resto; el ruido de la vida que se tambalea junto a la inseguridad de no saber qué puede pasar mañana. Pero mañana saldremos a la calle a caminar, a seguir viviendo con cierta normalidad porque nos lo debemos, porque se lo debemos a los muertos vengan de donde vengan, y porque la compasión por las víctimas y sus familias no debe quedar ahogada por el ruido de algunos que juegan a un repugnante ventajismo, ni por el del salvajismo asesino de otros que merecen menos que cero.



miércoles, 1 de abril de 2015

DE LAS MEDIDAS SENSATAS O YO NO SOY TONTO



Hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios.


El Presidente del Gobierno ha anunciado la modificación de algunas de las medidas y recortes que han practicado en los últimos años. Una de las más clamorosas, por lo que tiene de poco solidario e incluso de riesgo, consistió en prohibir que los inmigrantes “sin papeles” tuvieran acceso a la asistencia sanitaria primaria pública.

Ayer, sin ir más lejos, escuché como el Presidente del Gobierno decía que esta modificación, que ahora se plantea a la reforma del 2012, es una medida sensata. Mientras lo escuchaba, ojiplática y con el vaso a medio camino entre la mesa y mi boca (debo reconocerlo), no pude evitar hacer el siguiente razonamiento: Si la actual medida, que va a permitir a los sin papeles volver al médico sin necesidad de que se de una urgencia, es una medida sensata, quiere decir que su restricción fue absolutamente insensata. El razonamiento me llegó ayer como una perogrullada frente a un vaso de agua. Sin embargo, de la insensatez de aquel recorte no tengo duda ni ahora, ni entonces. No hay nada más insolidario que dejar de atender a quien lo precisa médicamente.

Está claro que ni Rajoy, ni el Ministro de Sanidad, van a reconocer la obviedad del razonamiento, y no lo harán porque los políticos con el manejo del lenguaje nos enredan cada dos por tres. Pero ayer, además de celebrar la medida, algo se me removió por dentro. Creo que fue el gusano de las elecciones que se aproximan y el tufillo de las urnas que mandan por encima de la sensatez, esa que se comen y defecan los elegidos una vez que llegan a la poltrona.




domingo, 20 de octubre de 2013

ARRIVEDERCI


"Y allí nos pudriremos, mi amor imposible. 
Jamás nuestros amgullados cuerpos se volverán luz".



Si uno no tiene demasiada prisa, y en los aeropuertos uno no suele tenerla, salvo que sea un aficionado al riesgo, el tiempo de espera puede convertirse en un dócil anestesiante. Desde que dejaron de anunciar los vuelos por megafonía, los pasajeros trasiegan por los pasillos dando saltitos silenciosos, simulando prisa cuando en realidad, eternos delayed los mantienen aparcados en las salas de espera.

Llegamos al aeropuerto de Malpensa con tiempo de sobra. Hablar de cierta resaca después de dos días en un pueblo diminuto, sin más alternativa que dos cantina, cada una de ellas en un extremo de la calle principal; de cuarenta y ocho horas de dispares brindis a la luna, al sol, a la luna de nuevo y vuelta a empezar, no solo es acertado, sino que es exacto. Aun así, nos mantenemos en pie e investidos de cierta triste dignidad. Los asientos de la terminal se nos antojan cómodos sofás en los que reposar la cabeza mientras la pantalla anuncia un nada sorprendente retraso.


El viernes llegamos a medianoche, cansados y más apenados que de costumbre. Un coche nos espera para adentrarnos por campos embarrados mientras la lluvia, serena, martillea la carrocería como una letanía. Olvidé traerme calzado para la lluvia aunque toda la semana, desde que llamaron para anunciar que ya no había vuelta atrás, no dejé de mirar el tiempo y de especular si en un funeral sin muerto el sol haría acto de presencia o, si por el contrario, el dios de la lluvia nos bendeciría con un aguacero como así ha sido.

Hemos dormitado en la terminal en ese mal sueño que da el exceso, pero aun así, entre las cabezadas que damos por turnos, le pregunto a dónde iremos la próxima vez. Me dice que espera que de momento a ningún sitio, que nuestra cartera de amigos empieza a menguar de un modo espantoso y que las despedidas, o la falta de ellas, empiezan a ser cada vez más disparatadas. Coge mi mano, la guarda en el bolsillo de su chaqueta y vuelve a dormirse. Su aliento guarda las últimas trazas del primer café de la madrugada.


Continuó lloviendo el sábado, la madrugada del domingo, y ahora mismo ya en casa, con un sol mediano, le pregunto a Carlos si no tiene la sensación de que nos hemos traído el vaho milanés y contesta, lacónicamente, que no solo el vaho, también un resfriado tremendo, mientras estornuda por cuarta vez.

La vida es paradójica, pero bastante menos que la muerte. Cada uno se muere como puede, o como le dejan.

Acabo de estornudar y, con el golpe seco de cabeza con el que lo acompaño, vuelve mis oídos Lou Reed. Porque, sí, le dio tiempo no solo a dejar pagadas las cañas y los aperitivos, sino a escoger la música con la que esperaba nos las tomáramos. Y tuvo entereza para dejar el maravilloso mensaje escrito de que la vida es un mero tránsito hacia la nada y que es durante ese camino en el que debes procurarte la felicidad, porque después, tras las últimas las copas, bajará el telón y el show continuará, pero sin ti.


martes, 19 de junio de 2012

CONEY ISLAND


"... Hay quien sabe vivir como un sonámbulo. 
Yo no he logrado aprender este cómodo estilo de existencia...".



A lo lejos se ven los trémulos nubarrones que el cristal oscurece aún más. Si mantienes la mirada fija en el horizonte puedes verlos oscilar en un vaivén casi hipnótico, efecto de una calima insoportable que casa mal con el frío excesivo que hace en el vagón. 

La ventana engulle los tendidos eléctricos y debo dejar de mirar si no quiero marearme. Cientos de bombillas iluminan Coney Island. Si cierro los ojos soy capaz de verlas titilar, pero sé que sólo es una ilusión óptica. Mirar a un punto fijo y parpadear salvajemente de un modo estúpido para que el mundo se ponga del revés.

No hay nada más allá de ti mismo. Todo empieza y acaba en el mismo lugar, lejos de esos paisajes que inventaste un día cualquiera en el que el artificial frío de un mes de junio te congeló por dentro. Pero las bombillas de Coney Island existen aunque sólo tú pueda verlas.





domingo, 6 de mayo de 2012

VUELTAS DE TUERCA

Cuando Enric Miralle falleció, corría el año 2000. En aquellos momentos, algo se cocía en el centro de Barcelona. El mercado de Santa Caterina se encontraba destripado y las manos, el talento de unos arquitectos excepcionales: Enric Miralles y Benedetta Tagliabue, trabajaban en él.

Miralles no pudo concluir su trabajo, pero Tagliabue, su compañera, su esposa, lo hizo por los dos.

Lo anterior no tendría mayor trascendencia para nadie más que para los suyos, los más cercanos, y no pasaría de ser el fallecimiento adelantado de un ser excepcional que, con el tiempo, sobrevive gracias a su obra, si no fuera por lo que es, o por lo que para mí es.

Estos días, de revuelos y sobrevuelos, leí, de nuevo, la nota que Óscar Tusquets le dedicó al poco de fallecer. 

"... lo que me parecía más extraordinario de tu manera de hacer era que podía ser extravagante, excesiva, incomprensible, inapropiada, despilfarradora, incluso equivocada, pero siempre profundamente bella. Desde los desenfadados croquis de tus cuadernos de viaje, a tus misteriosos planos técnicos, a tus maravillosas maquetas de madera, a tus collages de fotografías, a tus faxes para agradecer una cena (...), a tus seductoras conferencias, a tus diferentes viviendas, a tus diferentes estudios, a tus muebles absurdos y pesados, a tus rascacielos airoso, a tus puertas torcidas, a tus pilares irracionalmente inclinados, a tus hierros retorcidos; todo lo que salía de tus manos era Arte..."

Lo verdaderamente extraordinario de alguien no es que construya, diseñe, piense, pinte o escriba, sino que lo verdaderamente extraordinario es que todo eso transcieda y, pasados los años, siga conmoviendo sea para bien o para mal. 
Por lo general, esa vuelta de tuerca, que gira cuando uno ya no está, confirman la excepcionalidad de quien estuvo detrás de aquello que perdurará en el tiempo. Pero estoy segura que para que eso ocurra, tras lo extravagante, lo excesivo e incluso lo redundante, tiene que existir alguien infinitamente limpio, infinitamente puro, exclusivo en lo humano.

Posiblemente, también por eso, son pocos los que lo consiguen.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

NOVENTA Y OCHO OCTANOS


Existen muchos motivos por los que hago las cosas que hago. Para las cosas ordinarias,  las del día a día, tengo uno y principal: sobrevivir. Para las que hago cuando aparco lo ordinario, robándole horas al sueño, tengo uno y principal: sobrevivir a la que sobrevive. ¿Complicado? En absoluto. La ordenación de la bipolaridad vital tiene estas cosas.

Les dejo algo para que ustedes también sobrevivan. 






sábado, 19 de febrero de 2011

MY IMAGINATION

 

¿Se imagina que en lugar de encontrarse sentado en el banco de un estación tosca del suburbano habitual, se encuentra esperando la llegada del metro en una estación de Moscow?
¿Se imagina que en lugar de la  voz electrónica que le recuerda que debe colocarse a lo largo de todo el anden y esperar detrás de la linea amarilla, suena el vals de las flores del Cascanueces de Piotr Llich Tchaikovsky?
¿Se imagina que, mientras espera, en lugar del anuncio de una operadora de telefonía móvil, contempla la reproducción de un cuadro de Ilia Glazunov?




Y quien dice Moscow, Tchaikowsky y Glazunov;  dice Seattle, Man-Ray y Lou Reed.







o París, Marcel Duchamps y Edith Piaff.

Si no puede imaginar todo eso. Si ni siquiera puede imaginar que es capaz de imaginarlo, amigo usted tiene un problema, puede que esté muerto.


domingo, 15 de agosto de 2010

NO BYE


Nunca supe decir adiós. Con el tiempo aprendí a darme la vuelta, a caminar de frente sin girar la cabeza. Siempre sin decir adiós. Hoy le encontré una vez más, caminando por la misma acera y allí nos cruzamos de nuevo. Una suerte, nunca nos despedimos, el reencuentro ha sido sencillo.

Lou Reed - Take a Walk on the Wild Side

sábado, 8 de mayo de 2010

GESTOS COTIDIANOS


Coincido con Chronos en el balcón. Me apremia para que vuelva a la mesa. Le miro de frente, levanto la mano y, con un gesto menudo, entiende que hoy no tiene nada que hacer, ha perdido la mano. Dispongo del "no tiempo" para disfrutar de algo tan cotidiano, sencillo, como es una taza de café.

-Lou Reed-Susan Vega- - Walk on the Wild side


miércoles, 24 de marzo de 2010

MENSAJES



¿Cuánto hace que se fue? No consigue recordarlo con precisión. Las malditas pastillas le atontan tanto que, a fuerza pasar el borrador farmacológico, cree que va a olvidar incluso como se llama. Se levanta del sofá con torpeza. No sólo va a olvidar como se llama sino que pronto va a olvidar como se camina. Descuelga el teléfono y escucha el monólogo de su interlocutor, contesta que sí, que se encuentra mejor, que saldrá un rato, quiere acercarse a... No termina la frase, repite que todo está bien.
Pero no, no todo está bien. Todo está peor que nunca. Camina poco a poco, se siente tan entumecida que necesita pararse a mitad del pasillo. Se sienta en el suelo y rompe a llorar mientras aprienta las rodillas contra su pecho. No quiere tomar nada más. Cuando las toma él no está y ella, loca o no, le necesita, quiere que esté allí, como ayer, o cuando fuere, pero con ella. El desconsuelo es infinito y ni meciéndose consigue parar el llanto que le sale de lo más profundo.
Le tiene que poner fin. No se puede sufrir así, no se puede vivir así, sin él, medio alelada.
Abre la puerta del armario del baño. Va tirando frasco tras frasco a la pila, sólo le interesa uno. Lo abre rápido y lo vuelca todo en la taza del inodoro. Contempla como las cápsulas, rojas y blancas, flotan a la espera de una corriente feroz que las arroje directamente al infierno.
Ahora ya, sólo tiene que guardar las formas. No contarle a nadie que cada día, cuando va a por el periódico, le recoge en la esquina y caminan juntos hasta el kiosco y que juntos toman café por las mañanas. Tampoco debe volver a contarle a nadie que le deja mensajes para que ella los descifre. Mensajes de amor que encuentra cuando sintoniza el transistor. Mensajes como el que le dejó gravado en el contestador de casa antes de que su coche se saliera en aquella estúpida curva.
Sólo así, conservándose en una locura de la que es consciente, él no se habrá ido del todo y volverán a ser felices.