domingo, 25 de abril de 2010

SATAN Y MILES DAVIS


Andaba yo enfrascada entre un pañal, un biberón y un niño poseído por el demonio, por culpa de una madre que ha puesto los pies en polvorosa nada más cruzar el umbral mi hogar y lanzarme una “maxicosi” con Satán en su interior. 

He tenido una revelación: “Soy una floja. Algunos hombres me pierden”. No es una afirmación brillante, lo sé, pero es lo que hay.

Yo no entiendo de niños, no son mi entretenimiento favorito, los prefiero creciditos y enseñado pero por aquello de evitar que alguna amiga acabe en prisión por infanticio o que salte por el balcón, en ocasiones mi casa termina convertida en el punto de recogida de vástagos con "madres que corren más que Abebe Bikila". Sólo pongo una condición: que el asilo no dure más de 4 horas.

Hoy José está especialmente plasta y su madre lo sabe, por eso lo ha dejado aquí. Sus gritos se oyen hasta en la última planta del edificio, tanto es así que en esta casa ha desaparecido todo el mundo y creo que andan refugiados en la cafetería de la esquina. 

Estoy sola con Satán. Tengo instrucciones precisas: “nada de brazos, es un cara dura. Un biberón y que se duerma”. Yo doy las mía: “en cuatro horas aquí, de lo contrario el cochecito termina en el rellano, con Satán dentro”.

Menuda tarde tiene el bendito. Llegó llorando, una hora más tarde sigue llorando. Ni una lágrima, nada congestionado. Es como que ha cogido carrerilla y ahí sigue. Yo a lo mío, ordenando mis Cds y recolocando libros, pero empieza a clavarse en mi cansado cerebro ese gritito infernal. Me va a dar algo.

He probado de todo. Le he dado agua, le he hecho cucamonas y hasta le he dado una galleta. No se la come, no tiene dientes. Me mira con cara de pocos amigos. Está sentado en esa cosa que llaman hamaca y que parece un potro de tortura. Nos medimos las fuerzas. Me mira y empieza a berrar más fuerte. Le he dicho que chupe, la galleta, que está muy buena. No hay manera. Los pulmones los está desarrollando que ni la mñas severa silicosis podría por ellos.
Busco en el baño, encuentro un pato de goma (no voy a explicar que hace allí), y se lo doy. Lo aprieto para que suene como una bocina. José berrea más alto. Le pregunto si tiene sed. "Para de llorar" le ordeno, parece que me entiende pero pone cara estupefacta. Le sonrío (inocente de mí, creo que lo he conseguido), y empieza de nuevo el llanto de “La Traviata”. Llevamos casi dos horas así. 

No puedo más y esto no tiene pinta de terminar. Llamo a su madre y tiene el móvil desconectado. ¡No sabe nada!

Vuelvo al baño, rebusco en los cajones hasta que encuentro un par de tapones para los oídos. Silicona de la mejor. ¡Qué felicidad! Me siento frente a la hamaquita, miro a José con cara de lela y le digo que ya puede berrear todo lo que quiera, que ya no me revienta el tímpano, que hoy no se le libera, le toca potro. 

Hace dos pucheros, y con la galleta hecha trizas en las manos, extiende sus rollizos brazos hacia mí con una infinita cara de pena.

No soy nada. Lo sé. Libero a José. El niño sigue balbuceando poquito a poco, como susurrando. Niño en ristre me siento sobre la alfombra, le digo que escoja él la música, a fin de cuentas dicen que amansa a las fieras, ya no llora. Deja caer su chupete sobre un montón de CDs que tengo desparramados, cae sobre “Generique” de Miles Davis. Eso sólo puede ser una señal. 

Coloco el CD, nos sentamos sobre el suelo, la espalda apoyada en el sofá, y ahora tengo a Satán dormido en mi pecho con su mano cogida a un mechón de mi pelo y succionado su chupete a ritmo de trompeta.

Definitivamente, este es mi hombre.