lunes, 17 de julio de 2017

Mr. DARCY



-¿Te acuerdas de Marc? Habías jugado en su piscina hinchable. Ahora es un abogado de prestigio.
-No lo recuerdo.
-Parece que se ha divorciado. Su esposa era japonesa. Una raza muy cruel.

El diario de Bridget Jones






He roto la media de mis lecturas y lo contemplo con estupor. Creo que he tocado fondo y que algún que otro desvarío me ha desnortado. Estoy cansada, el año normalmente no acaba en diciembre sino en el caluroso julio, y aunque he comprado unos cuantos libros en las últimas semanas, los voy acumulando sobre la mesa del estudio en un montón que empieza a cegar la lamparilla. Cada vez que paso por ahí y veo el pequeño rascacielos, acaricio las cubiertas y me digo que en agosto volverá la normalidad, que leer volverá a ser fácil incluso con las gafas nuevas. Pero tengo serias dudas por culpa del empacho de la locura de actividad de los últimos meses; necesito resetearme. Llegar a julio como si fuera el fin del mundo, un año más. Y, aunque no es nada nuevo, me vuelve a coger desprevenida, por eso aun me extraño de esta especie de apatía lectora que me demora entre líneas algo más que media vida, y de la que me duelo como alma en pena explicando, a quien me quiera oír, que se me están estropeando las traviesas de mi vida, aunque sepa que no hay para tanto que, en definitiva, todos tenemos parones mentales y el que no, que levante la mano.



miércoles, 12 de julio de 2017

CONFITERIAS


Bajo la luna
El tigre de oro y sombra
Mira sus garras.
No sabe que en el alba
Han destrozado a un hombre...

                                         Jorge Luis Borges




Estamos viviendo en un momento de lo más complejo desde todos los puntos de vista. El descontento es generalizado y la sensación de hastío es ya tan profunda que parece difícil que volvamos a levantar cabeza en los próximos años. No hay manera de sustraerse al pesimismo generalizado y cuando uno se tapa los oídos con fuerza para intentar no desgastarse en exceso y vivir rodeado de las cuatro cosas y personas de su día a día, se queda cojo, falto de una realidad que apremia por las costuras. La ruina se cuela por cualquier resquicio. La falta de una perspectiva y de un conocimiento cierto del sentir de las gentes en momentos anteriores nos hace creer que vivimos lo peor, pero quizá nuestra visión sea solo una desilusión óptica deformada por el desgaste. Nuestras condiciones, en esta parte del mundo, son mejores que hace cincuenta años. La gran mayoría no pasa hambre, los niños están escolarizados, nos morimos en los hospitales de puro viejo y nuestra pobreza da risa a los que cruzan el Mediterráneo en busca de una oportunidad que allí no tenían y que difícilmente tendrán aquí. Nos invade un sentimiento de desencanto profundo. Levantar la vista y mirar al frente no mejora las cosas. Vivimos en un momento extraño, un momento relativo que observamos con el ojo ciego de la historia. Arreglar el desaguisado moral en el que hemos caído no parece estar al alcance de nadie. Vamos cabeza abajo y solo queda buscar refugio en las pequeñas cosas, en las que nos permitan pensar y creer que no todo está perdido. Hay días que vivir hacia fuera es muy difícil y solo es posible mitigar el desconcierto si uno aprieta el botón de apagado de casi todo y uno se enrola en una conversación interminable con un café entre las manos, o llega a casa y se encama con aquellos que más quiere esperando que el mañana sea más liviano y huela menos a pesadumbre.





sábado, 8 de julio de 2017

SOBREVOLAR



Los dioses se han marchado, nos queda la televisión.

Manuel Vázquez Montalván






Algunas tardes, en los días claros, subo a la azotea, saco una cajetilla de tabaco del bolsillo y le doy vueltas. Juego con ella entre las manos mientras me acomodo en la escalera de incendios. Fijo la vista en la línea del horizonte, allí donde el mar se entremezcla con el cielo, e intento ver si de verdad se puede ver, desde esta altura, la isla de Mallorca. Decía mi abuela, que vivía cerca de las Atarazanas Reales, que si uno se empeñaba podía ver las islas encaramándose en cualquier sitio un poco alto de la ciudad. Por entonces la única altura considerable se conseguía pagando unas cuantas pesetas que transportaban al paseante hasta la cúpula de la estatua de Colón y, una vez allí, solo quedaba forzar la vista para alejarse del rompeolas y mirar al infinito. Al final, como un puntito sobre una "i" se encontraba la isla. Nadie, ni siquiera previo pago, consiguió ver nada más allá de las cuatro golondrinas dando vueltas por el puerto, algunas gaviotas sorteando las olas mansas de la dársena y algún que otro pesquero volviendo a casa. 
Ayer tampoco se veía Mallorca. Unas cuantas gaviotas sobrevolaron el terrado imponiendo su graznido sobre el ruido de la ciudad. Al fondo, sólo un buen puñado de rascacielos que malhirieren la línea de la costa. Más allá, la nada. Aun así, quedan las azoteas, las cajetillas de tabaco, las escaleras de incendios y el rumor lejano de la ciudad que para ensimismarse un rato, sin perjudicarse en exceso, tampoco está tan mal.







lunes, 3 de julio de 2017

SATURA PARK


Y yo te sigo viendo
con una nube en cada hombro y una taza de caldo cada día,
y estabas desclavándote
y las palabras que no podías decir,
que no podías decir a nadie en aquel pueblo te iba atando a 
una columna.

Luis Rosales




Empecé haciendo trampa, buscaba entre libros y periódicos una primera frase con la que empezar la hoja en blanco. Era algo así como romper el hielo con un extraño, que se me presentaba distante, con algo ya probado antes con buen resultado. Al poco me di cuenta de que aquella artimaña no servía de nada porque aquellas primeras palabras, que parecía que estaban bajo control, en mis manos se convertían en poco menos que un desastre. Así que improvisé del principio al final, sin nada en que escudarme. 
Le di a leer unas cuantas hojas que recogían la historia de una astronauta que había decidido enrolarse en un viaje espacial con la sola finalidad de desintegrarse antes de cruzar la atmósfera a una velocidad estratosférica. Le vi levantar la ceja. Me preguntó el motivo por el que aquella mujer, que según le contaba había sufrido una inmensidad hasta conseguir trabajar en una agencia espacial, solo pensaba en desintegrarse delante de los ojos de los que estuvieran viendo el despegue. Contesté que no lo sabía, que quizá era por llamar la atención. Dobló las hojas y me las devolvió. Me invitó a dar un paseo. Caminamos en silencio durante una hora. Al llegar a la esquina de la Quinta con Satura Park se detuvo, jugueteó con la punta del pie con las hojas que cubrían la acera, miró al cielo y dijo que parecía que iba a llover. Encendió un cigarrillo y se despidió con un leve gesto de la cabeza. Cuando apenas llevaba unos pasos, y yo me reconcomía por mi torpeza sin fin, se dio la vuelta con la misma lentitud que un fotograma de cine antiguo y le escuche decir que debía seguir pensando, que nadie imagina inmolándose de una manera tan artificialmente estúpida. Siguió caminando y ahí seguí, viendo como aquella espalda se convertía en un puntito indefinido. Miré al cielo y vi la estela de un avión cruzando a toda velocidad. El murmullo de la ciudad me despertó del estado de desconcierto en el que me encontraba mientras unas gotas diminutas empezaban a teñir el asfalto. Al torcer la primera esquina, doblé los papeles, los guardé en la bolsa y pensé que me había ganado un café. Nadie se suicida, ni siquiera en un relato pésimo, de un modo tan rocambolesco y estúpido, tenía razón.









sábado, 1 de julio de 2017

CERTIFICADO DE ÚLTIMAS VOLUNTADES


Algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición, como si fuera un abrigo caro que se ha quedado ya demasiado pequeño.
 Departamento de especulaciones
Jenny Offill







Fue ayer, al volver a casa, cuando me paró Juan para entregarme los periódicos. Se los pagué y le encargué que esta próxima semana vuelva a guardarlos. El próximo viernes, cuando vuelva a casa, se los recojo de nuevo. Le compro prensa atrasada que sé que no leeré porque cuando me los dé ya lo habré hecho de cualquier otra manera. Pero es la costumbre y, de alguna manera, una especie de pacto conmigo misma para que se mantenga abierto el quiosco de la calle en la que vivo. Cuando ya me iba hacia casa, me llamó de nuevo, le habían dejado nota para que pasara por la farmacia, allí  tienen algo para ti, me dijo. La vida de barrio tiene estas cosas, los vecinos te conocen y puedes encontrarte encomiendas por cualquier sitio. No me molesta, en absoluto. Unos metros más allá, entré en la farmacia. La boticaria, un encanto de mujer, me saludó más amable que otras veces si cabe. Compré un par de cosas y hablamos de la semana y de que en el patio me esperaban tres cajones de plástico con un buen surtido de plantas que eran para mí. Cruzamos la rebotica mientras me cuenta que estos días que he estado fuera a Paquita se la llevaron de urgencias. Duró un par de días. Los estiró como pudo hasta que llegaron sus hijos y sus nietos para despedirse y entonces se fue. Ayer cerraron el piso y sus pocas cosas fueron retiradas sin hacer ruido, algunas repartidas según ella quiso y el resto a saber. Una semana y el telón se baja del todo. El propietario debe andar frotándose las manos, un alquiler de renta antigua menos. Recojo dos de los cajones y le digo que volveré a por el tercero antes de que cierre.
Esta mañana de sábado, antes de que el sol empezara a apretar para continuar con una tremenda tormenta, he replantado la lavanda, la menta, la albahaca, la citronela y el tomillo. Mientras hundo las manos entre la tierra, acomodando las raíces con cuidado, les deseo larga vida; y a Paquita, que vivió como le dió la gana desde que perdió a su marido cincuenta años atrás, que encuentre la paz que siempre quiso y que a veces jugaba al escondite entre los tiestos de su balcón. Algunas herencias no precisan más certificado de últimas voluntades que el deseo de uno y las ganas de otro.