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domingo, 27 de octubre de 2013

TAN JOVEN PARA SER TAN VIEJO

 
"Sólo aquello que se ha ido nos pertenece".



Mirar al infinito. Al fondo, un mar de arena de dunas secas por atravesar, aire denso, espeso, que llena los ojos de lágrimas febriles. En el interior, el tañido de unas campanas por las que resuenan el rumor de un lamento lejano: Amor, amor, amor. Se incendia el pensamiento.

Nómada perdido que guarda las saetas de su vida bajo fardos de paja y ropa sucia. Un amor que se jugó a los chinos los restos de su fianza. Carne contra carne que se quema disolviendo el afecto hasta hacerlo desparecer. 

Manos que arden devolviendo el olor de un sobrecogedor mundo que se consume en el arenal nacido entre los dedos que al final se olvida.






miércoles, 15 de febrero de 2012

ALL OUR YESTERDAYS


Y no puedo fijar con claridad el momento en el que perdió el interés, aunque siempre pensé que fue tras un julio revuelto, ni el momento en que su ausencia se había hecho cotidiana, hasta el punto que sus apariciones, precisamente, eran lo que me resultaba extraño. Fue una exageración innecesaria intentar tirar tanto de la maroma, quería marcharse.

Crucé el Cabo de Hornos en solitario y una vez llegué a aguas más serenas, miré mis manos, las rozaduras del cabo, del que absurdamente tiraba, terminaron por sangrar. Empezaban a curar.

Había llegado la hora. Me coloqué un aro, diminuto, y le despedí.

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Quiero saber de quién es mi pasado.
¿De cuál de los que fui? ¿Del ginebrino
que trazó algún hexámetro latino
que los lustrales años han borrado?

¿Es de aquel niño que buscó en la entera

biblioteca del padre las puntuales
curvaturas del mapa y las ferales
formas que son el tigre y la pantera?

¿O de aquel otro que empujó una puerta

detrás de la que un hombre se moría
para siempre, y besó en el blanco día

la cara que se va y la cara muerta?

Soy los que ya no son. Inútilmente
soy en la tarde esa perdida gente.

-All our yesterdays- J.L. Borges

sábado, 3 de diciembre de 2011

DAHLMANN. VIEJO Y CIEGO


Si empiezo una conversación diciendo aquello de “me gusta acercarme al universo de Borges, las noches de lluvia”,  es posible que la inmensa mayoría piense que las siguientes palabras serán pretenciosas. Y puede que tengan razón. Cuando uno recurre a una expresión tan ampulosa como esa para hablar de uno mismo, de las cosas que le ocurren, la carga figurante le rezuma por las costuras.

Puede que así sea y quizá, por eso, evite explicar que, ayer noche, tras volver de una extraña cita con unos pasos de vals que jamás seré capaz de realizar con cierta maestría, empecé a leer en voz alta, para Johannes Dahlmann, un gato viejo y medio ciego,  un cuento de Borges. 

No es un casual, podía haber escogido cualquier otro, quizás de Chejov, o de Pushkin, pero para eso, hubiera sido necesario que, en lugar de una taza de té y dos alfajores, hubiera tenido a mi alcance una botella de vodka y una manta peluda.

Puede que porque no te tenía vodka, porque el gato se durmió sin escuchar los lamentos de un infierno de papel, porque la noche se cerró hasta convertirse en un borrón; esta mañana amaneciera pensando que fue un cierto ensimismamiento pretencioso, con ínfulas de conocimiento de folletín, lo que provocaron el bautizo de un gato, ahora viejo y ciego, con el nombre de Johannes Dahlmann.

Quizá por eso, bajo el influencia de un gelocatil, pueda reconocer,  en este momento, que tengo momentos fatuos, y olvidarlo, por grosero, en los próximos segundos.

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"Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pesadillas".

El sur -Jorge Luís Borges- 





 



viernes, 25 de noviembre de 2011

EFÍMERO



-Es lo efimero de la existencia, la inminencia de la perdida, lo que siempre me aturde-


Empiezo a tener demasiadas despedidas a mis espaldas. Algunas pérdidas pesan como losas. Cada vez que un ser humano desaparece el universo se transforma. Y el mundo, el mío, esta misma mañana ha cambiado para convertirse en un lugar un poco más triste, un poco más solitario, un poco más inhumano.
Sé que el tiempo adormecerá el dolor que en estos momentos siento pero sé, también, que nada volverá a ser como fue.
Las desapariciones fulminantes, casi inesperadas, arrastran un desconsuelo que quema, que devora el sentido. Pero estamos condenados a seguir de pie, a no ceder un milímetro a la desesperación. 
Quiero mantener la mirada fija en la línea del horizonte. Sé que es el mismo punto al que Fernando miraba cuando pensaba en el futuro. El suyo y el de su hijo.





El Aleph


"La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación".
Jorge Luís Borges

A Fernando Estruch Polo in memoriam

martes, 28 de septiembre de 2010

EL ALEPH (Fragmento) -Jorge Luís Borges-


"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. "