miércoles, 24 de diciembre de 2014

NAVIDAD



"No está en mi naturaleza ocultar nada. No puedo cerrar mis labios cuando he abierto mi corazón".


De los once que habitualmente nos movemos pasillo arriba pasillo abajo, que trajinamos papeles como si no hubiera una mañana, somos tres los que seguimos aguantando el barco. Dos por devoción mal entendida y uno por obligación (es lo que suele pasar con el grumete). Los teléfonos guardan silencio, los teclados suenan más livianos de lo habitual y Bill Evans recorre las dependencias, colándose por todos los rincones gracias a que hoy, día de Nochebuena, las necesidades se relajan y hay tiempo para entretenerse un poco más de lo habitual.

Llegué a esta casa hace apenas siete meses. Un cambio importante que precedía a otros cambios anteriores que ahora, vistos con la perspectiva del tiempo y de las circunstancias, parecen un previo a modo de ensayo.  ¿Quién me iba a decir que este 2014 iba a ser el año en que acabaría cerrando un círculo que comencé hace un buen puñado de años? La vida es compleja y casi siempre increíble. Sé, porque lo he visto al llegar esta mañana que, pese a que la gran mayoría de los que nos movemos por esta casa han desertado en pos de las lucecitas navideñas, las compras de última hora y los niños que no hay lugar en el que colocarlos, este mediodía brindaremos por la buena estrella y la buena fortuna que a veces nos trae la vida, más en lo inmaterial que en cualquier otra cosa.

Quedan apenas unas horas para que las familias se reúnan alrededor de la mesa. La mía este año es más pequeña de lo habitual (cosas de la vida, también). Y aunque, como esta mañana decía, la que suscribe echará de menos a los que no están, una tampoco olvida que es Navidad y que esos que  sí que están se merecen que estemos de verdad. Así que disfruten centrando la atención en los que tienen cerca, intenten alegrarles la vida, aunque una parte de su corazón se contraiga y ustedes sepan el por qué.

Feliz navidad.