domingo, 27 de mayo de 2012

MARUSI


El 20 de mayo de 1933, nevó en París. Fue algo misterioso y sorprendente, nadie se podía explicar aquel extraño fenómeno. Sin embargo, Betty Ryan supo que aquella extraordinaria nevada era la señal que el destino le enviaba para invitarla a marchar. Debía regresar a Boston. Esa misma mañana, bajo un frio excepcional, hizo las maletas. Al fondo, colocó sus vestidos de hilo, las medias, y debajo de ellos, enterró las cartas de Henry.

Cabía la posibilidad de que una tormenta de arena lo hubiera sepultado y estuviera muerto, convertido en una duna espesa y errante. Así lo deseaba. Le sudaron las manos y las secó de un modo nervioso contra la falda de lana. No sentía remordimiento alguno, sólo quería cerrar las hebillas de su maleta, la puerta y caminar hasta Gare Du Nord. Coger el primer tren que la llevara hasta Le Havre, embarcarse y dormir hasta llegar a casa. La historia de un fracaso.

Le deseo muerto de verdad, creyó que así sería más sencillo. Todos, incluso uno mismo si se engaña, consuelan la pérdida del ser amado. Reconocer que simplemente se marchó, borracho de aventuras y desamor, no serviría más que para que su vida se prolongara en un triste lamento de deshonra y desdicha.

Se colocó un gracioso sombrerito que él le había regalado en su último cumpleaños. Lo sujetó con unas horquillas y se miró en el espejo preguntándose si había sido el tiempolo que la había convertido en el ser mezquino que ahora tenía enfrente. Pero algo le decía que lo había sido siempre, lo mismo que su piel siempre fue blanca y su pelo castaño, aunque el verano se la encendiera y el cabello se le transformara en un singular enjambre ámbar.

El frio empañó los cristales. Betty supo que no podría llegar hasta la estación del tren, pero sabía que tenía que marchar y que debía hacerlo esa misma mañana.

Atravesó la habitación hasta alcanzar la ventana y vió unos niños lanzándose bolas de nieve. Cerró las cortinas para amortiguar sus risas y puso la tetera sobre el infiernillo. Se colocó los guantes, el abrigo de paño, se tumbó sobre la cama y esperó que el sueño inducido le sobreviniera. Se quedó quieta, muy quieta, acariciando el lomo de aquel animal misterioso, profundamente negro, que siempre la acompañaba y que, envuelto por el rastro químico de lo onírico, con sus garras menudas, destripaba la última esperanza timbrada en Marusi.