domingo, 20 de mayo de 2012

SENTIR MIEDO

 
Me levanto a las ocho, y aunque es domingo, tengo mucho que hacer antes de salir. Poner orden en una casa que vive abandonada desde que hace semanas se ha convertido en un simple refugio para dormir, contestar algunos correos de trabajo que esperan desde el viernes. 

Pasa el tiempo secándome el pelo, tendiendo la ropa y colgando estupideces en la red, mientras espero la hora convenida para poder hablar con la familia, mi familia. 

Los domingos hablamos antes de que salgan a desayunar a la plaza en busca de los rayos de sol que, en la Regio Emilia, siempre tardan en llegar. Miro la pantalla esperando que la ruedecita que permanece gris se ponga verde. 
Coloco algunas cosas en un cesto de paja, tengo una reunión de amigos. Vuelvo a mirar la pantalla y la rueda sigue gris. Telefoneo a sus móviles y todos, absolutamente todos, están apagados. Eso me inquieta, pero espero guardando ropa en los armarios y calentando agua para una infusión.

Leo el periódico digital y en primera página:  La región del nordeste de Italia, entre las más industrializadas y pobladas de la península, se despertó la madrugada del domingo sacudida por un fuerte sismo, que causó la muerte de al menos seis personas, dejó decenas de heridos y destruyó fábricas y monumentos históricos de la región de Ferrara”.

Y tengo que sentarme porque creo que se me van a doblar las piernas. Se me acelera el pulso, y la mano invisible de la incertidumbre, del miedo, me golpea en mitad del estómago y me convierto en algo tan absolutamente vulnerable y miedoso que no sé si podré pulsar los dígitos interminables que tienen que devolverme, por fuerza y necesidad, la vida de los míos.

Una hora tecleando teléfonos, mirando la rueda gris, llamando en busca de noticias que no llegan y al final, un mensaje escrito de Alex: Noi stiamo tutti bene.

He necesitado tres horas más para poder hablar con mi hermana y que me confirme que realmente están bien. Constanza sigue agarrada a su almohada y  el pequeño Piero tiene una brecha en la frente que cerrará en unos días.  El atolondramiento, la falta de luz, un tropiezo en la escalera y un niño que aterriza con el siguiente escalón, han sido sólo los daños colaterales de un susto mortal. Pero todo está bien, nada que no se arregle con un albañil, un electricista y los abrazos y besos de unos padres que deben reconfortar a dos niños para que el miedo se marche bien lejos.

Pero el miedo me ha podido a mí, la angustia del no saber, la distancia insalvable del silencio, me ha convertido en un ser absolutamente vulnerable, vencida por el desconcertante terror a no poder controlar lo que a mi alrededor se sucedía.

Y era domingo por la mañana, todo parecía empezar bien y, por un momento, esa lluvía que le lavaba la cara a una ciudad medio dormida, se ha convertido en un presagio extraño que nos ha robado la tranquilidad de un día de fiesta cualquiera. 

Las horas me devuelven la calma en lo inmediato pero, de un modo inevitable, la sombra del miedo, del temor, se instala en mí y eso, de momento, va a ser difícil de borrar. Pero ahora, necesitaba exortizarlo aunque sea escribiendo cosas que nunca debería escribir, mientras en el hervidor espera, de nuevo, una infusión que ahora necesito más que nunca.


Natalie Merchant - How you've grown


 

Fotografía Manuel Álvarez Bravo