domingo, 14 de diciembre de 2014

AGUJEROS NEGROS


"¿Qué puedo decirte de los seres humanos? me sorprenden tanto por sus buenas
 cualidades como por las malas. Son extraordinariamente diferentes, 
aunque todos conocen un idéntico destino. Imagínate a un grupo de gente
 bajo un temporal: la mayoría se afanará por guarecerse de la lluvia, 
pero eso no significa que todos sean iguales. Incluso en esa tesitura 
cada cual se protege de la lluvia a su manera".


Una bandada de gansos sigue el curso del Danubio que se arrastra entre unas corrientes vertiginosas, casi invisibles. Pongo mi mano a modo de visera para evitar que la lluvia emborrone el espectáculo de estos pájaros formando una uve casi perfecta que buscan una salida al mar. Les sigo hasta que los pierdo de vista.
El día se ha levantado sombrío, como corresponde al mes de diciembre. La lluvia azota los cristales de este café desde el que intento escribir unas cuantas notas sobre los “agujeros negros” en las relaciones personales, pero me siento incapaz de hacerlo en este ordenador prestado, con el cielo que ha adoptado una tonalidad verdosa y la estrepitosa humedad que lo envuelve todo. Empiezo hasta cuatro veces, todas ellas de un modo distinto, todas ellas igual de absurdas. Y al final, mientras bebo un vaso de vino caliente que reconforta, pero que a buen seguro me provocará un fuerte ardor de estómago, la idea queda apuntalada y a medias, a la espera de que con el ánimo menos apagado algo de claridad se presente y explique la perplejidad que por sí misma me provoca.
Para las cuestiones tangibles casi siempre tenemos una explicación que se basa en un cúmulo de reglas de la física y de la química a las que los científicamente analfabetos nos sometemos dócilmente, resguardados por la fe ciega de las “verdades” que otros acordaron como principios universales. Sin embargo, ¿Qué ocurre con aquello que no se puede ver? ¿Con aquello que se escapa de lo material y vaga por ahí sin circunscribirse a ninguna regla de la lógica, de la física o de la química?
Desde el río, una brisa fría se abre paso y hace ondear las banderas y estandartes que engalanan la ciudad. Es la misma brisa que obliga a arrebujarse dentro del abrigo y a caminar de un modo humilde, casi sumiso, con la vista clavada en el empedrado húmedo y destartalado para poder seguir adelante, caminando y buscando el modo en el que expresar que en el universo hay cientos de agujeros negros destinados a centrifugar de un modo colosal las inconclusas relaciones personales, las complejas reacciones humanas. Agujeros que giran de un modo magnánimo para que se vaya desvaneciendo, cada día un poco más, la extraña sensación de no controlar absolutamente nada. No obstante, la fuerza que emana de todo lo inmaterial, de lo emocional, no desaparece nunca aunque se transforme y, al final, concentrada en algún lugar del universo indestructible, acabará convertida en polvo que nos volverá a cubrir de nuevo y nos devolverá, aunque de un modo quedo, sosegado, la misma pregunta, la única que siempre ha preocupado al ser humano: ¿Por qué?