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jueves, 30 de enero de 2014

POLONIA


"No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, 
y esa búsqueda es la que nos hace libres".
Carlos Fuentes


Tenía mil cosas que contarte.  Empecé a anotarlas en los márgenes de cualquier cosa, para no olvidarlas, pero fueron tantas que a fuerza de apiñarlas se volvieron ilegibles, pesadas. Acumulo miles de letras que no significan nada, que no consigo ordenar, que se mueren cada día un poco más.  Sustituyo el ejercicio del grafismo insignificante, vacío, por lecturas que a veces encienden una mínima chispa que me espabila pero no consigo que prenda.

Como y conozco, aunque en ocasiones cierre los ojos, no pruebe bocado y viva en la asepsia del desconocimiento de un retiro voluntario que rompo cuando me pesa en exceso. Las facturas y extractos que acumulo sobre la mesa certifican que mis rutinas siguen como siempre, en el mismo sitio, igual que siempre. Sin embargo, algunos días creo que también ellas son un espejismo, el reflejo burlón de la vida de otro que nada tiene que ver conmigo

Ayer empapelé diez paredes con letras flojas de historias que quedaron reventadas esperando un gesto que desapareció hace meses. Son sólo invenciones que fueron engullidas por los días largos, extenuantes y el gris de algunos momentos que ni siquiera imaginas. Historias mentirosas, libres.




© Fotografía Marcin Stawaiarz

martes, 5 de noviembre de 2013

TAP TAP


"¿La creación está inconclusa? Sí. Y éste es el requisito por donde,
 inevitablemente, Dios se me cuela al mundo". 


Le pregunté por qué se sentía insatisfecho, contestó que era por pensar demasiado en el mañana. Sentía cierta aprensión a los futuribles pero su enfermedad “del mañana”, como él la llamaba, consistía precisamente en pensar y construir futuros que se apoyaban en los frágiles “palitos” que encontraba por el camino. Esta extraña enfermedad que convertía a las mujeres más diversas en tronquitos finos y suaves que sostenían sus absurdas fantasías, le acrecentaban las que de verdad padecía, entre otras un misterioso estreñimiento que solo conseguía mitigar bebiendo  un grandísimo vaso de agua caliente después de engullir, casi sin respirar, no menos de media docena de brevas.  



Sobre la mesa vi, semiocultos por los restos de un periódico viejo, las pieles maduras de unos cuantos higos que no me atreví a contar. Nunca me gustó conocer las interioridades gastrointestinales de nadie, pero aquel montoncito agridulce que se desparramaba sobre el mantel era la prueba evidente de que además de ciertas apreturas, andaba imaginariamente enamorado, construyendo un nuevo futuro.


Al cabo de casi una hora de estrambótica conversación, me despedí sin darle la mano churretosa que se empeñaba en limpiar contra la pernera de su pantalón. Le prometí que el próximo día saldríamos a pasear. Necesitaba tomar el aire, que el sol le perfumara la barba, y que el servicio de limpieza entrara y se llevaran toda aquella cochambre que a fuerza de pensar demasiado había acumulado sobre la mesa, bajo la cama e incluso sobre el alfeizar de la ventana que compartía con algunas palomas viejas que dormitaban al sol, si no estaban medianamente muertas.