viernes, 23 de abril de 2010

REFLEJOS CONDICIONADOS


Abro un grifo y un hilo de agua cae en la pila. Veo como corre hasta el desagüe. No sé por qué motivo, pero me he acordado de ti.
Apago la cerilla con la que encendí mi último cigarrillo, sacudiéndola en el aire. Repito un gesto que siempre será tuyo, por eso me acuerdo de ti
Apoyo la espalda en el mármol de la cocina, empieza el agotamiento. Tengo una taza de té entre las manos, olor a canela caliente. Huele un poco a ti.
Paseo por el salón de casa, abrigándome con un grueso chaquetón que desechaste por viejo y que yo he convertido en mi segunda piel.
Me pregunto en que momento me convertí en la extensión de un reflejo condicionado.
Todo lo que hago, todo lo que veo, todo lo que huelo, todo, absolutamente todo, me lleva a ti, a un recuerdo inexistente.
Cuando repartimos lo que a partir de entonces sería sólo tuyo y lo que sería sólo mío, olvidaste llevarte contigo parte de ti y aquí se ha quedado. Tu presencia lo impregna todo. Por eso ahora soy como el maldito perro de Paulov, cualquier gesto, cualquier aroma, cualquier cosa, me lleva a pensar en ti, a mirar en todas direcciones, buscándote.