martes, 22 de enero de 2013

CIENTO CINCUENTA COSAS




Sábado a medio gas, decidimos dedicarnos la mañana. Unas horas para ti y otras para mí, cosas sencillas, corrientes. Tomamos el primer café escondidos entre los herrumbrosos edificios y plazas que se esconden en El Raval mientras se rasca la nariz para neutralizar el tufo que desprenden los adoquines.

Escoge una terraza solitaria. Replico que es diciembre, que podríamos sentarnos a cubierto, pero estamos en sus horas, así que aterrizamos en mitad de una plaza vacía, casi abandonada. No hay ni un alma, sólo un par de chalados se sentarían a rebufo de un frío que puede palparse. Hace frío, mucho, pero el dueño ha decidido que el ahorro comienza por no encender el butano de la seta junto a la que nos sentamos. El sol no saldrá, pese a que así lo jura con acento farsi. El frio se irá incrementando y la acera acabará helándose hasta convertirse en una improvisada pista rompedora de fémures. 

Sin prisa, lee el periódico y yo, lápiz en mano, anoto las ciento cincuenta mejores cosas que me han pasado desde que le conozco.

Matamos un par de moscas despistadas y una mañana de luz mortecina. 


Barcelona es plomiza, gris, inmensa.