martes, 16 de noviembre de 2010

CARTAS DESDE MI CELDA



Cuando decidimos divorciarnos   no nos peleamos por demasiadas cosas.  La casa en la que vivíamos era de alquiler, el perro era de plástico y los ahorros se fueron en una operación de amigdalitis del gato ya fallecido. El canario había muerto poco tiempo atrás y las mantas, dos que nos quedaban, estaban llenas de bolas.  Poca cosa a repartir. Nos habíamos dejado de querer. Él quería a mi amiga Maripi y yo quería no tener que esconder la botella de anís por las mañanas y ponerme los rulos cuando me saliera del moño. El mayor conflicto llegó cuando tuvimos que repartirnos a mi suegra, o sea, su madre. Yo no la quería, él tampoco. Teníamos un problema. Había que decidir que hacíamos con ella, pues en casa no se podía quedar. El propietario del piso nos aceptaba la nevera vieja y la túrmix para compensar  los seis  meses de renta que le debíamos, pero no aceptaba que dejáramos a la bestia de mi suegra. Había que llevársela aunque sólo sirviera para joder. En mi solución habitacional  (una tienda de campaña del Decathlon) no cabía y una no carga con una ex suegra de por vida. En la de mi propio, la roulote que aportaba Maripi, tampoco. Después de una ardua negociación, decidimos que había llegado su hora. La subimos al coche, la invitamos a comer setas  y un vinito de cariñena que siempre le provocó somnolencia por culpa de una alergia que no comprendí jamás.  Se puso ciega y no reparó que las setas tenían el aspecto sospechoso de malignos boletus asesinos, en el tuperware parecían de lujo. La dejamos durmiendo bajo una encima. Nos marchamos tras vaciarle el bolso y repartirnos la calderilla como si fueran  gananciales  Al subirnos al coche comprobamos la temperatura exterior. Los cero grados no era una sorpresa, hacía tanto frio que los sabañones en las orejas habían empezado a aparecer. Entre la bolinga de la mujer, el frio de la sierra y los boletus, su final dejaba de ser incierto y nuestra preocupación también.  Creí oír un descanse en paz y alguien que contestaba que de paz nada que bastante guerra nos había dado, pero a buen seguro serían los taninos del cariñena de garrafón que me atizé para entrar en calor.  Creo que por primera vez, en los veinte años que duró nuestro matrimonio, nos entendimos. Para celebrarlo incluso echamos un nano en los asientos traseros del panda. Tras eso, nada volvió a ser lo mismo, fue mejor. Él se casó con Maripi y yo con la botella de anís. Vivimos en paz durante unas semanas hasta que un oso encontró a mi suegra. Le había intentado comer la oreja y cayó fulminado por el influjo del veneno de la seta primigenia. Los del Seprona no perdonan. Indagaron hasta que dieron con nosotros, vaya a saber como. Hoy cumplimos condena, no por lo de mi suegra, sino por culpa del oso entrometido. Maldito delito ecológico.