domingo, 18 de diciembre de 2011

ONE PLACE


¿Es aquí? Sí, contesté.

Pasé una tensión tremenda y unos nervios desmedidos que desembocaron en un adiós tan desagradable que durante semanas me escoció, no sólo el herpes que me salió en el labio, sino que me quemaba la permanente sensación de que, de un momento a otro, un nuevo cataclismo volvería a presentarse, que sonaría el teléfono o abriría el correo electrónico y tendría, de nuevo, que fajarme con otro disgusto. Durante semanas, un banco se convirtió en un refugio en medio de la calle. El único lugar  en el que al sentarme se me acompasaba la respiración y me tranquilizaba instantáneamente. Las paredes, aunque nuevas, me aplastaban.

Han pasado meses y aquel desagradable sin vivir ha desaparecido; es lo bueno que tiene el paso del tiempo. Ni una ni otra carrera se hundieron. Sin embargo, sigo sentándome en el mismo banco, sigo tranquilizándome cuando tomo asiento en él. Puede que no sea el mejor rincón del mundo, es ruidoso y el monóxido de carbono campa a sus anchas, pero es un buen sitio, lo es para mí.
Por eso ha quedado incorporado a mi cotidianeidad  aunque, para ello, tenga que coger un autobús, cruzar la ciudad y esperar que las hordas de turistas liberen mi banco para sentarme y saberme de nuevo.  

Ahora ya sabe mi secreto y tiene reservado asiento de primera en medio de una tremendísima polución.

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"El secreto y el regalo mayores de la vida es cuando se encuentran dos personas semejantes. Esto ocurre raras veces, como si la naturaleza impidiese tal armonía mediante todas sus fuerzas y tretas (...).
Hay algo peor que la muerte, peor que el sufrimiento... y es cuando uno pierde el amor propio. Hay algo que duele, hiere y quema de tal manera que ni siquiera la muerte puede extinguirlo: y es cuando una persona, o dos, hieren ese amor propio sin el cual ya no podemos vivir una vida digna. Simple vanidad, dirás. Sí, simple vanidad... y sin embargo, esa dignidad es el contenido más profundo de la vida humana".
Sandor Marai