Reconozco haber entrado en pánico
cuando he entrado a mi correo electrónico en busca del enlace para imprimir
unas tarjetas de embarque y con verdadero terror he visto que tenía pendiente
de abrir 976 correos electrónicos. Pasado el susto y teniendo en cuenta que
solo es mi cuenta personal, intento averiguar el motivo del despelote del buzón.
Trasteo un poco, pero ahí sigue, correos del año de la Tana que ahí siguen.
Google me mata; Google me desconcierta, Google me da más trabajo del que
quiero. Algunos de los correos tienen más años que el mundial de futbol del
Waka Waka. Ahí es nada. Empiezo a seleccionar para borrar. La historia no se escribe
por e-mail, o tal vez sí, sino que se lo pregunten a Meg Ryan y a Tom Hanks; o
mejor a Nora Ephron que a finales de los 90 nos regaló “You’ve got a mail”. He
releído algunos por curiosidad. Un par de ellos me han arrancado la carcajada y
con otro par he arrugado el morrete. Algunos correos, como algunas películas,
envejecen mal. Nosotros envejecemos regular.
Vivo envejeciendo a una velocidad supersónica que es en la que se pone la vida cuando pasas la frontera de lo que es la vida-media. Releer correos o mensajes descontextualizados puede hacernos sentir un poco ridículos. Reconocerlo es de justicia, pero sería injusto, puesto a mentar a la justicia, no reconocer que a veces es divertido, tierno e incluso ciertamente desconcertante. Hablo de los correos personales, no de los de la compañía de la luz, ni de la aseguradora que te recomienda la revisión de tu póliza de decesos. El tiempo no pasa en balde, ya lo decía mi abuela y ahora ya lo digo yo. Me lo he pasado bien, pero 976 correos son demasiados correos para una mañana de agosto, así que lo mejor es marcarlos todos como leídos y a otra cosa mariposa, de momento.
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