miércoles, 28 de abril de 2010

EXOTISMOS


En la acera de enfrente de mi casa, hay una enorme casa con jardín. Ha quedado como una de esas reliquias a las que la especulación urbanística ha decidido indultar. Es una auténtica joya arquitectónica en peligro de extinción. Una antigua torre del siglo XIX entre edificios gigantescos de cristal. Tiene un gran jardín en su parte delantera que, sus inquilinos, a los que nunca he visto, debieron atender con esmero, aunque en los últimos tiempo lucía totalmente asilvestrado. Hace unas semanas empezaron a florecer los rosales y unas gigantescas buganvillas que apuntaban una primavera esplendorosa. Está cerrada a cal y canto.
En la acera de enfrente de mi casa, hay una casa con un enorme jardín. Hoy ya no luce los rosales majestuosos. La inmensa buganvilla ha sido sustituida por una vulgar enredadera y el suelo, que antaño era de tierra, lo viste el cemento y la gravilla. Sin embargo, pese al feísmo instalado en su exterior, cuenta la voz popular que, en aquella casa, en su interior, luce el sol todos los días y el olor a fruta madura lo impregna todo. Dicen que la habita un vergel de lindas flores exóticas. Mezcolanza de perfumes, gustos y colores. Un sol espectacular que, según cuentan, acrecienta la calidez de las especies que la pueblan y la amabilidad de quien las huele. Y así debe ser, porque en aquella casa, convertida en un invernadero colosal, donde se dice moran tan espectaculares ornamentos florales, sólo acuden caballeros debidamente equipados con estupendísimas y caras gafas de sol que la abandonan sonriendo mientras entran en fastuosos vehículos que un jardinero fiel les acerca hasta esa reja que custodia el vergel.
Hay que ver lo que tiene la floricultura.

danza invisible - sabor de amor