martes, 6 de abril de 2010

CIRROCÚMULOS


Miro por la ventanilla del avión. No se ve más que un irreal y mullido colchón de cirrocúmulos. Eso y la nada. Volamos por encima de toda esa masa informe desafiando a cualquier ley de la naturaleza. Por debajo, miles de personas que vagan de un sitio a otro, buscando su lugar en un mundo que se nos ha tornado en hostil refugio de nuestras vidas miserables. Pienso en alguien que sentado frente a una mesa está escribiendo, en estos momentos, una nota que nunca me entregará. Apoyada en la diminuta mesa que tengo frente a mi, escribo una nota que nunca entregaré. Enrosco con cuidado el tapón de mi estilográfica, entreteniéndome en cada vuelta que le doy. Vienen a mí, imágenes de gigantescas ruedas de oración tibetanas, símil del capuchón que giro una y otra vez, simulando los cientos de giros oratorios que los mojes budistas dan buscando trascender su existencia. Ellos con su mantra, yo con el mío. Y me repito una y otra vez: basta, basta, basta, mientras cierro, para no volver a abrir, la pluma que sé que jamás volveré a usar.
Miro de nuevo por la ventana. Ya no se ve nada. Hemos empezado el descenso. Yo también. Creo que estoy llegando al infierno y no sé si quiero hacer ningún esfuerzo por salir de ahí.