viernes, 26 de noviembre de 2010

ÉL Y LOS PECES ABISALES

Le pensaba tanto que llegó a creer que lo desgastaría. Que lo volvería traslucido hasta desvanecerlo.
El calor era intenso, todo parecía temblar. Desde que se instaló en aquella casa nunca faltaron los limones sobre la mesa. Había leído en algún lugar que bastaba con cortarlos, atravesarlos con clavo y las moscas desaparecían.
No le preocupaban los moscones pesados que atraía el verano. Le inquietaba el calor, los limones y las noches insomnes de pensamientos circulares. Temía que se volatilizara y desapareciera lo único a lo que aún podía asirse.
Cortó el primero en cuatro trozos. Intentó mantener intacta la membrana que recubría los gajos. Cogió uno, se lo llevó a la boca y allí, apretándolo con fuerza entre los dedos, dejó que el jugo resbalara por la lengua. Se le torció el gesto.
Se preguntó por la extraña asociación de ideas. Tal vez en Groenlandia, cuando se sumergen en estados melancólicos, aquellos a quienes extrañan se difuminan hasta convertirse en vahos boreales y los peces abisales dejan de importar mientras beben el mismo zumo de limón que, a ella, le tuerce el gesto.