jueves, 10 de enero de 2013

BOQUITAS PINTADAS


Decidí encaramarme en la valla que rodea el corral virtual. Apartarme de algunos lugares. Mantenerme en silencio, con los ojos abiertos y los oídos prestos es una decisión tomada a conciencia hace meses. La red, en ocasiones, huele mal, escuece los ojos y provoca dolor de oídos. Así que agradezco la altura y la distancia de los travesaños de esta valla imaginaria que me limito a traspasar para ir a lo mío y utilizarla como un simple modo de obtener información para mi trabajo, mis cosas, y poco más.

Esta misma mañana, mientras matábamos la espera que un sistema caduco impone, mi compañero de horas muertas me hablaba, tras mostrarme un artículo publicado en un periódico digital con motivo de las últimas elecciones de un colectivo profesional, de la cantidad de insultos que la gente es capaz de destinar a sus vecinos de red. Nada nuevo bajo el sol. En la vida tanto virtual (con sus redes sociales y fanfarrias), como en la de carne y hueso (con nuestros vecinos, familiares, compañeros de trabajo y otros especímenes), existe gente que vive en permanente conflicto, gente para la cual el insulto hacia los otros es su verdadero revulsivo.

La vida virtual es un espejo en el que se refleja la vida real. No hay más que buscar. Pero la verdad es que, a determinadas edades y con según que cosas, algunas posturas, por simplonas y malencaradas, no sólo son un desatino sino una verdadera ridiculez que pone en evidencia al que se ensucia la boca día sí y día también.


“A los veinte años es sana y profiláctica la crítica sistemática del mundo, y considerar mediocre a todo el mundo, y no tomar prisioneros. A los cuarenta años, a menos que seas Flaubert redivivo, a nadie puedes llamar “idiota”. Y a los cincuenta es imperdonable hablar mal de nadie, ni siquiera de ti mismo".




Marlango - Pequeño Vals