No cuesta imaginarte aquí, cercano, hablando de lo que
hablan los que tienen una vida por delante y otra a las espaldas que los doblega,
a veces sí y a veces también. No cuesta imaginarte porque no fueron pocas las veces en las que la realidad nos llevó a horas vagas en las que vencíamos el sueño entre ideas raras y tazas medio llenas. Desvelos de carne y corazones descalabrados que se encuentran y que se confunden entre la maraña que siempre acompaña a la inmediatez de lo que se desborda.
No hay
noches suficientes que desvelen tanto misterio, ni días en
los que la cabeza no duela de buscar el origen de esa necesidad
definitiva. Y al final, algo se rompe, algo que roba los espejismos y los convierte en humo.
Nada queda entre las manos, ni
entre los muslos, ni entre las pocas razones de experiencias pasadas. El tiempo, la nada, el todo, y tu piel que se desdibuja a cada minuto que pasa.
"Llamar a alguien gelatinoso no es insulto". Así lo afirmaba Arístides Paín mientras martirizaba a sopapos a su compañero de pupitre. La gelatina es algo delicioso, repetía, mientras sujetaba contra la taza del water la cara del primer párvulo que encontraba por el camino. Y es que Arístides Paín, metro veintitrés de estatura y veinticuatro kilos de peso, bizco del ojo izquierdo, paseaba su cacareada hombría por patio del colegio, escudado en la condición de hijo del alcalde.
El cuatro de diciembre de 2011, Arístides Paín, metro sesenta de altura, setenta y cuatro kilos de peso, bizco del ojo izquierdo y director de la sucursal de una entidad bancaria de postín, apareció muerto sin aparentes signos de violencia en el callejón que escondía la casa de citas más reconocida de toda la ciudad, “La Volulantiere”.
Dicen, quienes le vieron, que por las comisuras de su boca muerta se deslizaba una sustancia que nadie supo identificar a primera vista, pero que desprendía un agradable olor a frambuesa.
Y es cuando no me contengo que le digo que le echo de menos, pero, inmediatamente, me arrepiento porque no es cierto. Me echo de menos a mí y a él como parte de mi propia componenda.
Este ha sido realmente el primer fin de semana primaveral del año. No había tiempo que perder, tenemos poco. Primero, cuatro cosas, de esas que no pueden esperar y después, a gozar del sol, de los paseos aplazados por la lluvia, por el frio del invierno y de conversaciones sostenidas con los palillos de los minutos escasos.
Ha sido un buen sábado, quizá no redondo (el eterno inconformismo), pero esencialmente bueno.
Estar con tu gente, disfrutar de las cosas pequeñas, del sabor de los primeros berberechos al sol, del vermut de siempre, de las gafas de sol por necesidad, de todas esas cosas menudas que nos devuelven media vida. Una vida que, a diario, dejamos pegada a rutinas, trabajos estresantes y situaciones rocambolescas.
Son las once de la noche, estoy cansada y tengo agujetas, pero bienvenido sea todo ello. El Camino de Ronda está donde siempre, las calas siguen en su sitio, el salitre sigue sabiéndome igual de bien.
Me despido de todo ello y vuelvo a casa llevándome conmigo, de nuevo, lo mínimo que es siempre lo máximo. Un botiquín de supervivencia que, en ocasiones, olvido que existe.
Quizás, por eso, en los días como hoy, uno se transforma, por unas horas, en incombustible y siente la necesidad imperiosa de prologarlo al máximo. Y eso es lo que me dispongo a hacer, estirar las horas.
Ahora que el silencio ya se ha instalado en casa. Tengo sobre la mesa tres películas que guardé para una ocasión como la de hoy, un libro que me apetece un mundo empezar y el Ipod cargado de música. Así que voy a bajar la luz, y empezaré la cara B de un día que amaneció limpio, despejado y acabará de la misma manera cuando los parpados digan basta.
Tengo fantásticos planes para este fin de semana. Prioritario, por encima de las guerras mundiales, de la suspensión de Garzón, de la reunión de la comunidad de vecinos, es pintarse, convenientemente, las uñas de los pies. Hay que ser organizada, tener un aspecto estupendo, desde el extremo norte al extremo sur de tu persona, requiere una organización brutal. La primavera ya está aquí. Las sandalias silban desde el armario. Objetivo: los pies, otramente denominados: pinreles, peanas, quesos, etc. Me quedo con la palabra “pie”.
Todo lo demás puede esperar, hoy sólo importan los pies. Los microcosmos tienen eso, la agenda se organiza en función de cómo le sople el viento al propietario de ese enanocosmos, y como el mío es mío, pues priorizo lo que me da la gana.
Y volviendo a los pies, porque lo demás me la trae al pairo, tengo que afirmar, con total rotundidad, que no deben lucirse, JAMÁS, unos pies que parezcan los que le quedaron a Jesucristo después de arrastrarlos subiendo al Monte Calvario. Así que como parte de la organización de los próximos “fashion month”, llevo varios días pensado en el color del esmalte con los que adornaré los diminutos pinreles en los que acaba este cuerpo serrano.
No es que no tenga otras cosas en que pensar, que las tengo, por ejemplo, si la tierra es achatada por los polos y esas cosas, pero lo prioritario es lo prioritario. Por eso, en mi cabecita sólo resuenan celestialmente dos palabras “Nail polish”.
Acabo de recibir una llamada de teléfono que me pregunta que voy a hacer. Respuesta: “buscar mi próximo nail polish”. Mientras pronuncio las escasas sílabas de estos dos vocablos, poniendo morritos de sirena, noto un increíble subidón, cientos de péptidos escapados de mi hipófisis, me inundan por doquier. Es la magia.
Así que, como no es cuestión de desperdiciar el tiempo, que es oro, ni esos rayitos de sol que esta mañana han revolucionado mis endorfinas. Voy a tirarme a la calle y si no encuentro un cálido “nail polish” que me acerque al clímax, al menos tomaremos el aperitivo y nos olvidaremos de lo gilipollas que es el mundo y lo tronadísimo que está el personal.
P.D.: Por último, espero que los que leen este blog, si alguien lo hace, escuche los enlaces musicales que son casi lo mejor.
CONCLUSIONES DE LAS “V JORNADAS SOBRE ENAMORAMIENTOS GILIPOLLESCOS” realizada en la terraza del bar “El Sota” en el que además de departir sobre el tema en cuestión, se sirvieron varios litros de bebidas espirituosas y tapas por doquier.
Definición de “enamoramiento gilipollesco”
Ese que sufren los adultos superados los cuarenta, habitualmente emparejados y con prole a su cargo, que aparece inesperadamente en su vida, como a traición y por la retaguardia. Provocando insomnios, caídas de tensión, perdida del apetito (lo cual en algunos casos no está mal, pues provoca bajadas de peso que parecían imposibles tras años de infructuosa lucha con mil dietas), audición de los éxitos musicales de los 80 más pastelazos del mercado musical y que genera, en el peor de los casos, unos daños colaterales sin parangón y que tras caer en el desastre no llega, casi nunca, a buen puerto.
A la pregunta ¿Qué haces para que se te pase?, las respuestas obtenidas fueron:
A) A mí no me ha pasado nunca, por tanto, no tengo nada que hacer.
B) Me voy a una pastelería, compro dos kilos de profiteroles de chocolate, me siento en un banco en plena calle y me pongo morada. Al menos me quedo a gusto
C) Me voy corriendo al baño, me miro en el espejo y mientras señalo con el dedo índice a la imagen que me devuelve el espejo, me repito: “tu te has vuelto loca, estás casada, tienes la colada por tender y además no te convienen los excesos, te provocan retención de líquidos”
D) Me tomo un “Diazepan” y me pongo a dormir
E) Le llamo compulsivamente por teléfono hasta que consigo que me ponga una denuncia por acoso.
F) Mando a los niños con mi suegra, me encierro en casa y me trago toda la discografía completa de José Luís Perales.
Ante respuestas tan gilipollescas, los comparecientes decidieron dejar el redactado de las conclusiones para otro día y seguir empinando el codo, lo que llevó a alguno a proclamar, sin vergüenza alguna, aquello de “estoy gilipollescamente enamorado” , tras lo cual explotaron.
Agotamos el poco tiempo que nos queda frente a dos copas apenas probadas. ¿Te das cuenta? En unas horas, tu estarás en un avión y yo en otro distinto. Una verdad a medio camino. Los dos volviendo a casa, tu conmigo, yo contigo y en el equipaje la promesa mutua de volver a vernos el año que viene, a la misma hora y en el mismo sitio, como en aquella película de la que nos reíamos, por considerarla absurda y trasnochada.
Y ahora, así estamos los dos. Una vez al año cruzamos el mundo para encontrarnos en un punto inexistente en nuestras vidas comunes y distantes. Allí, nos volvemos cósmicos, lúdicos, irreales y totalmente locos. Unaexistencia concentrada en 24 horas que siempre saben a poco, pero que jamás alargaremos más allá. Sin embargo, los dos sabemos que el próximo año, sin habernos olvidado ni un solo segundo, nos encontraremos en el mismo sitio y el mismo día para, por unas horas, ser quienes de verdad somos, alejados de todo lo que es superfluo, de lo impuesto y enredarnos, por un tiempo limitado, en nuestras historias, las propias, esas que sólo tienen sentido cuando sólo estamos los dos juntos.