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jueves, 20 de octubre de 2016

HIPOGLUCEMIA


Un cambio de ambiente es la falacia tradicional en la
 que confían los amores -y los pulmones- condenados.
Vladimir Nabokov





Algo me dice que no falta demasiado tiempo para que se produzca algún movimiento. Es una sensación que se pinza en la boca del estómago, como cuando uno tiene hambre. No hay nada racional que explique el motivo por los presentimientos, la anticipación de movimientos, se centran en un punto tan absolutamente físico como es el estómago. Siempre ha sido así. Aunque a estas horas casi podría confundirse con una ligera hipoglucemia. 



sábado, 16 de abril de 2016

OJO MÁS OJO


Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla. 
Gilbert Keith Chesterton



Empecé a llevar gafas a los seis años. Cuando pude escapar al control de unos padres obsesionados con la cuestión de la vista, me las quitaba, las olvidaba en cualquier sitio y finalmente aparecían en los lugares más variopintos. Opte por las lentes de contacto. Un solo ojo parapetado tras ella y, de golpe, una visión más nítida, aunque solo fuera por fuera. Solo una, no necesitaba la otra, para completar las imperfecciones de este cuerpo asimétrico. Un ojo ciego y el otro más avispado, y la solución solo para uno de ellos, como los antiguos nobles de monóculo aunque sin sangre azul. Pero el tiempo no pasa en balde y aquella extravagancia del parche en el ojo con un dibujo que mi hermana imprimía con fuerza apretando sus “Carioca” contra aquel pegadizo transpirable, ha traído a mi vida las lentes progresivas como un salvavidas al trasiego de visión con el que me entretengo en los últimos tiempos.  Ahora ya solo me falta que la próxima semana me confirmen que los dolores de cabeza solo eran cosa de cristales y giros de cabeza. Cruzo los dedos. He perdido en vista y he ganado en perspectiva, con ello me consuelo.






lunes, 8 de septiembre de 2014

CORMORANES



Eramos yo y el mar. 
Y el mar estaba solo y solo yo.
Uno de los dos faltaba.


El último domingo de agosto disfrazó el atardecer de un rojo desmayado. La tarde, agotada, empezó a decaer mientras un velero desaparecía por la línea del horizonte buscando prolongar el final de un tiempo que se agotó en sí mismo.  Nada detiene el tiempo, ni el volar de los cormoranes que sobrevuelan el acantilado desde el que la vida se exhibe frente a los mortales. Conté con los dedos de la mano y se me nubló la cordura.

El tiempo transcurre de un modo fulminante y el recuerdo se transforma en algo tan difuso que el miedo al olvido enfría el sudor en una tarde de un bochorno atroz. Todo se agota. Y mañana, quizá mañana, mientras intentamos descubrir  quién es el anciano sorprendido que nos devuelve el espejo, el rojo de ese atardecer que un día vivimos nos consuele de todo lo que desapareció sin apenas dejar rastro. Evocar el pasado como una manera de volver a vivir. El ayer convertido en un momento intimo y personal donde todo se confunde y no existe más realidad que la que construyes bajo la luz de un atardecer que solo ha desaparecido en el calendario.


domingo, 6 de abril de 2014

LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR


Creo en las circunferencias, en las esferas, y estoy convencida que la vida es circular, casi un capicúa perfecto. Muchas cosas, muchas situaciones, se cierran igual que empiezan. A lo largo de los años, los círculos son una constante. Al parecer no soy la única que lo cree. Julio Medem en su película “Los amantes del círculo polar” también nos muestra un mundo redondo, una historia de amor circular, la historia de Otto (Fele Martínez) y Ana (Najwa Nimri), dos palíndromos geniales. El amor, grande, secreto, inevitable, que se prolonga en el tiempo y hasta el final



Julio Medem dividió esta dramática historia de amor, en tres partes, como si estuviéramos ante los tres actos de una Ópera clásica. La primera de ella nos cuenta el paso de Ana y Otto por su infancia, el momento en el que se conocen en la escuela de una manera totalmente casual. Los aviones de papel que Otto lanza por la ventana del baño del colegio, un juego intrascendente, unirá a los padres de los dos niños. En una segunda parte, el despertar sexual del amor adolescente, del amor prohibido de los que conviven como hermanos, sin serlo, haciendo creer al mundo que no se importan cuando la vida de uno pende de la del otro, ya en ese momento. Durante la tercera y última parte de la película, los Ana y Otto siguen ocultando su relación aunque la viven de una manera estable. Un acontecimiento dramático le alejará y como no puede ser de otro modo, el tiempo servirá para amortiguar pero no para olvidar. Ella se convertirá en maestra, trabajará en la misma escuela en que los dos se conocieron. Él se hará piloto. Cada uno por su lado mantendrán relaciones sentimentales ruinosas sin olvidarse jamás. Un mañana plagado de amantes que no se concretan en nada, parejas que doblan la edad y que postergan la felicidad para un mañana que no va a llegar.  

Pero la vida es circular y uno y otro, de manera inconsciente, seguirán buscándose, porque la necesidad no cesa aunque uno lo quiera. Ana escapará al círculo polar ártico y allí vivirá días en las que las noches no existen, esperando, lejos de todo, recuperarse a sí misma. Otto seguirá volando, trabajando para el servicio aéreo postal de la zona. Ambos sueñan con un reencuentro y un cúmulo de casualidades desastrosas, mientras la búsqueda interior y la de uno y otro espera, llevarán al dramático final de su historia, como no podía ser de otro modo.



Una película llena de matices, tristes, dramáticos, como acostumbran a ser los amores recurrentes, interminables. Amores que se tornan demoledores. Nadie sale indemne de relaciones amorosas como la que viven Ana y Otto. La dependencia de lo que no se controla adormece y al final mata de pura perplejidad. 

¿Quién no ha vivido una historia que por excesiva incluso ahoga? Los humano nos parecemos todos por eso somos capaces de llorar con Ana y sentir el abrazo invisible de Otto mientras esperamos frente a una laguna  que nos queda tan lejos y tan cerca a la vez.

¿Absurdo? Posiblemente, pero esa es la magia del cine que es capaz de colocarnos tan cerca de sus personajes que podemos sentir lo que ellos siente; vivir lo que ellos viven. Y es esa misma magia la que nos permite, cuando la pantalla se funde en negro, volver a ser un poco más nosotros a fuerza de haber sido otro durante no más de dos horas. 


“Los amantes del círculo polar” es una película fascinante, llena de silencios que lo dicen todo. El círculo perfecto.


martes, 5 de noviembre de 2013

TAP TAP


"¿La creación está inconclusa? Sí. Y éste es el requisito por donde,
 inevitablemente, Dios se me cuela al mundo". 


Le pregunté por qué se sentía insatisfecho, contestó que era por pensar demasiado en el mañana. Sentía cierta aprensión a los futuribles pero su enfermedad “del mañana”, como él la llamaba, consistía precisamente en pensar y construir futuros que se apoyaban en los frágiles “palitos” que encontraba por el camino. Esta extraña enfermedad que convertía a las mujeres más diversas en tronquitos finos y suaves que sostenían sus absurdas fantasías, le acrecentaban las que de verdad padecía, entre otras un misterioso estreñimiento que solo conseguía mitigar bebiendo  un grandísimo vaso de agua caliente después de engullir, casi sin respirar, no menos de media docena de brevas.  



Sobre la mesa vi, semiocultos por los restos de un periódico viejo, las pieles maduras de unos cuantos higos que no me atreví a contar. Nunca me gustó conocer las interioridades gastrointestinales de nadie, pero aquel montoncito agridulce que se desparramaba sobre el mantel era la prueba evidente de que además de ciertas apreturas, andaba imaginariamente enamorado, construyendo un nuevo futuro.


Al cabo de casi una hora de estrambótica conversación, me despedí sin darle la mano churretosa que se empeñaba en limpiar contra la pernera de su pantalón. Le prometí que el próximo día saldríamos a pasear. Necesitaba tomar el aire, que el sol le perfumara la barba, y que el servicio de limpieza entrara y se llevaran toda aquella cochambre que a fuerza de pensar demasiado había acumulado sobre la mesa, bajo la cama e incluso sobre el alfeizar de la ventana que compartía con algunas palomas viejas que dormitaban al sol, si no estaban medianamente muertas. 


jueves, 10 de enero de 2013

BOQUITAS PINTADAS


Decidí encaramarme en la valla que rodea el corral virtual. Apartarme de algunos lugares. Mantenerme en silencio, con los ojos abiertos y los oídos prestos es una decisión tomada a conciencia hace meses. La red, en ocasiones, huele mal, escuece los ojos y provoca dolor de oídos. Así que agradezco la altura y la distancia de los travesaños de esta valla imaginaria que me limito a traspasar para ir a lo mío y utilizarla como un simple modo de obtener información para mi trabajo, mis cosas, y poco más.

Esta misma mañana, mientras matábamos la espera que un sistema caduco impone, mi compañero de horas muertas me hablaba, tras mostrarme un artículo publicado en un periódico digital con motivo de las últimas elecciones de un colectivo profesional, de la cantidad de insultos que la gente es capaz de destinar a sus vecinos de red. Nada nuevo bajo el sol. En la vida tanto virtual (con sus redes sociales y fanfarrias), como en la de carne y hueso (con nuestros vecinos, familiares, compañeros de trabajo y otros especímenes), existe gente que vive en permanente conflicto, gente para la cual el insulto hacia los otros es su verdadero revulsivo.

La vida virtual es un espejo en el que se refleja la vida real. No hay más que buscar. Pero la verdad es que, a determinadas edades y con según que cosas, algunas posturas, por simplonas y malencaradas, no sólo son un desatino sino una verdadera ridiculez que pone en evidencia al que se ensucia la boca día sí y día también.


“A los veinte años es sana y profiláctica la crítica sistemática del mundo, y considerar mediocre a todo el mundo, y no tomar prisioneros. A los cuarenta años, a menos que seas Flaubert redivivo, a nadie puedes llamar “idiota”. Y a los cincuenta es imperdonable hablar mal de nadie, ni siquiera de ti mismo".




Marlango - Pequeño Vals










domingo, 30 de diciembre de 2012

IN ABSENTIA



Queda media hora para coger el coche y encarar una autopista vacía y recorrer los cien kilómetros que separan mi casa del aeropuerto. Cien kilómetros que, un año más, se repiten en un viaje de ida. Cien kilómetros no son nada cuando las veces que nos podemos reunir son cada vez más menos. Les echo mucho de menos, pero la vida nos ha colocado a cada uno donde ha querido o, mejor dicho, donde nosotros mismos hemos querido.


Este año que por fin termina, empezó con el deseo de que, pese a todo, fuera excepcional. Y ¡Vaya si lo ha sido! Excepcionalmente difícil. Trescientos sesenta y cinco días que nos han mantenido en un pulso constante, con los nudillos emblanquecidos por la fuerza de la contención. Podría decir que de rabia, dolor, incluso de una tristeza casi infinita, pero prefiero pensar que en la mayoría de las ocasiones ha sido por mantener firme la mano que se ceñía contra la de un destino que, este año, contra todo pronóstico, se ha cebado en los desatinos, nada deseados. A veces no podemos hacer más, no nos dejan hacer más o, simplemente, ni siquiera queremos hacer más. A veces abandonamos el barco, o nos dejan a merced de las tormentas. Alguien tiene que salvarse, no siempre es consuelo.


Sin embargo, debe ser por esa ingenuidad que resiste los envites de los días malos, por esa mano que se niega a torcer, que aún creo en los momentos de felicidad efímera, en los jirones con los que terminamos cubriendonos el corazón, en la fatalidad que da un brinco y las miles de gotas de ácido suspendidas en el aire se transforman en agua casi bendita que atempera las silenciosas enfermedades del alma. 


Nunca me gustó apostar a perdedor aunque, tal vez por eso precisamente, porque las cosas no salen siempre como uno quisiera, cierro el año con alguna que otra muesca en la rueca del fracaso y algún que otro leve éxito que equilibran, de un modo interesado, la balanza de un año excepcionalmente difícil, complicado.


Bendita ingenuidad. Prefiero creer que cierro la partida en tablas, y el año que viene, pues ya veremos como viene.


Feliz 2013




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"Diciembre es esta imagen
de la lluvia cayendo con rumor de tren,
con un olor difuso a carbonilla y campo.
Diciembre es un jardín, es una plaza
hundida en la ciudad,
al final de una noche,
y la visión en fuga de unos soportales.
Y los ojos inmensos
—tizones agrandados—
en la cara morena de una cría
temblando igual que un gorrión mojado.
En la mano sostiene unos zapatos rojos,
elegantes, flamantes como un pájaro exótico.
El cielo es negro y gris
y rosa en sus extremos,
la luz de las farolas un resto amarillento.
Bajo un golpe de lluvia, llorando, yo atravieso,
innoble como un trapo, mojado hasta los cuernos".

                                                                                                                    Jaime Gil de Biedma

jueves, 15 de marzo de 2012

ASIENTO 3A

María miraba el ala del avión esperando que el pasaje abandonara la cabina. Las prisas no iban con ella, por eso, en cuando los cinturones empezaban a desabrocharse antes de hora, la gente se levantaba para aguardar de pie en mitad de un pasillo estrecho e incomodo, ella giraba la cabeza y contemplaba el ir y venir del personal del aeropuerto. Fue así, cuando ya no quedaba nadie cuando vio, a su lado, un portafolio olvidado.

Pensó en entregarlo a la azafata pero, posiblemente, su propietario, un tipo que no dejó de leer, durante todo el trayecto, el último ejemplar de su periódico habitual, podía necesitarlo con cierta urgencia. Lo abrió y encontró, colocada en la solapa, una tarjeta. Un nombre, un teléfono y un correo electrónico.

Media hora más tarde, María entraba en la oficina. Entregó la enigmática carpeta en recepción y dio instrucciones para que se avisara al propietario. No volvió a pensar en ello.
           
-Soy Javier. Quiero darte las gracias como es debido. Me salvaste una reunión importante. El viernes estaré en Madrid de nuevo. ¿Tomamos un café?

El contenido del correo, la sorprendió, no conocía a Javier, ni sabía de qué reunión le hablaba, así que contestó con un conciso: Ha equivocado el destinatario. No volvió a pensar en ello.

A las dos semanas de recibir el correo desconocido, María recibió en su oficina una nota junto el resguardo de una tarjeta de embarque. En la nota un mensaje conciso: “Soy el pasajero del asiento 3A, vuelo IB 3456 Barcelona-Madrid, 9 de marzo. Mi nombre es Javier. Y ahora, ¿tomamos un café?

María miró por la ventana. Tras el cristal no había ningún ala que mirar, ni personal trasteando maletas, pero lucía un sol espléndido, sobre la mesa, junto a sus expedientes, un ejemplar del mismo periódico que leía el pasajero del 3A,  y se dijo ¿Por qué no?

Marlango - I do

viernes, 26 de noviembre de 2010

ÉL Y LOS PECES ABISALES

Le pensaba tanto que llegó a creer que lo desgastaría. Que lo volvería traslucido hasta desvanecerlo.
El calor era intenso, todo parecía temblar. Desde que se instaló en aquella casa nunca faltaron los limones sobre la mesa. Había leído en algún lugar que bastaba con cortarlos, atravesarlos con clavo y las moscas desaparecían.
No le preocupaban los moscones pesados que atraía el verano. Le inquietaba el calor, los limones y las noches insomnes de pensamientos circulares. Temía que se volatilizara y desapareciera lo único a lo que aún podía asirse.
Cortó el primero en cuatro trozos. Intentó mantener intacta la membrana que recubría los gajos. Cogió uno, se lo llevó a la boca y allí, apretándolo con fuerza entre los dedos, dejó que el jugo resbalara por la lengua. Se le torció el gesto.
Se preguntó por la extraña asociación de ideas. Tal vez en Groenlandia, cuando se sumergen en estados melancólicos, aquellos a quienes extrañan se difuminan hasta convertirse en vahos boreales y los peces abisales dejan de importar mientras beben el mismo zumo de limón que, a ella, le tuerce el gesto.

lunes, 11 de octubre de 2010

AZUL (Fragmento) -Rosa Regás-


“A veces una sola imagen en el recuerdo abarca un periodo completo y acaba definiéndolo de forma distinta a lo que fue en realidad. A veces basta evocar una tormenta de verano con el cielo oscuro, movido y amenazador, con indicios de rayos que apenas estallaron en truenos y dejaron en el aire un fragor sordo y lejano, para que desaparezcan de ese verano los días soleados, los plácidos crepúsculos, las noches con grillos y cigarras y nosotros mismos buscando en la calma del cielo de agosto las estrellas que cayeron en la oscuridad.”
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Nos pasamos la vida creando y creyendo en fragmentos de nuestra vida que no han existido jamás. El recuerdo distorsionado por el sentimiento vivido en el momento concreto, rellenará huecos que hemos creado a base de ficciones inconscientes. Anita Noire



©Fotografía: naq

jueves, 1 de julio de 2010

ESTULTICIA IMAGINADA


La estupidez humana no tiene límites. Llevo unos días pensando en esta cuestión. Siempre me ha sorprendido la capacidad de las personas para crear mundos imaginarios, paralelos a los que viven. Mundos inciertos, no sólo para ellos mismos (legítima opción, a fin de cuentas con su vida cada uno hace lo que quiere), sino para situar, en esas oníricas recreaciones, a los demás.
Colocar a otro donde más nos gusta, o donde nos puede servir para lo que sea (incluso para hacer de pim-pam-pum), puede tener complicadas consecuencias cuando uno no sabe donde termina el juego y empieza la vida real. Por lo general, el “imaginante” se coloca en un escenario incierto, con lo que sus comportamientos, actuaciones y sensaciones chocan frontalmente con la realidad de los demás, los que circulan fuera del onírico mundo.
La imaginación es poderosa y puede ser traicionera cuando uno se sumerge en ella y no da cabida a nada más que no sea lo imaginado. Pretender que lo imaginado cobre forma para convertirse en el mundo que uno está anhelando, es el paso previo a una frustración desmedida.
Lo anterior no es contradictorio con los sueños de cada uno. Todos los tenemos. Todos imaginamos cosas, yo también. Si no fuera así, la vida, en ocasiones, sería una cruz. Pero huyan de los que por germinación espontánea, con su imaginación, aparcan su vida cierta y real por esa que sólo vive en sus cabezas y huyan, sobre todo, si ustedes se ven mezclados en ella sin comerlo ni beberlo.
Este es un consejo que les entrego gratuitamente, el próximo les cobro.

Marlango - silence (in this area)



© Fotografia naq

martes, 6 de abril de 2010

CIRROCÚMULOS


Miro por la ventanilla del avión. No se ve más que un irreal y mullido colchón de cirrocúmulos. Eso y la nada. Volamos por encima de toda esa masa informe desafiando a cualquier ley de la naturaleza. Por debajo, miles de personas que vagan de un sitio a otro, buscando su lugar en un mundo que se nos ha tornado en hostil refugio de nuestras vidas miserables. Pienso en alguien que sentado frente a una mesa está escribiendo, en estos momentos, una nota que nunca me entregará. Apoyada en la diminuta mesa que tengo frente a mi, escribo una nota que nunca entregaré. Enrosco con cuidado el tapón de mi estilográfica, entreteniéndome en cada vuelta que le doy. Vienen a mí, imágenes de gigantescas ruedas de oración tibetanas, símil del capuchón que giro una y otra vez, simulando los cientos de giros oratorios que los mojes budistas dan buscando trascender su existencia. Ellos con su mantra, yo con el mío. Y me repito una y otra vez: basta, basta, basta, mientras cierro, para no volver a abrir, la pluma que sé que jamás volveré a usar.
Miro de nuevo por la ventana. Ya no se ve nada. Hemos empezado el descenso. Yo también. Creo que estoy llegando al infierno y no sé si quiero hacer ningún esfuerzo por salir de ahí.

jueves, 1 de octubre de 2009

¿COMO OLER SU PIEL SI DESAPARECE?






Se sentó en la cama, frente a la ventana, totalmente a oscuras. Sólo el reflejo de una farola que se colaba desde la calle daba un poco de vida a ese rincón absoluto, desolado. Desde que Javier se había ido no había vuelto a encender la luz de aquella habitación. No quería ver nada, nada. Le dolía la ausencia que allí se perpetuaba. Continuamente, como una letanía, le repetían "él se ha ido, ya no está, no volverá". Pero en casa, en su habitación, aún estaban sus cosas. En el armario, su ropa; en la mesilla de noche, su cartera, las llaves del coche, aquella cajetilla de caramelos mentolados que siempre rondaba por todas partes; la última novela que estaba leyendo. 

En la silla, frente al improvisado escritorio, su jersey, una prenda que de roñosa se deshacía y que entonces le disgustaba como pocas cosas. Hoy, frente a la nada, le parecía el mejor de los trofeos. A fuerza de aspirarlo había engullido el olor de su piel, pronto no quedaría nada y sabía que no podría soportarlo. 

Empezaba a desdibujarse, las fotografía le parecían muertas Ni adelante, ni hacia atrás, permanecía varada en el minúsculo momento de un adiós inesperado. Le quería tanto.

 ¿Cómo podía haberse ido así, sin más? Los días se habían convertido en una tortura llena de rutinas con las que intentar no caer fulminada. Las noches, un horror. Se metía en la cama y apretaba los ojos para intentar fijar en su memoria el sabor del último beso de Javier. A fuerza de apretar sólo conseguía lllorar. Llorar porque él ya no estaba, porque se fue y nunca llegó a decirle lo mucho que le amaba. Lloraba porque ya no había vuelta atrás y, en definitiva, porque hoy, como todos los días desde hacía meses, sólo quería morirse.





My love my love is soft when he whispers my love is tough when he cries my love is small as a baby my love shines like rain my love walks like a soldier my love holds like a girl my love's voice is broken my love's hands are soft and strong i am as small as a snail i am as soft as a drop i am lost and crawl but i'll climb only up to you i am angry as thunder i am strong as blood i am as cloudy and clear as all the skies that pass through your eyes we'll be as happy as children we'll be as jumpy as queens we'll fight and fuss for hours only to rest in each other's arms i wait for you