martes, 13 de abril de 2010

ESPITAS Y HECATOMBES



No sabía en que momento se dio cuenta que se había quedado colgada de un tipo del que no conocía  ni siquiera su nombre. Pero así era. Se había enamorado, sin quererlo, como suelen ocurrir con las cosas importantes de la vida.

No sabía como había sido. Ni siquiera recordaba, ni cuando ni como fue la primera vez que reparó en aquel tipo que, de buenas a primeras, se sentó en su mesa y compartió con ella una conversación de lo más intrascendente.

Meses de charlas sin finalidad alguna, sin más, de lunes a domingo, en el mismo sitio y a la misma hora.

El desastre empezó ha fraguarse el día que salió de su casa y se encontró mirándose en el espejo del vestíbulo, evaluando su aspecto mientras pensaba en cómo la encontraría aquel tipo que, mañana sí y mañana también, aparecía en su vida a las 8:45 y desaparecía a las 9:30.

¿Qué estaba haciendo?

Tenía la insana tendencia a pensar que el enamoramiento es un estado fatal. Quizá un exceso de Corín Tellado, de La Dama de las Camelias o incluso de Ana Karenina, en su adolescencia, y dos cataclismos en su madurez, le provocaban que viviera los enamoramientos como una especie de hecatombe, como una tragedia griega, que la dejaban traspuesta por largas temporadas. Enamorarse, mejor no. Caer de nuevo sería un desastre, entrar otra vez en un estado de enajenación mental que la incapacitaba para calibrar nada de lo que pasaba por su vida, sería un  desastre que no se podía permitir.

Se lo decía a cada momento: "una hecatombe". En silencio, hacia dentro, empezó a repetírselo a aquel sujeto cada día, mientras hablan del tiempo, de la caída de la bolsa, de la inseguridad ciudadana de la trascendencia del amor, de la locura, del vivir con miedo, de la tristeza, de la esperanza.

No conocían sus nombres, ni donde vivían, ni en que trabajaban, ni si tenían familia. Sólo se conocían a ellos mismos, sin artificios, sin nada, en estado puro.

Una cosa así, no podía traer nada bueno.

Ayer, cuando se despedían, como siempre, a las 9:30, ella adelantó un gesto con su mano, le pidió que se sentara de nuevo. Sólo un segundo. Colocó las manecillas de su reloj sobre las 12:30, y le dijo:

–Empecemos de nuevo. Me llamo Carmen y vivo en el edificio de la esquina, ¿Cómo te llamas?.

La espita de la locura quedó abierta.