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viernes, 12 de febrero de 2016

NOSTALGIA*


Es una aflicción que no viene del miedo. Duele el amor mismo, quizás como duelen 
miembros amputados mucho después de perderse. La nostalgia mata así.

Antonio Escohotado



Nos acoge una tormenta torrencial y aunque suena redundante, es así. El atardecer llega pronto, se rasga y litros de agua resbalan sin destino cierto. Dicen que este año el monzón se está portando bien aunque uno, con su mentalidad occidental y acomodaticia, no lo diría nunca. Cientos de miles de gotas se clavan como saetas, duele la carne, duelen los huesos y entrecerrar los ojos para salvaguardarlos es algo más que una necesidad. La ropa se empapa en un segundo y se convierte en una segunda piel angustiosa y turbia. Pero el agua solo trae lo bueno,  así lo repiten una y otra vez acompañándolo con una sonrisa que uno no sabe demasiado bien cómo interpretar. Llegas con el agua, quédate con el agua y vuelta a mostrar los dientes. Las calles están anegadas y el lodo corre junto a los escombros convertidos en una marea nauseabunda. La sensación es desoladora, lejos de aquel trópico de postal de agencia de viajes, por eso se hace imprescindible recordar que no has venido aquí a hacer turismo aunque algunos lo crean. Lo oculto, lo secreto de nuevo, bajo una apariencia que vistes para disimular. Bajo un toldo improvisado, dos criaturas de vientre abombado se balancean al ritmo de su propia letanía, guardando lo que en otros tiempos debió de ser una bicicleta. A unos metros, el misterio del sudeste asiático hace inexplicable la magnificencia con la que a estas horas resplandece la pagoda, porque no hay luz en todo lo que pretende parecer una calle de una de las principales arterias de este caos que alguien llamó ciudad en algún momento. Bordeamos el templo buscando un lugar en el que guarecernos y nos encontramos en un callejón  apenas iluminados por los primeros rayos de una luna que se asoma al escapar del aguacero. Piso un charco y las botas se me bañan de una sustancia indefinida. Un olor penetrante a leche cortada me revuelve el estómago y prefiero no mirar el montón de trapos que taponan lo que parece ser la boca de una salida de aguas porque puede que la sorpresa traiga un filo de muerte que no espero. En la otra punta del planeta se vive de esta manera, bajo la bota férrea de un poder excesivo y cruel que abandona a la suerte del más fuerte y obliga a besar la mano del que va a cortarle la cabeza. Aquí parece que el mundo se pierde entre lo indeciso y la reserva del que prefiere pasar desapercibido para poder sobrevivir. El oasis es un estado mental, solo con eso puede reprimirse cierta arcada física.

*Notas de viaje





domingo, 24 de enero de 2016

IDIOCIA

A veces, el silencio es la peor mentira.
Miguel de Unamuno



Acarrear a cuestas con el sentido trágico de la vida no es cosa de depresivos, ni de pesimistas mal ventilados, sino la consecuencia lógica de vivir con los pies sobre el suelo, haciéndolo sin mayor dramatismo, sin un querer cortarse las venas a cada minuto que pasa, y sin, desde luego, desmerecer lo de esplendido que tiene el hecho de vivir, pero alejándose de los optimismos desmesurados de los que prefieren hacerlo bajo la patente de corso de la ignorancia y la sinrazón, viviendo de espaldas a la realidad, que es la que es. Porque, sin incurrir en emociones desgarradoras, las circunstancias están para pocas bromas y aunque las intentemos disfrazar de futuros prometedores, no hay que olvidar que el mañana es algo que no existe hasta que se llega a él, si es que se llega. Vivir de cara a la realidad nos permite, saber de la maldad humana, pero reconocernos también como seres capaces de amar la belleza, de dar vida y de recibirla, de vivir al amparo de la mediana felicidad que cada día, segundo a segundo, hay que labrarse. No cabe parapetarse detrás de las bondades humanas que no siempre existen, ni de las maldades infinitas. Vivir con la consciencia de la realidad, alejándose lo máximo posible de algunas posturas que solo ofrecen una perspectiva torcida de la existencia. El correr de los años enseña algunas cosas, como tomarse la vida con cierta filosofía, parda si se quiere, pero filosofía al fin y al cabo, que permite huir con cierta consistencia de algunos extremismos vitales y resguardarnos bajo el paraguas del confort que da el saberse ajeno a ciertas idiocias colectiva que, de vez en cuando, ataca por todos los lados.



lunes, 5 de octubre de 2015

DIARIO 2.0



Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear.
Roberto Bolaño


I.- Inicio la lectura de “El rapto de la gaviota”, un libro que no existe pero que se debate embrionariamente entre la muerte anticipada y la peste de lo que se pudre antes de ver la luz. Al final, siempre es lo mismo.

II.- Cuelgo el teléfono y señalo en la agenda el 23 de octubre con un círculo rojo y la palabra “marcador” y un escalofrío me recorre el cuerpo. Ahora mismo sería capaz de limpiar algunos baños para exorcizar unos cuantos fantasmas.

III.- En la prensa del día encuentro una foto mía, y aunque la noticia es de hace un par de semanas, la fotografía tiene más de dos años. La fama y yo nunca fuimos de la mano, pero me llama mi madre, llena de orgullo y satisfacción, para recordarme que la notoriedad casi siempre es inmerecida y que esta semana pase por su casa, hay que limpiar la uralita del patio interior. Nada como que te hagan tocar de pies al suelo. La mierda siempre es un buen aliado.

IV.- Anotado queda, ni un solo libro más hasta que termine el mes. Revisar todo lo que hay pendiente en casa o cortar la tarjeta VISA. El que avisa no es traidor y Knausgård no es Dios, aunque bien pudiera ser su profeta.

V.- Repetirle al oído, mientras duerme, que mi suerte guarda su nombre antiguo. Su nuca siempre huele bien.





domingo, 20 de septiembre de 2015

REMAR CONTRACORRIENTE



Y, de repente, me vuelve el valor. Poco a poco me siento mejor y decido encender mi pipa. Macke me declara entonces su amistad. Hasta ese momento me había tomado por una suerte de monstruo perfecto y ahora resulta que fumo una apacible pipa.Algo de todo esto le parece terriblemente maravilloso.

Paul Klee -Diario de un viaje a Túnez-



Con el tiempo empezamos a descuidarlo todo, a olvidar como se olvida lo que se tiene cerca. Cada uno se coloca en la zona de comodidad que se construye con los cuatro mimbres que se tienen a mano. Algo así como una ciudad que se va quedando enclenque. Las grandes infraestructuras siguen estando donde estaban, pero solo de un modo aparente. Construir cuesta relativamente poco, mantener cuesta mucho, algo así como varios disparos a quemarropa en mitad del entendimiento y de la emoción. Lo enfermizo se instala en lo cotidiano como un estado natural. Y una mañana eres incapaz de reconocer la calle por la que cada día caminas; de encontrar, porque ya no está, la mano que te sostenía frente al precipicio. La ruina instalada, todo se tambalea y quieres sentarte. Sentarte para no perder nada de vista; para observar; para entender; para intentar recuperar lo que aún no sabes como se coló por el desagüe mientras vivías una vida de prestado. Reparas en los socavones de la acera, en lo mayor que estás, y cuentas los minutos, quizá las horas, que faltan para volver a besarle en la boca. 





martes, 25 de agosto de 2015

AGOSTO SE DISUELVE EN AGUA



El único misterio del universo es que exista un misterio del universo.
Fernando Pessoa


Agosto es un mes que pasa lento. Horas de páginas que giran hacia delante y hacia atrás porque la concentración es poca aunque las ganas son muchas. El fantasma de la nada llega una y otra vez y rompe el ritmo. Agosto es un tiempo que se mide entre la calima y el olvido, entre el suero y la calma, la risa y el llanto, entre la compañía veterana y las espantadas advenedizas. Agosto se llena de horas lentas que se mueren jugando a los chinos, entre historias mil veces repetidas porque el verano en la ciudad es lo que tiene, todo parece nuevo y en realidad todo es muy viejo. Decía Pessoa que "por la boca muere el pez y Oscar Wilde", pero  Don Fernando se dejó a la mitad de la humanidad en el tintero. Agosto es un mes que se disuelve en agua salada.



lunes, 27 de julio de 2015

LO VITAL




«El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.»
Gabriel García Márquez



Hay una gran diferencia entre "estar solo” y “sentirse solo". Lo primero acostumbra a ser un estado no siempre sencillo de alcanzar, aunque deseable. "Sentirse solo" es algo muy distinto. La soledad es un sentimiento tremendo que deja las entrañas huecas, que la agrava la impotencia que siempre lo acompaña. Es un abismo en el que se navega a la deriva, abandonado por los que se quisiera tener cerca. En el "estar sólo" hay una voluntad, una naturalidad que se pierde cuando viene impuesta y lo transforma en un sentimiento, en algo íntimo que desbroza por dentro.

Pero algunos pensamos que no hay nada más natural y humano que reclamar un espacio propio, o un poco del tiempo que las obligaciones y la vida compleja nos roba.  Hay placeres mucho más mundanos, pero algo tiene de especial el poder estar a solas con uno mismo, ensimismado en pensamientos que casi nunca surgen cuando uno se encuentra acompañado. 
Enredarse con la propia sombra, sin tener que rendir cuentas a nadie, perderse en actividades que a otros pueden parecer extrañas o estúpidas pero que son fundamentales. Retirarse para no hacer nada o para hacerlo todo.  La soledad querida, buscada de propósito, es una bendición de la que es difícil disfrutar. 
Nos encontramos permanentemente rodeados de gente que casi siempre nos interesan bastante poco y eso, a veces, es complicado de sobrellevar. Puede que por eso que el que busca la soledad de propósito jamás se siente abatido, sino plenamente dispuesto, entregado consigo mismo y frente su propias necesidades. Lo vital, lo fundamental.




sábado, 4 de julio de 2015

DORMITAR



«¿Y en quién confía usted? - le preguntó Morini.
 -En la gente que come cuando tiene hambre, supongo -dijo el desconocido.»
Roberto Bolaño



Es de agradecer que a esta hora temprana el poco aire que corre no haya huido despavorido con las primeras luces de la mañana. Con el calor, el dormir se convierte en una gesta tan inalcanzable como deseada. Las sabanas son un amasijo revuelto que guarda el calor del cansancio que se acumula por jornadas extenuantes que parecen no acabar con la caída del sol. Es sábado, las obligaciones se relajan.

Preparo la medicina para Dalhman. La proximidad del disgusto nos ronda desde hace un par de semanas, pero mantenemos la rutina para que nada decaiga. Un leve maullido; un poco de agua fresca del grifo al que se encarama con dificultad; una cucharilla para mezclar el polvo de una pastilla diminuta con un poco de atún en lata. Lo engaño como puedo, aunque soy yo misma la que se engaña pensando que la fuente de la vida se encuentra en un comprimido diminuto, que deja esparcido por la cocina un aroma dulzón medicamentoso. Pero es un animal bueno, y aun con dificultad, lo tomará sin protestar demasiado. Y así, después de relamerse un poco, este anciano perezoso buscará la sombra que aún tiene que llegar y dormitará sobre las baldosas del patio durante horas. Un saquito de pelo y huesos enroscado sobre sí mismo. A ratos nos asomaremos para observarlo, lo vigilamos desde lejos, como si de esa manera exorcizáramos la inevitable marcha que está por llegar, más pronto que tarde. Respira tranquilo, sigue durmiendo.

Dalhman dormita y Bill Evans que se cuela por la ventana. El aire que aventa estas primeras horas del día desaparecerá en nada y volverá, otra vez, el calor infernal de este julio mediterráneo, pero Dalhman, por suerte, aun dormita.


martes, 16 de junio de 2015

DIARIO 2.0


«Are you back in my life to stay
or is it just for today
oh that you're gonna need me?
if it's a thrill you're looking for
honey, i'm flexible. oh, yeah.
just be for real won't you, baby
be for real oh, baby»



En la época de la tecnología universal, cada vez que muere un personaje conocido, la red se llena de lamentos profundos y sentidos que la convierten en una plañidera digital, tan falsa y efímera como aquellas matronas que se disfrazaban para verter unas cuantas lágrimas ante el féretro de un difunto que no les importaba nada. La catarsis del lamento colectivo es algo propio de estos tiempos en los que somos capaces de olvidar al que tenemos a nuestro lado y mostrar una gran conmoción por asuntos que no dejan de ser anécdotas de un día cualquiera. Es la poesía de la red, tan breve, tan liviana, tan absurda. 





miércoles, 10 de junio de 2015

DIARIO 2.0



«¿Parecemos el tipo de individuos que entrarían en un campamento en la noche, 
a hurtadillas, a anestesiar a alguien, amputarle una pierna y llevársela?»
Monty Phyton



Un pequeño accidente doméstico acaba con una sangría en la pica de la cocina. Y aunque la sangre es mía y no llegará al río, se me va la cabeza pensando que no hay dolor en la lesión sino la inquietud de lo que llega de un modo inesperado y rompe con la normalidad. Un vaso menos y casi dos dedos también, meñique y anular. Nadie dijo que el despiste y la fragilidad del cristal “Made in China” no fuera un buen modo de acabar con lo superfluo. Recojo como puedo, envuelvo la mano en una toalla y me voy al ambulatorio. Por el camino pienso que necesito, no dos vida, como decía aquel, sino tres: una para vivirla como pueda, otra para perderla como quiera y otra para sortearla entre quien me dé la gana. Unas tiras de puntos de sutura y a correr. Es la imposibilidad de la pausa.



domingo, 24 de mayo de 2015

ISRAELITAS




«Cuando terminó hizo un rollo con sus papeles y los introdujo en el tubo neumático. 
Habían pasado ocho minutos. Se ajustó las gafas sobre la nariz, suspiró 
y se acercó el otro montón de hojas que había de examinar.
Encima estaba el papelito doblado. Lo desdobló; en el había escritas estas palabras
con letra impersonal: Te quiero.»

George Orwell



He pasado buena parte del día corrigiendo y volviendo a corregir parte de los capítulos de un trabajo en el que participo. Al mediodía, un descanso y, después de comer, vuelta a empezar. Puedo contar no menos de cinco borradores y aunque ninguno me satisface del todo, el tiempo apremia y no puedo seguir demorando más la entrega. He intentado hablar con él, pero nunca está cuando le busco. Su teléfono está apagado y dejarle mensajes no sirve de nada, jamás los escucha. Pero necesidad apremia y como una acosadora sin igual, insisto una y otra vez, hasta que mi móvil saca humo y el suyo también.

Consigo que me dedique parte de la tarde y aunque me mata la impaciencia, hemos discutido durante un buen rato sobre las bondades del café. Desde que lo sustituyó por el rooibos, su descreimiento sobre las gracias de nuestro antaño común brebaje no hace más que aumentar por días. Lee mis notas, mueve la cabeza y bosteza. Nunca se ha molestado por esconder lo que le aburre y en este caso, está claro que lo que ahora tiene ante sus ojos le parece un fastidio. Recoge los papeles, los coloca en el portafolio de plástico y lo empuja con cuidado hacia mí. Habla del tiempo, de la necesidad de que poden a conciencia todos los plátanos de esta ciudad que terminarán por matar a alguien con ese polen y esos troncos envenenados. Esa es una gran verdad. Sólo cuando le pregunto directamente con un desesperado “pero, ¿piensas decírmelo ya?”, se rasca la barbilla y con un “vuelve a empezar” se queda más ancho que largo. Me quedan veinticuatro horas y algo habrá que hacer, y ese algo es “volver a empezar”.

De camino a casa maldigo mi sombra, el portátil, la falta de tiempo, la espesura que me tiene agobiada desde el viernes pasado y la sinceridad de algunos, aunque sé que esto último es lo mejor que le puede pasar a cualquiera. La verdad escuece pero no mata.

Paso por delante de dos colegios electorales, en la puerta gente haciendo cola, interventores pelando la pava entre ellos, y periodistas persiguiendo sus "israelitas". Entro en un colmado y me abastezco. Compro una botella de cola, litro y medio; una revista de viajes y una barra de pan. Los domingos siempre han sido raros y éste, apretado por las premuras de las obligaciones, no iba a ser menos. Ahora faltan los resultados electorales, que mis dos capítulos ganen decencia, que la cola se desbrave y que me sepa presente.





sábado, 25 de abril de 2015

PARADA -BUDAPEST-


Cuanto más se vive, mejor se convive con la imperfección de la existencia
 y se aprende a no ser el protagonista de la propia vida.
Claudio Magris

Una débil nevisca cae sobre el Danubio y la ciudad parece un formidable bibelot agitado por la mano temblorosa de un gigante perezoso. Anochece antes de que la digestión de mediodía termine. Salgo a pasear con Marie para que las horas que aun faltan para que podamos considerar que ha llegado la noche pasen un poco más deprisa. La falta de luz no acorta los días, sino todo lo contrario, los hace eternos pero demasiado sombríos. Nos acercamos caminando por la ribera del río hasta las puertas del Parlamento, desde allí el Palacio Real, en Pest, y el Bastión de los pescadores se muestran en toda su magnificencia y nos recuerda lo insignificantes que somos. Volvemos sobre nuestros pasos, guardándonos del relente de un anochecer que empieza a helar. Ahora ya sentadas en un banco frente al río, contamos los zapatos de bronce que recuerdan a todo aquel que se acerca que el  ser humano es ingrato, salvaje y cruel. Nuestro genoma debería poder grabar la huella de los que nos precedieron, la de sus barbaridades, para que no olvidemos de dónde venimos y lo que somos capaces de hacer. La delicadeza es algo que se aprende. Aun así, me pregunto si esos vestigios gravados a fuego en nuestra memoria no servirían, en realidad, para cocer nuevas atrocidades, tomando como muestra un pasado tremendo para mejorarlo, sofisticarlo y hacerlo más mortal, más humillante, más denigrante, si cabe.

Apenas hablamos porque aunque ella chapurrea algo de español, mi incapacidad para pronunciar ni una sola palabra en húngaro dificulta mantener una conversación por sencilla que sea. Nos encaminamos hacía uno de las muchos cafés que, pese al frío, pese al anochecer temprano, abarrotan las aceras de terrazas que bordean los márgenes del río.

Apuramos un café caliente que reconforta por dentro a la vez que la fisonomía de un violinista, que guarda en su cuerpo las sombras del otro costado del muro, se clava en la retina para siempre. Al lado, una mujer hermosísima que muestra sin mostrar que la carne siempre que se paga es carne y nada más y, un poco más allá, papel que cruje sobre papel guardando los secretos de una decadencia buscada de propósito.

La geografía humana descrita en el Danubio, en los recodos de una ciudad que nunca olvida que la grandeza igual que viene se va, y que no hay soledad mayor que la de la compañía no deseada.




domingo, 12 de abril de 2015

IMBORRABLE


La vitalidad se revela no solamente en la capacidad de persistir sino en la de volver a empezar.
Francis Scott Fitzgerald



Recibir la noticia del suicidio de alguien cercano es una de las más impactantes que se pueden recibir. Con la noticia, y el inicial desconcierto, se inician toda una serie de preguntas que pocas veces obtendrán respuestas. El vacío y el sentimiento de culpa campa a sus anchas y la sensación de que tal vez algo más se pudo hacer quedan suspendidos en el aire transformándolo en algo denso, pegajoso y casi irrespirable.  Un diagnóstico médico no consuela, sino todo lo contrario. Los problemas de los demás acostumbran a parecer manejables cuando es otro el que los sostiene, y es así porque el escenario en el que ese tercero se mueve casi siempre está trucado por la distancia. Por eso, aunque se le de mil vueltas a aquellas frases pronunciadas en los últimos tiempos;  aunque se intente desgranar cada segundo compartido buscando alguna señal secreta (que nunca aparece) que de algún sentido al desenlace, nada explica la tragedia que queda para aquel que sigue viviendo, estupefacto, a veces inconsciente, el derrumbe personal de otro. Porque la desventura no es para quien se quita la vida (a esa ya le puso un fin premeditado su propietario), sino para todos aquellos que quedan dando vueltas a un final que casi siempre se muestra incomprensible e imborrable.









lunes, 2 de febrero de 2015

GISELLE Y CAPERUCITA PERDIDA POR LA AUTOPISTA


Pero ¿Qué te ocurre? Sabía perfectamente lo que le ocurría. El amor.


Llegué el viernes sin avisar demasiado que iba. Había apuntado que tal vez, que quizás, que si la cosa se ponía a tiro, pero lo cierto es que tenía los billetes desde hacía un par de meses. La intención de sorprenderles a la salida de la escuela hizo que durante semanas me mordiera la lengua y me hiciera la loca. Y loca me volví, y el resto un poco también, porque si hay algo que me gusta es mi gente, los míos. Y son capaces de trastornarme para bien y, por qué no decirlo, para mal también. Por eso casi nunca importan las cosas coyunturales, y no importa que el termómetro no suba ni poniéndolo en agua caliente, ni que las turbulencias te dejen medio cao, ni siquiera los kilómetros conduciendo entre la niebla como si fueras Caperucita perdida en mitad del bosque. Y casi tampoco importa, aunque a veces se crea que sí, que cuando la cosa se acaba a una le quede la sensación de que se pierde parte de la vida, de la vida de otros que es la vida de una misma, porque se sabe de antemano (y de mano después), que la cosa va así. Así que si un día alguien les llama para decirles que lo que más le gustaría en el mundo es que estuvieran allí, no lo duden, vayan. Lo circunstancial apenas importa más que si va a convertirse en una excusa. Cuando algo importa ningún esfuerzo es demasiado, y lo de menos, en este caso, era Giselle. Pero no, Giselle cuando tienes nueve años también importa, y mucho.






martes, 27 de enero de 2015

70 ANIVERSARIO DE LA LIBERACIÓN DE AUSCHWITZ


 Auschwitz-Birkenau


Art. 1 DECLARACIÓN UNIVERSAL DERECHOS HUMANOS

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

***

Hoy se conmemora el 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Ausschwitz. Una de las grandes atrocidades de la humanidad. Sin embargo:




Auschwitz-Birkenau


Sierra Leona



Srebrenica




Bosnia-Herzegovina





Siria


Campamentos saharauis



Más de cincuenta años separan unas y otras fotografías. No hemos aprendido nada. En algunos lugares del mundo los Derechos Humanos son papel mojado y el resto lo mira como si todo fuera una película.




domingo, 11 de enero de 2015

COLAS QUE NO SON RABOS


"Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo y hechizar las autopistas.
Creo en la migraña, en el tedio de la tarde, el miedo al calendario,
 la perfidia de los relojes... creo en las gasolineras abandonadas 
(más bellas que el Taj Mahal)... creo en nada". 


Casi todas las cosas tienen un algo que las hace diferentes, puede que tenga algo que ver con la manera en que las miramos y en cómo se las explicamos a otros. Ambas cosas tienen mucho que ver con el estado de ánimo en el que nos encontramos en cada momento. De manera que puede que algo tan fastidioso como una cola ante un mostrador de facturación pueda darte feliz oportunidad de descubrir, si el tiempo y el humor de acompañan, que en las Islas Aran se cría la mejor lana del mundo, que esa información te produzca una una enorme satisfacción que almacenas en tu disco duro para que en la próxima oportunidad que tengas de pisar la verde Irlanda intentes hacerte con un jersey que protegería la mismo Amundsen del gélido hielo. O puede que en esa misma cola, en la que ni el tiempo ni el humor te acompañen, saques a la peor bestia que habita en tu interior y aparezca ante el niño que berrea y que aunque no levanta un palmo del suelo, ya ha tirado dos maletas, ha lanzado el botellín de batido contra la abuelita Paz que acompaña a la familia vecina y tengas ganas de estrangular, no al infante, sino a los padres que lo parieron por no frenar a tal engendro del demonio.

Puede que por eso precisamente, porque cada uno vemos lo que vemos aunque frente a la nariz tengamos exactamente lo mismo, esta misma mañana, la demora en mi vuelo a la que suscribe le haya parecido una tortura, una especie de castigo a su díscolo comportamiento y, sin embargo,  a los muchachos que me precedía en la cola (uno que debía embarcar un par de horas más tarde hacia una ciudad del norte y una que debía embarcarse en mi mismo avión), ese retraso les pareciera una especie de premio de consolación ante la inminente separación y por eso lo celebraban comiéndose a besos ante el resto del pasaje.

Ver y mirar nada tienen que ver. Lo mismo que nada tiene que ver la ida con la vuelta, el amor con el querer, el vicio con el fornicio, ni la lana de aran con la lana merina. Aunque yo de esto último no sé mucho, pero por si acaso y como el humor esta tarde me acompaña, puede que anote en la lista de propósitos hacerme con un jersey de las islas Aran, pues nunca se sabe y, al final, como es bien conocido, a la que suscribe, que tiene intención de terminar en una mecedora sentada en el porche de una granja en Las Feroe, el suéter en cuestión le venga fenomenal.


sábado, 3 de enero de 2015

ARISTAS



No me gusta la gente que nunca ha tropezado ni caído. 
Su virtud es sin vida y no vale mucho. 
La vida no les ha revelado su belleza.


El hombre se construye a base de gestos repetidos, costumbres individuales o generalizadas por los que nos antecedieron en el tiempo. Es por eso, por pura costumbre, que ante la inminencia del cierre de una etapa, de un periodo, de un año, realizamos balance sobre lo habido y lo que debería haber habido. Los balances contables, con su "debe" y su "haber", se parecen un poco a esta recapitulación que hacemos sobre nuestra vida cada vez que se acerca el final de algo. Sin embargo, cuando se empieza a pensar en el transcurso del tiempo como en una sucesión encadenada que no se fracciona nunca, la necesidad de hacer balance deja de precisar de espacios temporales concretos y queda para momentos vitales determinados que marcan un antes y un después en el acervo de cada uno. Por eso es pura casualidad que en estos momentos, coincidiendo con el final del pasado año y el inicio del actual, quiera reconocer y reconocerme algunas metidas de pata espectaculares, algunas faltas de tino y, porque no decirlo, alguna andanada que ha podido doler. No me escondo de ello. Todos damos y todos recibimos, a veces de una manera oportuna y en otras, menos deseables, mucho menos oportunas.

Decía Rojas Marcos en una artículo publicado hace unos días sobre cómo ser mejor persona (y así titulado también) que “solo las personas singulares se detienen y tratan de rectificar y limar algunas aristas de la vida personal”Mientras lo leía me preguntaba si la “singularidad” del individuo es previa a la capacidad de pararse (a pensar) y rectificar, o si esa “singularidad”, a la que Rojas hace mención, se alcanza precisamente cuando uno es capaz de pararse (a pensar) y, si toca, rectificar (porque no siempre pensar nos conlleva a rectificar nada). La que suscribe cree que es precisamente lo segundo, porque la singularidad en sí misma, prima facie, no existe.

Las aristas forman parte de la condición humana por eso aunque se pare y se rectifique, las aristas siguen ahí porque éstas, por su propia naturaleza, crecen al amparo del desarrollo personal de cada uno, engordando a la sombra de la repetición de comportamientos y emociones y, casi siempre, esos costados rugosos y punzantes son el terreno sobre el que se abonará parte de una manera de ser y de entender la vida que en ocasiones nos aproximarán a la mezquindad y en otras a la grandeza. 



domingo, 14 de diciembre de 2014

AGUJEROS NEGROS


"¿Qué puedo decirte de los seres humanos? me sorprenden tanto por sus buenas
 cualidades como por las malas. Son extraordinariamente diferentes, 
aunque todos conocen un idéntico destino. Imagínate a un grupo de gente
 bajo un temporal: la mayoría se afanará por guarecerse de la lluvia, 
pero eso no significa que todos sean iguales. Incluso en esa tesitura 
cada cual se protege de la lluvia a su manera".


Una bandada de gansos sigue el curso del Danubio que se arrastra entre unas corrientes vertiginosas, casi invisibles. Pongo mi mano a modo de visera para evitar que la lluvia emborrone el espectáculo de estos pájaros formando una uve casi perfecta que buscan una salida al mar. Les sigo hasta que los pierdo de vista.
El día se ha levantado sombrío, como corresponde al mes de diciembre. La lluvia azota los cristales de este café desde el que intento escribir unas cuantas notas sobre los “agujeros negros” en las relaciones personales, pero me siento incapaz de hacerlo en este ordenador prestado, con el cielo que ha adoptado una tonalidad verdosa y la estrepitosa humedad que lo envuelve todo. Empiezo hasta cuatro veces, todas ellas de un modo distinto, todas ellas igual de absurdas. Y al final, mientras bebo un vaso de vino caliente que reconforta, pero que a buen seguro me provocará un fuerte ardor de estómago, la idea queda apuntalada y a medias, a la espera de que con el ánimo menos apagado algo de claridad se presente y explique la perplejidad que por sí misma me provoca.
Para las cuestiones tangibles casi siempre tenemos una explicación que se basa en un cúmulo de reglas de la física y de la química a las que los científicamente analfabetos nos sometemos dócilmente, resguardados por la fe ciega de las “verdades” que otros acordaron como principios universales. Sin embargo, ¿Qué ocurre con aquello que no se puede ver? ¿Con aquello que se escapa de lo material y vaga por ahí sin circunscribirse a ninguna regla de la lógica, de la física o de la química?
Desde el río, una brisa fría se abre paso y hace ondear las banderas y estandartes que engalanan la ciudad. Es la misma brisa que obliga a arrebujarse dentro del abrigo y a caminar de un modo humilde, casi sumiso, con la vista clavada en el empedrado húmedo y destartalado para poder seguir adelante, caminando y buscando el modo en el que expresar que en el universo hay cientos de agujeros negros destinados a centrifugar de un modo colosal las inconclusas relaciones personales, las complejas reacciones humanas. Agujeros que giran de un modo magnánimo para que se vaya desvaneciendo, cada día un poco más, la extraña sensación de no controlar absolutamente nada. No obstante, la fuerza que emana de todo lo inmaterial, de lo emocional, no desaparece nunca aunque se transforme y, al final, concentrada en algún lugar del universo indestructible, acabará convertida en polvo que nos volverá a cubrir de nuevo y nos devolverá, aunque de un modo quedo, sosegado, la misma pregunta, la única que siempre ha preocupado al ser humano: ¿Por qué?


domingo, 12 de octubre de 2014

APUNTES (I)


Sin duda para los demás ella pervive en otra parte, 
una figura que se mueve en el museo de cera de la memoria.



No estaba preparado para aquel estropicio. Sabía que era cuestión de tiempo, pero también que no podría soportarlo. No mientras cupiera la posibilidad volver a tropezar y no pudiera cruzar ni una sola palabra con ella. Lo había hecho peor que mal y ya no había marcha atrás.  Pero creía que prolongar lo que se estaba convirtiendo en un final agónico, quizá le daría la oportunidad de borrar algunas cosas. Y en eso andaba, maquinando absurdos artificios que prolongaran la llegada de un final catastrófico como el que ya se veía venir. ¿Quién puede resistirse al deseo, o a la propia necesidad, aunque este conduzca directo al desastre? Desollarse por dentro, pero mantenerse tirando de una cuerda invisible. A veces, por la noche, mientras daba vueltas en la cama, sosteniendo el sueño de los demás, pensaba que la única manera de volver a vivir pasaba por cortar aquel sedal que ahora ya solo sostenía una roca enorme, negra y pesada como el ala de un cuervo. En el último año se había acostado con distintas mujeres de las que ni tan solo recordaba el nombre, en un burdo intento de perder el miedo a la soledad y de desdramatizar la realidad. Pero, como en los cuentos, un día llegó el viento y sin que hiciera falta que nadie soplara, se lo llevó todo: las letras, las risas, el sexo, la amargura de los últimos tiempo y dejó sobre la mesa, como un mal presagio, un sobre vacío. Nada volvió a ser lo mismo. El miedo se convirtió en un gigantesco desencanto que le cubrió de los pies a la cabeza y aquella risa que un día fue extraordinaria se convirtió en una nota muda.