domingo, 6 de mayo de 2012

VUELTAS DE TUERCA

Cuando Enric Miralle falleció, corría el año 2000. En aquellos momentos, algo se cocía en el centro de Barcelona. El mercado de Santa Caterina se encontraba destripado y las manos, el talento de unos arquitectos excepcionales: Enric Miralles y Benedetta Tagliabue, trabajaban en él.

Miralles no pudo concluir su trabajo, pero Tagliabue, su compañera, su esposa, lo hizo por los dos.

Lo anterior no tendría mayor trascendencia para nadie más que para los suyos, los más cercanos, y no pasaría de ser el fallecimiento adelantado de un ser excepcional que, con el tiempo, sobrevive gracias a su obra, si no fuera por lo que es, o por lo que para mí es.

Estos días, de revuelos y sobrevuelos, leí, de nuevo, la nota que Óscar Tusquets le dedicó al poco de fallecer. 

"... lo que me parecía más extraordinario de tu manera de hacer era que podía ser extravagante, excesiva, incomprensible, inapropiada, despilfarradora, incluso equivocada, pero siempre profundamente bella. Desde los desenfadados croquis de tus cuadernos de viaje, a tus misteriosos planos técnicos, a tus maravillosas maquetas de madera, a tus collages de fotografías, a tus faxes para agradecer una cena (...), a tus seductoras conferencias, a tus diferentes viviendas, a tus diferentes estudios, a tus muebles absurdos y pesados, a tus rascacielos airoso, a tus puertas torcidas, a tus pilares irracionalmente inclinados, a tus hierros retorcidos; todo lo que salía de tus manos era Arte..."

Lo verdaderamente extraordinario de alguien no es que construya, diseñe, piense, pinte o escriba, sino que lo verdaderamente extraordinario es que todo eso transcieda y, pasados los años, siga conmoviendo sea para bien o para mal. 
Por lo general, esa vuelta de tuerca, que gira cuando uno ya no está, confirman la excepcionalidad de quien estuvo detrás de aquello que perdurará en el tiempo. Pero estoy segura que para que eso ocurra, tras lo extravagante, lo excesivo e incluso lo redundante, tiene que existir alguien infinitamente limpio, infinitamente puro, exclusivo en lo humano.

Posiblemente, también por eso, son pocos los que lo consiguen.