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lunes, 21 de enero de 2019

LEON



“…por un momento pensé en todos los que ladraban. En aquellos compañeros de infortunio sentenciados a un final infame: perros que, como había dicho el dogo, tal vez un día fueron cachorrillos mimados, felices, arrancados de su sueño confortable por la estupidez y la crueldad humanas, y que ahora, en aquellas sucias jaulas, esperaban su destino…”

Arturo Pérez Reverte, Los perros duros no bailan.






Me encontré a León, tumbado sobre la alfombra. Me pareció viejo, con la mirada acuosa del eterno triste. Llegó como un invitado al que uno no sabe cómo atender, sin un destino cierto pero, solo en tránsito. León era un vagabundo que acabó sentado en la puerta de casa, aún no sabemos por qué. Cuando preguntamos por el barrio, nadie nos supo dar razón. Alguien nos dijo que tal vez, en el pasado, cuando la finca aún no había sido vaciada por culpa de la especulación,  hubiera vivido allí. Pero era difícil que nosotros pudiéramos saberlo, apenas llevábamos dos meses en aquella ciudad. Del edificio no sabíamos nada, solo que  conservaba una fachada espectacular pero el que resto se había construido sobre el hueco que deja lo viejo una vez se viene abajo. Vivíamos solos. Los otros pisos permanecían vacíos.  Nunca supimos cómo se coló en el portal. Se había echado sobre el felpudo, al inicio del tramo de cuatro escalones que llevaban a nuestro departamento.  Y ahí estaba, pasando el tiempo como si más allá de ese rectángulo de rafia el mundo no existiera. Durante un par de horas, lo vigilé por la mirilla, contorsionándome para alcanzar a ver los cuartos traseros que seguían inmóviles. Abrí la puerta, saqué un  cacharro de agua. El hocico fue arriba y abajo hasta que no dejó ni una sola gota. Pensé que debía tener hambre, que ese cuerpo grandote y de pelo estropajoso, necesitaba algo más que agua. Y lo colé en casa, hasta la cocina, padeciendo por las pulgas que el pobre pudiera arrastrar y que tenía todos los números para que pasaran a formar parte de la fauna doméstica. Rebusqué en la nevera y desmigué un cuarto de pollo que había sobrado del domingo. León, que entonces solo era “perro”, se lo comió sin levantar la cabeza ni una sola vez. Al terminar, relamiéndose todavía, restregó su cabeza por mi pierna. Se quedó en casa. Tuve que inventar un buen par de excusas, prometer mil ajustes que después jamás cumplí, aunque tampoco hizo falta.  Un día, al llegar a casa, supe que se moría. Desde hacía un par de semanas apenas comía. Salió a buscarme a la puerta, frotó su cabeza contra mi muslo, se tumbó frente al portal, le acaricié la cabeza, áspera como una crin, hasta que dejó de respirar. León se fue con todo el saber del mundo concentrado en la pupila. Le llamamos León, aunque solo era un perro.







martes, 15 de febrero de 2011

BOLEANDO


Le doy  a la palanca, la bola sale disparada. Recorre la mitad del camino chocando contra timbres, muelles y luces de colores. Cada toque, un descalabro. Tuyo, no mío. Y al final, te  cuelo en el agujero. Directo al infierno. Game Over.

martes, 16 de noviembre de 2010

CARTAS DESDE MI CELDA



Cuando decidimos divorciarnos   no nos peleamos por demasiadas cosas.  La casa en la que vivíamos era de alquiler, el perro era de plástico y los ahorros se fueron en una operación de amigdalitis del gato ya fallecido. El canario había muerto poco tiempo atrás y las mantas, dos que nos quedaban, estaban llenas de bolas.  Poca cosa a repartir. Nos habíamos dejado de querer. Él quería a mi amiga Maripi y yo quería no tener que esconder la botella de anís por las mañanas y ponerme los rulos cuando me saliera del moño. El mayor conflicto llegó cuando tuvimos que repartirnos a mi suegra, o sea, su madre. Yo no la quería, él tampoco. Teníamos un problema. Había que decidir que hacíamos con ella, pues en casa no se podía quedar. El propietario del piso nos aceptaba la nevera vieja y la túrmix para compensar  los seis  meses de renta que le debíamos, pero no aceptaba que dejáramos a la bestia de mi suegra. Había que llevársela aunque sólo sirviera para joder. En mi solución habitacional  (una tienda de campaña del Decathlon) no cabía y una no carga con una ex suegra de por vida. En la de mi propio, la roulote que aportaba Maripi, tampoco. Después de una ardua negociación, decidimos que había llegado su hora. La subimos al coche, la invitamos a comer setas  y un vinito de cariñena que siempre le provocó somnolencia por culpa de una alergia que no comprendí jamás.  Se puso ciega y no reparó que las setas tenían el aspecto sospechoso de malignos boletus asesinos, en el tuperware parecían de lujo. La dejamos durmiendo bajo una encima. Nos marchamos tras vaciarle el bolso y repartirnos la calderilla como si fueran  gananciales  Al subirnos al coche comprobamos la temperatura exterior. Los cero grados no era una sorpresa, hacía tanto frio que los sabañones en las orejas habían empezado a aparecer. Entre la bolinga de la mujer, el frio de la sierra y los boletus, su final dejaba de ser incierto y nuestra preocupación también.  Creí oír un descanse en paz y alguien que contestaba que de paz nada que bastante guerra nos había dado, pero a buen seguro serían los taninos del cariñena de garrafón que me atizé para entrar en calor.  Creo que por primera vez, en los veinte años que duró nuestro matrimonio, nos entendimos. Para celebrarlo incluso echamos un nano en los asientos traseros del panda. Tras eso, nada volvió a ser lo mismo, fue mejor. Él se casó con Maripi y yo con la botella de anís. Vivimos en paz durante unas semanas hasta que un oso encontró a mi suegra. Le había intentado comer la oreja y cayó fulminado por el influjo del veneno de la seta primigenia. Los del Seprona no perdonan. Indagaron hasta que dieron con nosotros, vaya a saber como. Hoy cumplimos condena, no por lo de mi suegra, sino por culpa del oso entrometido. Maldito delito ecológico.