jueves, 22 de enero de 2015

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (VIII)


La buena comunicación es tan estimulante como el café negro, e
 igual de difícil de olvidar al dormir.



Después de comprobar que desde hacía meses mi vida basculaba del helado de vainilla a los cigarrillos mentolados y que mi estómago empezaba a resentirse regalándome unas escandalosas jaquecas, el galeno decidió sacarme tarjeta roja. Me senté y  aguardé  en silencio mientras aquel tipo hacía gestos de aprobación con la cabeza. Después de cinco minutos de insonoras flexiones cervicales, llegó el diagnóstico: «No debe preocuparse. Está todo correcto. Salvo unos leves restos de sangre en la orina, a los que no debe dar importancia, se encuentra usted en perfecto estado». Apenas unos segundos en silencio y mi ceja, que se rige por su propia y arbitraria voluntad, se elevó hasta formar un óvalo casi perfecto sobre mi ojo izquierdo. Siempre he temido a aquellos que, sin mirarte a la cara, restan significación a las cosas que en definitiva les ha llamado la atención. Ese era el caso. 

Un mechón de pelo, el único que quedaba sobre su diminuta y rala cabeza, caía sobre la montura de sus gafas, otorgando a aquel tipo vestido de blanco una apariencia grotesca. Cuando le pregunté a qué podía deberse aquel trazo sanguinolento, casi imperceptible según decía, pero que ahí estaba, contestó que con toda probabilidad eran los resto de una actividad sexual consumada veinticuatro horas antes de la toma de la muestra. En ese momento me preocupé de verdad y fueron las dos cejas las que acompasadas se elevaron al cielo de los idiotas para volver a caer en silencio. En los últimos meses, después de su marcha, lo más caliente que me había echado al cuello era el café con leche de las mañanas.