sábado, 3 de diciembre de 2011

DAHLMANN. VIEJO Y CIEGO


Si empiezo una conversación diciendo aquello de “me gusta acercarme al universo de Borges, las noches de lluvia”,  es posible que la inmensa mayoría piense que las siguientes palabras serán pretenciosas. Y puede que tengan razón. Cuando uno recurre a una expresión tan ampulosa como esa para hablar de uno mismo, de las cosas que le ocurren, la carga figurante le rezuma por las costuras.

Puede que así sea y quizá, por eso, evite explicar que, ayer noche, tras volver de una extraña cita con unos pasos de vals que jamás seré capaz de realizar con cierta maestría, empecé a leer en voz alta, para Johannes Dahlmann, un gato viejo y medio ciego,  un cuento de Borges. 

No es un casual, podía haber escogido cualquier otro, quizás de Chejov, o de Pushkin, pero para eso, hubiera sido necesario que, en lugar de una taza de té y dos alfajores, hubiera tenido a mi alcance una botella de vodka y una manta peluda.

Puede que porque no te tenía vodka, porque el gato se durmió sin escuchar los lamentos de un infierno de papel, porque la noche se cerró hasta convertirse en un borrón; esta mañana amaneciera pensando que fue un cierto ensimismamiento pretencioso, con ínfulas de conocimiento de folletín, lo que provocaron el bautizo de un gato, ahora viejo y ciego, con el nombre de Johannes Dahlmann.

Quizá por eso, bajo el influencia de un gelocatil, pueda reconocer,  en este momento, que tengo momentos fatuos, y olvidarlo, por grosero, en los próximos segundos.

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"Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pesadillas".

El sur -Jorge Luís Borges-