sábado, 8 de julio de 2017

SOBREVOLAR



Los dioses se han marchado, nos queda la televisión.

Manuel Vázquez Montalván






Algunas tardes, en los días claros, subo a la azotea, saco una cajetilla de tabaco del bolsillo y le doy vueltas. Juego con ella entre las manos mientras me acomodo en la escalera de incendios. Fijo la vista en la línea del horizonte, allí donde el mar se entremezcla con el cielo, e intento ver si de verdad se puede ver, desde esta altura, la isla de Mallorca. Decía mi abuela, que vivía cerca de las Atarazanas Reales, que si uno se empeñaba podía ver las islas encaramándose en cualquier sitio un poco alto de la ciudad. Por entonces la única altura considerable se conseguía pagando unas cuantas pesetas que transportaban al paseante hasta la cúpula de la estatua de Colón y, una vez allí, solo quedaba forzar la vista para alejarse del rompeolas y mirar al infinito. Al final, como un puntito sobre una "i" se encontraba la isla. Nadie, ni siquiera previo pago, consiguió ver nada más allá de las cuatro golondrinas dando vueltas por el puerto, algunas gaviotas sorteando las olas mansas de la dársena y algún que otro pesquero volviendo a casa. 
Ayer tampoco se veía Mallorca. Unas cuantas gaviotas sobrevolaron el terrado imponiendo su graznido sobre el ruido de la ciudad. Al fondo, sólo un buen puñado de rascacielos que malhirieren la línea de la costa. Más allá, la nada. Aun así, quedan las azoteas, las cajetillas de tabaco, las escaleras de incendios y el rumor lejano de la ciudad que para ensimismarse un rato, sin perjudicarse en exceso, tampoco está tan mal.