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viernes, 24 de enero de 2020

THESE BOOTS



«Into my heart have I received that lay...»
Samuel Taylor Coleridge.To Williaw Wodsworth





En las reuniones de amigas, cuando se rememoran tiempos pasados, las relaciones presentes pasadas y lo que depara el futuro, siempre acaba saliendo el eterno tema de la atracción. ¿Qué es lo que nos atrae de una persona, qué es lo que nos enamora de ellas. Las mujeres de mi entorno son mayoritariamente heterosexuales por eso la pregunta, casi siempre, acaba concretándose en el  qué es lo que nos atrae de un hombre. Con los años, las idas y venidas de unas y otras nos ha permitido disponer de una galería nada desdeñable de atributos que convierte a alguien en un firme candidato a la ocupación física y psíquica de nuestra persona. Pero las características que nos gustan, que nos atraen y desmontan, son tan dispares como naturalezas tenemos por eso la respuesta a tan jugosa pregunta depende de la esencia personal y del momento vital de cada una. Pero pese a la disparidad de respuestas, existe algo en lo que la unanimidad es absoluta, el común denominador está en el reír, en alguien que provoque la risa sana, cómplice e inteligente, lo que no significa, en modo alguno, el desdeñar el sexo convertido en un poema del calibre que cada una quiera.

El tiempo nos vuelve  más exigentes pero a la vez, aunque parezca contradictorio, más condescendientes. Las explosiones de necesidad de vida se doblegan frente a la inteligencia, la necesidad de calma y tranquilidad. Los esnobismos y las excentricidades van dejando paso a otras cosas que, aunque pueden conservar su punto de frivolidad  y chaladura, no nos acaben convirtiendo en caricaturas de nosotras mismas. Aun así, ante la cuestión de qué es lo que nos atrae de otro, se mantiene en el número uno «la risa», la carcajada compartida, incluso exagerada, si viene así. Reír es de las pocas cosas que aún son gratis y que no cuestan esfuerzo, que facilitan la vida a todo el mundo y nos hace mucho más guapos.







Fotografía: Hanna Nelson

lunes, 18 de septiembre de 2017

DE LAS COSAS FUNDAMENTALES



Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder
 en la vida es tener una infancia feliz.

Agatha Christie





Me encontré a Carlos sentado en el sofá. Se abrazaba las rodillas y unos lagrimones se deslizaban mejilla abajo. Dejé el bolso en el suelo, me agache a su altura y tras levantarle la cara que miraba al suelo como si ahí, entre las baldosas pobladas de migas de pan y chocolate, se encontrara todo el pesar del mundo, empezó a balbucear, sin poder aguantar el llanto, que Florita había muerto. Florita es la tortuga de la clase de “los pulpitos”, una mascota que va de mano en mano cada fin de semana. Este último fue el de su final. El lunes no había vuelto a clase y una pequeña charla de la maestra puso punto y final a la existencia de aquel animal que ha durado lo que dura un suspiro, apenas las dos primeras semanas del curso. Carlos cree que existe un más allá donde van a parar todas las cosas que desaparecen de este mundo. Una especie de tierra paralela en la que además de un hermano al que no llegó a conocer, habita el hámster de su prima Sara, los peces de colores que flotan en el estanque del parque cuando llega la primavera y el alma de su muñeco que destripó en una rabieta y que aún hoy pena.  Pero nadie puede cruzar la frontera del aquí y el allí sin que se le pueda decir adiós, o eso cree él. Por eso, después de quitarme los zapatos, lavarle la cara un poco, preparamos la despedida de la tortuga con la ausencia del cuerpo de la pobre Florita, que mucho me temo acabó por en el inodoro de la familia que debía cuidarla el fin de semana. Un dibujo de una tortuga que bien podría ser cualquier cosa, un caramelo un poco mostoso que rescata de la cartera como alimento para el más allá, y unas palabras elegidas cuidadosamente para desearle a Florita que traspase al otro lado sin miedo y con alegría, acaban enterradas en la maceta del patio. Después, con la serenidad que dan las cosas que se hacen como se deben, me llevo a Carlitos al sofá, nos tumbamos con los pies sobre la colcha y miramos las musarañas mientras su padre trastea en la cocina preparando la cena. La vida, a veces, tiene cosas muy importantes aunque los mayores no sepamos verlo.





martes, 13 de diciembre de 2011

SWEET


"Llamar a alguien gelatinoso no  es  insulto". Así lo afirmaba Arístides Paín mientras martirizaba a sopapos a su compañero de pupitre. La gelatina es algo delicioso, repetía, mientras sujetaba contra la taza del water la cara del primer párvulo que encontraba por el camino. Y es que Arístides Paín, metro veintitrés de estatura y veinticuatro kilos de peso, bizco del ojo izquierdo, paseaba su cacareada hombría por patio del colegio, escudado en la condición de hijo del alcalde.

El cuatro de diciembre de 2011, Arístides Paín, metro sesenta de altura, setenta y cuatro kilos de peso, bizco del ojo izquierdo y director de la sucursal de una entidad bancaria de postín, apareció muerto sin aparentes signos de violencia  en el callejón  que escondía la casa de citas más reconocida de toda la ciudad, “La Volulantiere”.

Dicen, quienes le vieron,  que por las comisuras de su boca muerta se deslizaba una sustancia que nadie supo identificar a primera vista, pero que desprendía un agradable olor a frambuesa.