domingo, 11 de enero de 2015

COLAS QUE NO SON RABOS


"Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo y hechizar las autopistas.
Creo en la migraña, en el tedio de la tarde, el miedo al calendario,
 la perfidia de los relojes... creo en las gasolineras abandonadas 
(más bellas que el Taj Mahal)... creo en nada". 


Casi todas las cosas tienen un algo que las hace diferentes, puede que tenga algo que ver con la manera en que las miramos y en cómo se las explicamos a otros. Ambas cosas tienen mucho que ver con el estado de ánimo en el que nos encontramos en cada momento. De manera que puede que algo tan fastidioso como una cola ante un mostrador de facturación pueda darte feliz oportunidad de descubrir, si el tiempo y el humor de acompañan, que en las Islas Aran se cría la mejor lana del mundo, que esa información te produzca una una enorme satisfacción que almacenas en tu disco duro para que en la próxima oportunidad que tengas de pisar la verde Irlanda intentes hacerte con un jersey que protegería la mismo Amundsen del gélido hielo. O puede que en esa misma cola, en la que ni el tiempo ni el humor te acompañen, saques a la peor bestia que habita en tu interior y aparezca ante el niño que berrea y que aunque no levanta un palmo del suelo, ya ha tirado dos maletas, ha lanzado el botellín de batido contra la abuelita Paz que acompaña a la familia vecina y tengas ganas de estrangular, no al infante, sino a los padres que lo parieron por no frenar a tal engendro del demonio.

Puede que por eso precisamente, porque cada uno vemos lo que vemos aunque frente a la nariz tengamos exactamente lo mismo, esta misma mañana, la demora en mi vuelo a la que suscribe le haya parecido una tortura, una especie de castigo a su díscolo comportamiento y, sin embargo,  a los muchachos que me precedía en la cola (uno que debía embarcar un par de horas más tarde hacia una ciudad del norte y una que debía embarcarse en mi mismo avión), ese retraso les pareciera una especie de premio de consolación ante la inminente separación y por eso lo celebraban comiéndose a besos ante el resto del pasaje.

Ver y mirar nada tienen que ver. Lo mismo que nada tiene que ver la ida con la vuelta, el amor con el querer, el vicio con el fornicio, ni la lana de aran con la lana merina. Aunque yo de esto último no sé mucho, pero por si acaso y como el humor esta tarde me acompaña, puede que anote en la lista de propósitos hacerme con un jersey de las islas Aran, pues nunca se sabe y, al final, como es bien conocido, a la que suscribe, que tiene intención de terminar en una mecedora sentada en el porche de una granja en Las Feroe, el suéter en cuestión le venga fenomenal.